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Mandy, o el amor en tijeras

Lo que sigue fue escrito para impresionar a Mandy. Una vez terminado, se lo llevé, pero ella ya no estaba,...

 

Todo comenzó una mañana de verano, merecería haber sido seis de enero, pero esto es sólo un detalle. Ese día entré por primera vez a una de esas peluquerías del centro seducido por la promoción del pago al contado y ciertamente el corte resultó efectivo. Lo que terminó en cuotas inexorables, abonadas con puntual satisfacción, fue mi entrega total a Mandy, el Amor que mi existencia presentía.

Yo no sospechaba estos salones inmensos donde una multitud brinda esmero a otra que se deja esmerar plácida, confiada. Con andar pausado bajé una escalera intimidatoria, cada peldaño me acurrucaba un rubor. A punto de emprender la retirada una señorita salió a mi encuentro, reteniéndome, apresándome, salvándome la vida. Ella era bonita, como se descuenta deben ser las niñas que cumplen esta atrapante función, mas en su fisonomía asomaba algo extraño e inquietante: su sonrisa instalada por el reglamento interno de la casa, su belleza que pugnaba por esconder el aburrimiento originado en la repetición de los gestos amables, ejecutados hasta el cansancio, día tras día, cada minuto de todas las horas. Me entregó un papel en el que había anotado mi nombre debutante y pasé al recinto donde varios cortadores, chicas y muchachos, ejercían su oficio. Con el tiempo advertí también la presencia de peinadores y manicuras, depiladoras y masajistas, todos ajetreando ese laberíntico panal subterráneo.

Amenizaba la espera escondiéndome detrás de una revista y al elevar distraído la mirada, la vi. A decir verdad no la vi en forma directa sino reflejada en un gran espejo que en ese momento de mágico ensueño la mostraba solamente a ella, en todo su esplendor. Luego busqué mi imagen en ese mismo cristal y cuando con dificultad la encontré, lo que reconocí brillando en las pupilas dilatadas por la conmoción no era otra cosa que el Amor, así nomás de sencillo. Profundamente sencillo.

Una de las chicas se acercó solícita, tardé unos instantes en reaccionar y cuando desperté de mi ensoñación me negué con palabras cordiales, dispuesto a trasnochar el turno con la otra, la diosa, aunque durara mil años la espera. De inmediato mi mente elaboró el plan genial para la conquista inevitable. Observé a los dos que me antecedían en la atención de la predestinada, ellos se mostraban simpáticos y locuaces, a lo que ella contestaba con sonrisa ampliada por el trato afectuoso. Mandy actuaba de esa manera por el mero hecho de no desairarlos, en una actitud a todas luces profesional, según mi segura deducción. Conmigo las cosas iban a ser muy diferentes.

El camino a recorrer debía ser el opuesto al de los demás pues mi amor era el único de verdad sincero enfrentando a los impulsados por la sola atracción de la carne; por lo tanto, ya en esa primera oportunidad, me manifesté parco en extremo, limitándome a darle las instrucciones mínimas e imprescindibles para el corte deseado. Eso sí, adopté un aire de persona inteligente y preocupada, con ligeros toques de misterio, como desinteresado del entorno, sobre todo de la presencia perturbadora de Mandy, acariciando mis cabellos que se evaporaban al influjo de su arte.

El plan maquinado se podría resumir así: actuando en forma distinta al resto, plebe buscadora de sexo efímero y sin compromiso, ella no podría dejar de observar la diferencia. Con estilo sobrio y mesurado la atraparía para llevarla al altar, sin duda alguna.

En esa jornada de sol nació una devoción sin claudicaciones. Ya no dejé de frecuentar ese palacio largo y ensortijado donde Mandy reinaba por su hermosura, rodeada de princesas y cortesanos.

Con el volar de los días fui reteniendo en la memoria el rostro de los rivales para odiarlos luego a la distancia saboreando mi evidente supremacía. Había sobre todo cuatro o cinco que aparentaban ser los más amenazantes, pues por la astucia maliciosa exhibida sin pudores, podrían engañar a mi amada inocente y virginal, aunque yo confiaba en el juicio final de Mandy.

Mis enemigos se caracterizaban por imponer cortes sofisticados, antojadizos y ridículos, así como también por las generosas propinas depositadas en las manos de mi agraciada que las recibía fingiendo mohines de ternura. Por mi parte, amén de la sequedad en el trato, me diferencié de ellos por la sencillez de mis requerimientos, siempre los mismos. Mis monedas, en lugar de recompensa recordaban una limosna. Esto sería determinante para sobresalir entre los adversarios, todos iguales y sin rasgos de distinción, como cortados por la misma tijera.

A pesar de conocer la verdad de su ferviente admiración hacia mí, no podía dejar de sentirme molesto, celoso diría tal vez un observador imparcial, mientras ella engañaba a los otros en medio de comentarios y risas que eran puntazos en mi costado enamorado. Pero la certeza abrigaba mi anhelo, a pesar de las nefastas apariencias, ella era toda mía, sin contras.

