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Maite

Me dolía todo el cuerpo. El cliente del día anterior había decidido pagarme con la mano y me había sacudido con todas sus ganas hasta cansarse, aunque al menos había tenido el detalle de no tocarme la cara.

Busqué en el baño un par de nolotiles. Vi reflejada mi cara en el espejo. Parecía una puta y una yonqui. Los dos motivos por los que llevo esta vida de mierda.

Empecé con la droga con catorce años. Por entonces la conseguía a través de los novios que iba teniendo, que eran siempre tipos con dinero. Ellos buscaban en mí sexo y yo se lo daba como un producto de intercambio. Fue así como llegué a convertirme en lo que soy: una puta que cada noche sale a ganarse su ración de droga.

Me quité los restos de maquillaje, ahora tan sólo parecía una enferma. Tenía unas ojeras inmensas, la piel descolorida y el pulso que me temblaba tanto como a un enfermo de parkinson. Necesitaba un poco de caballo, pero no tenía con qué pagarlo porque había perdido mi único aliado en este mundo: mi cuerpo. Ya no despertaba los deseos de los hombres, pues preferían golpear mis curvas, si es que aún las conservaba, que apretujarlas y llevarlas contra sí. Aun así, el asco que empezaba a ocasionarles mi aspecto me hubiera servido si, por cada paliza recibida, cobrase lo mismo que por un servicio. Sin embargo, nadie pagaba por pegar a una sucia y enfermiza prostituta.

Debían ser cerca de las doce. El mono se hacía notar en mí con la fuerza de un alud. Recordé mi cara reflejada en el espejo y sentí vergüenza. Me odié. Sentí asco de mí misma. Tome una decisión. Iba a suicidarme. Estaba harta de la vida que llevaba. Sabía que para mí no existía vuelta atrás, que estaba condenada a prolongar mi camino hasta que mi vida se agotase lentamente. Me asustó esa idea. Sentí prisas. Miré al balcón y me imaginé que la puerta estaba abierta, que me acercaba y volaba. Podía notar el frío del viento. El mono cada vez era más intenso.

Justo en este instante sonó la cerradura de la puerta. La oí abrir y, tras unos segundos, apareció Maite. La vi rubia, pálida, con aspecto angelical y vestida con un enorme traje blanco. Parecía una virgen que venía a salvarme.

Maite era casi una niña. Tenía dieciocho años y era tan delicada como una muñeca de porcelana. No era de la ciudad, en verdad no sé de donde había salido. Estaba muy delgada pero tenía una figura hermosa. Morenita y risueña, con unos grandes labios rojos que cuando besaban mis mejillas en días como los de hoy, en los que yo estaba tan hecha polvo que necesitaba más cariño y comprensión que un bebé, el calor que sentía al contactar sus labios en mi estropeada piel me transportaba a mi niñez. Ella se convertía en mi madre, me abrazaba y me cobijaba en su regazo.

Hacía seis meses que vivíamos juntas. Compartíamos piso, trabajo y enfermedad. En cuanto me vio encogida y tiritando junto al sofá-cama, supo lo que necesitaba. Me preparó un chute y me lo metió. Sentí calor, mucho calor. Me empecé a sentir bien. Mejor que bien: ¡estaba de puta madre!. La mente se me quedó en blanco y dejé de pensar. Sin embargo, hoy no era la yonqui egoísta y mentirosa de siempre. Sentí la necesidad de ayudar a Maite, de decirle tantas cosas que aún no sabía... De haber podido incluso le habría reñido. Le hubiera echado un sermón y la habría intentado convencer para que abandonase este camino que seguimos todos los yonquis, que es de frente y sin paradas. Le habría dicho que se puede volver atrás, que se pueden tomar desvíos e incluso que se puede descansar. Pero no estaba yo para hablar y menos de cosas tan profundas.

Cuando me bajó un poco el caballo le pregunté que por qué había tardado tanto. Me contó que se había encontrado con un amigo y que se habían ido a desayunar juntos. De hecho, el jaco se lo había dado él.

Sentí curiosidad por saber cuánto se había sacado la noche anterior. Diez mil. ¡Qué envidia!. Hacía mucho que yo no sacaba ni la mitad. Nuestro chulo y camello empezaba a tener una preferida. Lo entendía. En otros tiempos la preferida había sido yo. Me jodió pensar que se había estado aprovechando de mí. Siempre pensé que era yo la que utilizaba a la gente, pero en el fondo sólo había sido un juguete de camellos, chulos, novios,... Volví a odiarme por segunda vez en el mismo día.
Que la tratase mejor a ella era de esperar, pero lo que aún no sabía, era que iba a pedirle más. Igual que conmigo, hasta que su encanto se agotase y diese el mismo asco que yo. Y entonces se buscaría otra preferida. ¡Qué hijodeputa!.

Le pregunté si todavía tenía droga. Por suerte al amigo debía de sobrarle. Que quisiese encontrar una nueva clienta de poco importaba; a nadie le sobra nada. Como estaba más calmada pude contarle lo de la paliza. La avisé para que no se fuera con ese cabrón si por casualidad le daba por volver. Ese no buscaba sexo, sólo quería saciar sus frustraciones abusando y maltratando a las putas. Como él había una infinidad, aunque la mayoría se desquitaba con sus propias mujeres.

