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El Malamor

1

Perdí esta mano como resultado de una pasión otoñal.

Era el año 53. Había decidido darme un tiempo de descanso, para lo cual viajé a Belén, un hermoso pueblo en las sierras de Catamarca. Contaba ya con 45 años y mi vida había sido una especie de torbellino en el que los acontecimientos no me habían dado tiempo para meditarlos, pero, ¡ay!, si para irlos cargando como renovados pesos en la memoria. Yo era uno de esos individuos que padecen la «meticulosidad en la observación», razón por la cual ningún suceso era lo suficientemente lento como para que llegara a percibirlo en su totalidad y, por ende, me satisficiera. Es decir que, cuando yo estaba captando la esencia de dichos sucesos, éstos ya habían pasado.

Me encontraba, entonces, con un extenso cargamento de recuerdos incompletos en mi memoria; después de haber tenido mujer y familia, solo, sin saber muy bien cómo había llegado a ser todo ésto. Bien, pero no empecé a escribir para hablar de mí mismo, sino para dejar consignados los increíbles hechos que me acontecieron en aquellas vacaciones.

El pueblo de Belén es un pequeño conglomerado de casas antiguas, sencillas y bien cuidadas, entre las sierras. De algún modo aquello debía ser para mí como un retiro espiritual: con ese criterio había elegido el lugar.

Me hallaba, dos o tres días después de llegar, meditando serenamente en la hermosa placita de Belén, mientras avanzaba suavemente sobre los árboles el crepúsculo primaveral. Acababan de regar las calles de tierra y flotaba en el aire un olor a humedad, que mezclado al de las flores y hojas reverdecientes de los centenarios árboles, producía en el espíritu como una sensación edénica de tranquilidad. En el momento en que comienzan a desdibujarse los contornos y las casas parecen flotar en el aire tenue, fue que vi la aparición de esa mujer.

Era delgada y alta. Traté de salir, dificultosamente, de la bruma de mis meditaciones, para incorporar a la rubia mujer, que parecía manifestarse por una acumulación de repeticiones transparentes surgiendo de la distancia... La vi rodear la plaza, por la vereda de enfrente y, de pronto, perderse tras una esquina.

Como de costumbre, todo había sucedido demasiado rápido para mi capacidad de reacción. Me había quedado allí inmóvil y un poco apesadumbrado, sin atinar a otra cosa que a mirarla. Estaba meditando aún sobre las posibilidades de volver a encontrarla, cuando la vi reaparecer. En su mano derecha llevaba una bolsa de soga tejida.

La vi entrar ahora en una puerta grande, que tenía encima un rústico letrero con la palabra «Almacén». Me decidí a entablar relación con ella. En el momento en que me levantaba con este propósito la vi salir. Entonces comencé a seguirla.

Tomó por una calle ancha que bajaba hacia los cerros. Caminaba delante de mí, como a unos veinte pasos y durante largo rato pude admirarla. Aquella calle abría además ante mis ojos tan hermosa perspectiva que de pronto me pareció ser el invitado feliz a la presentación de una obra magistral, en la cual cada elemento de la composición tenía su función, a la vez fugaz e infinita y por ello mismo, perfecta. En ese paisaje de cerros grises que se difuminaban como inmensos monstruos del alma, caminábamos por la calle, que parecía correr a unirse con el horizonte, solamente ella y yo: ella adelante, leve, yo siguiéndola, sin que mi voluntad participara más que para no detenerme extasiado.

«Buenas tardes», le dije, quitándome el sombrero que dejó al descubierto mi calva por un segundo. Ella me miró y contestó al saludo, pero de un modo un tanto distante. Me asombró al decirme, cuando intenté presentarme, que ya sabía quién era. Lo dijo naturalmente, casi con indiferencia. Le hice una pregunta cualquiera y me detuve a regodearme con sus maneras y sus rasgos. Parecía que la placidez de la tarde y aquél misterioso paisaje se sintetizaran en ella, expresándose por un milagro a través de su lenguaje lento y los dulces matices de su tonada catamarqueña. Me dijo que no podía permanecer allí por más tiempo, pero que si deseaba conversar con ella «normalmente», la podría hallar esa noche en el baile del Club Social. No recuerdo si la saludé, tan impresionado estaba por lo que había desencadenado en mí con su persona. La vi esfumarse en el horizonte, despaciosa, y regresé con paso tranquilo a mi hotel.

