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La rodilla de Judy sigue

Para llegar a la sala 3 del Centro de Rehabilitación había que cruzar el pabellón de los discapacitados y cada vez que pasaba por ahí, Judy sentía ganas de vomitar. Esta era su segunda cita con aquella psicóloga de nombre Alicia y de una gordura enorme, descomunal, que a Judy le había hecho prometerse a sí misma que no comería más. Antes de salir de la zona destinada a las personas con deformidades, un hombre pequeño, que parecía muy triste, miró a Judy desde su camilla y antes de que ésta continuara avanzando por el pasillo, lo miró hipnotizada por la cicatriz enrojecida que cruzaba la mitad de su rostro. El hombre le sonrió a Judy, la cual se alejó con prisa, asustada, arrastrando su rodilla. El hombre habló con una voz rasposa y grave: --Hola preciosa ¿A dónde vas?--.

Judy llegó a la puerta que anunciaba la sala tres, la empujó con fuerza y al entrar un aroma dulce, penetrante y una luz muy blanca le hicieron creer que había llegado a otro mundo. Judy miró los asientos de la sala de espera y sin voltear a ver a nadie se apresuró a sentarse. Una gota de sudor recorrió su frente y Judy imaginó que su maquillaje se había corrido: de su bolsita de mano sacó un clínex e intentó, a ciegas, limpiar las posibles manchas. Cuando su respiración volvió a la normalidad Judy levantó la cabeza y descubrió los ojos rojizos de una vieja mujer, clavados en ella. Judy sonrió más por inercia que por saludar a la anciana. La mujer, por su parte, mostró unos dientes amarillentos y manchados en una sonrisa que terminó convirtiéndose en un eructo descomunal y ruidoso. Una mujer joven golpeó con el codo a la vieja mientras ésta limpiaba la saliva de sus arrugados cachetes y reía. Judy cerró los ojos e invocó el rostro de su madre: ¡Tienes que ir! ¿Me oíste! ¡No quiero escuchar tus pretextos!

La música que salía de un altavoz llegó a los oídos de Judy, la cual repitió, mecánicamente, el estribillo en un intento por olvidar el dolor que había vuelto a adormecer su rodilla: ¡Eres la obsesión que me quita el sueeeño... y es que estoy enferma, enferma de amor! Una enfermera pequeñita, que parecía una niña, tomó del hombro a Judy y le dijo que la acompañara, que la psicóloga Alicia la podía recibir. Judy se levantó del asiento y se sorprendió al descubrir que ella era más alta que la diminuta enfermera. Las dos caminaron hacia la puerta del consultorio, la enfermera soltó a Judy. Judy siguió avanzando hasta toparse con las mejillas sonrosadas y enormes de la psicóloga.
--¡Hola, Judy! ¿Cómo va esa rodilla?
--No lo sé, me duele a veces.
--¡Bien, bien!--, contestó la licenciada en psicología con dolor de cabeza y un vaso en la mano con una aspirina efervesciendo. Al sentarse, Judy miró las burbujas que se formaban en el líquido transparente, Alicia lo bebió con rapidez y al terminar miró a la delgada muchachita que se había acomodado en el sillón raído de imitación piel.
--Déjame ver, ¿En qué nos quedamos?--, Alicia abrió una carpeta en cuya portada se leía: JUDITH SÁNCHEZ, leyó unas cuantas anotaciones y después con su cara obesa y su sonrisa obesa le dijo a Judy: --Mi reina, tenemos que hablar de tu tío Ernesto--. Judy sabía que diría eso, seguramente su madre y esta mujer habían hablado.
--Dime, primor, en dónde está tu tío.
--En el hospital.
--¡Ahh! ¿Está enfermo?
--Sí--, dijo Judy distraída porque los ojos dulces y cafés de su tío aparecieron en su cabeza, haciéndole sentir alegría.
--¿Por qué sonríes, pequeña?
--No, por nada.
--¿El tema de tu tío te recordó algo?--. Judy sabía de qué hablaba la mujer: su madre le había dicho sus sospechas, enfurecida, entre sollozos, después del accidente. Judy quiso pensar en otra cosa, en la pastilla enorme sacando burbujas dentro del agua, en la canción que hace un rato cantaba: ¡Eres la obsesión que me quita el sueño...! La voz, ahora menos cálida, de Alicia la regresó al cuarto cuadrado y blanco:
--¿Qué te pasa? Te hice una pregunta...
--Sí, recordé a mi tío Ernesto. Es la persona más buena que conozco.
-¿Sííí? ¿Por qué, Judy? ¿Por qué es la persona más buena que conoces?
--Me trata bien. Me quiere. Me lleva al cine y no es como...
--¿Cómo quién? ¿Cómo tu madre?--, Judy dudó en contestar, sabía que no era bueno hablar a si de su madre, tan fría, tan enojada todo el tiempo.
--No. No.


Alicia insistió con tres o cuatro preguntas más, pero Judy había desviado la mirada y ahora estaba acariciando con la punta de su dedo índice el PVC rosado que cubría su rodilla izquierda. Alicia llevó su mano sudorosa y blanquecina a la frente. El dolor no había desaparecido. Agotada, abrió un cajón del escritorio del cual sacó dos hojas blancas, mismas que dio a Judy acompañadas de un bolígrafo azul. Con una sonrisa gélida y cansada, después de tres años en este hospital, después de 7 pacientes en este día, le dijo a Judy: --Chiquita, cuéntame en la primer hoja el día más feliz de tu vida, en la segunda el más triste y después escribe lo que sucedió el día del accidente. Ahorita regreso, mi amor, mientras tú termina--. Alicia salió arrastrando sus enormes extremidades y Judy se quedó mirando las hojas en blanco: su cabeza comenzó a trabajar. Sintió alivio, la serie de preguntas había terminado.