La verdad es que el caballo había dejado de gustarme desde hacía mucho tiempo. Ya no quería más, ni tampoco quería tener que prostituirme o utilizar a la gente para conseguirlo. Me había quedado sin razones para vivir. Mi vida se había basado en un juego destinado a obtener droga y ésta ya no me interesaba.

A Maite la quería, en parte, porque ella era buena conmigo. Aunque sabía que me utilizaba para instalarse en el mundo de la prostitución tal y como yo lo había hecho con otras putas, había momentos en que su amabilidad y su bondad rebasaban los límites de lo que podría llamarse interpretación. En esos casos era cuando veía en ella a un ángel de la guarda. Y por ello, no podía evitar tenerle un cariño impropio de un ser tan egoísta como yo. No quería utilizarla como a los demás y estaba dispuesta a dejarme utilizar. Sentía la necesidad de recompensarla, de ofrecerle lo mejor de mí, aunque esto fuera poco. Lo que experimentaba era una mezcla de instinto maternal doble; uno que consistía en protegerla y otro que buscaba su protección, el refugio en su persona que venía a sustituir a la droga que cada vez en mayor medida iba dejando de interesarme. Servirme de Maite para conseguir droga me habría resultado sencillo, al fin y al cabo soy una experta en el engaño. Pero por una vez en mi vida quería tener un trato legal con alguien.

De tarde vino El Negro, que era nuestro chulo y camello. Maite no estaba y así se lo hice saber. Hacía ya bastante que no se interesaba por mí, más o menos desde que dejé de producir dinero para su bolsillo. Me preguntó si quería jaco. No estaba dispuesto a fiarme, esos detalles los reservaba para sus mejores clientes, pero a cambio podría hacerle un favor. Debía guardarle un fajo de billetes hasta que le llegase la mercancía que estaba esperando. En ningún momento pensó que yo pudiese darme el piro con el dinero. Sabía de sobra que con aquello no iba a ninguna parte y que en cualquier caso, siempre iba a necesitar droga, por lo cual no sería difícil encontrarme. Lo tenía tan claro como yo. De lo que no estoy tan segura es de que en algún momento llegase a imaginar lo que le acabaría haciendo, pues ni yo misma era muy consciente de lo que hacía.

Sacó el caballo que me había prometido. Le besé en el cuello y le dije que me ponía a cien. ¡Me solmenó una hostia!. Estaba claro que ya no podía excitar a nadie, mi cuerpo no me lo permitía. Cambié de táctica. Utilicé la vía lastimera. Le conté lo de la paliza, lloré de verdad y la escena quedó de lo más real. Busqué su consuelo, su cariño. Intenté convencerle para que se chutase conmigo, como hacíamos antes, cuando yo estaba buena, mis caderas redondeadas y mis pechos duros y firmes. No me fue fácil convencerle pues ya no podía contar con mi principal arma. Sabía que no me iba a tocar, para eso ya tenía a Maite, a la que deseó montar desde el mismo instante en que la vio. Conmigo también se había encaprichado. Al principio se moría por mí. Luego, cuando empecé a perderme se buscó una más curiosa y dejó de visitarme asiduamente para venir tan solo a dejarme droga e, inmediatamente después, esfumarse con su dinero. Le supliqué que me hiciera compañía durante un rato, hasta que volviera Maite. ¡A ésta si que la tocabas tú, eh, cabrón!. Se quedó. Sólo de pensar en ella se le ponía dura. Estaba tan excitado que por un momento pensé que incluso estaría dispuesto a hacérselo conmigo, pero él se reservaba para el postre. Preparé la chuta y le pinché con suavidad. Explotó como un volcán en erupción. Abrió los ojos enormemente e intentó agarrarse a mi cuerpo. Pero todo quedó en intentos. Ni siquiera pudo hablar. Aquello habría acabado con un elefante.

Maite llegó de noche. Se quedó de piedra al ver el cadáver de El Negro. Le entregué la droga y el dinero y la obligué a marcharse. Había hecho esto por ella, para que tomara otro camino. Le estaba ofreciendo la oportunidad de escapar de mí, de lo que yo suponía: miseria, enfermedad, destrucción... Tengo treinta y tres años. Demasiado tiempo viviendo así. Durante todo este tiempo, mi único momento de lucidez ha sido hoy. Suficiente para saber cuánto me he perdido y hasta qué punto he estado cegada por la droga. Pero lo que más echo en falta es no haber encontrado a nadie que estuviese dispuesto a hacer algo por mí sin llevarse nada a cambio. La oportunidad que le ofrezco, yo nunca la tuve y aunque el umbral de la degradación hace tiempo que lo cruzó, ante sí se le presenta otro. Atravesarlo o no ya sólo depende de ella, aunque espero contagiarle mi momento de lucidez.

Se despidió dándome un beso en los labios. Sentí que éste había sido el único beso puro tras tantos otros de mentira, de compraventa. Quiero creerme esa bondad que sabe mostrar. Aunque no sé nada de ella, quiero pensar que la Maite bondadosa a la que he llegado a amar, es la auténtica. Quiero creer que ha sido un beso dado con amor y ternura. Quiero creer que existen personas distintas a El Negro o a mí, personas que sólo buscan en la gente a la propia gente. Y sobre todo, espero que Maite sea capaz de encontrar, al menos, a una de esas personas.

La chuta ya está preparada. Esta vez va a ser la última.



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