Esa noche sufrí la primera decepción. Isidora -pues tal era su nombre- estaba en el baile. A su lado había una mujer anciana que después supe era su madre. No tuvo inconvenientes en concederme los primeros bailes. Pero noté que, mientras danzaba conmigo, su mirada se dirigía con apenas disimulado interés hacia uno de los ángulos del salón. En una de esas ocasiones, un hombre muy elegante, unos veinte años menor que yo, levantó apenas perceptiblemente su copa hacia ella y le sonrió. La miré y noté que se había sonrojado. Herido en mi amor propio, no pude dejar de asumir en el resto de lo que duró la ronda de temas una actitud de ofendida indiferencia. Aquello no pareció, sin embargo, preocuparla demasiado.

Con dolor asistí a lo que me temía: apenas terminada la pausa, fue a invitarla el joven que le había sonreído. No sólo eso, sino que consiguió, después, que mi pretendida y su madre le permitieran sentarse junto a ellas. Así es que me pasé, el resto de aquella noche, contemplándolos danzar y reírse desde mi mesa, mientras rumiaba entre copa y copa pensamientos más bien oscuros. Aquella noche volví acongojado y borracho al hotel.

2

No soy hombre de afectos turbulentos ni carácter descontrolado. Por el contrario, mi mujer solía reprocharme entre otras cosas, cierta pasividad en mis actitudes sexuales. Siempre he creído que dicha «pasividad» era en realidad mi inclinación a contemplar más que a poseer, tendencia de la que ya hice mención. Sin embargo, algún atavismo muy oculto debía de haber sido tocado en mí por esta Isidora apenas conocida, pues por primera vez -y debo recordar que ya no era un chico- sentía... lo que suele llamarse un «enamoramiento». Disipándose las últimas telarañas del alcohol en mi cerebro meditaba aquellas cosas a la mañana siguiente, en el patio con macetas del hotel. Entonces decidí que todo aquello era muy bueno. Era muy bueno enamorarse, pensé. Aunque fuera a los 45 años. Y me propuse conquistar a aquella mujer, de cualquier modo. Tendría un rival muy peligroso, que además ya había sacado una cierta ventaja sobre mí. Pero esto no me desanimó. Lleno de ánimos juveniles, me afeité cantando y comencé a vestirme para el almuerzo.

En los días siguientes me dediqué -cautelosamente, pues no es bien visto en aquellas regiones el averiguar demasiado - a recabar datos sobre Isidora. Tenía por cierto que a la juventud y atractivo de mi rival, debía oponer mi mesura y racionalidad, en un plan de acercamiento paulatino que me permitiría -así lo creía yo- hacer prevalecer al fin mis valores interiores por sobre los estridentes y manifiestos del joven. Para ello debía conocer todo lo que pudiera acerca de nuestra pretendida.

Pero a poco de iniciada esta tarea, comencé a notar que aquellos con quienes hablaba de la muchacha, cuando no eludían directamente el tema, se referían a ella y su familia con una especie de reticencia, en la que parecía mezclarse un cierto temor. Era como si el tema aquél estuviera impregnado de no sé qué carga de tenebrosidad, que -cosa extraña- parecía además despertar un supersticioso respeto.

Logré reconstruir aproximadamente una historia:

Isidora y su madre eran las últimas sobrevivientes de un antigua familia de origen español. Un incendio había matado a casi todos los habitantes de su hogar, cuando ella era muy niña. De ese incendio habían quedado las ruinas en el valle, que ahora habitaba con su madre (quien se había vuelto medio loca). Y de su familia, aparte de su madre, había sobrevivido sólo un hermano, pequeño en aquel tiempo. Era justamente en la relación con este hermano, una relación al parecer atípica que se había desarrollado a partir de la tragedia, donde se detenían y se volvían más cautelosas todas las versiones.

