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El Chaneque: No sé qué le debo a la vida

En un apartado cuartucho de la procuraduría capitalina, cuatro policías sujetan a Efraín Seráfico a una silla.

—Confiesa, güey, es mejor para ti.

—¿Qué confieso?. No hice nada, se murió solo.

—Sí, güey, ¿y la sangre?

—¿Cuál?

—¿Cómo cual?. ¡Aquí tienes a tus estúpidos!— Le asestan un golpe en el estómago.

—Esta sangre, imbécil.

—¡Órale!, La sangre era de a mentiras, pendejos, ¿pos qué no huelen?

—Sí, ¿y tu brazo?, también te cortaron de mamada, ¿verdad?

—No, güeyes, me corté solo.

—Yaaa, estamos haciéndonos tarugos todos. Rómpele la madre.

Le aplican una descarga eléctrica en los testículos.

—¡Aay!

—¿No que no, culero?

¿Quién era el muerto?

—No lo conozco, deveritas.

—Ay si, no lo conozco, y se andaban cogiendo cariño.

—Me cae que no lo conozco, por diosito santo.

—¿Y por qué le cortaste la choya?

—Ah, no, ese no es el muerto.

—¿Ah, estaba vivo, se metió a cagar y se lo chupó el drenaje, verdad?

—No, no, pérense, compas. Les digo que no es el muerto. Suéltenme y les explico.

—¿Entonces quién es?

—Pancho, Villa, pendejo, ¿no lo has visto en el cine, güey?

Le meten agua gaseosa con chile por la nariz.

Había emigrado al Distrito Federal desde Minatitlán para trabajar en los estudios Churubusco del cine mexicano, recomendado por un paisano. Ayudante de tramoya, al inicio, y dibujante, modelista, iluminador y escenógrafo después, durante un tiempo permaneció hospedado en casa del amigo, pero pronto hubo qué encontrar sitio aparte.

Alquiló un confortable cuartito en la colonia San Rafael. Bien ubicado, con un buen baño.

—Maldito excusado —recordaba Seráfico—. Fuiste la causa de mi perdición.

—Cómo no, aquí están las llaves. Llego al negocio a las dos y cuarto, lo que se le ofrezca. No me vaya a renegar por lo del baño, porque su cuarto es el que lo tiene; lo usaremos yo y mi vieja, y uno que otro cliente de confianza—.

Su casero, un gordo simpático y colorado, le recibió de buen modo. Obligado por la escasez de vivienda, Efraín había rentado el cuarto de la planta alta de la taquería de Pancho Mijares con la obligación expresa de prestar el baño. No previó dificultades... como estaba justo frente a las escaleras, las molestias serían mínimas, y lo usarían principalmente para orinar.

Decoró su cuarto conforme a su estilo, muy veracruzano. Recuerdos del puerto en conchitas marinas, una guitarra con moño rojo, frutas en la alacena y ron en la cantina.


—Me dijiste que nomás harían del uno, Pancho, pero hacen hasta del tres.

Después de cuatro meses como inquilino, estaba enfadado con el arreglo del baño. Visitas continuas y nulo aseo. —Un baño es un baño, Efraín.

—Sí, pero éste es el de toda la cuadra, Pancho. Hasta los del trío vienen a cagar por horas.

—Si no te gusta, lárgate. Hay muchos que quieren la pieza y me pagan más, fíjate.

Aquella noche, completaba seis de trabajar en la cabeza de cera de César López Corominas, el villano del cine nacional, preparándola para el rodaje de la escena culminante de "La muerte del Caudillo" sobre la vida y la muerte de Pancho Villa. El actor llevaba el rol principal.

—Me va quedando muy bien —pensaba Efraín. Los ojotes verdes saltones, el horroroso rictus de muerte...

Acomodaba mechón a mechón un cabello polvoriento. Glicerina sobre la frente simulaba perlas de sudor. El corte del cuello. Más que un corte, un terrible golpe que cercenó la cabeza de Villa. De un lado, la hinchazón amoratada formando uno de los labios de la terrible herida. Del otro, salida del arma, jirones colgantes de carne blanca, arterias y huesos.

En aquel instante, llaman a la puerta. Un usuario del baño.

—¡Me lleva...!

La gota rodó por el borde del vaso de la paciencia de Efraín Seráfico.

Tomó la cabeza de Pancho Villa, o más bien: la de César López Corominas, boca roja, lengua azul, ojos verdes, cabello revuelto con lodo y sangre, y la introdujo en el inodoro. Aunque la tapa le acható ligeramente la nariz, quedó bien. Derramó la mitad del frasco de anilina roja en el WC, y la otra mitad la esparció por piso, paredes y techo del cuarto de baño. Se sirvió un cafecito y se arrellanó a leer el diario. En cinco minutos, un sonriente gordito con cuatro o cinco cervezas en la panza entró al baño desabrochándose el cinturón.

