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La mujer de Oporto

Una mujer es un misterio; una mujer sola es un misterio aún mayor, pero una mujer sola, escribiendo en una cafetería art decó del barrio de la Ribeira de Oporto, el barrio más orgánico, abigarrado, vivo y colorido de una de las ciudades más decorativas y decadentes de Europa, es no sólo un misterio, sino para mí, que abomino de la normalidad y aborrezco las cosas ordinarias, corrientitas, correctitas, una provocación mucho mayor que si fuera desnuda o con plumas en la cabeza, porque qué hostias estará escribiendo esta chica de pelo corto y aspecto ligeramente andrógino, labios carnosos y mirada dulce dulce dulce, que cada poco se detiene y muerde sonriendo la punta del bolígrafo con una sensualidad espontánea, alegre, como de toda la vida, quizá esté escribiendo un poema, es lo más probable, un poema muy vitalista y sonriente, como ella, que te refresque el espíritu como un vaso de agua recién sacada del pozo; lo que no sé es cómo puede inspirarse con el jaleo que está armando un grupo de jubilados que no dejan de embarullar con sus voces y sus risotadas, son peor que los chiquillos, y encima no le dejan a uno disfrutar de la esplendorosa visión de la ciudad, y eso que tengo enfrente el puente de don Luis, con lo que a mí me gusta esta arquitectura del hierro que representa una especie de modernidad ya desfasada, de chatarra tecnológica, de gigante decimonónico al pie el cual han seguido construyendo casitas con fachadas de azulejos de todos los colores estos temerarios oporteños (¿se dice así?), pero da la impresión de que la peña de los abueletes no va a dejar de graznar como las gaviotas, no comprendo cómo mi escritora no emprende el vuelo para refugiarse en cualquier otro rincón donde pueda concentrarse y acabar su poema, o a lo mejor son anotaciones musicales, desde aquí no lo distingo, pero quién te dice que no está componiendo algún fadito, aunque eso sea típico de Lisboa, no de Oporto, si hasta se le puede encontrar cierto parecido con alguna de las fadistas famosas de ahora, que son todas tan finas, tan elegantes tan guapas, Mafalda Arnauth, Dulce Pontes, Cristina Branco, Misia, se parece mucho a Misia, ¡qué emoción si fuera ella!, no sé a qué espero a levantarme y dirigirme a ella para invitarla como un caballero de los de antes y expresarle la naturaleza de mis sentimientos que, aunque no sean correspondidos, siempre me tendrán rendido a sus pies, y podría decirle que yo también soy un creador, que he escrito varios poemarios que no son muy conocidos porque ésa es la pega de ser poeta maldito, que el reconocimiento literario suele venir mucho después, cuando uno ya lleva un tiempo bajo la tierra que ella tan liviana risueñamente pisa, claro, puede ser que me confunda con un oportunista o un ligoncillo barato de tres al cuarto, pero ¿y si accede a dar un paseo conmigo por la orilla del río, y de la mano caminamos junto a las barquitas de las bodegas, en el lado de Vila Nova de Gaia, mientras frente a nosotros se despliega el sorprendente mural de Oporto (esto es un poco cursi, ya sé, pero a veces el sueño de la emoción produce monstruos) que desciende de las colinas hasta el Duero disgregándose en la infinidad de colores de las estrechas, a veces estrechísimas, fachadas de las casitas?, o quizá prefiera perderse por el laberinto de callejuelas que asciende hasta la catedral (muy oportuna la vertiginosa escalera de la verdad para emplearse a fondo en un beso que puede durar tanto como permitan las necesidades humanas o la luz del día) o bien hasta la zona de los franciscanos, en cuyo caso el beso, más turístico, menos íntimo, puede consumarse al pie del convento, o mejor, en el interior de sus catacumbas por aquello de la originalidad y lo románticas que resultan ciertas libertades poéticas, como propone en una de sus canciones que más me gustan, que afirma que las libertades en poesía no dependen de las rimas ni de los tropos sino de la belleza de nuestros actos, y, ahora, ¡parece que me ha mirado!, ¡me ha mirado, entre anotación y anotación, con su forma de mirar distraída sin ser superflua, desenfadada sin ser vulgar, dulcísima sin ser empalagosa!, si no fuera por el coñazo de los abueletes que ahora ¡se han puesto a cantar!, ¡podría ser todo tan idílico!: el río que está dorándose por momentos según el sol desciende por la desembocadura, la visión de los tres puentes en perspectiva (el de don Luis, el de Eiffel, el nuevo modernísimo y vanguardista del ferrocarril), los letrerones de las bodegas que parecen banderas entre las primeras sombras del ocaso, el limpísimo cielo atlántico que rebrilla intensamente porque el aire contiene infinidad de moléculas de agua marina pulverizada, la mujer escritora, poeta, cantante o sabe Dios qué que ha detenido sus ojos rientes y ensoñadores en mi humilde persona..., ¡fusilaría a esos abuelos!, ahora uno de ellos, embotado por el oporto con