Parece que Isidora y su hermano -un año menor que ella- tuvieron que hacerse cargo del mantenimiento del hogar pues la madre había perdido el interés por esos afanes. Esto motivó que los niños crecieran intensificando cada vez más una adhesión mutua -que, según se decía-, ya había sido fuerte antaño. Llegó el tiempo en que la muchacha se convirtió en una mujer alta, bellísima, naturalmente codiciada por todo hombre joven del lugar. Pero aquel momento pareció ser la cúspide también de los afectos entre los dos hermanos pues no podía hallárselos en ningún lado sin que estuvieran juntos. Entonces fue que el joven comenzó a protagonizar muchos incidentes, pues parece que era acerbamente celoso. Hasta el punto de no tolerar que nadie saludara con cierta galantería a la muchacha, sin exigir explicaciones. Aquellos celos debían llevarlo fatalmente a mal puerto; al fin chocó con un mozo de otro pueblo, que resultó ser muy veloz con el cuchillo. Esa noche perdió su vida. A partir de allí, a Isidora se le conocieron únicamente «filitos» (así se llama allá a lo que la moda metropolitana denomina «flirt»), pero ningún noviazgo serio.

Ahora bien, noté que de un modo u otro se buscaba relacionar en los testimonios esta historia con unos cuentos, esbozados a regañadientes y escondiendo los ojos, sobre los cadáveres descarnados de algunos forasteros, que habían aparecido de tanto en tanto tirados entre los cerros... y sobre un raro perro negro, que, según decían, mataba a las cabras y a las ovejas arrancándoles el corazón. No les hice caso y continué con mi empeño.

3

Luego de la preferencia de Isidora por el otro la noche del baile, tenía por descontado que había perdido el primer round. Maquinaba entonces una buena estrategia para asegurarme el segundo.

Los pensamientos, al ser intensos, generan según parece una energía poderosa y particular, pues de otro modo no me explicaría lo que sucedió.

Era una tarde muy calurosa. Me disponía a retirarme a dormir la siesta, luego de un almuerzo liviano, cuando vino a buscarme la sigilosa sirvienta del hotel.

- Una niña lo busca a usted- me dijo.

Casi me caigo de espaldas al reconocer, en la parpadeante penumbra del salón, la tenue y alta figura. Me esperaba, sentada en un hondo sillón, como la imagen de un sueño, en el último costado de la habitación. Llevaba un vestido blancoamarillento que la cubría hasta los pies, graciosos, que emergían de bajo el ruedo calzados con sandalias tacoalto del mismo color. En la cabeza, sobre sus trenzas trigueñas, un pañuelo de hilo tejido a mano, haciendo juego con el chalequito entallado que cubría su torso.

No podría describir con demasiada precisión lo que me sucedió esa tarde. Sólo estoy seguro de que no he de olvidarla hasta que muera.

En sus ojos, al saludarla ya percibí esa serena resolución que un hombre de mi edad sabe reconocer en las mujeres. Tomamos mi camioneta y me pidió que fuéramos a un lugar alejado, junto al río.

El sol suspendía en el aire las facetas de los cerros. Como una bendición sonora el agua azul corría a nuestros pies, sobre las piedras.

Isidora se quitó los zapatos.

Hasta ese instante yo había estado como idiotizado, mudo, sorbiendo cada suceso con una confusión de anhelos turbulentos que no conociera antes, siguiendo dócilmente las indicaciones breves que ella me hacía, expectante a cada uno de mis movimientos.

Me tomó de la mano.

Deshice una por una las espigas de sus trenzas. Fuimos quitándonos las ropas tiernamente, sin apuro...

Y en la orilla pétrea del río, bajo la fresca sombra de un arbolillo, conocí en unos instantes extensos la dicha más plena que hubiera podido captar mi conciencia... recibí sobre la piel la sensación más total que conociera; me introduje con el corazón abierto en un mar de calma, en un remanso envolvente y limpio, en la confianza original. Y tuve paz.

La vi levantarse y caminar desnuda hacia el agua y mis ojos agradecidos registraron el descenso de su cuerpo y el ascenso del agua transparente, que pareció descomponerla en dos personas, la superior, de dorado volumen, y la inferior, una ondulante sucesión de formas azuladas que se movían buscándola en su centro.

Sólo atiné a quedarme allí, en la orilla, un poco más arriba, en el suave barranco, tendido, mi cuerpo apoyado en un codo y recibiendo de la cintura para abajo el fuerte sol que ya se había corrido, sin moverme, no sé por cuánto tiempo. Reaccioné cuando, perlada de gotas, me tendió la mano para que la ayudara a remontar el barranco. Ahora recuerdo un pensamiento que cruzó por mi mente aquel instante. Al verla tan limpiamente, plena bajo el sol, percibí la analogía de sus formas perfectas con las sublimes carnaduras del quattrocento itálico. Pero en ese mismo instante, mis ojos habituados a mirar hallaron una emanación monstruosa, una efracción enfermiza en aquel cuerpo. Por un momento encontré los rasgos -para dar una semejanza- de algo parecido a las deformes figuras de Bacon; como si sus facciones se descompusieran en otras excéntricas, dejando al descubierto, por partes, su dentadura y sus huesos: tal visión tuve de ella, por un instante.

