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La cápsula del tiempo

"Faltan pocas horas para la inundación", le dijo su papá. Un hecho tan increíble casi no le ha dado tiempo de pensar. ¿Por qué van a desaparecer su pueblo? Aunque es domingo prefirió no buscar a sus amigos en la plaza; si no va al escondite ahora, después ya no lo dejarán volver. Lleva el tesoro -la cápsula del tiempo- entre sus manos. Ha tenido muchas dudas acerca de abandonarlo, pero al fin se decidió.

Ha transcurrido una semana completa de fiesta en La Concordia. Después de veintiocho años de descansar bajo el agua, el viejo poblado ha resurgido con toda la majestuosidad de sus ruinas, de sus calles y sus casas, los vestigios de la iglesia y la plaza central donde los domingos solía jugar con sus amigos. Toda la semana, junto con su esposa y sus hijas, ha revuelto escombros, mostrándoles cada rincón, contándoles los juegos que recordaba de su infancia.

Esta vez nadie podrá encontrar la cápsula del tiempo, nadie descubrirá sus secretos. El escondite es perfecto. Sólo debe estar seguro que el agua no va a afectarle. Conoció a su esposa en la capital, cuando ambos estudiaban en la Universidad. Sus hijas de ocho y seis años, saltando entre las ruinas, le traen a la memoria aquellos tiempos en el pueblo y un pensamiento que no lo abandona: a pesar de que el nuevo pueblo era más bonito y grande, muchas cosas se quedaron enterradas aquí. "Nada va a cambiar", le ha dicho su padre. Sin embargo, él no está tan seguro. Ya no bajarán por el camino de los gatos, ni podrán esconderse los domingos en el sótano de la iglesia -la nueva iglesia no tiene uno, le ha dicho su hermana mayor con tanta tristeza que se le salían las lágrimas-. Es como si una parte de él nunca se hubiera ido. Como su esposa insistió mucho en conocer su antiguo hogar han ido varias veces, sin embargo, él no ha querido entrar en la cocina. Hoy es el último día, mañana inundarán el embalse de la presa y el pueblo quedará otra vez bajo el agua. Decidió regresar una vez más, esta vez solo. Con calma va recorriendo los tres kilómetros que lo separan de las ruinas. Cuando se enteró de la inundación de inmediato se le ocurrió la idea. Desde la mudanza a la nueva casa, todos los días ha recorrido las tres kilómetros que separan los dos pueblos y ha estado trabajando, a la luz de una vela, con un pequeño cincel en la pared de la cocina. Removió uno de los ladrillos del horno y logró socavar un hueco donde cabe a la perfección la cápsula. Hoy dará los últimos ajustes y colocará su tesoro. Recuerda cómo trabajó en la pared de la cocina para lograr acomodar la caja de metal, con cuanta ilusión preparó su cápsula del tiempo, cómo repetía de memoria el artículo de la enciclopedia, "Guardar una pequeña muestra de la infancia y al abrirla años después sorprenderse mucho con el hallazgo: mi juguete preferido, mi libro favorito, los juegos y las canciones, mi estatura, mi peso, mis amigos..." pero en la enciclopedia dice cinco años, y él no tiene ni la menor idea de cuanto tiempo durará la cápsula bajo el agua. Le da miedo no volver a verla. ¿Para qué sirve la electricidad?, preguntó a su padre. Baja con cuidado la vereda que lleva hacia su casa. Al fondo, la planta de nopales, como una advertencia de no correr por ahí. No quiere caer de nuevo y espinarse. Además no puede arriesgar la cápsula. Le sorprende encontrar la planta de nopales después de tanto tiempo. ¡Cómo se espinó aquella vez! "Si te frotas las manos en el cabello se salen las espinas" recuerda las palabras de su mamá. Después de la curva está la casa. Entra y de inmediato se dirige hacia la cocina. De su pantalón saca una bolsa grande de plástico, se sienta en el suelo y abre la caja. Mira con detenimiento cada una de sus cosas, sus juguetes, su libro, las notas escritas, la foto; y entonces lo invade la tristeza. Sabe que probablemente no volverá a verlas, la presa quizás dure para toda la vida. Después de la curva está la casa. Apenas la mira, una avalancha de recuerdos se cierne sobre él. Necesitaba estar solo en aquel lugar para abrir su corazón. Tiene miedo de no encontrar la cápsula del tiempo. ¿Si alguien la ha tomado? "Imposible, el escondite era perfecto", dice para sí con una sonrisa maliciosa. ¿Y si el agua destruyó todo? Pensativo se dirige hacia la cocina, la cual está plenamente alumbrada con luz de día gracias a que el techo de la casa desapareció por completo. No ha olvidado el lugar exacto. Toma el ladrillo, lo aparta con cierta facilidad y de inmediato aparece el envoltorio. Ansiosamente lo retira del hueco y se sienta en el suelo. La bolsa de plástico ha cumplido bien su cometido, la caja de metal casi no ha sufrido daños, apenas está oxidada. Empieza a recordar con gran cariño aquellos años, la ilusión tan grande que lo embargaba al construir su cápsula del tiempo; el gran compromiso que sentía por realizar los preparativos tal como lo indicaba la enciclopedia; el dolor y a la vez el orgullo de sacrificar aquellos juguetes tan valiosos y que ahora apenas puede recordar; los años que ha mantenido las expectativas por volver a ver el contenido de su cápsula; la sorpresa y la alegría cuando sus padres le avisaron que, debido a las fuertes lluvias de la temporada, la compañía abriría las compuertas de la presa para evitar el desbordamiento y la rotura del dique. Levanta el pequeño seguro, y entonces se dispone a abrir la caja. Duda si debe cerrar la caja. Duda si debe abrir la caja. Si mira dentro de la cápsula tal vez se decepcione al reconocer que los objetos que contiene no corresponden al recuerdo de su niñez. Tiene miedo de perder la ilusión que ha conservado tantos años, miedo de que algo se rompa. Si coloca la cápsula en el escondite puede arrepentirse: tal vez aquel tesoro sea imposible de recuperar, puede ser que permanezca para siempre bajo el agua. Además, si su papá se da cuenta de la desaparición de sus juguetes, se enfadará y ya no le comprará otros nuevos. Ya no volverá Sandokan, ni el Hombre Increíble, ni los cuentos. Queda poco tiempo. Voltea hacia el camino siguiendo con la vista al niño que se aleja; cuando llega a la curva ya no lo ve más y entonces, la inquietud lo invade rápidamente. Decidido toma la cápsula entre sus manos, la envuelve con cuidado en la bolsa de plástico e introduce todo el paquete en el hueco de la pared. De inmediato coloca el ladrillo, sale corriendo de la casa y no se detiene hasta llegar a los nopales. Con cuidado camina junto a ellos, paso a paso, y después prosigue alegremente su carrera.

 



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