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Alex pierde un miembro

El pellizco le abrió los ojos, el alcohol le encogió los dedos y el pinchazo le devolvió el habla. "Ah, la Hermana María José", dijo Alex, pícaro. "Qué día tan hermoso", la saludó, pero ya la sonrisa breve, la espalda negra y las alas blancas de la toca flotaban silentes en su huida.

Los serios muchachos de blanco le hicieron volar a cuatro manos hasta la camilla. Vio correr las bombillas en los techos verdes hasta que le colocaron la máscara. El olor del gas le hizo encoger la nariz antes de sentirse izado hasta tocar con la frente la rejilla de la luz fría que le quemara los ojos durante su noche triste.

"Cuente desde diez y respire hondo", dijo el sayón amable. Curioso, quiso obedecer el susurro.

"Diez", dijo, y vio la sonrisa dulce de la hermana María José sobre la cara de Paez. "Qué chistoso, esto no puede ser", comentó.

"Nueve", dijo, y se sintió ardiente y desnudo, travieso y burlón, en cruz sobre el catre de metal.

"Ocho", dijo, y vio sus manos y sus pies ajenos y atados contra las patas del catre.

"Siete", dijo, e insistió: "No, si yo estoy en el hospital".

"Seis", dijo, y sintió un adoquín frío en la boca del vientre y quiso orinar.

"Cinco", dijo, y orinó con grande alivio porque el miedo le ponía la piel de gallina.

"Cuatro". Fumaba un habano enorme, bebía una copa de coñac y jugaba al póker con el Jefe, en la sala de conferencias. La corbata roja.

"Tres". Vio a los uniformados ante la mesa, buena parte de la jeta cuadrada oculta por las viseras.

"Dos", dijo, y vio los alambres calientes y negros, la luz blanca que le quemaba los sesos.

"Uno", dijo y maldijo porque ese catre odiado era imposible. Sintióse diluir en su miedo y eligió: "Me han matado, me han matado. ¡Pero qué tontamente me han matado!"

Paez abrió la puerta y dijo: "Debe haber aquí más de mil pasquines... Pero, ¿quién escribe estas mierdas?"

El Atlas escupió un gargajo y aconsejó: "Meterle la botella al culo, digo yo".

Pensó: El Atlas está muerto. Paez está muerto. Yo, muerto. Ja. ¿Qué dice de la botella?

Paez dijo: "¿No escuchas, tú?"

Dijo: "Yo escribo desde 1946, señor oficial".

Paez dijo: "No. Me refiero a estos últimos meses, nomás. Desde que subió el General".

Dijo: "Desde el primer día, señor oficial".

Paez dijo: "¿Qué pasa? ¿Está borracho?"

El Atlas dijo: "Más borracho estaba cuando lo traje".

Paez dijo: "Dale con la manguera, hombre".

El Atlas dijo: "Aquí le damos".

Vióse anegado en aguas heladas, pero no sintió el frío. Me muero de la risa: Estos imbéciles me creen en el catre, pero no. Estoy en el hospital, Atlas tonto, y no siento el agua...

Paez dijo: "¿Con quién conspiras?"

¿Conspiro? ¿Yo? ¿Yo conspiro? Sentía las cosquillas en el vientre. Se reía sollozando como hiena.

"Ya está bien, ya está bien", dijo. "Cosa para horrible, ésta".

Paez dijo: "¿Qué consignas obedeces?"

Dijo: "Párala, Paez: ¿no ves que estamos muertos?"

El Atlas dijo: "Métele la botella, digo yo".

Paez dijo: "¿Qué, no hablas?"

Dijo: "Pero escucha, Paez..."

Paez dijo: "Dame un cigarro".

El Atlas dijo: "Se hace el tonto. Métele la botella".

Paez dijo: "Tú cállate".

Sintió el humo perfumado del habano. Pero no, quiso gritar, esto no va conmigo. Yo estoy en el hospital. Sintió el punto de fuego en el pie.

Chilló.

Paez dijo: "Muy bueno tu habano, niño. Imagínate la picana".

Gritó: "Señor oficial, yo no conspiro, yo no conspiro".

Paez dijo: "¿Y para qué quieres un arma?"

"¿Un arma?"

"Un arma, si, chico. ¿Para qué la quieres?"

Dijo: "Escucha, Paez..." Sintió el punto de fuego. "Si. Si. Si. Si. Tengo un arma, pero no la usé nunca. Es un rifle veintidós con el cañón torcido que mi padre usaba para matar gatos".

"No, ese no".

"¿No?"

"No".

"Ah, y tengo un rifle alemán de caballería muy viejo que era de mi abuelo, pero no dispara".

"¿No dispara?"

"Nada".

"¿Cómo sabes que no dispara?"

"Es muy viejo. No tiene aguja".

"¿Cómo sabes que no tiene aguja?"

"Lo abrí y miré dentro. En la recámara".

"¿Quién te enseñó a manejar armas?" "Nadie". "¿Quién te hizo esa herida de bala en la pierna?"

"Me lastimé por tonto".

"¿Te lastimaste?"

"Si, señor oficial".

"Mientes, amiguito".

"No miento, señor oficial".

"Métele la botella", dijo el Atlas.

"Tengo también una pistola veintidós", dijo. Sintió el fuego en el pie y chilló, pero el fuego le mordió furioso y chilló y juró y dio de patadas y metió las manos y lloró pero el pie se quemaba, la pierna se quemaba, la nuca se quemaba.

Paez dijo: "Oh, qué cobarde".

Dijo: "Oh, si. Oh, si, señor oficial. Soy muy cobarde. Yo soy un miserable y un cobarde. ¿Pero no estaba yo en el hospital, Paez? ¿Qué hago aquí?" Sintió una lastima inmensa por su pie quemado, chamuscado, roto, en llamas.