Luego volvimos, sin hablar, en mi camioneta. Se despidió de mí con un suavísimo beso.

Sólo al volver a mi habitación, ya más dueño de mí, bajo la ducha, mientras rememoraba momentos de esa tarde extraordinaria, acusé recibo de algo que ella había dicho antes de que todo comenzara. Algo que no me favorecía, ciertamente. Junto al río, en el momento de tomarme la mano ella había murmurado claramente estas palabras:

«Vivamos hoy pues no nos veremos más».

Sobrepasado por los sentimientos, había seguido con más interés la modulación de las palabras y el timbre húmedo de su voz, que su contenido conceptual. De modo que, al develárseme su significación, ya muy luego, se produjo en mí esa sensación de vacío en el pecho que suele causarnos la súbita percepción de un hecho grave. Sin embargo, terminé convenciéndome de que era solamente una fórmula, con la cual una mujer bien educada pretendía salvar lo desdoroso que podría resultar, visto a la distancia, un acto prematuro de entrega total. A medias conforme con este pensamiento, me retiré a cenar en la mesa más alejada de la terraza del hotel.

4

Comenzó un período negro para mí.

Como temía, sus palabras resultaron verdaderas. No podía encontrarla por ninguna parte. Sabía que estaba, pero se me negaba. La buscaba en su casa, algunos días hasta dos o tres veces, pero sólo me hallaba con la patética máscara de su madre, quien, como un fantasma desde las penumbras me contestaba invariablemente:

- Isidora ha salido, señor.

Los parroquianos comenzaron a mirarme socarronamente pues -pueblo chico- se sabía ya de mi pasión. Y lo que sustentaba esta burlona suspicacia era que, según me enteré, Isidora había sido vista salir por las tardes en coche con el ingeniero, mi rival.

Una ingobernable desesperación comenzó a adueñarse de mi espíritu. Yo, que había sido un hombre mesurado hasta el punto de pasar por frío, por primera vez en mi vida no podía dormir. Una confusa masa de sentimientos en los que se mixturaban deseos, angustia, despecho y soledad, estaban haciendo de mí paulatinamente un ser crispado.

Al levantarme una mañana, vi mi rostro en la luna del ropero; y decidí que aquello no podía seguir más. Me estaba convirtiendo en un guiñapo. Entonces me resolví a montar guardia, por las tardes, frente a su casa, hasta verla salir. Le iba a exigir que se casara conmigo. Y si no aceptaba, la mataría... y me mataría yo después (hasta tal punto había llegado mi locura)...

Aquel día fue interminable para mí. Me afeité y acicalé temprano, sin poder evitar hacerme algunos cortes en el rostro con la navaja. Almorcé en mi pieza. Después caminé, en mi encierro, hasta perder la cuenta de mis pasos.

Por fin llegaron las primeras sombras de la tarde.

Inesperadamente una intensa calma embargó todo mi cuerpo. Como si no fuera yo quien actuara, con una conciencia exacerbada de mis movimientos tomé lentamente del armario el revólver Smith & Wesson calibre 38 corto y lo ajusté con funda y sobaquera sobre mi pecho izquierdo. Después, me coloqué la chaqueta y salí.

Me puse de guardia tras una pared rocosa, muy cerca de su casa. Como ya mencioné, Isidora vivía en una antigua construcción, grande y solitaria, en un vallecito aislado entre las sierras... Esto hacía sumamente sencillo mi trabajo.

Ya había anochecido cuando llegó el reluciente automóvil, modelo del año y se paró frente a la verja. Con el corazón palpitando en la garganta, vi al joven bajar, golpear apenas, y perderse tras la sombra de la puerta. Después, salieron los dos. El la llevaba del brazo.

