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Nacer es solamente comenzar a morir

A Ella,
en cuyas entrañas fui.

Esa noche se divirtieron bastante. Eran pocos los concurrentes pero se estimaban mucho. Tú hablaste largamente, ayudado por tu memoria, de los accidentes del exilio. Vos fuistes siempre prudente, siempre agradable. Los anfitriones eran gente exquisita. Hubo whisky y buena comida, mate recién cebado y buen café. Tú brindaste por el fin de la dictadura, por el regreso a la patria. Vos condescendistes con una sonrisa y tú le quedaste viendo y te diste cuenta que la amabas.

Al despedirse se manifestaron sinceramente y tú adelantaste la invitación para el año nuevo. Vos te opusistes a que los llevaran a casa en coche y expresastes tus intenciones de caminar un poco. Al salir a la calle tú pasaste tu brazo por su cintura y la entrechaste firmemente. Vos te prendistes con ambos brazos a su pecho y caminaron largo trecho sin palabras. Al subir al taxi vos rompistes el silencio pero tú preferiste no contestar. Te fuiste pasando tu mano por su mejilla tierna hasta que el coche viró en una esquina y se detuvo frente a una casita con gradas en el pórtico.

Vos le distes una vuelta al niño, te vestistes con ropas de noche y te arropastes hasta el cuello. Tú apagaste la luz y te metiste desnudo en la cama. Besaste tiernamente su carita sedosa, saltaste ingrávido de su frente a los labios y bajaste al cuello echando a un lado las sábanas. Vos le ayudastes a desvestirte con el ondular de tu cuerpo y él hizo el resto. Vos sentistes sus manos de hombre recorrer amoroso tu humanidad, recibistes con espasmos su húmeda lengua, su pecho frotándose en tu vientre y por último su cuerpo metiéndose en el tuyo. Vos sentistes desgarrarse la vida en un instante, sentistes un frío polar subirte por las piernas y por último, el desfallecimiento del orgasmo y el anonadamiento ulterior. A partir de entonces todo fue luz. De ti salieron miles de seres en loca carrera trasponiendo montañas y hondos precipicios hasta llegar donde en vos aguardaba con los brazos abiertos la vida.

Las primeras semanas fueron inciertas. Tú seguiste tu vida cotidiana, tu trabajo, tu delirio político, tus revoluciones. Vos, tu hijo, tu hogar, los huéspedes que estaban a tu cargo, los preparativos para la inminente Navidad. Mientras tanto yo ya vivía. Amorfo, insensible, envuelto en una sustancia viscosa, empezaba a latir a tus expensas.

La preocupación llegó con la Navidad y la ausencia de tu ciclo menstrual. Inmediatamente pensastes en tu inestabilidad de mujer exiliada, en la limitación económica, en la lejanía de tu familia. Tú trataste de calmarla, le prometiste conseguir un aumento de sueldo y le llenaste la cabeza de esperanzas.

Desde entonces empecé a sentir tu amor. Empecé a oir suaves canciones de cuna a las cuatro de la tarde cuando tu hijo estaba por volver de la escuela con su guardapolvo gris y su bulto lleno de cuadernos y lápices de colores. Empecé a sentir tu mano más grande que mi ser y en tus pensamientos empecé a pensar. En mi horario señalado por la oscuridad de tu vientre aprendí a reconocer las noches de insomnio. Aprendí que había en la semana un día sabático en que tú permanecías a mi lado y de vez en cuando te divertías escuchando mis movimientos. Comencé a darme cuenta de los secretos que vos guardabas celosamente. Conocí en tus entrañas miedos y zozobras. Fui tu confidente en las mañanas solitarias cuando sólo tu sobrino dormía en el sillón y la casa estaba en silencio pero tu vientre en abierto diálogo. Aprendí a contar sin números las horas en tu corazón mientras crecía en la cómoda placidez de tu placenta. Compartimos inseparablemente el oxígeno de tus pulmones. La sangre de tus venas era la de las mías, tu alimento nutría mi existencia mientras mi cuerpo iba buscando forma. Pronto mis piernas se alargaron un poco, las manos se dividieron en dedos y me llevé el pulgar a la boca.

Entonces empecé a comprender en mi letargo la volubilidad de los días. Comprendí tu alegría cuando tu hijo vino del colegio con un dibujo para su madre, me enternecí cuando llorastes de felicidad cuando el doctor pronosticó un parto normal, y sufrí con vos cuando a las cuatro de la mañana tú no habías vuelto del mitin político donde hablaste contra Perón. Recuerdo el eco interno de las palabras cuando vos le decías que pensara en su hijo y en el que ya llevabas en las entrañas. Y el trago amargo cuando tú le dijiste que el discurso te había costado el trabajo en el sindicato, pero te habían pagado preaviso, vacaciones, seguridad social y tu mes completo, y que por lo tanto no había que preocuparse pues tendrían dinero suficiente para todos los gastos. Recuerdo que esa noche la besaste con más ternura que nunca, y que se amaron sin mucho desafuero porque vos ya no podías moverte con libertad. Pero se quisieron con tanta delicadeza que vos recordastes sin querer la primera noche en San José de Costa Rica, después de la fiesta nupcial, cuando tú ya eras un desterrado del somocismo, y vos lo seguistes al exilio para casarte con él.