Paez dijo: "Se acabó. ¿Cómo te lastimaste la pierna?"

"Con el rifle. Disparé una bala con un clavo y me atravesó la pierna. Lo juro. No me dolió nunca. Me quemó la piel y me curé solo, con las tenazas de radio de papá".

"Este mentiroso..." dijo el Atlas. "Métele la botella, jefazo. Anda, métesela".

"Cállate", dijo Paez. "No puedo. Tengo orden. Tú, mira lo te pasa por atrevido".

Sintió el fuego en un dedo y chilló, y luego sintió que le quemaban el pie entero y lloró, luchó contra Paez vivo, vivo y tranquilo, y se perdió en un grito porque le mordían los dedos y pateó y gimió y la luz blanca le quemaba la cara.

"¿Cómo puedes hacerme esto?", dijo. "Me has quemado. Me has matado. ¿Qué hago aquí yo? ¿Qué hago aquí?"

Paez dijo: "A ver la otra pata".

"¡No, señor oficial, no!", chilló. "Pregunte, pregunte, que le cuento todo, todo".

Paez dijo: "Lo se todo".

"¡Pero si soy inocente!"

"¿Quién escribe estas mierdas?"

"¡Pero si son cuentos!"

"¿Quién las escribe?"

"¡Pero si es ficción!"

"¿Quién, mierda, quién? ¡Traiga la otra pata!"

Vio su pie en llamas. Ardía como una antorcha. Olió la carne chamuscada y maldijo porque veía a Paez, el Paez tranquilo de su noche triste, y se sacudió, se revolcó, se vació en un olor asqueroso y el catre se vino abajo y se vio tendido bajo el puente en la noche de luna amarilla y con la veintidós de juguete en la mano y buscando la cabeza de Paez tras la baranda, cuando Paez se dejara el bigote mexicano.

Paez dijo: "Entrégate, niño: esta vez te jodiste".

"Si, señor oficial".

Paez se puso de pie en la guayabera clara. "Agárrenlo y me lo traen intacto".

"Si, señor oficial", repitió y estiró el brazo y le metió el plomo en la cabeza. Paez cayó sin un grito. Vio la luz blanca lejos, al final del túnel. "Ahora, todos a dormir. A dormir, Paez", dijo.

Paez dijo, aún: "Asesino".

Vio la cabeza rota, el rostro muy pálido, los bigotes mexicanos, el hilo de sangre en la mejilla, los ojos fijos. "Si, señor oficial", murmuró, con hielo en el corazón.

—Esto se acaba. Es una verdadera lastima.

—Usted hizo lo que pudo, doctor.

—Bueno, si. Fue un esfuerzo honesto. Pero a veces no basta.

—Mi padre fue un hombre honesto y, por tanto, uno de los vencidos.

—Déjelo hablar, señorita. Mejor que hable, y no que chille...

—Le robaron todo, hasta la vida. Murió joven y vencido, maestro de las virtudes que otros predican y que nadie aprende. Creyó en Dios, en la honestidad, en el trabajo cotidiano, en la familia, en el respeto del propio nombre, en el amor al prójimo. Agotó los días de su vida buscando a Dios, y Dios permitió que las plagas contra las que él oraba nos desolaran antes y después de su muerte.

—Nunca hirió a nadie, jamás maldijo a nadie, nadie pudo nunca manchar su boca contra él. Fue la prueba viviente de que los hombres buenos nacen para ser crucificados. Sembró paz y concordia por donde quiera que fue. Fue honrado con todos y todos le mordieron sin prisas ni pausas, como pirañas. Las angustias del mundo le oprimieron el corazón hasta reventarlo, pero esa explosión triste no mereció sino el silencio del Universo. Las bestias le acosaron por todas partes, mintieron, mataron, quemaron, incendiaron. Fue testigo paciente de sus luchas y se dedicó a restañar heridas apenas se lo permitieron.

—Mi padre soportó la violencia, las mentiras, los despojos: mi padre marcha entre los vencidos. Mi padre fue vencido, pero no derrotado. Los derrotados fuimos nosotros porque no pudimos lavar las afrentas que sufrió ni vengar las heridas que le infligieron; éramos niños. Mi padre quiso amar a los hombres y así me enseñó a despreciar a los hombres. Mi padre sonreía cuando creyó hallar a Dios, y Dios lo dilapidó con el silencio de su magnífica carcajada.

—De la tristeza y la soledad de mi padre aprendí yo a reírme de todo y todos, y a veces también de Dios. Para mi padre la vida era obedecer Su voluntad. Para mí, el nombre del juego es negar toda voluntad ajena. Es saberme superior porque, siendo el más débil, niego la violencia, no por amor de Dios, sino por amor de mí mismo. Yo soy solo en mi universo porque puedo serlo; mi padre precisó de Dios, creyó en amar a Dios. Yo creí en escarnecer a los hombres, estas criaturas ciegas contra las que debemos luchar apenas abrimos los ojos. El amor de mi padre por todos los hombres del mundo creó este encono burlón y sordo y esta soledad mía, de lobo. Mi padre buscó la armonía y la paz; halló el caos y la violencia. Fue vencido, y yo elegí el otro camino, soy más fuerte: creo en su código sin creer en su Dios, sin necesitarlo. Puedo ser destruido pero no derrotado.

—Mi padre era feliz porque no tuvo enemigos; yo me vanaglorio de mis enemigos: la medida de cada hombre la hacen sus enemigos, y sólo yo se cuan poderosa y brutal es la jauría que me acosa. Mi padre sonreía al mundo y le tendía la mano franca; yo le saco los dientes, herido y solo gracias a mi padre, pero nunca vencido: no te acerques mucho, Hermano Francisco...




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