Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

Helena

No estoy triste ¿sabe? La quise cuando la quise. Ella es de una pureza que me contaminó. Llegó a la tienda una tarde. Luego pensé en su delgadez, su cabello negro, sus ojos oscurísimos sobre su palidez y ese toque de mareña. Nos miramos con esa profundidad que lo revela todo en un segundo. Pidió le enseñara una blusa, salió del vestidor para preguntarme si le ayudaba. Ella me veía en el espejo y supe, con esa risa suya de inocencia maliciosa, que habría de volver. Se fue dejando su perfume de frutas. Nos encontramos de nuevo en el mar que, como yo, siempre es el mismo en su permanencia, yéndose y viniendo a ningún lado. Estaba de espaldas, surcando su territorio hacia la puesta de sol. El pelo le caía por la espalda, sus hombros redondos, estaban enrojecidos, como si llevara ya varias horas asoleándose para acentuar su color. Una rareza, una mujer de esas que fascinan. Una maja extraviada en un pueblo con aire caliente y olor a sal. Supe que acababa de llegar de la ciudad de México y cursaba el sexto de medicina aunque siempre hubiera deseado matricularse en música. Tocaba el violín. Una artista desenfrenada, como todos los músicos que necesitan un poco de locura. Se había acostumbrado a las maletas y los cambios de domicilio. Nació y vivió en Madrid, luego regresaron a DF en una adolescencia prematura que se le notaba por lo pronunciado de sus caderas. Ya en el país, pasó lo mismo de las calles empedradas de Guanajuato, al insoportable calor de Acapulco, que a la paradoja de Oaxaca con el templo suntuoso de Santo Domingo y su pobreza como una arena movediza de la que pareciera, nadie sale. Luego, otra vez DF y su nombre como un cero a la izquierda en la ciudad y sus millones de habitantes. Ahora aquí, en Las Palmas y ¡encantada con el lugar, briaga de sol y de sandalias! Helena, con hache. Veinte años cumplidos y hecha un mujerón. Sucedió cuando se probó un vestido que se le pegaba violentamente al cuerpo. Le dejé caer la ropa porque...¿para qué hacernos? Nos acariciábamos desde la distancia. Besé su espalda y mojamos nuestros labios dentro del vestidor, repetidas las siluetas cuatro veces por los espejos. Mis cuarenta años no eran el problema. Sí, en cambio, su desenfado para provocarme y la libertad en desparpajo con la que me dominaba. Que no fuera por ella a la universidad. La acompañé a su casa varias noches cuando su escasa familia se iba a la capital y a Helena la dejaban con lo espacioso de un lugar siempre deshabitado. No era secreto que yo tuviera preferencia por las jovencitas. Por el trabajo de sus padres, se la ha pasado sola desde que tiene memoria y, a sus años, no es mucha pero sí la suficiente como para acumular tiempo vacío. Eso sí: dos camionetas del año y un coche para ella, departamento en Acapulco, en Madrid. Y la casa...Alejada de las calles malolientes del centro. Ricos y españoles, lo que quiera, pero la humanidad es la misma en todas partes, llevamos la misma mierda, distinta, claro, como si la mugre nada más tuviera diferente apellido o nacionalidad. Tres meses de conocernos y doce, quince noches bañándonos en la alberca de su casa. Ponía velas, en aquellas noches donde Helena sacaba tequila y nos emborrachábamos mientras nos llegaba desde la sala la guitarra de B.B. King. Helena era caprichosa y soberbia, dulce cuando deseaba seducir, tenía una mentira apropiada en la boca, lo mismo que un tono labial para la ocasión. Poderosa, -basta verme- aquí, inteligente, ni duda cabe, pero todo, absolutamente todo, quedaba aniquilado