En la vigésima octava visita al santuario casi lloro de alegría cuando Mandy me reconoció y dijo, aunque dudando un poco, mi nombre. A continuación preguntó si me cortaría como siempre, entonces mi corazón estalló en una emoción apenas contenida, mordí los labios empalideciendo; en la exaltación de ese instante supremo casi eché a perder el plan para la conquista llevado a la práctica con magistral paciencia. La novedad me colmó de euforia y al salir estuve tentado, yo que jamás juego a nada, de apostar a la quiniela al número marcado por ella ese día en mi memoria. De todas formas no hubiera ganado ya que el dinero y el amor van por senderos distintos, esto es cosa sabida y comprobada.

El tiempo transcurría y los progresos no eran palpables, pero mis pulsaciones certificaban que en el interior encandilado de Mandy se libraba una lucha sin cuartel entre su corazón flechado por tan digno caballero y el recato que las circunstancias imponían. Al final del camino, antes del infarto, acabaría por sucumbir ante mí, entregándose sin condiciones ni reparos. Sólo una mente extraviada podría ser capaz de latir diferente.

Si bien el amor profesado a Mandy se asentaba sobre bases sólidas, espirituales en su esencia, debo reconocer ante el mundo que además su físico era apetecible. Yo no podía sustraerme a ese llamado sensual y placentero emanando de cada poro de su cuerpo, brillando con luz propia en el salón, ya convertido en hogar.

La ciudad empuñaba odios y la anhelada posesión no se concretaba. Por suerte para mis nervios, yo no tenía ningún inconveniente cuando me masturbaba de manera plácida y regular, artesanalmente. Era ir gozando a cuenta de futuros, más fecundos placeres. El único problema era la envidia que esto generaba entre mis compañeros de la oficina, estériles e impotentes de vivir un amor así. No sé como lo advertían pero acertaban siempre en las observaciones de mis viajes al rincón del deleite solitario; tal vez algún gesto mínimo traicionaba mi brazo ante sus miradas suspicaces, cuando me paraba. De todas maneras, debo decir algo a favor de ellos: a pesar del comprensible sentimiento de inferioridad, no dudaban en alentarme a viva voz cada vez que me levantaba del escritorio para dirigirme al lugar destinado de común acuerdo para mi uso privado y exclusivo. Eso sí, la hinchada fervorosa trataba, sugiriendo nombres exóticos, de que mi mano se deslizara traicionando a Mandy. Nunca lo consiguieron y a través de los gritos me mantuve fiel a su imagen venerada. Al regresar a mi puesto solían brotar cálidos aplausos entre la concurrencia mientras el jefe inclinaba la cabeza balanceando un no.

Un día, en la peregrinación número ciento cinco, sin prevenir las consecuencias, quise anticipar los acontecimientos. Sugerí ligeros cambios en la rutina del corte ya repetido hasta el hartazgo. Esto debió sorprenderla sobremanera, excitándola, prendiendo fuego bajo su uniforme, pero supo contenerse y aceptó las nuevas disposiciones con ánimo sumiso y gentil, respetando mi silencio apenas salpicado de comentarios casuales acerca del clima u otra circunstancia del momento. Los dos sentíamos lo mismo, las palabras sobraban entre nosotros, nos comunicábamos en una esfera superior, más etérea y perdurable. Altísima.

Pero como no era cuestión de quedarme de brazos cruzados, puse en práctica una sutil estratagema. Como al descuido dejé caer en la alfombra un papel con el teléfono de la oficina. A partir de ese día me sobresaltaba al sonar la campanilla, el aparato resbalaba por mi mano hasta que otra voz requería una carpeta o se inquietaba por una duda o impartía alguna orden. A veces algunas carcajadas a mis espaldas me hacían suponer un error. Pero la treta dio sus frutos cuando sonó un viernes a las seis de la tarde y yo estaba en la fotocopiadora, entonces me precipité desarmando en el aire el juego de hojas, atendí y del otro lado sólo hubo prudencia. Yo desaforé el nombre de mis sueños imaginando su rostro y su timidez. CLIC. A los pocos meses lo mismo. Y después ya no llamó nunca más...

Era un ritual, al promediar el idilio tijeras mediante, una muchacha se acercaba con un café y la pregunta se repetía como una fórmula a la que yo respondía cada vez: "dulce, por favor, muchas gracias", y entonces la muchacha, no siempre la misma, se distraía mirándonos alternadamente con una sonrisa en los labios y se dedicaba a imponer dulzura cucharada tras cucharada hasta que yo la hacía reaccionar diciéndole, "está bien, ya está bien de azúcar, gracias señorita", mientras Mandy esbozaba el gesto reprobatorio tan característico en aquél que no desea ser sorprendido en su enamoramiento. Luego la del café se alejaba y nuestro silencio era un remanso entre las conversaciones vanas de los de alrededor. Y como desde el fondo de una galería se oían las risitas breves y entrecortadas. Alguna vez, un comentario: "Y Mandy, parece que tenés para largo con el señor". No había caso, todos en el lugar complotaban para nuestra felicidad.

