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Caprichos pasajeros

Había una tienda de animales en el camino de la escuela. José, Joselito, como le llamaban sus padres, pasaba de camino al colegio, día tras día, frente a ella, y se quedaba mirando embobado el escaparate. Todos los animales le gustaban en mayor o menor grado, y siempre les estaba pidiendo a sus padres que le compraran uno. Sus padres siempre se lo negaban, diciéndole que no tenían sitio en casa, que no tenían dinero para mantenerlo, que no sabrían cuidarlo, que no, que no y que no.

Eran, casi todos, caprichos pasajeros. Pero un día que pusieron un cachorro de San Bernardo en el escaparate fue diferente. El niño supo en seguida que aquel animal tenía que ser suyo, y tuvo la intuición de que era más que un antojo momentáneo. Así, nada más que lo vio, fue corriendo a sus padres:

- Papá, mamá, han puesto un perrito nuevo en el escaparate. Dentro de dos semanas es mi cumpleaños, ¿me compraréis ese perrito?

Los padres volvieron a rechazar la petición de su hijo, y le aseguraron que nunca comprarían ningún animal, que siempre estaría dando trabajo, y que no tenía cabida en la familia. Pensaron que el niño se cansaría pronto, como las otras veces, que encontraría otra distracción, que dejaría de molestar con aquella solicitud agobiante en unos días, para comenzar con otra distinta días después.

Pero esta vez era diferente. Joselito lo sabía. Les insistió tenazmente durante tres o cuatro días, y sus padres rechazaron su súplica tantas veces como él la realizó, y con tanta dureza como empeño había puesto. Luego, dejó de insistir. Comprendió que sus padres nunca le comprarían aquel cachorro, y que si quería conseguirlo tendría que hacerlo por sus propios medios.

Entró aquella misma mañana, mientras iba hacia el colegio, a la tienda a preguntar por el precio del perro. Le pareció una fortuna. Pero aun así, le explicó a quien le atendía, estaba decidido a hacer lo que fuera para conseguir que fuese suyo.

- Por ser para ti, si me traes la mitad de lo que vale el perro-le dijo el dueño de la tienda, viendo el enorme interés que mostraba el niño-, si me pagas la mitad de su precio, el perro será tuyo.

Cuando volvió a su casa, rompió su hucha. Contó sus ahorros, y comprobó que ni por asomo tenía suficiente para pagar ni siquiera la mitad del precio del perro. Pero no se desesperó, y a partir de aquel día renunció a las golosinas, y a todos sus pequeños caprichos, y el dinero que le daban, todo el dinero que le daban, sus padres, sus tíos, sus abuelos, lo fue guardando, esperando el día en el que consiguiera acumular el suficiente para comprar el cachorro.

Pasaron los días, las semanas-dos en total, aunque a él le parecieron siglos-, y, finalmente, un sábado, en el que celebraba su décimo cumpleaños, recibió regalos y dinero, mucho dinero, con el que acumulaba lo suficiente para pagar el precio del perro.

Deseoso, aguardó hasta el lunes. Pero ese día, de camino a la escuela, vio que el perro no estaba en el escaparate.

Entró en la tienda hecho una furia.

- ¿Dónde está el perro, dónde está mi perro?

El dueño de la tienda lo miró estupefacto.

- ¿Tu perro?-dijo sin recordar.

- Sí, el que usted prometió venderme a mitad de precio. He traído el dinero, me he pasado semanas ahorrando para poder pagarlo.

- Ah, tú eres el del pequeño San Bernardo. Pues lo siento, hijo. Lo he vendido. Lo vendí este mismo el viernes. No creí que fueras a comprarlo. Pensé que te habrías olvidado.

- Pero era mío. Usted me lo prometió, me prometió que me lo vendería a mitad de precio.

- Lo siento, chico. Lo siento de verdad. Mira, te diré lo que haremos... ¿cuánto dinero tienes? Bien, bueno, pues te prometo que tan pronto como pueda procuraré conseguirte otro perrito igual.

Pese a la decepción que se llevó ese día, el tendero cumplió su promesa, y, unos días después, le entregó, a cambio del dinero que había ahorrado el niño, un precioso cachorro de San Bernado. Fue de camino al colegio cuando pagó por él, y no pudo resistir a la tentación de llevárselo consigo en aquel mismo momento, por lo que decidió no ir aquel día al colegio, para pasarse toda la mañana jugando con su perrito. Lo acarició y observó sus inseguros pasos durante horas que le parecieron minutos. Y durante toda la mañana le dio vueltas a su cabeza para ponerle un nombre apropiado a la joya que era para él su perrito. Se le ocurrieron mil nombres, pero ninguno le pareció lo suficientemente bueno. Así que se marchó a su casa, a la hora a la que se suponía debía volver del colegio, con el perro por bautizar aún.

Sus padres, cuando vieron al niño entrar a casa acompañado por el animal, le gritaron:

- ¿Qué es eso? No será tuyo. ¿De dónde lo has sacado? No pensarás quedártelo. Dinos que es prestado, y que ahora mismo vas a devolverlo a su dueño.

El niño les explicó que era suyo, que lo había comprado con su dinero, con su esfuerzo, con semanas y semanas de ahorro y renuncia a los placeres de las golosinas, de los juguetes, de sus caprichos.

- No puedes quedarte con el perro-le ordenaron-. Tienes que deshacerte de él, o lo haremos nosotros.

- Pero es mío-replicó sollozando el niño-, mío, mío.

- Déshazte de él o lo haremos nosotros.

- No podéis hacer eso. Lo he pagado yo, lo he comprado yo.

- ¿Y quién lo cuidará, quién lo limpiará, quién lo alimentará?

- Lo haré yo, yo, yo lo haré.

- Ni hablar, eso lo dices ahora. Pero luego seguro que te cansas y que no limpiarás su mierda, ni lo alimentarás, ni harás nada por él, y tendríamos que cuidarlos nosotros por ti. Ladrará por la noche y molestará a los vecinos. Te dijimos que no te dejaríamos tener animales en casa. Nos has desobedecido.

- No, no me cansaré, lo prometo.

- Es un San Bernardo, se hará muy grande, y será un incordio. No, no te lo puedes quedar. Déshazte de él ahora mismo.

- No, no me desharé de él. Es mío, y me lo quedo.

Los padres le quitaron el perro a la fuerza. El niño se revolvió, se negó a que se lo arrebataran, gritó, y acabó desesperando a los padres, que le dieron un tremendo bofetón, que hizo llorar histéricamente a Joselito, no por el dolor físico, sino por todo lo que suponía ese bofetón, por perder a su perrito, por su incapacidad para imponer su voluntad, por su impotencia frente a la preeminencia de sus padres.

- Y ahora nos vamos a llevar a este chucho y no lo verás nunca más.

- No, por favor, no-suplicó entre lágrimas-. Ni siquiera le he puesto nombre.

Salió el padre con el perro, para hacerlo desaparecer para siempre. Dónde-se preguntó Joselito-dónde lo llevaría, ¿a una perrera, a algún contenedor de basura? Sólo sabía que no volvería a ver a su amigo.

- ¡Os odio, os odio, os odio!-gritó el niño.

Subió entonces corriendo a la azotea de su casa y saltó por ella. Se tiró de cabeza, y no sabe cómo acabó cayendo de pie. Se partió la rodilla, y quedó cojo para siempre-el patachula le llamaron desde entonces-. A todo el mundo le dijo que se había caído, pero él sabía que no había sido así. Y jamás perdonó a sus padres el que le hubieran quitado a su perro, quizás porque lo recordaba cada vez que caminaba.



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