gaseosa, ¡se ha atrevido a dirigirse a ella para sacarla a bailar!, ¡el muy abyecto, infame y decrépito!, a lo que ella se ha negado amabilísimamente y sin perder esa compostura literaria tan propia de las grandes damas portuguesas: no esperaba menos de ella, pero está visto que cualquier incidente desafortunado puede dar al traste con una de las pocas cosas hermosas que la vida me ha puesto a tiro en toda mi vida, valga la redundancia, de modo que no debo esperar ni un instante porque a veces en tan sólo un segundo te sales de la carretera y se te tuerce la existencia, como cuando hace unos años, después de toda una tarde de angustia apenas disimulada con una ingesta excesiva de cerveza, fui a proclamarle mi amor a Merceditas de una acera a otra porque antes no me había atrevido, a voz en grito, todo muy emocional y cinematográfico y tal, pero entonces se puso el semáforo en rojo y se detuvo una furgoneta entre nosotros y yo me quedé con el querer en la boca, como si fuera un vómito que no se quiere vomitar, porque cuando la furgoneta arrancó Merceditas ya no estaba, se había ido para casarse un tiempo después con un honesto funcionario, que para nada puede compararse en intensidad vital con un poeta maldito, y ahí aprendí yo que no hay que descuidarse y además ya no estoy como para sumar más frustraciones en mi agenda, así que voy a levantarme inmediatamente y a presentarme ante ella, hoy llevo mi colonia irresistible y parece tan dulce que no me la imagino rechazando mi compañía, luego, una vez sentado junto a ella mi verbo envolvente hará el resto (aunque espero que no sea como otras mujeres a las que yo he envuelto con mi palabra y otros, finalmente, con sus brazos), porque además los ancianetes están cada vez más alborotadores y no paran de molestarla constantemente, seguro que (los hombres) con insinuaciones procaces, con que ¡¡allá voy (compruebo: la nariz recién sonada, la bragueta subida, el aliento fresco, las manos recién secas en el pantalón, el espíritu marcial)!!... pero, ¡socorro!, ¡ella también se levanta!: ¿qué hace?, ha recogido apresuradamente sus papeles, ¡qué guapa, joder!, ¡qué estilo tienen las escritorascantantes portuguesas!, ¡qué naturalidad!, ¿y ahora?, ha cogido un horrendo paraguas de colores que escondía dentro del bolso y ¡lo está abriendo!, ¡si no hay una puñetera nube!, ya sé, será algo así como nuestra Ágata Ruiz de la Prada, original y estéticamente subversiva ella, pero ¡no!, ¡es horrible!, ¡me muero!, creo que volveré a sentarme otra vez, sin hacer mucho ruido con la silla, porque así, en esta posición, con el trasero a un palmo del asiento estoy un poco ridículo, es mejor que me acomode por si sufro un desmayo, la horda geriátrica ha formado disciplinadamente detrás de mi amor, de mi vida, de mi hembra perfecta, enigmática, misteriosa, poética, telúrica, y ha comenzado a desfilar como si el birrioso paraguas fuera el estandarte de un ejército rumbo a cualquier chiringuito históricoartístico donde mi diva les dejará diez minutos para hacerse cuatro fotos con que luego pegar la paliza a sus amistades y familia, porque mi diva no es escritora, mi diva no es fadista, no anota poemas extraordinarios, ni las notas de una nueva melancólica melodía, sino cositas de facturas, recibos, cheques de hotel y ordinarieces así, y digo yo que, claro esta, no nos confundamos, no tengo nada en contra de las guías turísticas ni contra nadie que ejerza su trabajo con esmero y honestidad, ¡¿por qué me ha tenido que engañar de esta manera?!, ¡¿qué motivos le he dado para burlarse de mí si ni siquiera me conoce?!, ¡¿qué le hecho yo para humillarme así?!, y encima, cuando salía del café con todo su rebaño, la mujer de mis sueños se ha despedido con una sonrisa beatífica que me ha hecho sentir como si, de repente, con su adiós se cerrase todo un ciclo de abandonos (empezaron abandonándome los Reyes Magos, luego Dios, después Carlos Marx, cómo no mi esposa, y ahora ella) que constituyen y cimientan mi existencia, con lo cual, desamparado, huérfano de creencias, de doctrinas y de sentimientos, ¿qué alternativas me quedan?: tal vez tirarme de la torre de los Clérigos, pero siempre tuve vértigo, no me apetece nada ofrecer un espectáculo patético y que al final me tengan que bajar los bomberos temblando como una gelatina y con los calzones mojados; quizás arrojarme al río desde el pasaje bajo del puente de don Luis, aunque el agua debe estar demasiado fría, y quién sabe si contaminada; o cruzarme en las vías del tranvía, pero ¡es tan mono y tan antiguo!, ¡mira que si descarrila y se rompe!... Mejor será, me parece, que me pida una botella de six grapes, de Graham, por favor, una destilería familiar que cuida con verdadero mimo la crianza de sus vinos, y que la beba poco a poco, hasta que las tinieblas de la noche y las de mi cabeza sean una sola, y la vida se convierta, pero de verdad, en un sueño.



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