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Vacaciones

Al regreso del jardín, Mariona se quitó los zapatos y decidió acostarse en el suelo debajo de la ventana grande. Así sentía menos el calor de las tres de la tarde. Había descubierto un camino de hormigas. Todas eran del mismo tamaño y del mismo color, formaban una hebra larga y delgada que se desplazaba por debajo de la ventana, siguiendo una ruta que se perdía por algún lugar que ella aún no podía descubrir. Se quedó muy quieta. Estaba convencida de que lo averiguaría si no le quitaba la mirada de encima. Mientras las observaba, sus trenzas terminadas en unos lazos azules, habían caído a un lado de su cuerpo despejando el polvo que empañaba el piso. Le gustaba espiarlas. Le parecían muy educadas porque siempre las veía saludarse cuando unas iban y otras venían de regreso por el mismo camino. Su perseverancia la premió al descubrir un resquicio debajo del marco de la ventana por donde entraba un punto de luz. Sus grandes ojos grises brillaron de pura satisfacción. Pero, ¿Cómo las podría seguir? Salir era encontrarse con el calor insoportable ¿Y, si esperaba un poco más? Pensó que a lo mejor esa era la puerta por donde entraban. Entonces decidió que las seguiría en sentido contrario. Buscaría cerca del suelo. Comenzó a seguirlas con la mirada. Un bostezo le avisó que la hora de la merienda estaba cerca.

—¡Mariona! ¿Qué haces en el suelo, y sin zapatos, niña?

—Estoy pasando el calor, sudaba mucho y por eso me los quité.

—¿Ya recogiste todas tus cosas?

—Sí y están dentro de la maleta desde hace dos días.

— Ven a merendar y ¡Cálzate por favor!

—¿Cuándo salimos? La tía Sara debe creer que no vamos.

—Mañana bien temprano. El viaje hasta Mérida es un poco largo.


Mariona daba palmadas, le gustaba ir donde su tía. Mérida era una ciudad andina donde el sol tenía que subir mucho para poder calentar la ciudad. Allí el calor no la molestaba para nada. La casa era más grande que la de ella. Tenía un patio interno donde colgaban helechos con sus ramas que llegaban casi hasta el suelo. A veces se paraba debajo y le parecía que estaba en una selva. Había un pasillo que unía la sala con las habitaciones. Eso le gustaba mucho, pues tenía espacio para correr. Allí se encontraba con sus primos, quienes siempre tenían ideas buenas para inventar juegos. Estaba de acuerdo con sus mayores en que Maracaibo chorreaba más calor cuando comenzaban sus vacaciones. Seguro que el sol se enojaba porque todos querían marcharse de allí por esa época.


Después de merendar corrió hasta el lugar dónde había dejado el camino de las hormigas para seguirlas. Con desilusión vio que se habían marchado. Lanzó un suspiro de fastidio. ¡Faltan tantas horas para el viaje! Se dijo. Oyó el reloj de la sala, y se lanzó en carrera para ver la hora. ¡Las seis! Llegó a la conclusión que ese reloj no le gustaba, se tardaba mucho en dar las horas. En cambio el de la casa de su tía si era bueno. Estaba colocado en un lugar donde todos lo veían al pasar por el corredor. Era grande. De madera brillante. Los números se podían ver desde cualquier distancia. Cuando daba la hora se oía en todas partes, adentro de la casa y fuera de ella. Les avisaba cuando la comida estaba lista y el momento en que debían reunirse para oír la radio. La casa nunca se sentía sola de noche, era como si las horas hablaran entre ellas.