con su sensualidad de gitana. Tiene un violín almendrado también, carísimo. No gastaba para libros sobre sistema cardiovascular, así que su dinero iba directo al guardarropas. Se lucía como aficionada al blue jean, a los índigos, corales y turquesas que la hacían verse más bronceada. Aquella noche llegó con sus margaritas encima y el cuerpo entallado en una pieza de denim oscuro, luciendo sus largas piernas. Helena rogó para que fuéramos. Me vistió en treinta minutos. Nos rociamos perfume de coco y así, un poco húmedas por el aceite, salimos abrazadas sólo para que llegando al lugar se solazara con su indiferencia. Esa fue la primera vez que conocí al doctor. ¿Por qué estaba ahí? Nada sabía entonces sino hasta después del juicio. Dije buenas noches y él dijo buenas noches Helena y Helena dijo mi nombre y también que era “su amiga”. Helena se puso borracha. No me agradaron aquellas indirectas. Algo podía intuir pero me puse a pensar, no pues, mi niña malcriada está loca, debo aceptarla a estas alturas con sus desnudeces...Al final, él se marchó con su camisa blanca, como si no le bastaran las batas de doctor en los laboratorios de la facultad. Helena lloró como una niña, no la soportaba así, Helena me gustó por sus veinte años, porque al verla parecía yo otra vez, en su cuerpo orgulloso de una esbeltez que sólo es propia de la juventud, no la quería de otro modo. Cómo no iba a gustarle al doctor y a muchos. Incluso, puedo jurar que hasta su padre se ponía nervioso cuando la sorprendía en bikini tomando el sol y bebiéndose la cerveza. Tres veces repitió lo mismo para enfurecerme. El doctor Soriano me molesta demasiado, el doctor me acosa, ya me tiene harta ¿no puedes encelarte un poquito? me decía con su boca llena de humo. Mira, voy a citarlo en Las Gaviotas y le daremos una paliza para que se le quite y me deje en paz. Y el ¿me ayudas? ¿darías la cara por esta mujer que te vuelve loca? sonó dentro de mi cabeza dos, tres madrugadas. Cómo la deseaba, qué adolescente era el tiempo a su lado. Una noche decidimos planear el susto. Dijo que la había encerrado en la coordinación y amenazó con reprobarla. Y mi Helena, que aún lisonjera y arrebatada era de las mejores, no podía permitirse un número rojo en el folio. ¿Cómo tocaba? ¿El violín? Ah...El violín. No la escuché más que una vez. Melancólica, ella tiene un dejo de melancolía indescriptible. De una soledad enfermiza, tan efímera, tan disparatada su risa que no es sino la máscara de frivolidad con la que oculta su odio. Porque los odia, sí, a sus padres, de eso no me cabe duda. Helena es un dúo, como dios es el diablo y viceversa. Así es con sus veinte años deambulando en el laberinto de las ciudades y los rencores. Su pasaporte es eso: un viaje que hace cuando se inyecta, o cuando se compra un pantalón ajustado, o cuando se echa a llorar en su edredón, gritando en silencio. Helena es la paradoja de un grito bello, bellísimo. ¿Si creo en dios? No, ella tampoco. Dios es la ilegalidad a imagen y semejanza. Dígame si no. Yo no estuviera aquí. No me pregunte de los descalabros de Helena, sus padres y la justicia porque yo no hice el mundo. Sólo sé que el mundo la trajo para mí y que por ella maté al doctor. No he dicho que no. En esta cárcel y allá afuera, todos somos culpables. Se hizo un caracol mientras lloraba y lo maldecía. No iba a reprobar, no iba a acosarla de ese modo, estaba harta de que los hombres la vieran así y ella sintiéndose tan abrumada porque nosotras no podíamos querernos de un modo, digamos legal, aunque sí, si ella lo hubiera deseado de veras yo...

