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La memoria luminosa

A la hora de costumbre, cuando la noche humeó en la cocinilla, Bruna se hizo con la película que su marido había tenido aferrada desde que se la entregaron, poco antes de mediodía, en Vídeos Galaxia. Durante un instante, las manos desposeídas de Ventura se estremecieron sin saber qué hacer, vulnerables en la penumbra del cuarto. El temor a desprenderse del filme, aunque fuese para verlo proyectado, le hizo desbarrar un buen rato. Pues su memoria comenzaba con la película que Bruna acababa de arrebatarle en uno de sus descuidos, porque de lo ocurrido antes de que él la viese por primera vez, casi nada merecía ser recordado. Al menos, eso había pregonado el muy ingenuo en los mentideros del barrio. Tal vez debido a esa falta de cautela, Práxedes, siempre al quite de las congojas ajenas, se la vendió a precio de oro en la trastienda de Vídeos Galaxia (el único lugar de la ciudad donde aún le agenciaban a Ventura películas de celuloide y recomponían sus proyectores trasnochados). A Bruna le indignó aquella compra insensata. No llegaba a entender cómo Ventura, tan bragado en los negocios turbios, se había dejado enredar por un vendedor de vídeos codicioso y medio gafe. Además, ella sabía que Ventura atesoraba en la falsa cámara donde antes escondía los alijos dos o tres latas redondas con ese mismo título y los nombres de Fay Wray y Robert Amstrong impresos en letras rojo ardiente sobre la etiqueta de la tapa. Siempre poseyeron un ejemplar de ese film, recordó la mujer, caminando del brazo de Ventura hacia el cuarto de proyección; al menos desde que ella la encontró junto a otras de actores ya olvidados, bajo la cama de cobre donde se amaron al poco de conocerse. Pero su marido deseaba más copias de aquella película, las suficientes para salvar una, y con ésta su memoria, del laborioso estrago de las hormigas. Bruna, como todos los días, ajustó las bobinas en los cilindros del proyector. Articuló el objetivo con tiento, cerciorándose de que el haz luminoso fluía al alcance de Ventura, y de que iluminaba el cuadrado de la pared del fondo sin desbordarlo ni un pelo, como éste le recordaba a menudo. Luego, guiándose por la claridad de la pantalla, se enroscó gatunamente en la butaca de mimbre y se fijó en la cabeza rotunda de su marido. Apenas distinguía sus ojitos color hachís, arruinados tras las gafas de carey. Miró hasta sentir una punzada de extrañeza, el mentón hendido de Ventura, sus mandíbulas que se movían como si estuviesen mascando un bocado de aire; sus cejas demasiado bastas incluso para un hombre viejo. Lo entreveía a media luz, disuelta en la modorra, envidiando acaso el que su marido tuviese una pasión, aunque fuese por algo tan banal como las películas. ¿Cómo había permanecido tantos años al lado de aquel fantasioso que tenía la manía de tocar la luz que emitía el objetivo del proyector?, se preguntó como tantas veces. Aún dudaba de si debió huir con Germán cuando éste se lo pidió. Tal vez le hubiese ido mejor que con Ventura. Antes de que las imágenes se apoderasen de la pantalla, Ventura descargó una blasfemia. Bruna abrió dos ojos borrachos. Supuso que en ese momento, su marido estaba oyendo los movimientos de las piezas dentro del proyector, el deslizamiento del celuloide desde las bobinas a los rodillos, y, ¡calvario de bichos!, el trajín del comején debajo de las losas. Porque desde hacía años, la audición se le había exacerbado como le ocurrió a su abuelo José Ventura, que oyó el transcurso del tiempo poco antes de morir. Debido a ese aguzamiento auditivo, Ventura le avisaba cuando percibía la erupción de un nuevo hormiguero en las paredes o en el suelo del piso: "Bruna, acaban de abrir una boca del tamaño de un dedal, en la trampilla, donde escondíamos la mercancía; las oigo pasar por encima de las películas de Jack Nicholson". "¡ Nadie está las veinticuatro horas porfiando con bichitos como yo lo estoy, Ventura ! Sabes de sobra que las hormigas no pueden llegar a las películas..." Las manos de su marido se afanaron por tocar la corriente de luz. Como embobada, a un pasito del sueño, Bruna escuchaba la voz de Ventura desgranar los diálogos de la película, adelantándose, incluso, a las remotas palabras de los hombres y de la mujer del barco que erraba en la pared, convertida en ese instante en un mar vivo. "Debí prendarme de los espejuelos que le venían a los ojos mientras me hablaba de películas ", discurrió cayendo en el sueño, "¿sabré alguna vez si lo sigo queriendo al cabo de los años...?", se cuestionaba desde el otro lado de las cosas. Ventura permanecía ensimismado en la pantalla. Las imágenes se le enredaban en los dedos como sombras rápidas. -Han llegado a la isla sin nombre, Bruna, quieren parlamentar con los nativos; mira el portón del muro...