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El naufragio de San

Isla de un hombre isla en el mar isla de esclavos isla del conquistador isla de una lengua lejana y perdida isla olvidada en un archipiélago de no-sé-dónde isla de peces y aves isla de sal y de sol isla morena isla mojada isla de estrella de aquella lejana estrella perdida en los tiempo nocturnos de la historia isla del hombre montado en la cabellera del cometa isla de una fe extraña arraigada a fuerza de nombres y fuego isla de santos isla de ángeles isla del santo decapitado isla del muerto isla de San Cucufate ruega por él:

Cuando San Cucufate murió en el martirio, decidió venirse a vivir a esta isla perdida. Después de convalecer durante cerca de un año esperando que las entrañas volvieran a su sitio, del que fueran arrancadas con inclementes latigazos, comenzó de nuevo su predicación. A decir verdad, a aquellos nativos no les importaba gran cosa las palabras que el santo (ya por aquel entonces había sido santificado) repetía hasta la saciedad. En la desesperación Cugat -como le llamaban con cariño los isleños- tuvo que aceptar que las hermosas oraciones de su fe fueran transformadas poco a poco a los usos de aquellas personas. Al principio la situación no parecía demasiado grave pero al transcurrir de los siglos, aquellos rezos dejaron de ser lo que eran y se convirtieron en simples fórmulas, más arraigadas por costumbre que por verdadera devoción.

Para nuestro santo aquello fue motivo de grandes decepciones y tristezas hasta que el jefe político tuvo a bien consagrarlo en la memoria colectiva de la sociedad y le construyó su catedral. Durante décadas, la edificación fue alzándose en el promontorio más alto de la isla, desde donde se dominaban los cuatro vientos, y aquella inmensidad azul que se perdía en el único y circular horizonte. En algunas épocas el fervor religioso de los habitantes se desbordaba casi sin límite y entonces las correspondientes secciones de la catedral tomaban formas caprichosas porque representaban el sentimiento profundo del ser humano. Había en contraparte otras épocas en que el desgano y la incredulidad dominaban en los hombres y por consecuencia, en la estructura de la catedral. De tal manera, la edificación, con el paso del tiempo, se convirtió en un registro exacto de las distintas épocas históricas de la isla. La guerra de revolución, los años de la epidemia, el gran eclipse y los maremotos, las tradiciones clásicas y barrocas, todo allí, en ese monumento a la fe y al prodigio humano. Hasta la fecha no ha sido posible recoger noticias sobre el avance final que tuvo la catedral. Sin embargo, a lo largo del tiempo, su construcción se convirtió en la única actividad de los habitantes de la isla. Nadie se dedicaba a otra cosa y hasta los peces, alimento básico en aquel lugar, brincaban por su propia voluntad en el aceite hirviendo con tal de cooperar en la construcción de aquel hermosísimo recinto de alabanza. No se recuerda un pueblo ni una era más religiosa en la historia de la humanidad.


En la escala de la santidad dos son los parámetros más importantes que asignan la predominancia e influencia de cada uno de estos personajes divinos en el mundo. El primero está relacionado con el número de templos consagrados en su nombre. En este sentido San Cucufate se sentía honrado a pesar de que su cuenta permanecía en uno. En su isla, él era el único santo adorado, algo imposible de encontrar en otra parte del mundo. Sin embargo, el segundo parámetro no había sido tomado en cuenta por el santo y a la larga había de ser el origen de la desgracia. Tenía que ver con un censo de fieles que llevaba a cabo la jerarquía religiosa cada cierto tiempo. En un lejano país los mandamases de la religión decidían cuales santos estaban de moda y cuales no. El gran problema para San Cucufate era que su isla no fue tomada en cuenta en tal censo, porque simple y sencillamente nadie sabía que existía. A pesar del sinnúmero de cartas que habían sido enviadas con paloma mensajera a distintos medios de comunicación, nunca se había logrado que nadie tomará en cuenta a ese punto en el mapa, el cual muchos confundían con un error tipográfico o con una mancha de tinta, o bien, con algún insecto muerto. Lo más que consiguieron fue que algún agente de suscripciones novato e inexperto les enviara semanalmente El País, publicado en lejano continente, en el cual, algunas nostálgicas ocasiones, Cugat recordaba haber vivido. Cada domingo, religiosamente, una parvada de pericos volaba desde lejanas tierras para traer al santo su único lazo con el mundo civilizado.