Teníamos miedo. Como sea, pese a los rumores, Helena seguía siendo una mujer normal que cuando terminara la carrera debería unirse a un hombre, nunca, válgame, a otra mujer. Ella era lo que uno necesita a los cuarenta, pero además, ella era Helena y uno no encuentra a su paso jóvenes tan hermosas ni tan cínicas ni tan desenfadadas. Podía ser mi hija pero Helena ha sido una dulce perversión a mis cuarenta. No, no es que esté tan vieja pero si me dan otros tantos aquí, no voy a regresar a mi boutique ni a la playa encendida por el sol de las tres de la tarde ni a ver los cuerpos recién nacidos de las adolescentes de la secundaria probándose los blue jeans.

Caminamos hacia Las Gaviotas. Lo había citado a la una de la madrugada. Creí su llanto, su temor, me sentí dueña de enfundarme en los estúpidos y poderosos celos. Lo supe el día de las declaraciones. Eran amantes. Se había metido con él. Indignada, vociferante y odiándolo como si fuera su papá, lo amenazó si no se separaba de su esposa. Yo estaba escondida. La luna los iluminó levemente, vi cómo le apretó la cintura, de esa cintura ante la cual me volvería a someter, lo juro. Entonces salí de mi oscuridad. Le pegué con una macana, ella con un envase de cristal, las dos nos embriagamos de rabia golpeándolo una, diez, veinte veces, llenas de placer por verlo desvanecerse en los ahogos de la sangre. Estábamos delirantes, llenas de ira, practicando dócilmente el mejor de los medios para sacar nuestra mugre, esta mugre que es la misma desde que a dios el ser humano se le fue de la voluntad. Un golpe por esa niñez dañina, dos por las ausencias de los padres, otro porque él era un hombre más destruyéndonos y los últimos veinte porque uno no puede negar el instinto, los demás simplemente porque sí. Allá, chocaban los tumbos de las olas. Sobre la arena húmeda, el doctor Soriano estaba quieto, quietísimo, manchado de sangre, la cabeza vacía de las palabras que se hacían añicos, su cuerpo inerte sin poder seducir a mi querida Helena, los pies incapaces de llevarlo a la policía para denunciarnos. Verlo ahí fue confirmar que la muerte es mucho más fugaz que la vida. Fueron minutos, sólo minutos bastaron para acabar con sus cincuenta. Estábamos aterradas. En un segundo nos vino de golpe la escena. Debíamos ganarle a la madrugada, así que lo metimos al carro y lo llevamos al deshuesadero. Pero todo resultó mal. Nos desplomamos inútiles cuando Helena arrojó el teléfono a la playa y en él, el último número que era el de su casa. Habían pasado dos días, ella, desvergonzada como jamás otra, fue a la facultad y se lamentó como todos por la desaparición del maestro de laboratorio. Yo seguía temblorosa y el miedo me llegó como una cruda amarga cuando en tres noches de insomnio recordé lo sucedido mientras el teléfono repiqueteaba a punto de estallar en mi cabeza. Esa noche, después de tirarlo en aquel barranco, me invitó a beber unas copas, con una serenidad que me dejó muda. No te asustes, un muerto es un muerto y anda, venga, que lo hicimos por defensa propia, por tu mujer, dijo con el acento madrileño que le llegaba a ratos para hacerse notar extranjera, importante, fuera del sitio de nuestro crimen. La detuvieron en pleno receso. Fue el escándalo del mes y en la historia de esta ciudad con sus cinco mil habitantes. En la tarde, cuando yo hacía una lista de pedidos y atendía a una jovencita de esas que me gustan –esbelta, de sensualidad precoz-, llegó el Valiant. Me mostraron su placa –faltaba más, como si uno no supiera lo que son-, cerré el negocio y miré de soslayo, con cierta pena, a la chica que salía desconcertada. Iniciaron las averiguaciones. Llamaron a mi casa. Si mi hermana ocultaba aborrecerme, no le faltó más. Que la refundan, que caiga el peso de la justicia sobre ella. La cara de Helena estaba desmejorada. Ojerosa y hasta con acné, cosa que no se hubiera perdonado. Cuando estuvimos en las declaraciones, Helena me ganó por completo con una valentía que no le veré a nadie nunca. Y digo nunca porque quizá no vuelva a la calle, al mar, a Helena con sus ojos de gitana. Dijo “no me arrepiento” y ese no deletreado lentamente con la saliva de sus labios fue un “no” para siempre. Estaba desencajada pero insolente como cuando caminaba desnuda, así sigue siendo ella, libre y deliciosa. Mis palabras trastabillaron en el temor de siempre y por el que Helena resultó tan escandalosa y necesaria a mis constantes titubeos. No era que no me arrepintiera, era que uno, al final, no tiene por qué arrepentirse de nada. Con el valor dado por mi Helena de Troya, desde su lugar, me arrojé a contar lo que habíamos hecho por amor. Amor, amor, amor perdido, como dice la tonada. Dios está loco por habernos inventado. Decía mi abuelo –militar, testarudo y ateo- que si dios existía no podía ser sino escritor por haber creado la novela más negra y la más negra humanidad. No volvimos a vernos desde aquella noche hasta ayer. ¿La vio? Es ella, la que traía pintado el pelo de amarillo y lentes oscuros. Vino a despedirse de mí. Faltaba más en esta justicia igual de sucia que nosotros. ¡Pero si su madre es alta funcionaria y su padre director de un hospital! No, no quiero saber cuántos años se me cargan a una cuenta mal habida. Cómo la quise y cómo la odié ayer. Como cuando el amor y el odio están cerca, en el mismo punto, yo diría. ¿Venirme a dejar una foto, una carta hipócrita y el nombre de un abogado para supuestamente ayudarme a salir de este lugar, son la revelación inesperada de su amor cuando ya no tiene objeto? Si no es la sentencia lo que me dolió. Fue escuchar a la esposa del doctor decir que como lo sospechaba, su marido tenía una amante. Confirmarlo cuando la mujer llevó, para dar tirón al caso, una carta donde Helena hace gala de su mano erótica para contar con punto y coma los argumentos de su relación, el supuesto acoso que sufría por causa de “esa amiga ” que por supuesto era yo, y la amenaza de “lastimarlo” si no se divorciaba y se largaban a otra parte. Así como nos miramos cuando se probó la blusa marinera, así nos observamos decididamente para herirnos en silencio. Que para su cinismo, dio igual. No sé quién tenga más odio en el alma, si ella, yo o las dos como todos juntos en este paraíso donde uno va al mismísimo infierno y viceversa. Parece que el amor ya no tiene lugar, quién sabe cómo se mantiene, ha de ser con cinismo, con la mentira que necesitamos para vivir. Nos amábamos, pero como ella llegó se fue y como vine seguro me voy, así sea muerta. Uno nunca para. A usted ¿de qué la acusan? Si, es cierto, la cárcel es un viaje al rencor, al odio, es cierto, a la nostalgia.



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna