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¡Ponte

Estamos en Norteamérica, en el mundo de las oportunidades. Son las 7 de la mañana. Comienza a amanecer y la luz azulada de una mañana de Enero se cuela por un patio vecinal en un barrio de negros.

Una de las ventanas que dan al patio tiene las cortinas corridas y está entreabierta.

—¡Desde luego, los que viven en ese apartamento no son nada frioleros!—, piensa Davinia. Está sentada en una silla de madera, frente a una modesta mesa redonda, cubierta con un hule de plástico. Desayuna, una vez más, sola, con la mirada extraviada del que aún no ha despertado, viendo a través del cristal de su cocina cómo la vida empieza a despertar, otra vez, en Nueva York.

Llegó a la ciudad procedente del sur, de un pueblo sin demasiadas oportunidades. Su pasión: cantar.

Desde muy pequeña se la conocía en el pueblo como “La Ratita”. Era de mediana estatura, delgada, de pelo largo, muy rizado, que le gustaba peinar con coletas y algún lazo a juego con el vestido... o los zapatos... o...

Se la llamaba así porque no era capaz de salir a la calle sin haberse duchado, peinado, trenzado el pelo, y colocado algún lazo de color a juego con... cualquier cosa.

Una vez dispuesta, se miraba al espejo, se guiñaba un ojo a sí misma, y comenzaba a cantar. Cantaba todo el día y en cualquier situación: en la calle, en el trabajo de la gasolinera, de vuelta a casa, antes de acostarse...

De niña, el apodo le venía que ni pintado. Su menuda estatura, su delgadez, sus movimientos nerviosos, sus ojos negros, que siempre miraban con profunda atención, hasta llegar incluso a incomodar, le daban el aspecto de un animalillo en continuo estado de alerta.


Pero Davinia hacía tiempo que había dejado de ser una niña. Ella lo sabía, porque hacía tiempo que los vestidos de niña le comenzaron a apretar, cada vez más, pero sólo en determinados sitios, que iban creciendo día a día.

Su madre lo sabía, porque cada año tenía que hacerle los vestidos un poco más holgados en el pecho y en las caderas.

Su padre lo sabía, aunque no sabía por qué; pero últimamente, cuando miraba a su niña, sabía que ya no era su niña.

Pero el resto de los chicos y chicas de su edad, o no lo sabían, o no querían saberlo. La seguían tratando como a “La ratita”, un poco superficialmente, con aprecio, pero sin demasiada consideración, y mucho menos como mujer... Y es que ya se ocupaba su celosa madre de que al hacerle los vestidos no se le notaran demasiado los atributos que le conferían su “nuevo rol”.


Y la verdad, es que a Davinia, lo que más le molestaba no era que no apreciasen su físico, en primer lugar porque no se consideraba nada excepcional, aunque no estaba mal; y en segundo lugar, porque le daba mucha más importancia a los cambios que la madurez le estaba trayendo a su personalidad.

Con veinte años ya cumplidos, llevaba más de cuatro rondando la idea de salir del pueblo que la había visto nacer. Quería intentarlo en la Gran Ciudad. Sabía que tenía alguna oportunidad y que disponía de dos armas excepcionales para vencer: su inteligencia, y su voz.

Ya llevaba 4 meses en su Gran Ciudad, en un apartamento alquilado, de los más baratos que pudo encontrar, intentando que la admitiesen becada en alguna escuela de canto. Se había presentado a muchas pruebas de “aficionados”, y siempre la misma historia: se duchaba, se recogía las trenzas, se ponía uno de los vestidos de su madre, y el imprescindible lazo en el pelo... a juego, y comenzaba a cantar.


Aquel día ya estaba tarareando una canción mientras desayunaba, aclarando la voz. Tenía una prueba en una escuela del barrio, modesta, una de esas escuelas a las que van los hijos de los que ya tienen un trabajo, más bien para pasar el rato. Para ella era una oportunidad de aprender, aunque fuera empezando por lo más bajo, y poder demostrar así algo de su talento.


