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Lunas como cuartos

Recuerdas esa frase y el cobro treinta como fango que vomitó en tu rostro. Y su cara de adivina diciéndote Ah...¿primerizo? Los amigos, sí. ¿A poco todavía no has ido? La risa chillándote en la cabeza. La cabeza amontonada de deseos primarios. Al fin deseos. Él dice y dice que ya tienes trece y estás en edad de probar. Él, borracho, tu risa apenas maliciosa. Tu madre allá, en la orilla de la puerta a punto de cerrar la noche. El radio prendido en la 960 AM con una música sorda que se pierde y te pierde. ¿Mañana será? ¿Cuándo? Mañana...Deseas que amanezca. Como hoy y esta noche que pesan aunque aquel cuarto no tenga sábanas blancas y un techo hondo en donde aletean las aspas del ventilador. Abominable lugar común. El sexo es un lugar común. Lo sabes.

Dormiste con la pregunta temblando en los labios. ¿Y si bailo en aquella cavidad? De la que no tenías por cierto, idea alguna. ¿Y si la sábana no se levanta? ¿Y si no crece entre sus manos? Y si no... ¿Recuerdas cómo atravesaste el camino repleto de polvo? ¿Qué calor te inundó en las piernas mientras advertías desde lejos ese corredor lleno de putas? ¿Cómo te sudaron las manos mientras en cada puerta husmeabas a esa mujer que era una sombra, que no tenía nombre, que era nada?

Buscaste una a una. La puerta se cerró. Ni el cuarto 15 ni el 16. Tampoco el 19 estaba libre. El 20. Un número que asaltaste con tus ojos de ansias. Un número que ladró en tu lengua. El número. Los números. Cobro 30. Otro número. ¿Cuántos más en esa noche?

Hoy ves a una mujer blanca y ancha ir y venir por la habitación. No se parece a aquella. Pero ambas tienen esa risita que te encabrona. Porque en el fondo, ellas todas, todas a las que les has abierto las piernas como si con ello te vengaras de la primera, de la última que no será nunca la última, lo sabes; en el fondo, ellas se burlan, lo intuyes, te saben incapaz de surcar deseos con tu miedosa sed.

No se olvida el primer beso. Ni el día de las bodas, la madrugada en que nace un hijo. No se olvida -aunque ya no haya conciencia- el día de la muerte. Mucho menos aquella noche (porque necesariamente el deseo se ha construido en este punto del reloj), aquella en donde un hombre asiste, como si fuera a la escuela, a la iglesia, a la cárcel o al cuartel; a aquel territorio. El de las mujeres que se inventan un nombre cada noche.

La ves diciendo números en vez de palabras. Su voz no sale, más bien, se intuye su lenguaje en la cara empolvada, en las cejas que parecen dos caminos curvos e inciertos, en las pestañas saturadas de rimel, en la boca reseca, pequeña ciudad a la que entras como extranjero. De la que huyes como desterrado. Se tumba en la cama, se estira. Abre sus piernas que son como edificios. Ella es vieja. Eso tampoco se olvida. Lleva pegado al cuerpo un corsette negro, encaja sus dedos a los botones que huelen una humedad que apenas y se asoma. Y mientras mascotea fofa su chicle -como cuadro de película que detestas-, se arropa con el aire escaso que entra como entras. El calor se adhiere a tu cuerpo, al camastro que parece un jirón. A la sábana de rayas deshiladas. Al piso, a la silla intacta, al baño cercano que se abre y se cierra y deja escapar un chirrido que molesta, no por el ruido sino por el olor a orines que se cuela entre cada traslapar del aire. Y ese olor a látex tan ácido tan dulce tan ulcerado...

Te duele su desnudez. Tan pobre como la pobre soledad que en esa noche, aquella, esta, llevas. Es desierto. Arena triste. Ella es una grieta en la cama. Su ombligo profundo. El vientre arrugado, marcado por esa hilera que supones, es la costura de la cesárea. Los vellos amontonados que te marean. La aridez de su piel. El vaho a sudores que no conocías, que se confunden con ese perfume que te has puesto en la primera cita. Es una mujer vieja. Es una viejita casi. El vientre abultado de grasa. Las piernas delgadas. Los pechos como trapos pequeñitos, colgados al aire, cayendo a sus huesos.

Y tu, tan joven, tan urgido de deseo. Tan lleno de temores aunque a los amigos les hayas dicho que llevabas como cuatro veces yendo al burdel. Ríes, te avergüenzas de tus carnes pegadas, sientes deseo, exaltación, pero tienes temor. No sabes -sólo porque te lo han dicho ellos, que a lo mejor, piensas, tampoco saben-, cómo acariciarla, ¿besarla acaso? ¿cómo hacer para que te metas en ella y camines y corras dentro?

Ella te acaricia primero. Como lo hacen ahora. Admiras en el fondo, sus dedos, dedos que son como plumas que escriben, como bicicletas que recorren un paraje, como ojos que descubren lo que una mirada común no puede aclarar. Pero luego arremete con fuerza una palabra que lo destruye todo: que te apures, que te muevas, que salgas pronto porque no están para proporcionar más que un fragmento de su cuerpo, para andar enseñando lo que debe aprenderse a fuerza de años. Y entonces agilizas tus movimientos e intentas danzar apretándole la cintura, apisonándole los pechos, enterrándole los dedos en una piel que no te gusta, que no olvidarás. Ahora no te atreves a decir que aquella primera experiencia fue abominable. Que por más que llegaste a bañarte, a limpiarte las piernas y enjuagarte la boca, no olvidas cómo el cuarto se iba haciendo oscuro, cómo el aire se extinguía, cómo lo inamovible se hacía silencio.

