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La cita II

Mira el reloj nuevamente. Son las cinco y aún debe aguardar una hora para la salida. Su rostro, demudado repentinamente, refleja ira. No puede trabajar y por más que lo intenta, no logra concentrarse. Una voz amistosa la saca de su ensimismamiento:

—¿Qué te pasa? —la interrogó con cierta ironía Conchita, escritorio de enfrente, a la derecha— ¿ya te quieres ir?

—No, lo que pasa es que... bueno, un amigo... ¡un pendejo! me ha estado molestando —contestó Ana Luisa visiblemente enfadada.

—¡En serio! ¿De aquí o por tu casa? ¿Dónde... qué te tocó? —preguntó con interés, al tiempo que tomaba una posición cómoda para la platica: puños cerrados en el mentón y los codos en la mesa.

—¡No! no es eso, no seas mal pensada —afirmó rápidamente Ana Luisa, poniendo cuerpo y oídos en la misma posición que Conchita—. Es un amigo de por mi casa a quien hacia mucho no veía. Años atrás terminamos mal, pero... ayer, ¡me lo encuentro! ¿Te acuerdas que te platiqué de la fiesta de mi sobrino? Pues allí estaba. Yo ni lo quería ver, me trató mal cuando éramos chicos. Pero ya conoces a los hombres, todo la noche como mi sombra, que qué distinguida, que qué bonitas manitas, que qué bien me han sentado los años. ¡Parecía que me quería comer! ¡No te rías, payasa!

—¡Ay! Lo que pasa es que lo cuentas muy chistoso…, pero, dime, ¿está guapo, te gusta mucho? y… ¿sí fueron novios?

—No, por eso te digo que me trató mal. Yo siempre lo andaba buscando, y él, ni caso. Estaba yo chiquilla, como 15 años. Me gustaba juguetear con él, le hacía bromas, lo abrazaba, le contaba chistes. Y él, siempre serio, serio, con su carota. Pero era buena gente, y en el fondo, creo que yo también le gustaba. Me invitó a salir una vez, pero me dejó plantada. Luego se fue varios años a la capital y ni me avisó. Yo, la verdad, me sentí muy triste y lo extrañe algún tiempo. Pero después seguí mi camino, termine de estudiar, me puse a trabajar, y aquí estoy. Y aunque lo recordaba de vez en cuando, nunca pensé volverlo a encontrar. Y la verdad, es que me da coraje. Después que me despreció tanto, ahora sí, otra vez quiere verme…

—Pero tú también tienes ganas de verlo, ¿no? —preguntó la amiga, mientras guiñaba un ojo.

—Sí, pero cuando me acuerdo, me da coraje —contestó Ana Luisa al mismo tiempo que se incorporaba en la silla—. Los hombres siempre creen que estamos a su disposición, listas a brincar y a bailar cuando a ellos se les ocurre, cuando tienen ganas.

—Para todos ellos, al principio, somos objetos que codician y coleccionan. El secreto está en hacerlos sentir miedo de perdernos si no se esmeran lo suficiente en cuidarnos.

—Y luego dicen que nosotras estamos locas —responde con sarcasmo.

—Y entonces, ¿Qué vas a hacer? —insistió Conchita.

—Eso es lo malo. Ya le dije que sí. Quedamos en que pasaría por mí hoy a las seis, cuando salga de la oficina.

—¡Ah!, ¡Conque es eso! —exclamó la amiga, con un tono de voz que hacía suponer un gran descubrimiento— por eso estás tan nerviosa. Eso quiere decir, que el susodicho sí te movió el tapete. Y ¿cómo se llama, por cierto?

—Rodolfo. Pero ese no es el problema. Lo que pasa es que me siento como una tonta. Después de tantos años, ha de pensar que sigo loca por él. Me arrepiento de haber aceptado tan fácil la cita de hoy. No sé qué hacer.

—¡Ay amiguita! Pues sí que la riegas. A los hombres hay que apretarlos y luego soltarlos, hacerse la interesante, que no te sientan segura. Apretarlos y soltarlos, no se te olvide.

—Pues sí, pero ahora ya es tarde —dice con preocupación Ana Luisa—. Va a llegar, y ahí va a estar su mensa. Eso sí, le dije que si llegaba tarde… me iba.

—¿Por qué no lo haces sufrir? ¡Que te busque! Fácil, no lo esperes hoy. Si de veras le interesa, te va a llamar.

—¿Sí, verdad? Quedó de venir a las seis. Si me voy antes, ya no me ve, y que me busque después. Pero… ¿y si no me busca? Mmm... ¡No!, sí me busca. Que se quede a esperarme hoy. Ahora va a ser él quien tiene que poner de su parte.

—Así está bien. Pídele permiso al Licenciado Martínez de salir media hora antes para que no te lo vayas a encontrar en la calle.

—¡Ahorita mismo voy ! —exclama decidida.

—Oye, dime ¿está de buen ver el tal Rodolfo? ¿Qué tal de …? —dice Conchita, al tiempo que realiza señas obscenas con las manos.

—¡Ay Conchita! —exclama entre risas Ana Luisa— ¡Tú siempre con tus cosas!


Ana Luisa camina por la avenida. No ha podido dejar de pensar en Rodolfo. La verdad es que a ella también le agradó mucho verlo en la fiesta y le encantaba la idea de encontrarlo hoy. Pero más allá del rencor por las pasadas humillaciones, el verdadero motivo que la había orillado a no asistir a la cita era temor… temor de ser plantada otra vez. Sólo eso le faltaba, después de tanto tiempo, permitirle seguir jugando con ella. Ahora es una mujer hecha y derecha, no la mocosa que lo perseguía y a quien tanto despreció. Ha madurado y tiene su orgullo, no va a venir cualquiera y a las primeras…, sin embargo una extraña sensación la invade poco a poco. ¿Y si viene?, ¿y si luego se enoja y ya no me busca más? La duda se apodera de ella. A cada instante, al pensar en Rodolfo, su primera determinación va perdiendo fuerza. Un pretexto, sí, necesita un pretexto para justificarse. Aún no es tarde para regresar.

Casi corriendo vuelve tras sus pasos, apurada, quiere llegar lo antes posible. Cuando alcanza la esquina del edificio donde trabaja, se detiene, toma aire profundamente, y fingiendo calma, camina despacio, como despreocupada. Observa atentamente, busca, pero… ¡no está! Mira el reloj con gesto automático; faltan cinco minutos. Si se encuentran ahora va a resultar peor, Rodolfo pensará que está ansiosa. Acelera el paso dirigiéndose a la oficina, pero de pronto, se detiene en seco, a unos cuantos metros de la entrada. ¡Si la ve Conchita!, ¿qué va a pensar? Se burlará de ella durante semanas. Medita unos instantes. Camina hacia el otro extremo de la calle, y en un puesto de periódicos compra una revista, cualquier revista. Desde allí nadie la verá. Puede esperar y decidir qué hacer. Se fuma un cigarro. Espera, desespera. Nadie sale aún de la oficina, y por la calle, ni sus luces. ¡Soy una pendeja!, dice para sí cuando el reloj marca las seis con diez minutos. Menea la cabeza con ambas manos en la frente. De pronto da media vuelta y con gran seguridad comienza a caminar, alejándose. Al llegar a la esquina voltea por última vez. Cierra los ojos un instante y después continúa su camino, meditando cabizbaja. Una palabra flota por su mente, pero ella se niega a aceptarla, no quiere ni pensarla pero... ¡humillada! ¡No por favor, no otra vez! Su taconeo se aleja lentamente de la calle. Esta vez no volverá a mirar, no se enterará que desde la otra esquina, un joven camina nerviosamente. No se enterará que a Rodolfo se le ha hecho tarde, apenas diez minutos, ni tampoco que la considera una mujer muy bella, distinta de la niñita de antaño, con esa gran seguridad en su voz y en su mirada y que de seguro, no está para juegos. Y tampoco podrá intuir ese temor que siente él por haberla decepcionado, ese temor que asoma por sus ojos.



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