Fueron unos meses felices hasta que tu estómago empezó a ser un poco estrecho y me invadieron unos deseos irresistibles de moverme. Te despertaba enmedio de la noche con unos golpes terribles que te dolían hasta la espalda, y me movía con desesperación tratando de darme vuelta en mi residencia, buscando en un instinto animal la compuerta de la vida. Entonces tú le asías fuertemente la muñecas tratando de calmarla, y vos pataleabas de dolor mientras yo removía tus entrañas con las manos y pateaba las paredes de tu cuerpo maternal.

Con el invierno antártico se tensó más tu piel, creció más tu estómago y ya te era difícil anudar los cordones de los zapatos de tu hijo que empezaba a rabiar contra el advenedizo que venía a terminar con su imperio de hijo único, con su reino de Bolívar del hogar. Y vos tratabas de explicarle que iba a tener un hermanito para jugar, y que habría de quererlo mucho y protegerlo. Y él se iba hacia la escuela maldiciendo la ingratitud de los padres que le habían retirado su cariño para depositarlo en alguien que aún no conocían, y del que no tenían precedente alguno.

Así pasaron los últimos días mientras recrudecía el invierno. Y mientras tú oías por la radio la transmisión del desfile en honor a los héroes de la independencia, vos reposabas soñolienta con las manos sobre el vientre, tratando de calmar mis movimientos cada vez más bruscos, cada vez más pesados. Hasta que tú apagaste la radio cortando las notas del himno nacional y le ayudaste a incorporarse y a meterse en la cama; la arropaste hasta el cuello y luego bajaste un poco el pabilo de la estufa que habías encendido para caldear un poco la habitación. Y vos te dormistes viéndolo recostado a un cerro de almohadas, revisando el manuscrito del libro de Selser a la luz de la lámpara a la que habían enrollado una toalla para matizar el fulgor de la bujía.

Tres días más tarde fueron las carreras y las llamadas. Vos te habías arreglado como para una fiesta. Te habías pintado las uñas y los labios, y te habías empolvado un poco las mejillas pálidas por los largos meses de embarazo. Tú le ayudaste primoroso a subirse al taxi, transmitiste a la señora que se quedaría con el niño las últimas indicaciones que vos dictabas en los momentos dolorosos de las contracciones, y te sentaste a su lado en el asiento trasero del auto, con una mano sobre su estómago que yo reconocí porque era demasiado grande y demasiado gruesa para ser suya, y la otra acariciándole enamorado el hombro sobre el abrigo grueso que no podía ceñir a su cintura.

Por espacio de varios minutos nos desplazamos por las calles medio alumbradas de un barrio bonaerense. Ustedes con la prisa de llegar al hospital, yo con la premura de salir de mi letargo después de ocho meses de embarazo que consideraba más que suficiente. El auto se detuvo con calma frente a la remodelada fábrica del hospital, y bajaste tú primero por un lado y diligente te prestaste a ayudarla. A través de tu olfato reconocí el olor a medicamento, la blanquecina impresión de las sábanas y las camillas, y la adolorida expresión de los desahuciados que se paseaban por los pasillos despidiéndose del mundo.

En una blanca habitación te acostastes a esperar el momento crucial en que habría de desatar las coyunturas de tu vientre y romper las bolsas gelatinosas de mi vida, mientras tú le decías estrechándole la mano «Después de esto mi amor nos vamos de vacaciones a Mar del Plata. Ya vas a ver que todo sale bien». Pero vos ya no le oías porque cada vez se hacían más agudos los dolores y sentistes una explosión volcánica innundar tu vientre de mujer fecunda y un calor de fuego correrte por las piernas, y él todavía acariciándote la mano mientras iban quedando atrás las luces en el techo del pasillo, y sólo alcanzastes a oir que te decía «Mucho valor mi amor», cuando te cegaron las luces del quirófano y te transportaron a un mundo de sufrimientos incandescentes y placeres masoquistas, mientras entraban en fila india y con los rostros cubiertos los médicos y enfermeros, hablando en un incomprensible dialecto de hospital que más bien parecía frases de conjuro de comadrona de pueblo que jerga de doctores graduados en la escuela de médicos de Buenos Aires.

Ahí estabas vos, acostada en una mesa de operaciones, con las piernas abiertas, alejada del mundo inmediato, luchando contra mi indecisión de salir de aquel agradable encierro insufrible, o quedarme en esa viscosa prisión confortable por los siglos de los siglos. Mientras tú te paseabas por el pasillo de blancas paredes y blanco suelo, rompiéndote los goznes de los dedos y rascándote la cabeza. Esperando en una espera interminable que la fuerza abdominal de tus músculos me lanzara al vacío y una mano plástica detuviera mi cabeza maltratada con un mechón de pelo hirsuto en el centro y un ojo cerrado por la hinchazón. Y no hubo necesidad de palmear mis nalgas curtidas porque un grito espontáneo abrió mis pulmones nuevos echando a andar toda la maquinaria autártica de mi ser engendrado, e inmediatamente empezó a circular la sangre almacenada en mis venas, y mi corazón empezó a contar el tiempo del hombre sobre la faz de la tierra con su persistente latir de cronómetro humano.

Y ahí te quedastes vos, bañada en sudor, fatigada hasta el máximo. Con un dolor de muerte en tus entrañas y una sensación de vida en tu inconciente. Orgullosa de tu sacrificio de mujer que ha parido con dolor un hijo de su vida. Y recordastes la noche calurosa de noviembre en que se amaron con locura hasta el final, y tuvistes la impresión de que todo eso, todo eso acababa de pasar.

 



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