En ocasiones se quedaba mirando cómo el péndulo oscilaba. Tenía la impresión que adivinaba cuando ella hacía alguna travesura porque cuando lo veía parecía decirle con su movimiento: No..No...Prometía, entonces, hacer menos travesuras. Pero la promesa la olvidaba pronto cuando estaba con sus primos. Siempre se les ocurrían cosas interesantes que ella no dudaba en hacer. Como cuando tuvieron la idea de pintarse la cara con pequeños trozos de madera chamuscados que sacaban de la chimenea. Era muy divertido. Ellos se pintaban bigotes y ella lunares por toda la cara. Enseguida iban en busca de los mayores de la casa y cambiando la voz los saludaban imitándolos. Los mandaban a lavarse y ella desilusionada se marchaba al porche de la casa y se sentaba en la mecedora balanceándose con disgusto. Hasta allí llegaba Ana Coriana, la criada que trabajaba en la casa y era como de la familia. Le traía galletas y le narraba cuentos que le hacían olvidar el regaño. Ella era mágica. Mariona no lo dudaba. Cuando le preguntaba por qué se comía los pichones de paloma, ella respondía que le hacían volar la mente para buscar las historias que tanto le gustaban.

Sus ojos volvieron a mirar el reloj de la casa. Todavía las ¡seis! Y, ¿Si se dormía rápido para que amaneciera pronto? Salió en busca de su madre y le dijo que se iba a su cuarto a dormir.


—Mariona, es muy temprano. Busca a tus hermanos y juega con ellos.

—Es que nunca quieren jugar lo que a mí me gusta.

—Entonces, ponte a dibujar y verás que el tiempo pasa rápido.

—Pero, ¿Si me duermo no es mejor?

—¡Niña, qué angustia! No puedes dormir sin cenar. Déjame terminar los bocadillos para el viaje de mañana.


Al fin, llegó la noche. Mariona se puso su pijama y se metió rápido en la cama. Se dormiría pronto para que amaneciera cuanto antes. Agarró su muñeca que siempre la acompañaba y apagó la luz. Cerró los ojos pero los abrió de nuevo. ¡No tenía sueño! Los cerró con fuerza. Si los dejaba así, seguro que se dormiría. Ya le dolían y decidió abrirlos. No lo podía creer. No se dormía. La mañana no iba a llegar nunca si estaba despierta. Prendió la luz y agarrando su muñeca salió del cuarto en busca de sus padres. Los encontró cuando ya se disponían a entrar en la cama.


—¿Qué pasa, Mariona? —le preguntaron.

—No tengo sueño y me quiero dormir.

—¿Por qué no cuentas ovejas? —Le dijo su padre.

—Sí, cuenta hasta cien.—Le respondió la madre.


Regresó a su cuarto, se metió en la cama, apagó de nuevo la luz. Comenzó a contar pero al llegar a las treinta perdía la cuenta. Comenzaba de nuevo. No se dormía. Ella nunca había visto ovejas, sólo en cuentos. Esa era la razón, estaba segura. Decidió contar palomas. Al empezar a contarlas recordó, que en las vacaciones anteriores habían encontrado una muerta y decidieron enterrarla. La envolvieron en un pedazo de tela, la montaron en una tabla y entre todos la llevaban hasta el hueco que su primo Benjamín había cavado en el jardín de la casa. Fue muy triste. Pero Ana Coriana, quien siempre los acompañaba, les dijo que cuando una paloma moría otra estaba naciendo para ocupar su puesto y por eso habían tantas. Levantó una de sus manos y como si ella hubiera dado una orden, una paloma salió volando hasta el techo de la casa. Se miraron entre ellos con las caras sorprendidas. Sí, la criada era mágica. No había duda.


Después los llevó a comer un pastel que había preparado. Todos corrieron olvidando el suceso que los había entristecido un momento antes. En el comedor sobre la mesa de madera, los esperaba la torta. Cogieron el pedazo que les dio la criada. Antes de comerlos, acordaron hacerlo debajo de la mesa. Les gustaba sentarse en la base donde se unían las patas. El espacio no era muy grande y tenían que estar muy juntos. Siempre hacían apuestas para ver quién tocaba el piso. El que lo hiciera perdía y lo sacaban del lugar.


—¡Mariona! ¡Mariona! ¡Levántate que se hace tarde!

 



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