Mientras miraba por la ventana, repasaba de memoria la melodía que se estaba preparando para la prueba, mirando sin ver a través de la ventana de su cocina.


En ese momento, en la ventana entreabierta de enfrente apareció dibujada una figura femenina, de largo pelo rubio, suelto, que se desperezaba mientras miraba a la calle.

Al levantar los brazos se le abrió la camisa de noche que llevaba puesta, desabrochada, y dejó entrever el contorno de unos blancos y firmes senos, que se dibujaban sobre un vientre liso y casi perfecto. Su único atuendo, además de la camisa, eran unas braguitas de encaje blancas.


-¡Dios mío, qué frío ha tenido que pasar esta noche, si ha dormido sólo con eso y sin cerrar la ventana!-, pensó.


Bruscamente su vecina de enfrente bajó los brazos, como asustada, e inmediatamente comenzó a sonreír. Alrededor de sus caderas se deslizaban lentamente unos dedos masculinos, con pinta de pertenecer a un hombre joven y fuerte. Poco a poco fueron apareciendo sus manos, que ascendían suavemente por el vientre y que, inevitablemente, terminaron agarrando esos senos que segundos antes se desperezaban bajo el camisón. Ella se dejó hacer, se echó el pelo sobre un hombro, e inmediatamente apareció sobre el otro la cara huesuda de un blanco, de rasgos afilados, pelo rubio muy corto, y su cuello nervudo, retorciéndose hasta alcanzar las orejas, la mejilla y finalmente la boca de su presa.


Ya había visto esa cara muchas veces antes: en el ascensor, o en las escaleras, o cruzándose a toda velocidad en el vestíbulo, detrás del absolutamente frío y distante “good morning” mirando al suelo, mientras pasaba a su lado. Un saludo pretendidamente cordial, pero que en realidad quería decir: “Aparta; ¿no ves que molestas?”

Era raro ver a un blanco viviendo por aquellos barrios, pero no imposible. Lo barato de los apartamentos y el hecho de que el alquiler casi siempre se hacía sin contrato, atraía a muchos que “iban de paso”, y no sabían cuánto tiempo se iban a quedar en la ciudad. Cuando terminaba el trabajo, simplemente dejaban el apartamento, la mayoría de las veces sin pagar la última semana, y desaparecían.

Según creía, estos dos trabajaban en algún espectáculo medio acrobático, medio circense, que desde hacía unas semanas se celebraba en un teatro del centro venido a menos.

La verdad, es que a ella le traía sin cuidado dónde o hasta cuándo se iban a quedar, pero reconocía que sí le gustaba contemplar a aquel espléndido ejemplar extranjero de vez en cuando.

Sus curiosos ojos negros más de una vez se habían fijado en las botas de cuero gastadas, los vaqueros apretados que le marcaban por delante y por detrás, las camisetas ceñidas, siempre de manga corta, que dejaban adivinar la potencia de su pecho y sus brazos... y aquel cuello ancho, musculoso, blanco.

Sus ojos nunca los había visto, pues continuamente los protegía con unas gafas de sol muy oscuras, curvadas, que llevaba incluso en el ascensor, pero los imaginaba ligeramente hundidos, de color azul intenso... y frío.

Aquella mañana tampoco había podido verlos, porque mientras mordisqueaba el cuello y la oreja de aquella “valquiria” los mantuvo cerrados todo el tiempo. Lo que sí le dio tiempo a ver fue su espalda, ancha, también musculosa como acertadamente había imaginado y sobre todo su trasero, algo más blanco que el resto de su piel, pero que se endurecía y relajaba rítmicamente mientras hacía las delicias con su amada de un juego animal que tantas veces había visto repetirse desde su ventana.


