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La esfera madérica

Dicen que el día que lo consiguio lo siguiente que hizo fue despertarse y quemar el crucifijo. Y que después fue él quien, con la rabia de setenta y tantos años perdidos y los ojos de quien ya ha muerto se lanzó a su chimenea, aguantando el dolor -¿lo tuvo?- sin un solo grito.

Trato de imaginármelo así, sujeto a los ennegrecidos ladrillos, sintiendo la transformación de su cuerpo cansado. Yo no le conocía mucho. La verdad es que sólo le vi una vez y ni siquiera hablamos. Lo observé con asombro unos minutos que parecieron a la vez segundos y todo el tiempo del mundo, como si aquella estancia jugara con él.

Me agradó sobre todo su obsesión por aquel trozo de madera que miraba lentamente y que limaba con cuidado y parsimonia cada dos o tres suspiros; y entonces parecía que fuera a echarse a llorar con la rabia de impotencia de un niño.

Entre éstos, mezclado en su eterna ebriedad, le observé hace muchos años. Los pequeños también tenían curiosidad por aquel hombre que sin apenas comer ni beber ni dormir ni vivir pulía y volteaba una y otra vez la esfera madérica. Su respetuoso jolgorio me permitió pasar desapercibido, temeroso tal vez de que aquel anciano me mirase como miraba aquel trozo de madera.


Han pasado, ya digo, muchos años, no sé cuántos. En todos ellos no volví a pensar en él. Mi mente lo olvidó como se olvida del contacto de la ropa o las correas del reloj; pero, incomprensiblemente, hoy, que he sabido de su muerte por la misma casualidad que le conocí o que existo, he comprendido toda su vida y posiblemente todos sus pensamientos, cosa fácil esta, pues sólo tuvo uno, constante e infinito.

Todo esto me ha sido revelado instantes antes de escribir esto con letra desordenada, perturbado por la idea de no poder acabar mi relato. Quién sabe cuándo acecha la muerte, y no sería justo para el mundo el ser privado de saber, antes o después el significado de la esfera madérica.

Si todos estos folios se pierden en el fondo de un baúl o en el mismo fuego que consumió a aquel hombre, la farsa continuará y el ente fantástico que ellos adoran será alabado por siempre para su consuelo, para el solaz de sus mentes engañadas e irremisciblemente ilusas.


Tal y como todos aquellos que rezan en un templo son uno, abrazados por la Fe, siento que aquel anciano y yo somos la misma persona. Me consta que estudió (o estudié) Filosofía, noble disciplina, y puedo aspirar el olor a libro antiguo del que un día sus manos palparon lentamente, como sus ojos, el pensamiento de aquel de La Haye.

Lo perfecto, lo imperfecto... Lo perfecto estaba en su mente. No sólo la idea de Dios, todas las palabras son perfectas, representan a cosas perfectas. Se propuso demostrar que podía crear a Dios, y Dios era una esfera.

Cortó el árbol más grande que conocía, con el tronco más robusto y la madera más dura; no sólo iba a crear a Dios, sino que iba a hacerlo tan bello y enorme que el mundo entero se postraría ante él, no percatado del engaño, y sería visto desde todos los puntos del planeta. Como único instrumento aparte de sus ojos cogió una lima. Los primeros se iban saliendo de sus órbitas a medida que se acercaba el final.

Pero cuando éste llegó y estaba a punto de proclamar a los cuatro vientos su creación creyendo que tenía una esfera perfecta que rodaba con la mera exhalación de su aliento, se dió cuenta de que, dentro de la superficie tanto tiempo trabajada, había enormes montañas y valles, casi inapreciables al ojo humano.


Su ansia por la creación no disminuyó, y olvidándose de todo continuó día y noche mirando, limando, palpando y a veces incluso maldiciendo aquel trozo de madera que, sin apenas darse cuenta, empequeñecía lentamente en sus manos.

Pasados cincuenta años podía mantenerla con esfuerzo en sus brazos, y después de otros veinte cabía en la palma de su mano. Pero no renunciaba.

Cayó rendido una noche y se durmió. Tuvo un sueño pesado, sin sueños, y por eso se alegró cuando despertó y sintió la bolita en su mano. La primera impresión no la creyó, pero cuando cerró un ojo para acercarla al otro no lo dudó. Aquella lo había conseguido. Había creado a Dios.


Aquí vuelvo al principio de mi relato, que ahora tomará sentido. El despertar y sentir la imperfección en su cruda mano le hizo comprender que lo perfecto sólo existe en la mente. La idea de la esfera existía como eso, como idea, pero jamás habría una esfera en la realidad, como tampoco habría un triángulo o un cubo. Y sin embargo ¿podía decir que la esfera, la idea, le había creado a él y a toda la realidad conocida? Era evidente que no.

Lentamente levantó su cuerpo pesado del suelo y, mientras caminaba hacia la hoguera se pudo oir: "Dios nunca creó a los hombres, carajo. La verdad es que fue el hombre, estúpido y único animal incapaz de vivir en la eternidad del instante, quien creó a Dios, a la idea de Dios, tal y como creó la de la esfera o el triángulo, el amor o el tiempo. Adoramos a una esfera"


Nadie ha dicho a dónde fue a parar el trozo de madera. Yo lo sé. Se lo tragó. Y ardió con él.



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