-dijo obcecado en la pantalla. Pero ella ya no veía a los indígenas: soñaba con el arrabal que hubo entre los hangares del ferrocarril y la ciudad, con la casa de vecinos donde ella y su madre se habían dejado las uñas y el aliento fabricando molinetes de plástico para que Germán, el compañero ocasional de ésta, tuviese algo que vender los domingos. El gong reverberó en los tímpanos de Ventura. Los dedos se le nublaron en un instante. -¡Ahí está el gorila! -exclamó girándose hacia Bruna, que continuaba soñando con los veranos en que era una niña, y algunas tardes, mientras hacía molinetes en el lavadero de la casa de vecinos, notaba en su vulva aún medio poblada el avance ebrio de los dedos del trapero. En tanto ella se debatía en su sueño, como cuando era niña, entre el miedo y el vahído amoroso que le transmitían aquellas manos de hombre manchadas de miseria, los bramidos irrumpieron en la sala trayendo a la memoria de Ventura su recuerdo más remoto: el caserío de calles polvorientas al que había llegado hacía casi un siglo, en compañía de su hermanastro Baltasar, a exhibir animales aojados. De noche, cuando ambos cerraron la taquilla, Ventura se acercó al Cinematógrafo; la caseta de la que había visto salir durante toda la tarde a la gente medio asombrada. Correoso, como si se hubiese dejado atrás los huesos, se deslizó entre las lonas y la tierra y se mezcló con los espectadores. El mono imponente ocupó toda la pantalla antes de que Ventura se arranase en el suelo. La sorpresa le soltó la vejiga, pero ni empapado como una criatura se atrevió a moverse estando aquella mole enfurecida delante suya, a un tiento de despachurrar entre sus dedos colosales a la mujer de oro, mirándolo con ojos montaraces a él entre todos los allí presentes. El miedo, la fascinación, lo tuvieron alunado mucho tiempo después de haber visto la película. Durante meses, anduvo con la rocosa zarpa del simio esculpida en la memoria, preguntando en las ferias por el espectáculo terrible del Cinematógrafo. Desde entonces, no perdió ocasión de meterse en los cines que encontraba al paso. Las pantallas se le antojaron inmensas lupas que engrandecían el mundo corriente. Algunas películas las veía durante innumerables sesiones, como La carga de la brigada ligera, a la que persiguió de cine en cine, por el afán de extasiarse unos minutos ante Erroll Flynn en la carga de Balaclava, y, como en otras películas, espiar el rastro crepuscular que vagaba desde la cabina de proyección hacia la pantalla. "¿Poseeré algún día una de esas máquinas?", se preguntaba en aquel tiempo, secretamente, rodeado de la misteriosa oscuridad del patio de butacas.

La efervescencia llegó a los oídos de Ventura procedente del armario, donde almacenaba las carteleras y muchas películas de actores norteamericanos. No era un sonido concreto como el que producen las moscas o los tábarros volando, sino algo menos que eso: una resonancia envolvente. "Si continúan trizando películas pronto seré un hombre sin pasado, menos que nada seré yo", especuló, orientando las manos hacia el fulgor. Los recuerdos acudieron a su memoria carcomida al sentir la tibieza de la luz. Recordó la peste a gasoil que echaba Raimundo Estévez; los gestos cavilosos, la voz trabajosa con la que le habló una noche del pasado: "Conmigo ganarás más que trapicheando aceite como una lechuza"."¿Cuánto más, Raimundo?" "...Tendrás las películas que desees, Ventura, si contrabandeas con nosotros"." Pero..., ¿cuánto me pagarás, Raimundo?" "...Sobrado para que vivas bien y compres máquinas proyectoras y sacos repletos de películas si quieres". Ventura recordó los rostros desconfiados de aquellos hombres que olían a cuero; compañeros en tantos viajes por caminos improvisados en la noche; reacios a la presencia humana como las bestias. Raimundo le advertía sobre los genios de aquellos hombres, sobre sus miedos invisibles; llegó a conocerlos tan bien como al marido de Bruna. "Te puede el vicio, Ventura", le susurró Raimundo al oído una tarde que fueron juntos al cine, al observar el ardor con el que aquél se fijaba en los fotogramas de Mogambo. "Te gustan las hembras así, como está esa ahora mismo", volvió a susurrarle cuando Ava Gadner apareció en la pantalla; "pura luz..., más que de carne y hueso, ¿a que sí, Ventura?", añadió. "Puede, patrón", contestó, abstraído entonces en la planicie africana y en la actriz, como lo estaba ahora, en el presente, rememorando a Raimundo Estévez, mientras contemplaba la película cuyas secuencias podía hilvanar, sin apenas mirar a la pantalla de yeso pulido. Ventura dejó de oír el bisbiseo que su mujer emitía dormida. Tal vez el murmullo de las termitas y la conversación de los actores, levemente desdibujada en la penumbra, se lo estaban impidiendo. Era demasiado joven cuando la encontró en aquel cine de barrio, mirando la cartelera de Ben-Hur. Ventura le habló de Mesala, de Ben-Hur, de otras películas, y Bruna se dejó conducir por aquel muchacho huesudo, cetrino, que llevaba al hombro un morral lleno de relojes y de cámaras fotográficas. "Mañana le diré que vierta azufre en los hormigueros. Los que parecen pequeños cráteres son acaso peores, más activos, que los agujeros sin tierrecilla alrededor", teorizó viendo los biplanos, zumbones y frágiles como abejorros, sobrevolar la cúpula del Empire Estate Building al asedio del gigante; "...se lo explicaré clarito para que no se le junte una idea con otra", meditó aguzando el oído. Ventura meneó su cabeza canosa. Gruñó meditabundo, maldiciendo la clarividencia de sus tímpanos. Podía señalar los sitios concretos donde se hallaban en ese momento las hormigas...Antes bullían sólo en la habitación de la pantalla; pero, poco a poco, habían invadido el dormitorio, la cocinilla y el cuarto de baño; las tres habitaciones que no estaban tapizadas de rollos de celuloide, ni de carteleras. Porque con los años, y ante el cansancio de Bruna, su marido había transformado el piso en una sala de proyección en la que siempre era invierno.