No es que a Davinia no le interesara el sexo, y de hecho no era virgen, pero los empujones inexpertos que de uvas a peras le habían regalado algunos de los muchachos de su pandilla, escondidos entre la hierba o en un local oscuro durante alguna fiesta del pueblo, no le habían hecho despertar ni mucho menos la pasión de muchos jóvenes de su edad. Simplemente lo aceptaba como una forma más de comunicación, de relacionarse con los demás. No, no era una mojigata, pero el sexo estaba en su mente en un plano completamente secundario, prescindible, sin demasiada importancia y, desde luego, nada que ver con lo que ella quería o esperaba de su vida.


Así es que, desviando la mirada de la ventana, pensó para sí misma: —¡Que os aproveche!—, y volvió a canturrear mientras recogía el desayuno.


La mañana, efectivamente, era fría. Afortunadamente la prueba de canto no era más que dos calles más abajo. Aún así, se arrebujó bajo el abrigo de lana que había traído del pueblo.

Sólo se le veían las delgadas piernas, las trenzas... y el lazo a juego, mientras cruzaba la calle semidesierta a aquellas horas.

En la acera de enfrente, unos muchachos de color marcaban algunos pasos frente a un radio-cassette que ladraba, en el suelo.

Al pasar frente a ellos, uno se volvió para mirarla. Era el típico negro grande, alto, de mirada asesina, aunque el no quisiera ponerla. Ella estuvo a punto de pararse y dar media vuelta pero, ¡qué narices!... en esta vida hay que tener algo de coraje, y si no, te acaban comiendo.

Aquel negrazo esbozó una sonrisa sarcástica al ver que se acercaba y, en lo obtuso de su mente, comenzó, no sin esfuerzo, a elaborar alguna chanza. Cuando la pobre Davinia, con más miedo que otra cosa, pasó por su lado, éste se agachó para quedar a su altura y le espetó: ¿adónde vas, nena, al colegio? ¿no te acompaña papá?... Y acto seguido soltó una carcajada que los demás corearon inmediatamente, más que por lo que el grandullón había dicho, por la cara de susto que la pobre Davinia debió de poner al ver acercarse a aquella bestia.


Por fin pudo llegar al lugar de la prueba. Entre el frío, el susto, y los nervios, no le salía la voz del cuerpo cuando tuvo que dar su nombre a la encargada, que se la quedó mirando con cara más bien de pena, pensando: “pobrecilla, otra que se va a ir para su casa tal como ha venido”. Pero con correcta profesionalidad, aunque sabiendo de antemano lo que se le venía encima a aquella criatura, le tomó los datos y le hizo sentarse en un banco corrido junto con otras aspirantes.

Durante el rato que allí estuvo sentada, Davinia consiguió dominar en parte sus nervios, entrar en calor, y hasta pudo canturrear para sus adentros la canción que desde ayer no había dejado de cantar ni un segundo.

Para cuando le llegó el turno, ya estaba convencida de que lo iba a hacer bien, muy bien, que los iba a dejar impresionados, que la beca iba a ser suya, y que en aquel momento se iban a terminar sus miedos y sus angustias.

Al oír su nombre, se levantó de un respingo y entró en el escenario por una portezuela estrecha que.. ¡Ay, Dios!, le hizo recordar justo en ese momento que ni siquiera se había desabrochado el abrigo, y que el lazo que aquel día se había puesto en el pelo... no combinaba con nada de lo que en ese momento se podía ver de ella.


El director de la prueba estaba sentado al otro lado del escenario, detrás de una mesa pequeña con muchos papeles por encima, y un flexo que sólo le iluminaba media cara, lo suficiente para que Davinia pudiera apreciar perfectamente cómo en sus labios se dibujaba, al verla, una sonrisa divertida-despectiva-desestimativa... despreciable para Davinia.

Sin perder la compostura, ni la desagradable sonrisa, aquellos labios comenzaron a hablar y soltaron: “Muy bien, nena... ¿qué nos tienes preparado?”.

Y automáticamente desaparecieron del arco de luz del flexo. El director se había recostado en su silla y buscaba nerviosamente en los bolsillos de su chaqueta el paquete de cigarrillos y el mechero, sin mirar ni escuchar a Davinia, que ya había anunciado el nombre de su canción y había comenzado a cantar.

A pesar de todo, lo estaba haciendo bien, se encontraba a gusto, concentrada en la canción y en su voz. Sabía que lo estaba haciendo bien.

Al llegar al estribillo, volvió a aparecer bajo el flexo aquella sonrisa, ya no divertida, sino condescendiente-superior-hastiada, con el cigarrillo humeante colgado a un lado y, sin que le dijesen nada, Davinia dejó de cantar.

Se hizo una pausa de silencio, larga, desagradable... y la sonrisa le habló: “Muy bien, ya es suficiente... ¡la siguiente!”


El resto de la mañana la pasó encerrada en su apartamento, llorando. ¿Qué es lo que había hecho mal? ¿Por qué no la había dejado ni siquiera terminar el primer estribillo? ¿En qué estaba fallando?

Se juró a sí misma que la prueba del día siguiente iba a ser su última oportunidad. Además, casi se le había acabado el dinero. Si al día siguiente no la aceptaban, dejaría el apartamento (sin pagar la última semana, claro), volvería a su pueblo y nunca, nunca, volvería a cantar.

Se fue al baño a lavarse la cara y se despreció a sí misma cuando se vio en el espejo. “Vaya, no eres tan buena como creías”, pensó. Una sonrisa amarga, de autocompasión, apareció en la cara no demasiado fea que la miraba desde el otro lado del espejo.

Sin saber qué hacer para que esas horas amargas pasaran, se sentó en el suelo y comenzó a ojear una revista de propaganda que había encontrado en su buzón el día anterior, y que había utilizado esa mañana para entretenerse mientras estaba sentada en el retrete.

En una de las páginas centrales se anunciaba un instituto de belleza, con la típica foto de mujer en bañador, y un eslogan al lado que, al leerlo, le hizo sentir náuseas: ¡Ponte guapa, que los hombres se lo merecen!

Automáticamente, asqueada, tiró la revista a la papelera y se levantó del suelo. Buscó sus gafas, que casi no necesitaba y nunca usaba en casa, y se volvió a mirar al espejo mientras se las ponía. Al cabo de unos segundos se las volvió a quitar, y después, lentamente, se las puso otra vez... Mientras, en su mente se iba gestando una idea, una sensación, un descubrimiento... tan simple que dolía por no haberlo descubierto antes.


Se quitó las gafas definitivamente y comenzó a soltarse las trenzas sin dejar de mirarse al espejo. Mientras, practicaba miradas de soslayo, sonrisas suaves, acariciadoras, entornando los ojos.

Se quitó por arriba el vestido, que volvía a quedarle estrecho en algunas partes y, antes de bajar los brazos, se sorprendió a sí misma admirando unos pechos jóvenes, bien formados, y una cintura delgada que daba paso a sus caderas, ya anchas de mujer y de piel lisa y brillante. Intentó saltar delante del espejo para ver el efecto que hacían sus piernas arrancando de esas caderas, pero no lo consiguió. Le daba igual... ya había visto bastante.

Recogió la revista de la papelera, la colocó frente a ella y, en la imagen invertida del espejo, junto a la mujer en traje de baño, releyó la repugnante frase: “¡Ponte guapa, que los hombre se lo merecen!”..., y aquella tarde se fue de compras.


A la mañana siguiente, por primera vez, se levantó tarde. Sólo le dio tiempo a ducharse y, esta vez, a colocarse deprisa un vestido ceñido de chaqueta y falda, rosa claro. Bajo la chaqueta se vistió con una blusa blanca de la que dejó adrede los dos botones de arriba sin abrochar, de manera que sugerían pero no dejaban ver el sujetador de encaje blanco, a juego con las bragas: “Hay que sentirse guapa por fuera, y por dentro”, pensó. Esta vez no se hizo las coletas, sino que se recogió el pelo dejando caer algunas mechas rizadas sobre la cara y, sobre todo, se pintó los ojos de un color rosa a juego con el vestido y los labios de un tono un poco más subido. Se miró al espejo, volvió a practicar con los ojos entornados y la media sonrisa... y de repente, mientras admiraba y buscaba defectos en su obra, recordó que desde el día anterior no había vuelto a ensayar con su canción.

Aquello le produjo una sensación de profundo disgusto. ¿Es que ya habían podido con ella? ¿Hasta tal punto la habían transformado que hasta se había olvidado de cantar? ¿En tan sólo 24 horas había sucumbido?

Intentó recordar cómo empezaba la canción, pero al mirarse al espejo y verse a sí misma tan cambiada, fue incapaz ni siquiera de entonar el comienzo de la melodía.


Trastornada, asustada, recordándose que se había jurado que esta sería la última prueba, miró al reloj, se dio media vuelta sin volver a mirar al espejo y, como aceptando su inamovible destino, salió del apartamento despacio, caminando lentamente, con la mirada perdida al frente, mirando sin ver con mirada imprecisa de miope.


Desde el fondo del pasillo, vio acercarse apresuradamente una figura humana que reconoció rápidamente por sus movimientos felinos. Era el acróbata extranjero, que ya empezaba a soltar mecánicamente su “good morn... apártate que molestas”. Ella, sumisa, se estrechó contra un rincón para que no la atropellara y esperó paciente a que pasara como una exhalación por su lado.


Pero esta vez no fue así. Como si le hubiesen dado un puñetazo, aquel hombre tensó su impresionante cuello para girarse a contemplarla y de repente se paró en seco frente a ella. Davinia le miró asustada, sin comprender, y se dio cuenta de que estaba como petrificado, respirando nerviosamente, ella pensó que debido a la carrera, y mirándola de arriba abajo a través de sus oscuras gafas negras.

Nunca había podido saber cómo eran sus ojos, hasta ahora. Lentamente se quitó las gafas y, efectivamente, dos ojos de azul intenso, algo hundidos, la miraban a través de unas pupilas extrañamente contraídas.

No dijo nada. Como una serpiente que acecha a su presa, se fue acercando imperceptiblemente a ella mientras Davinia comenzaba a sentir una tensión que no era exactamente miedo. Cuando se quiso dar cuenta estaba atrapada en aquel rincón, suponía lo que iba a ocurrir, y ya sólo esperaba el embite final.

No se hizo esperar. Pronto pudo sentir su aliento caliente y húmedo en el cuello. Mientras con un brazo se apoyaba en la pared, con el otro la apretaba contra su cuerpo. Pudo notar entonces todo el nervio de su depredador a punto de destrozarla como a un animalillo pero, extrañamente, no sintió deseos de huir. Al contrario, mientras él la apretaba y buscaba por debajo de su falda, ella se sintió súbitamente más calmada y, en un susurro, le dijo con un ligero descaro: “¿Serías capaz de comerte un bombón sin estropear el envoltorio? Tengo una cita importante y no querría que me arrugases el vestido”.

Como loco, enfurecido, contrariado, resoplando, pero dominado, aquel hombre le dio bruscamente la vuelta, de un tirón le subió la falda, y la poseyó rápida y bestialmente. Davinia pudo sentir todo el calor de su fogosidad mientras notaba las embestidas, y en ese momento únicamente se lamentó de no tener su espléndido trasero entre las manos. Aún así, cerró los ojos, recordó cómo lo había visto moverse esa mañana por la ventana y, en su interior, dejó de ser ratita para ser gata, mientras se contoneaba, pidiéndole más, aún después de saber que él ya había terminado.

Cuando se giró, supo al mirar la cara descompuesta y sudorosa de aquel animal magnífico, que lo tendría a su disposición cada vez que ella lo necesitase, aunque no fuese para hacerle el amor, sino para cualquier otra cosa.


Al salir a la calle, reconoció el coche del extranjero aparcado en la puerta. Una melena rubia alborotada por el viento salía por la ventanilla. Pasó por su lado despacio, marcando el paso, pero sin ni siquiera mirar.