No olvidas el suelo sucio, el olor a látex y orines otra vez, la cama rechinando, esa almohada desbaratada de las puntas, y ella. Ella con su boca gesticulando, tan distante, tan ajena a lo que tu silencio propagaba. A esa edad, hubieras preferido no descubrir nada, quedarte en tu cuarto con los posters y revistas de mujeres desnudas, subir y bajar solo, descender al infierno, volar en soledad. Pero no. Le hiciste caso al billete y a su intención de buen padre para llevarte a conocer aquel lugar que tanto inquietaba a tu dedos. Pensabas que aquella experiencia saciaría esa sed que de pronto llegó. Has aprendido que todas ellas tienen el mismo apellido, que transitan de cama en cama, que son distantes y frívolas pero que también son distintas, que cada una tiene un rasgo que inquieta y lo mejor, que aunque conocen y son sabias, poseen el privilegio de callar y la obligatoriedad de ser poseídas. Porque es eso. Sólo a ellas puedes dominar. Sabes que eres un hombre a medias, que no tienes aspiración alguna en esa oficina en donde tu nombre es como un retazo negro en la cejilla de las carpetas, que te hartan las divisiones y esas paredes por donde sólo a veces se atraviesa un hilo de sol. Odias que el jefe sea tu jefa, que ella asista a las juntas mientras tú te quedas a terminar los informes. Detestas el trabajo de tu mujer, el vacío que se huele en el condominio, el hueco profundo que hay en medio de su cama.

Has visitado desde aquella noche, un montón de cuartos, de moteles, las has visitado a ellas en su horrible soledad. Porque ¡ah! en el transitar por su territorio también has aprendido a descifrar los signos de su silencio, la lejanía de sus ojos, la consciente frialdad con la que tocan sólo por tocar. Alguna te ha ofrecido una caricia, otra una taza de café. Las aborreces y las amas. Es que te duele que sepan tanto de ti, que ni tu mujer ni tu hija ni los compañeros del trabajo sepan de la forma en cómo vives y mueres dentro de un cuarto. Llegas a curarte la soledad. Y ellas asisten como enfermeras a vendarte, a humedecer las llagas de tu pecho, esa angustia que sube hasta tu cuello apretado y no sale. Te has atrevido a llorar con una de ellas, tú, el que le grita a su mujer, el que las insulta y a la vez teme mientras ve a la hija con los pechos crecer. Ser una mujer decente, darse a respetar, eso le dices a la hija en lo que le das un beso y piensas en la cita de la noche.

La espalda de aquella es un muro, el sexo, una ciudad que inventas cada que puedes. Y puedes siempre. ¿Por qué ha llegado el tedio a acomodarse entre ella y tu? Sabes que el deseo es carencia, incomplitud. Estás harto pero sigues buscando. ¿Qué buscas? Esa pregunta es a cualquier hora un fuerte rumor. Recuerdas aquel túnel nocturno porque no has salido de él todavía.

Ahora sales del cuarto 502. Aterrado, adolorido como un perro lastimado. ¿Acaso no te diste cuenta de cómo mientras recordabas aquella primera muerte, le ibas sumiendo los dedos en la garganta? ¿Cómo esa mujer sin nombre nunca, se estaba asfixiando sólo porque tú sigues y sigues buscando? ¿Pero cómo diablos no te percataste de que ella aventaba sus ojos a los tuyos, alargaba su silencio, ceñía sus talones a la cama? Ahora huyes porque te has dado cuenta de que la rutinaria vida tiene un vértigo. Saldrás con la camisa desbaratada, con el cabello enmarañado, con los zapatos buscando la salida de ese túnel al que perteneces desde hace años. Pedirás auxilio. No. Será mejor mantenerte callado hasta que las pesadillas y la persecución cesen. Piensas en tu mujer y en tu hija. ¿Cómo el licenciado Toledo, tan silencioso, tan atento a que dieran las tres? ¿Cómo en una cárcel después de una casa y una oficina y cualquier calle? La saliva viene bajando amarga en la garganta. Recuerdas el nombre de aquel burdel. La puerta del edificio se hace tan pequeña. Miras desde dentro los ojos de tu hija, los ojos tristes de aquella mujer que callaba mientras te quitaba el pantalón, los ojos fuertes de tu jefa, los faros negros de tu mujer. El marco de la puerta está tan descuidado. Quieres volver al condominio que después de todo, es agradable y te cubre de la soledad también, a esa oficina que después de tanto, tiene sus ratos amables, a la calle que bajo el aire gris, es un atabal de asfalto seco. Pero estás apenas en la escalera del quinto piso. Y el corazón patalea, y el miedo y el gesto de horror se nota en tu rostro. Apenas estás en el quinto escalón y ya te sabes muerto. La muerte sigue tus talones, acaricia su perfil agudo como otro pliegue de las sábanas, las escaleras se extienden y provocan un vahído parecido a aquel mareo que sentiste mientras ibas cruzando el pasillo del burdel en el filo de la carretera. Un cantil es la puerta. Quieres luz. ¿Dónde se construyó el rencor en los dedos que la han clausurado a ella del mundo? Ella, ¿por qué había de costearte el peaje del vacío que llevas dentro? Uno a uno tus pasos se deslizan pero la muerte viene, llegó por ella y sabes que, como aquella noche de insomnio por despertar entre unas piernas, llegará el desasosiego, el sueño lento, la negritud exánime y la soledad cansada de tan larga.

 



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