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Se envalentonó e hizo caer sobre sus hombros la chaqueta con un alarde taurino. Quiso salir haciendo el menor ruido posible, pero la puerta no colaboró mucho, y temió que su padre se levantara y comenzara de nuevo a insistir sobre la necesidad de terminar la carrera. Las escaleras, aunque eran las mismas de todos los días, tenían un aspecto diferente. Mientras las bajaba, recordaba insistentemente las palabras que le había oído a su padre la noche anterior.

- Tú primero terminas la carrera -, y las palabras salían de su boca acompañadas del humo del cigarro que estaba fumando. - ¿Me entiendes?. Te digo que primero terminas la carrera, y después, ya veremos.

Los tres tramos de escaleras le llevaron hasta la puerta principal. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta, inspiró con fuerza y tuvo deseos de santiguarse como había visto hacer a su abuela cuando era pequeño. El era un libra equilibrado, que necesitaba cordialidad entre las partes, ambiente extendido de acuerdo, pero si continuaba con esta disposición a su signo, no lograría en la vida salir del portal, y alcanzar el autobús, el 28, buen número, porque cuando se trata de liberación cualquier número es válido.

Había conseguido encaramarse en el cuarto curso de Derecho, con más ahínco de su padre que disposición suya. Y es que ningún artículo del código penal mencionaba todavía la estrecha relación existente entre el monumental olor de un incipiente sofrito y el deseo de elevarse por el aire articulando un artístico salto. Aquel anuncio en el periódico de la facultad, durante el primer año de carrera, que invitaba a los alumnos a sorprender al jurado del III Concurso de Gastronomía para Universitarios, fue el detonante para empezar a detestar, de forma abierta, las innumerables prótesis legales que se le iban añadiendo a los distintos códigos, para actualizarlos, y así obligarle a memorizar de nuevo, componendas y variantes de leyes y protocolos. Encontró que una mesa, donde se hayan expuesto las diferentes viandas para afrontar el viaje de una buena labor de cocina, se asemejaba mucho al círculo que formaban los distintos signos del zodiaco. Allá, los Leo, gentes como la sal, el cerdo, el vinagre, gentes de empaque y mandato. Girando, los Libra, asunto de equilibrio, como él mismo, la merluza suave que todo permitía, el caldo de verdura dispuesto a alegrar cualquier cuenco. Eso sí, acompañado de un breve apunte de vino, que es la sequía dolencia amarga. O acaso convendría mencionar a Tauro, que como signo de tierra, concitaba a las zanahorias fieles, la amable patata, y el puerro obstinado. Aquella fue la primera y única visión esclarecedora sobre su futuro.

Tomó el autobús con decisión y sin culpa. Vio pasar cada una de las paradas, y en cada una de ellas, al abrirse la puerta para que descendieran viajeros, descendían también asignaturas con nombres latinizados y fantasmagoría de palabras. Cuando volvía a arrancar el autobús, giraba su cabeza y miraba en la calzada para solazarse con los restos inmóviles de las disciplinas expulsadas de su paraíso particular.

- Ahí te quedas, arpía -. Había perdido pie Derecho Romano, y yacía sobre el asfalto enfangado en los humos que soltaba el autobús.

Cuando llegó a su parada, había tenido tiempo para deshacerse de todas las materias acumuladas durante aquellos años. Se abrieron las puertas, y al bajar, encontró que la calle tenía un buen sabor. Un escaparate exponía ciudades y destinos turísticos con los precios expresados en pesetas y euros. Dos números más arriba, la calle se convertía en dos ventanales con marco de madera y una puerta de trazado rústico, tocada por cerrajería negra de forjado. En la parte superior, una placa recordaba que el establecimiento había sido fundado en 1910, y que su nombre era "El FOGON ANTIGUO", así, sin segundo apellido.

Al entrar, un caballete de pintor exponía la carta para aquel día diez, sobre la pared, un educado cuadro, informaba sobre las tarjetas que se aceptaban. Había olor. No aquel olor leguleyo de la página 107 a la 212. Era un olor que sabía relacionado con él, que le reconfortaba, y le disponía.

- Mendieta, adelante, adelante -. El dueño miró su reloj que se asomó con instinto de cabeza de tortuga por la manga de la americana azul. - Has llegado muy pronto.

- Tenía que salir de casa, antes de que sucediera alguna catástrofe.

- ¿Ya lo sabe tu padre?

- Hace lo posible por no quererlo saber. Pero mi decisión está muy clara.

Daniel había sido el dueño durante los últimos catorce años. El anterior, se jubiló sin hijos a quienes confiar el legado familiar, y los trastos de matar habían terminado en su poder con más tesón que conocimiento. Había sabido rodearse de buenas manos atendiendo al público, y de iguales destrezas en la sala de máquinas, como a él le gustaba denominar a la cocina. Su hijo estudiaba también en la Facultad de Derecho, y a cuenta de ello conoció los irrefrenables deseos del joven Mendieta, que sentía ahogarse entre las paredes de las aulas. Muchas habían sido las tardes que había alternado el repaso de los treinta últimos artículos, con los modos de firmar una buena Salsa Cazadora, con el champiñón rondando hasta tomar algo de buen color.

Título VII. De las relaciones Paterno-Filiales. Arts.154 -180: Se acomodará una sartén a fuego vivo, que contenga la mantequilla y el aceite de oliva, el champiñón, laminado…… .

Tal embadurne de lo de aquí y lo de allá, dio la última victoria a las cosas de la creatividad, y terminó por perder las también últimas ganas que le acreditaban como estudiante de derecho.

- Amigo Mendieta -pronunció Daniel, poniéndole la mano sobre el hombro.

- Veamos nuestra sala de máquinas.

Cruzaron el pasillo en dirección a la cocina, y a pesar de haberla visto tan repetidas veces, y de haber estado en su interior como mano de dios que mezcla, dora o hierve, no pudo evitar sentirse reconfortado ante las cosas de su preferencia.

- Aquí está, toda tuya.

La cocina ya tenía dispuestas algunas fuentes para la comida, aunque no pudo ver lo que contenían. Sobre una de las grandes mesas tenían paciencia algunas viandas al natural, y fue entonces cuando tuvo la sensación de haber vivido aquella situación anteriormente. Se hallaban a la vista, como en un zodiaco perfectamente ordenado, metódicos cortes de carne salidos de una gran pieza, que alguien había terminado de cortar sobre una tabla de madera; ruedas de zanahoria que descansaban apoyadas unas sobre otras, en un equilibrio de color naranja, contrastaba el color de la patata sin pelar con el de la harina siempre pulcro. Así, como planetas menores en el cielo de la mesa.

- Buen provecho Mendieta -dijo sonriendo Daniel, y con un leve apretón en el brazo le dio la bienvenida.



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