Tras pensar durante un rato, Judy tardó cerca de siete minutos en concentrar su atención en el que, según ella, había sido el día más feliz de su vida, después con una caligrafía insegura porque la hoja no tenía margen como los cuadernos de la escuela, Judy relató su cumpleaños número catorce, la hermosa mochila azul que le había dado su tío Ernesto y luego la sorpresa de la ida a comer: Llegar al restorán con su mamá y su tío y dentro ¡Qué emoción! cinco de sus amigas acompañadas de regalos. Las dejaron sentarse solas, como si fueran mujeres grandes y bebieron todas las cocacolas que quisieron y platicaron un rato con el mesero que era muy guapo y muy lindo y juntas se rieron tanto que a todas les dolió el estómago, luego comieron hamburguesas. Su tío le sonreía desde otra mesa en donde estaban él, mamá y las madres de dos de sus amigas y Judy supo que mamá también estuvo contenta porque bebió cerveza y la abrazó muy fuerte al salir del restorán y le dijo muy cerca del oído: ¡Mi niña, mi niña!

La canción regresó a su cabeza como una insistente voz que la poseía por dentro: ¡...estoy simplemente enferma, enferma de amor! Judy intentó concentrarse en el día más triste de su vida y no supo si cuando murió papá o después del accidente, dudó en escribir alguno de los dos eventos: la tristeza parecía algo tan malo para todos, algo que ni siquiera puede decirse porque no es correcto contar lo que duele adentro y produce una sensación de malestar... Tomó la hoja y se decidió a escribir: El día más triste de mi vida es cuando se murió mi papá, lloré toda la noche. Mi mamá también lloró y ese día me dejó dormir en su cama. Dormimos abrazadas una contra otra como si fuéramos una sola persona. Después de ese día mi mamá me dijo que yo no podía dormir con ella, que teníamos que ser fuertes y no me acuerdo qué más. Yo quería dormir con mi mamá diario, pero ella no quiso. El día en que murió papá mi tío Ernesto me regaló un oso.

Judy soltó el bolígrafo para acariciar el plástico color piel que cubría su rodilla. Recordó la sangre que salía de su pierna, el dolor que le producía moverla mientras un hombre vestido de blanco le decía que estuviera tranquila, que él la iba a sacar de ahí, luego la cara de tío Ernesto sumida en el volante y ella tan preocupada, con la cara llena de lágrimas que le salían sin parar de los ojos y no le permitían ver si su tío estaba bien... después las personas mirándola y la sangre ¡Cuánta sangre podía salir de su rodilla!

Alicia interrumpió el recuerdo de Judy, le dijo que ahora podía irse, que el tiempo se había terminado. Judy se levantó. Su rodilla emitió un quejido que se transformó en un intenso dolor a lo largo de la pierna. Judy se quejó en voz alta. Alicia, agobiada por un día largo de trabajo, ignoró a la muchacha, sin importarle si había o no, terminado su encargo. Al salir, Judy avanzó despacio. La pequeña y diminuta enfermera la detuvo: --Espérate, tienes que escribir tu nombre en esta ficha--. Judy tomó la pluma que la enfermera tenía en su mano y escribió JUDY, sin fuerzas. La enfermera señaló la puerta de salida de la sala 3 y Judy supo que ahora sí podía irse. El pasillo era largo y a Judy, tal vez por el recuerdo del accidente, la rodilla le dolía cada vez más. Por una de las ventanas del pasillo descubrió el Volkswagen rojo de su madre. Sintió alivio por no tener que esperarla afuera del hospital. No quería cantar la canción otra vez, no quería repetir el sonsonete hipnótico, así que imaginó lo bien que estaría que su madre la dejara ir al hospital para visitar a su tío Ernesto. No entendía la negativa de su madre ni la forma en que se le llenaban los ojos de lágrimas cuando la observaba a ella, a Judy, y le decía: ¡Mi niña, pobre de mi niña! Judy continuó avanzando. Al llegar a la puerta del lugar en donde estaban los paralíticos y esos hombres y mujeres tan feos, se detuvo en seco, como si alguna fuerza hubiera golpeado su cuerpo por delante, sintió miedo.

Abrió la puerta despacio y se tranquilizó al descubrir que había pocos enfermos en el pasillo. Caminó más rápido y ojalá cada día se cumplieran catorce años para así poder celebrar a diario con sus amigas en ese restorán de mesas brillantes y ojalá mamá no esté enojada y no se inunden de lágrimas sus ojos por ningún motivo. Sólo le faltaba cruzar la sala completa, bajar unas escaleras y estaría de nuevo viajando en el carro con su madre. En eso iba pensando cuando la voz del hombre que antes estaba en la camilla llegó a sus oídos y Judy volteó para descubrirlo con los pantalones abajo, llamándola. Judy supo que ese era el tipo de cosas que no le gustaban a su madre, supo también que eso era lo que la psicóloga quería escuchar y entonces corrió, corrió hacia las escaleras, angustiada porque la rigidez de su pierna no le permitía avanzar más de prisa, luego sintió que la pesadez de su propio cuerpo la jalaba hacia el suelo blanco de las escaleras del hospital y creyó que nunca podría salir, sintió una punzada insoportable de dolor en esa rodilla, su pequeña rodilla que nadie había acariciado con tanto amor como su tío Ernesto.



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