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Ave Fénix

Habían transcurrido muchos años de dedicado estudio y grandes esfuerzos, lo que le representaba no sólo el abandono de su anterior vida, sino también, sacrificios económicos, penurias, vista cansado y algunos kilos menos. Ahora, Santiago finalmente asumiría el grado de Adepto en la Gran Congregación Hermética del Nuevo Milenio. No eran pocos los sacrificios, pero el triunfo era inmenso; finalmente poseía la sabiduría necesaria para continuar por sí solo los trabajos de la Gran Obra. Su maestro, el gran Astores, lo había aprobado.

En ese momento, dentro del laboratorio del Gran Maestro, Santiago se preparaba para la última lección. No podía olvidar la extrañeza producida por las palabras que su maestro le había dirigido el día anterior, y con las cuales lo apercibía para esta última prueba. Al principio se sintió un poco decepcionado, cuando se enteró que muchos de sus conocimientos eran inútiles, que algunos de los caminos seguidos, algunas de las fórmulas preparadas, no eran verdaderas. Mucho del trabajo había sido para probar su carácter, para forjar su entereza, para medir su lealtad. Y eso era precisamente el fundamento de la ciencia hermética: el saber no se transmite directamente, las dificultades se presentan a cada momento y el divino Arcano, agazapado entre las múltiples ramificaciones de la ciencia, aparece poco a poco, para que la luz ilumine sólo a los iniciados. "Ahora -le había dicho su maestro- ha llegado el momento del verdadero y último conocimiento, todo lo que has aprendido te ha traído hasta aquí, ahora vas a conocer el máximo secreto."

El laboratorio estaba oscuro, como siempre, pero en esta ocasión, una disposición especial del mobiliario reducía el espacio en el mismo. Un gran espejo dominaba la escena. Separado unos dos metros de la pared del fondo, en posición totalmente vertical, impedía observar el enorme librero donde se encontraban los libros y los manuscritos del maestro. El espejo devolvía la imagen de cualquier cosa que se encontrara en el laboratorio y Santiago se entretenía observando todo el instrumental a través del mismo. La gran mesa, el caldero, las tenazas, el fuelle, el horno; todo estaba listo para el trabajo. Repentinamente apareció el gran Astores, y sin más, empezó a preparar los elementos. A indicaciones del maestro, Santiago, ya vaciaba algún alambique, ya buscaba alguna receta, todo con un gran cuidado. Finalmente se preparó el caldero, y se agregó… La ansiedad de Santiago no desaparecía. Hasta el momento, todo lo que habían elaborado era muy conocido por él, nada novedoso aún que mereciera ser registrado en sus notas. Pero no desesperaba, sabía que el gran momento se acercaba.

Cuando la pócima estuvo terminada, según la experiencia de Santiago, dejaron de mezclar. El gran Astores se dirigió al horno, acercó unos leños y avivó la llama. Después dijo unas palabras, al aire, a la inmensidad. Santiago jamás las olvidaría. "Desde el inicio de los tiempos, en la antigüedad de la historia, siempre ha existido una clase de hombres que hemos buscado la verdad eterna, el inicio de todo, la quintaesencia, el elemento primordial de todas las cosas. Finalmente, después de siglos de esfuerzo, el trabajo de aquellos grandes sabios fructificó. La piedra filosofal fue por fin encontrada". En ese momento la cara de Santiago reflejaba una enorme sorpresa. El Gran Maestro, por su parte, se encontraba embargado por una gran emoción, con todo el cuerpo temblando, con los ojos desorbitados, con los pocos cabellos de su cabeza erizados, su labio inferior temblando. Cualquiera que le mirara en ese instante pensaría que era víctima de un ataque. Al cabo de unos breves instantes de silencio continuó su discurso, ahora dirigiéndose directamente a su aprendiz. "Mi querido Santiago, ésta es la última vez que nos encontramos, pero después de hoy tú continuarás solo, tú proseguirás el magisterio de todos los grandes sabios, tú seguirás contribuyendo a la creación de la Gran Obra, sin ambiciones terrenas, ni falsas vanidades, con una meta, el Único Conocimiento. Te asaltan tal vez, ahora mismo, muchas dudas sobre la transmutación preparada hoy. Nada novedoso a fin de cuentas. Pero no olvides que siempre hemos estado en la busca del elemento primordial, del in-grediente que nos deje ver su más íntima esencia. Éste es el secreto."

No dijo más, giró hacia atrás, y de un simple movimiento apartó el espejo. Lo único que apareció además del enorme librero, fue un hombre desnudo. Debía tener alrededor de cincuenta años, increíblemente delgado, y la piel ceniza. Sus ojos, que miraban fijamente al maestro, no mostraban ninguna voluntad. A una seña del alquimista, se acercó, quedando justo a un lado del caldero. El Maestro lo miró fijamente e hizo una pequeña reverencia. De inmediato, con un fuerte golpe en el pecho lo precipitó en el caldero. Santiago, que miraba todo el cuadro hipnotizado, sin moverse, salió de su estupor al escuchar un grito, muy agudo, que duró sólo un instante. El Gran Astores le indicaba que se acercara al caldero. Obedeció de inmediato. Con gran curiosidad se asomó y pudo constatar que de aquel hombre, ya no quedaba nada. Entre ambos empezaron a mezclar aquel caldo pestilente.

Después de varias horas, Santiago se encontraba muy cansado, casi no podía creer lo que le había sucedido aquel día. Por el contrario, Astores continuaba febrilmente la labor. De pronto lanzó una exclamación, que más bien parecía un rugido. Antes que el aprendiz pudiera darse cuenta, se abalanzó sobre el caldero, y con ambas manos sacó una esfera cristalina como del tamaño de una naranja, muy pesada. La miró por todos lados, con un gran regocijo. Su aspecto era diáfano, de un color rojo encarnado, como un rubí. Era perfecta, algo nunca antes visto por ojos humanos. Se acercó a su aprendiz y se la depositó en las manos. Apenas la tocó, Santiago tuvo la sensación de una paz inmensa. Era como tener el mundo en sus manos. Las miradas de aquellos hombres se encontraron por última vez, ambos lo sabían, y una sonrisa de gran satisfacción se dibujó en sus rostros.



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