—Se ve que ya has venido, condenado panzón —piensa el veracruzano.

El gordo había echado el cerrojo y permanecía en silencio.

—Algo le está haciendo a mi cabeza el maldito panzón.

Aguardó unos minutos... nada. —¿Qué pasó?

Silencio.

—¡Ábrale o llamo a la policía!

Algo le sucede al viejo éste. Fuerza la puerta. El visitante yace en el piso. Pantalones y calzoncillos enredados a la altura de las rodillas, un trozo de papel de estraza en la mano derecha. La cabeza de López Corominas, asomándose por la ventana del excusado, cubierta por los desechos del gordito es mudo testigo del terrible incidente.

Tiene el mismo rictus que el de la cabeza de cera. Está muerto.

—Santa Virgen de la Caridad. Ya se me torció el panzón. Dios mío, si todo fue de vacilón, ¡qué poco aguante! —Efraín está en el quicio de la entrada al baño, frotándose las manos de apuración.

Hombre acostumbrado a las crisis, al piensa-rápido, bueno para el albur, se pone en acción.

—A moverlo —dice—, antes de que vengan los parientes y digan que yo me lo eché.

Trabajosamente arrastró el cuerpo fuera del baño, subió los pantalones y los abrochó. Quedó mal fajado, porque Seráfico no subió los calzoncillos atorados entre la bragueta y el tiro. Se sentó a descansar. La vista de los faldones de la camisa fuera del cinturón, pero con una apariencia más o menos normal, hicieron que Efraín empezara a verlo todo con ojos de cineasta. Empujó el cadáver, resbaló en el petate de la sala, rompió el vidrio sobre la mesa y sus gafas. Pesado como una vaca, solamente acertó a recargarle el cuello en la orilla del sillón confidente donde estaba puesta su cama. Cerró el baño a doble llave, acomodó el petate, prendió la radiola. Observó la escena desde la escalera con los dedos de las manos extendidas al frente, juntando los pulgares y cerrando el ojo izquierdo.

—A toda madre —dice, limpiándose las manos en las piernas del pantalón—. Parece película de Arturo de Córdova.

—¡Pancho, Pancho, se quebró uno de tus clientes! —Efraín desciende dando tumbos por las escaleras. Su camisa desfajada, el cabello que de habitual está bien peinado y hoy parece plumero, unos rodetes bajo las axilas y las grandes voces evidencian un estado de excitación incontrolada. Los parroquianos de la taquería le miran espantados. —¡Se murió el vato por el esfuerzo de tus escaleras, Pancho. Se sentó en la sala respirando gordo, se resbaló y clavó el pico!

La familia del muerto, compuesta por una matrona que continuaba devorando tacos de cabeza mientras se explicaba Efraín, y cuatro pilluelos que se aventaban cucharadas de salsa, dilató un rato para entender lo sucedido. Otros clientes rodearon a Seráfico. Pancho subió de prisa por las escaleras.

—¡Llamen a la Cruz! —grita desde arriba.

La mujer del gordo grita abriendo una boca enorme donde se observan restos de cebolla cruda y cilantro. Todos quieren subir a la planta alta. Efraín se abre paso a codazos.

Llantos, gritos, empujones.

—¿Cómo estuvo, Efraín?

— No me di cuenta, Pancho. Me tomaba un cafecito cuando vi que se sentó en la sala abotagado por las escaleras, se resbaló y así quedó tirado en el petate, como lo ves, quise ayudarle pero ni tiempo.

Mientras así hablaba Seráfico, Pancho observa los pantalones del muerto manchados con sangre, el corte en el brazo de su atribulado inquilino producido por el vidrio de la mesita de centro y los indicios de lucha que había tratado de ocultar.

Escurriéndose entre la gente, Mijares se hace con el teléfono de la esquina para llamar a la policía. Antes de que Seráfico termine su elaborada explicación, se escuchan las sirenas de tres patrullas. Efraín guarda silencio. Se asoma por la ventana al tiempo que una docena de gendarmes se apea, sube las escaleras, armas en la mano. Se percata del lío en el que se ha metido, se encierra en el ropero atorándolo por adentro mientras la policía entra en el cuarto donde no cabe nadie más.

Un tipo con tacos en la mano izquierda y un refresco de limón en la derecha pisa inadvertido una mano del cadáver.

—¡Nadie se mueva!

El sargento Valladares, cierra la puerta mientras trata de acallar los gritos.

—¿Quién hizo la denuncia?

—Yo, oficial. —Pancho Mijares levanta el dedo.

—¿Quién tiene qué ver con los sucesos?

Los agentes anotan nombres y direcciones de los testigos. La mayoría abandona el lugar apostándose en la acera de enfrente, para no perderse detalle de lo por venir.

—¡El asesino está escondido en el ropero!

