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Los oxiuros del sátrapa

Por qué en una junta encaminada a señalar los pasos a seguir, en la cruzada contra quienes protestaban por todo, tenía que darle comezón en el culo. El sátrapa se removió inquieto sobre la silla, aparentó acercarse al teniente Faramallas para escucharle mejor, pero la incomodidad era notoria, al menos para él.

La picazón era cada vez más molesta conforme transcurrían los segundos. Su mandíbula machacaba el aire con ansiedad. Parpadeó después de contar hasta 50 y el aire que salía por su nariz le llegó frío a sus testículos y un escalofrío recorrió su espalda.

Por qué, justo ahora que se definirían, en total armonía con su estado mayor, los mecanismos que borrarían del mapa a los insurrectos, este escozor de mierda que bullía entre los más recóndito de las nalgas le recordaba su insoportable condición humana.

Apretó los glúteos con fuerza, pero con moderación, porque los militares, aunque viejos, saben que las posaderas sólo sirven para sentarse, defecar y soportar patadas. Él, que despejó huracanes de insurrección en el país, ahora vacilaba entre seguir ahí, sometido a una molestia fija como sus condecoraciones. Nunca, hasta donde recordaba, hubo otro con mano tan firme y justiciera para mantener el orden, los valores y la familia, pero -por Dios y todo su estado mayor-, qué ganas de ir al baño para rascarse a plenitud.

Por qué cuando estuvo en batallas al interior del país, cuando fue militar de mediano rango y soportaba, codo a codo junto a sus hombres, las inclemencias de la vida castrense nunca le pegó un contagio, bueno, ni siquiera una sífilis o una gonorrea, bueno, hasta los piquetes de mosco le hacían lo que el viento al mármol...

Carraspeó. El secretario de la Marina temió lo peor. Tenía que tocarle a él, justo a él, la reprimenda. Si bien es cierto que su estrategia para disimular el apoyo a los narcotraficantes, vía marítima, adolecía de ciertas fallas, tampoco era como para que el patrón le reprendiera delante de toda esta bola de imbéciles. Además, ni siquiera ese reporterillo del Mercurio, que olisqueba por doquier, podría relacionarle con el cártel de Timbuktú.

Por qué me mira así el grumete. Ya sé, maldita sea, qué comezón. Piensa que lo evidenciaré. Carraspeó de nuevo, puso las palmas de la manos sobre la mesa. Se apoyó para levantarse, la edad oxida. Al incorporarse una flatulencia tibia y silente fumigó el escozor durante una milésima de segundo...

Ya puesto de pie levantó la mano. Carraspeó de nuevo y 16 pares de párpados se mantuvieron a la baja, aguardando la tormenta de improperios.

- Retorno en un momento, debo llamar al presidente Clinton, para tenerle al tanto de la situación, explicó.

Caminó despacio, como era su costumbre, erguido hasta donde le permitían los años, apretando, a intervalos regulares, sus nalguitas esmirriadas ante el silncio respetuoso de sus subalternos.

Puf, puf, puf, pensaba mientras fruncía la nariz, ya con la mano en el pomo de la puerta de su baño privado. Ingresó tan rápido como se lo permitió la incomodidad isnoportable . Aflojó torpemente el cinturón, sus dedos temblaron sobre el botón que se negaba a salir del ojal. A medida que vencía al pantalón daba la espalda al retrete. Nunca se sintió tan feliz, tan próximo a una meta como en el momento en que sintió el fino casimir resbalar por sus escuálidas y lampiñas piernas.

Tomó asiento en la taza del níveo baño. Mientras su corpacho iba hacia adelante sus manos hacían lo suyo en la región que, maldita sea, le había puesto en situación tan incomoda.

Sí, sí, así, así..., nada como rascarse, pensó.

Pasó un buen rato ahí. Ningún mal pensamiento cruzó por su mente. Los recuerdos de épocas gloriosas no embonaban con precisión. Su mente y su cuerpo estaban concentrados en darle alivio a la zona atacada. Entre quejidos de satisfacción y ansias de recuperar su aplomo de milico de verdad permaneció haciendo lo que debía hacer. Hombre de decisiones, al fin y al cabo...

Como era su costumbre desde que era cadete, después de defecar y limpiarse se llevaba los dedos índice y medio frente a los ojos, previa fruición para reconocer sus propios olores. En este caso excepcional sólo por una corazonada efectuó su tradicional movimiento después de haberse rascado meticulosamente.

Observó unas minúsculas criaturas rojizas entre la uña y la piel de sus dedos que se movían sentenciosamente y estuvo a punto de cagarse del susto.

- Dios mío, murmuró, gusanos a mi edad...

Quiso gritar pero el temor a que su guardia personal irrumpiera en sus intimidades le detuvo. Le llamaría al doctor Berrigonoechea, eso es. Ahora a terminar la junta.

Con el semblante sereno ya y su andar parsimonioso llegó a la sala de juntas. Escuchó con afabilidad, ningún improperio brotó de sus labios ajados. Su mente, bueno, la mitad de ella esta concentrada en cualesquier indicio de insurrección de esas criaturas que habían tomado por asalto, usando extrañas estragias, ese bastión corporal.

Berrigonoechea escuchó todo lo que el dictador dijo. A punto estuvo de atacarse de risa en ese rostro informe y patético, pero el estoicismo era una de sus virtudes. Recordó que durante años había tenido que soportar los malos modos del viejo. Vinieron a su memoria las prácticas médicas clandestinas que ejercitó en más de una veintena de mujeres -que salían de la vida del general- para evitar que el advenimiento de satrapitas incomodaran a la primera dama, mientras el viejo propalaba a los cuatro vientos su negativa al aborto. Eso y más cosas...

-Señor, le dijo, me da mucha pena pero voy a tener que practicarle una revisión a fondo. Los oxiuros, a su edad, son mortales.

El sátrapa alzó las cejas. Dejó de respirar un momento y pensó en todas las posibilidades de esa eventualidad. Conocía de sobra a Berrigonoechea y reconoció que éste siempre tuvo aciertos médicos y una discreción de cura. Suspiró resignado, aflojó el pantalón del pijama, se encaramó, con trabajos, sobre la cama y ya en cuatro patas puso al descubierto sus vergüenzas.

El doctor estaba muerto de risa, pero hizo grandes esfuerzos para aparaentar una mansedumbre que estaba lejos de sentir.

Introdujo en el recto un grueso termométro con el que practicó sólo dos movimientos bruscos que dejarían lastimado por días al tirano, antes de curarle de los oxiuros.

Posteriormente escribió en la receta, con aires doctos, el nombre del vermífugo de moda y antes de salir de la recámara hizo una media caravana. El viejo asintió y cerró los ojos para no ver más a ese maldito Berrigonoechea que le había dejado más adolorido de lo que estaba.

Horas después, el galeno bromeando con el barman del hotel Toadmaster, comentó:

-Los malos gobiernos son como los sátrapas, tarde o temprano se les pudre el culo...

 



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