¿Por qué no los maté en aquel instante? ¿Acaso, por una extrema degradación de mi autoestima, me proponía complacerme con mi sufrimiento y contemplar hasta el final mi propio escarnio? Lo cierto es que los dejé partir. Tomé mi camioneta y, a prudente distancia, los seguí.

Se internaron en las sinuosidades de los cerros. Con el dolor que atravesaba el corazón de ese hombre que era yo, pero por un enajenamiento de tipo nervioso a la vez me resultaba extraño, los seguí por el camino que ya había conocido muy bien.

Vi apagarse los focos traseros del auto a la distancia y me detuve. Por unos largos momentos me quedé cavilando, inmóvil frente al volante de mi vehículo sin saber qué hacer. Después, bajé, y continué el camino a pie.

Tras unas nubes espesas y negras, de pronto, apareció la luna.

¿Qué haría? ¿Los mataría a los dos? ¿Me mataría yo?... Con estos febriles pensamientos llegué a la roca que, algunos días atrás cobijara nuestro amor junto a las aguas. Bruscamente la salté.

Y allí me encontré ante una escena inenarrable.

En el suelo, alumbrado por la luna, yacía el joven ingeniero. Su espalda había quedado sobre una roca, a la altura del cinto, por lo cual su cabeza colgaba hacia atrás y parecía mirarme. Estaba semidesnudo, con el cuerpo horriblemente bañado en sangre... y encima de él... aquél extraño ser... oscuro... mezcla de perro y oso... inclinándose a la altura de su pecho... ¡le comía las carnes!

Me quedé mudo. Por unos segundos, la bestia no reparó en mí, y siguió con su horrible tarea. Saqué el revólver. Debo de haber hecho algún ruido, porque me vio. Levantó su cabeza hacia mí y pareció asustarse. Cuando la apunté se me abalanzó y pude ver que sus agudos dientes brillaban como si fueran de fuego... Cerré los ojos y disparé. Disparé, hasta agotar el tambor.

Sentí que la bestia me dejaba. Al abrir los ojos la vi alejarse renqueando, dejando tras de sí un reguero de sangre. Cuando miré mi mano casi me desmayé. En vez de ella, había quedado un muñón sanguinolento.

No pude manejar mi camioneta, así que regresé caminando al pueblo. Llegué al amanecer.

El médico de Belén, por precaución, me hizo trasladar a la ciudad de Catamarca, luego de darme los primeros auxilios y escuchar con paciencia mi increíble relato. No puedo narrar nada del viaje pues, bajo los efectos de un tranquilizante, me dormí.

Desperté en una blanca habitación del Hospital Regional de Catamarca. Allí me dieron una atención tan afectuosa, que a los dos días me sentí recuperado. Por lo extraño de mi caso, sin embargo, el director no quiso dejarme ir sin que pasaran al menos dos semanas. Al día siguiente de internado llegó mi hija, que avisada por mis hospederos había venido de Rosario. Como me habían trasladado con lo puesto, partió enseguida hacia Belén para buscar el resto de mi equipaje. Por ella me enteré del resto de esta historia.

El joven ingeniero fue hallado muerto en el lugar que denuncié, con medio cuerpo descarnado. Para no comprometer a Isidora me había propuesto callar la razón por la que andaba yo en aquellos parajes (aun a riesgo de convertirme en el principal sospechoso). Pero me enteré con horror que mi hija había presenciado un velorio y le habían dicho que era el de Isidora. Mucho se murmuraba -según narró mi hija- sobre el modo en que se había realizado aquel entierro. Nadie sabía decir cómo murió ni en qué momento la habían introducido en el basto cajón. Por una luneta calada en la tapa podía verse su cara, pálida, cubierta de un velo blanco. Algunos llegaban a decir que el camino de su casa había amanecido aquel día regado con sangre humana. Pero ante extraños, todos callaban.

Transido por estos sucesos, sólo fui a Belén, al salir del hospital, para prestar declaración. Mi hija me convenció de que debía descansar bajo el cuidado de ella y su marido durante una buena temporada. Algún tiempo después recibí, en Rosario, el sobreseimiento de la causa.

Epílogo

Muchos años después, ya con los cabellos blancos, volví a caminar por aquel valle. La anciana ya no existe. Pero sobre la ancha laja de entrada ha quedado... (¿o es mi perturbada imaginación que necesita hallar pruebas?) una mancha, nítida, ennegrecida por el tiempo, que, estoy seguro, es de su sangre.



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