—Que nadie toque nada —le dice inútilmente Valladares a sus gendarmes. La almohada, la guitarra roja y la mayor parte de los adornos tienen nuevo dueño. La viuda gime estremeciéndose mientras los pequeños la rodean y se dan manotazos entre sí. El sargento se acerca al baño, a donde le llevan las huellas de sangre del cadáver.

—¿Está ocupado?

Ordena que derriben la puerta.

La escena es tan espantosa que el policía curtido por dieciséis años de atestiguar todos los horrores, hace un gesto de asco. Algunos curiosos apiñados en la entrada retroceden, asustados.

Efraín trata de imaginar lo que pasa desde su escondite. El miedo le paraliza. —¿Por qué diablos tanto argüende? ¡la gente se tiene qué morir algún día!.

El excremento mezclado con sangre y lodo de múltiples pisadas, embarrado por el piso. La sangre escurre por las paredes. La tapa del excusado está bajada, pero no oculta un informe montón de malolientes desechos. Valladares se acerca al inodoro tapándose nariz y boca con un paliacate. Sus largos colmillos de sabueso le indican que algo muy importante y terrible será descubierto.

Palomo Valladares, sargento, que ha visto atropellados, descuartizados, decapitados, no puede evitar un grito al descubrir los ojos de un sujeto dentro del mueble. Con un rictus escalofriante, fue sacrificado y torturado con saña inaudita. Tiene el ojo izquierdo y la boca abiertos y cubiertos de mierda.

—Qué quiere, mi teniente. Me dio mucho miedo y coraje por haber gritado como mujer y me fue imposible impedir que cuando sacamos al chaparrito del ropero los muchachos le acomodaran una golpiza soberana. El descuartizado se me hace conocido, y quizá el Dr. Ponce logre su identificación. Pero yo sé mi negocio, esos son crímenes de jotos: el gordo tenía los calzones enredados en las piernas y la bragueta abierta.


La investigación continuaba. El Dr. Ponce, forense de la Procuraduría de Justicia, había encargado a los pasantes la preparación de la cabeza.

—Estupenda oportunidad —pensaba—. A estos pobres muchachos nomás les han tocado borrachines desconocidos,

Cuando el doctor ingresó a la sala de autopsias la cabeza de la víctima ya había sido limpiada en lo que se podía, para no retirar evidencias. Los estudiantes decidieron no rasurar el cráneo por lo extraño del cabello, que tenía una apariencia seca, estropajosa, indicio probable de un envenenamiento previo a la decapitación o un novedoso injerto de pelo. Habían observado las radiografías por todos los ángulos, incapaces de resolver la enigmática imagen.

—¿No te parece como melón?. Y mira, en el tabique una pinza para colgar ropa...

—No se te ocurra mencionar nada al doctor Ponce. Nos corre por idiotas.

La cabeza estaba en decúbito parietal sobre la mesa de operaciones. Los ojos seguían abiertos. El olor, extrañamente, no era tan nauseabundo. —¿Ya le pusieron formol, estúpidos?

—Los estudiantes niegan con la cabeza.

—¡Pos hablen, no voy a estar volteando a verles el hocico!

Al hincar el escalpelo, se introduce hasta el medio del cráneo. El Dr. Ponce suelta el instrumento, horrorizado.

—¿Que qué? —grita Valladares al teléfono.

—Se le pasaron las cucharadas de nuevo, mi doc. ¡Yo mismo lo saqué del excusado y no necesito ser matasanos para saber que no era una velotota de parafina!.

Efraín Seráfico Montiel, de veintiún años de edad, fue sentenciado a cinco de prisión culpable de homicidio por imprudencia, resistencia al arresto, intento de fuga, privación ilegal de la libertad, burlas e insultos a la autoridad, daños en propiedad ajena y traslado de cadáver sin licencia. Purgó su condena en Lecumberri desde el 5 de agosto de 1958, cuando fue capturado, al 5 de agosto de 1963.

Libre, con muy precaria salud y el sentido del humor transformado, consiguió un empleo en el Banco de Londres y México, merced a una carta de no antecedentes penales elaborada en la plaza de Santo Domingo.

Cumplía dos años de eficiente trabajo en el banco donde se había desarrollado gracias a su talento y a una personalidad afable, simpática, adornada siempre por una sonrisa desdentada. Había logrado rehacer una vida que supuso malograda después de los infortunados acontecimientos de la taquería. Efraín aprendía rápido, era hábil con las manos y la cabeza.

—Lejos han quedado los tiempos del chaneque —(como le apodaron en la cárcel: el diablo veracruzano), pensaba Seráfico...

—Llegaré a ser funcionario del banco, me tiño el pelo rubio y, con esta pancita, nadie me va a reconocer.

Su destreza para las artes le hizo encontrar muy fácil la transformación de algunos cheques, agregándoles ceros a la derecha o copiando la caligrafía del librador. De esa manera se hizo de algunos centavos para pasarla mejor. Nadie se percataba.

—Idiotas —meditaba el Chaneque.



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