La película había finalizado hacía un rato, pero Ventura apenas cambió de posición. Tenía las manos muertas sobre el regazo y los pies cruzados, medio enfundados en sus zapatillas boconas; la cara vacía de expresión aunque dirigida a la pared del fondo. El proyector iluminaba ahora la pantalla con una luz antigua, colada de garabatos y de puntos que pululaban acuciantes, como si se fuesen a desbordar por la pantalla y a sumirse en las sombras. Desde las carteleras clavadas con chinchetas en los tabiques, los actores famosos dirigían su mirada descolorida hacia el olvido. Ventura no perdía de vista el halo luminoso por el que viajaban las imágenes; ese universo cónico y alargado en el que erraban las partículas de polvo como astros diminutos, sensibles a la menor turbulencia; una puerta que se abre y en su trayectoria empuja el aire, una bocanada de humo que se deslíe en el techo, un gemido...Quizás por no perder ese rastro lechoso que palpaba mientras veía las películas, como si estuviese leyendo la luz con las yemas de sus dedos, Ventura nunca escuchó la cantinela de Práxedes sobre el vídeo que quería venderle ( la televisión -según el marido de Bruna- empequeñecía las imágenes y carecía de ese haz donde anegarse las manos de luz). El hervor crecía como la marea que sube y nos acecha tendidos en la playa, a punto de mojarnos. Progresivamente, la resonancia había ido adquiriendo la forma de un círculo sonoro que oprimía el ambiente. El bostezo de Ventura dislocó el universo que flotaba en la penumbra como un aliento helado. El frío le hizo cambiar el gesto atento. Se frotó los antebrazos con fuerza y se llevó las gafas a la frente. -Bruna, despierta...-dijo, incorporándose con pesadumbre-. Apaga el proyector. Vamos, mujer -insistió arrastrando sus zapatillas por el suelo pringoso, atenazado por el rebullir insoportable de las hormigas, sintiendo cómo se le evaporaban los recuerdos en la penumbra. El bulto que conformaba su mujer en la butaca no se inmutó. Las manos de Ventura la despojaron del bufandón que le trajo de Irún..., ¿o de Algeciras?, ya no se acordaba. Le tocó presuroso la cara aún tibia, le recogió las greñas blancas tras la nuca. -¡Despierta de una vez, pesada! -exclamó angustiado. Pero Bruna no volvería a contestarle jamás; a su pesar, porque lo estaba viendo en la sala, mirándola aterrado con sus ojos empedernidos de imágenes, cambiándose de mano la bufanda que le compró en Irún. Ella no podía hablarle ahora, cuando contaba con todas las respuestas, aunque lo desease más que nunca en toda su vida, porque estaba ensogada de las muñecas a un molinete enorme que giraba sin retorno, alejándola con lentitud del piso, de la techumbre destartalada de la casa de vecinos que habitó con su madre y Germán el trapero, hasta conocer a Ventura en aquel cine alfombrado, derruido hacía muchos años. El anillo crepitante se iba cerrando. Ventura avanzó transido de dolor unos pasos sin objeto hacia el centro de la sala. Miró defraudado a la pantalla, como buscando una explicación. En el mismo instante que Bruna cruzó el último plano de la muerte, la sombra agigantada de una hormiga nubló el cuadrado reflectante. De la mente de Ventura se estaban borrando los nombres de las cosas. Cuando sonó el clic y se apagó el proyector, su memoria entera y el cosmos luminoso que tanto codiciaban sus manos de contrabandista, se desvanecieron en la oscuridad.



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