En una ocasión de triste recuerdo, mientras aguardaba ser seducido por las sabias y mágicas manos, percibí cómo el tono de su voz, tan tenue de común, iba aumentando al calor de una discusión entablada entre ella y el que, ya lo suponía yo desde años atrás, era mi rival más peligroso. Se le notaban con claridad las intenciones mezquinas dibujadas en el rostro plasmado de lujuria; era joven, alto y rubio, los ojos claros y la piel bronceada sobre el cuerpo bien trabajado; en suma, era dueño de una buena pinta el atorrante. Estuve a un peine de intervenir, pero un vistazo de la diosa suplicante me retuvo en mi sitio, desgarrado por la bronca y el dolor. Con seguridad, el desafortunado galán había reaccionado de malos modos al notar el cálido mirar de ella dirigiéndose a mí en su casta entrega. Cuando llegó mi turno, Mandy cumplió con la ceremonia acostumbrada, hipando todavía, conmocionada a raíz de la tremenda prueba soportada por culpa de su callado amor, acaecida delante de colegas extrañados ante la penosa e inesperada escena. Seguramente ellos eran guardianes del secreto albergado en el corazón de la mujer que, con la tijera en la mano dándole todo el poder, me había hecho suyo para siempre, hasta el fin de los tiempos.

Después de un período bastante prolongado durante el cual no me animé siquiera a preguntar por ella, tal era mi temor a perderla, Mandy retomó su puesto de mando, bella como solía serlo, pero algo más pálida y delgada. Le ofrecí, como prueba de la grandeza de mi idolatría, un racimo de cabellos estirados por el abandono involuntario al que ella lo había sometido en esos aciagos días sin caricias. Hasta llegué a pensar en regalarle un ramo de flores. Faltó muy poco... casi nada... un pétalo.

Mandy permanecía las cuarenta y ocho horas en mi cabeza atormentada, con fiebre, sin aspirinas que pudieran aliviarla. Durante el día, la imaginaba sorprendiendo por detrás a mis indefensos oponentes, navaja en mano. Ellos veían aterrorizados correr la sangre que brotaba a chorros de las heridas. Mandy encarnaba así a la Justicia, agotada de soportar tanta bajeza en los hombres, acosadores, malignos, hambrientos de placer malsano, los hombres. Y por las noches... ¡ah! ... por las noches su imagen dormía a mi lado luego del amor al que nos habíamos sometido mutuamente complacidos. Era inevitable, sobre todo en los veranos, que los gemidos algo estentóreos llamaran la atención de mi madre; ella por el calor y los suspiros no lograba conciliar el sueño, entonces sucedía que mamá entraba con sigilo a la habitación, traía un té de tilo bien calentito, para calmarme, decía. Daba pena en los veranos, mi madre.

Los meses y los años fueron pasando delante de nosotros como incansables quimeras. Las diferentes estaciones variaron los ardores, pero yo persistía en mi rosado deseo, contra viento y espuma.

Aunque me avergüence, debo confesarlo, ya no me masturbaba con la frecuencia arrolladora de los primeros tiempos; a pesar de ello creí oportuno encarar la ofensiva final. Durante los preparativos, quince días impensables, la privé de mi asistencia. Imaginé su sorpresa y entusiasmo al ver mi engrosada figura entrar para alzarla entre mis brazos ya no tan fuertes. Las lágrimas correrían como un río desbordado por sus mejillas, presa de la pasión, lista para recibir los besos del amante. Era hora de recompensarla por tanta silenciosa renuncia. Sí, era hora. Las ocho de la noche y llovía y hacía frío, afuera. Oscurecían de invierno las calles.

La llovizna me daba de pleno en el rostro surcado de las primeras arrugas, las peores tal vez. Había alquilado un frac, en el negocio dijeron que era lo apropiado para la ocasión. Rememoré en esos instantes previos al gran acontecimiento cada gesto, cada mirada, alguna que otra palabra, toda la etapa más gloriosa de mi vida transcurrida junto a Mandy, que con peine y tijera, entre champúes y lociones, se desarrollaba en mi cerebro carcomido por la decisión bien firme, determinada, definitiva.

Me paré frente al local tantas veces transitado recorriendo el camino al éxtasis, encendí un cigarrillo más largo que el tradicional, aprendí a tragar el humo, aspiré hondo el aroma de esa esquina tan mía, musité una promesa llena de sentimiento y comencé a caminar hacia la virgen mientras una brisa agitaba los pocos cabellos que asomaban tímidos en mi ya indisimulable calvicie.

Saludé a nadie en el atrio, descendí por enésima vez las escaleras, todo igual pero distinto, una música celestial enajenaba mis oídos. Entré al templo con los brazos extendidos, los labios resecos. La recepcionista, como un ángel, se apartó para admirar mi entrada; tal vez advirtió algo en mí, sus ojos parecían brillar. Llegué al altar, casi todo formaba el conjunto habitual, creí ver algunas flores. Quise ocupar mi lugar... y caí de rodillas.

Y lloré largamente. Largamente. Largamente.

 



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