Todas las mañanas San Cucufate leía el periódico de cabo a rabo. Y meneando el rabo, su perro dormitaba junto a él. Porque Cugat tenía un perro. De dónde y cuándo llegó, nadie lo sabía con certeza. Cuando se vive cerca de la santidad, la realidad no es precisamente lo que se ve, sino lo que se cree. Así que para muchos la aparición del perro no era más que un milagro cotidiano. Por ese mismo motivo nadie se sorprendió demasiado cuando un domingo soleado de julio San Cucufate empezó a gritar desaforadamente y a correr como loco por toda la isla. Muchos pensaron que ya era el día de su cumpleaños (el día 27, por cierto), otros que finalmente había dado en el clavo respecto al proyecto para la enésima ampliación de la catedral. Lo cierto es que la noticia que Cugat les leyó minutos después, habría de cambiar el destino de sus vidas.

La información en el periódico era terrible. Por alguna causa egoísta, la jerarquía había decido retirar a San Cucufate del santoral de la iglesia. "Su culto es muy reducido, y su vida se confunde con la leyenda" decía escuetamente el comunicado. En otras palabras, él ya no era santo. ¿Motivos?, ¿explicaciones? Todo sobraba. El hecho estaba allí escrito y no necesitaba más razonamientos. Sobra describir la tremenda conmoción que se apoderó del pueblo. A lo largo de los siglos, su religión había sido su única ocupación, los rezos al santo eran como el pan de cada día, y ahora de pronto, ya nada valía la pena. Su vida cotidiana carecía de sentido y la realidad se apoderaba de su mundo. Empezando por los peces, quienes dejaron de estar interesados en su propio holocausto.

Es inútil referir aquí el abandonó en que cayó Cugat. Todo el mundo se esforzaba por aprender a vivir en las nuevas condiciones y no tenía tiempo para un santo degradado, hasta que algún tiempo después de la caída, cuando parecía que todos se habituaban, sobrevino la desgracia, tan intempestivamente que nadie tuvo tiempo de prevenirse. Cuando se percataron era demasiado tarde. Simplemente la isla se hundía, tan rápidamente que algunas familias apenas tuvieron tiempo de escapar de sus propios hogares. La necesidad los arrastraba de nuevo hacia la antigua catedral, que por estar en el punto más alto de la isla ofrecía seguridad, al menos por algunas horas. Cugat volvió a encontrarse con su antiguo rebaño, pero en esta ocasión no podía hacer nada por ellos. La población había crecido tanto, que en el interior de la iglesia apenas cupieron los fieles. A regañadientes dejaron sus cosas afuera del templo, y pudieron mirar cómo en cuestión de instantes todo era tragado por el mar. Cucufate (no hay que olvidar que el "San" había sido retirado) no podía creer que de un plumazo hubiera sido borrado del martirologio, y menos que la isla desapareciera junto con su santidad (así con minúsculas). Prefería alguna explicación científica, como la del hielo derretido en los polos debido al calentamiento global de la tierra. Al mirar todo perdido los nativos se miraron unos a otros, y decidieron por unanimidad, salvar sus vidas y dejar al ex santo encomendado a sus oraciones y a su catedral, convertida a la sazón en un bello monumento a la inutilidad. Así que se subieron en sus canoas y se fueron siguiendo el rastro de los pericos. El perro de Cugat, también degradado ahora a ser simplemente "el mejor amigo del hombre", se miró en los ojos vidriados del ex santo, y como no encontró ninguna diferencia a lo que mirara desde siempre, siguió creyendo en él, y lo siguió por las escaleras hacía el campanario de la catedral. Una vez allí, Cucufate tuvo una iluminación de verdad. Se despojó de sus atributos y de su capa y de su espada y de su látigo y se volvió poeta. A lo lejos, sus antiguos fieles se despedían con tristeza, y entonces él se aprestó a responderles con un soneto:

A toda vela y con el viento en popa
zarpamos ¡oh valientes marineros!
los hijos de la luna tan guerreros
al puerto saludar alzan su copa...

pero los aullidos de su can no eran del todo apropiados para el lirismo que en ese momento desbordaba de su pecho, y decidió entonces interrumpir su poema y terminarlo en mejor ocasión.




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