Con los zapatos de tacón sonando rítmicamente, siguió avanzando por la acera desierta, con la mente extraña, sin sentir, mirando al frente con la mirada borrosa y la media sonrisa pintada aún en su inmaculados labios.


Al pasar frente a un callejón, súbitamente alguien la asió por el brazo y la introdujo en él, mientras con la otra mano sacaba una navaja y la ponía en su cuello, sin decir palabra.

Excitada por la sorpresa y el miedo, pero aún con la mente extrañamente extraviada, como drogada, sin poder pensar, miró fijamente al agresor a los ojos, y enseguida reconoció al negro grande que el día anterior la había intentado ridiculizar.

La sonrisa se acentuó mecánicamente en sus labios, y entornó aún más sus ojos. Con la mano que le quedaba libre y sin dejar de mirarle directamente a los ojos, comenzó despacio a acariciarle el pecho, que quedaba a la altura de su cara. Aquel hombretón al principio puso cara de sorpresa, y hasta parecía que iba a resistirse, pero como sin quererlo, con uno de los movimientos estudiados de su brazo, Davinia le dejó entrever uno de sus pechos, preciosamente adornado con el sujetador de encaje blanco.

Automáticamente la navaja se separó delicadamente del cuello de Davinia y, aún con cara de susto, el grandullón bajó los brazos mientras ella se desabrochaba un botón más de la blusa... y le desabrochaba a él el pantalón.

Casi tuvo que hacerlo todo ella, subiéndose a horcajadas con las piernas alrededor de su cintura mientras él permanecía de pie, con los ojos fijos en su escote y la cara impasible, jadeando, hasta que, tras un gemido que parecía más bien el de un niño asustado, aflojó los brazos y soltó a Davinia, que sin embargo siguió durante un minuto más aferrada a su cuello, sintiendo en toda su magnitud a aquel ejemplar.

Sin mediar palabra, le dio un beso en la frente, como de buenas noches, y no sin cierta dificultad consiguió bajar hasta el suelo, dejando a su segunda víctima del día con los pantalones desabrochados y mirándola aún con cara de susto y sin saber cómo reaccionar.


Se había hecho tarde. Tuvo que apretar el paso para llegar a la prueba antes de que cerraran el local. Al entrar, la encargada le objetó que se le había pasado el turno, pero que iba a ver si podía hacer algo para que hiciera la prueba.

Por la portezuela que daba acceso al escenario, otro director miraba a la última concursante, con la colilla entre los labios y, aunque no pudo oírle, supo perfectamente qué le decía y en qué tono estaba mandando a la calle a la pobre chica, que aún no había terminado de cantar.

La secretaria se le acercó, le dijo algo señalando hacia atrás y, cuando éste le iba a contestar que no, que se había acabado el tiempo, que tenía ganas de acabar e irse a casa, vio a Davinia subiendo resuelta y lentamente los peldaños que accedían al escenario.

Con un movimiento suave, pero firme, apartó a un lado a la secretaria, que se volvió, molesta, también a mirarla: radiante, iluminada por el foco central, parada en medio del escenario, mirando fijamente al director, con los párpados ligeramente entornados y su media sonrisa en los labios.

El tercer animal, hipnotizado, se echó hacia delante, incauto, y la luz del flexo iluminó toda su cara, dejando ver una expresión de ansiedad, a duras penas contenida por una postura de falsa profesionalidad.


Esta vez la tensa pausa jugaba a favor de Davinia. Al cabo de un segundo, como sin quererlo, como si otro lo dijese por él, el director le preguntó: “¿Pero tú quieres cantar?”


Davinia no contestó, no se movió, no pensó lo que tenía que hacer. Todo salió como si lo hubiese ensayado mil veces. Simplemente, aquella actuación estaba en ella.


Muy suavemente movió los labios y con una voz dulce, casi como en un susurro, cantó la mil veces repetida canción que hasta ese momento no había nunca cantado de aquella manera. Es más, en algún momento se dio cuenta de que se estaba equivocando en la letra, pero le dio igual: su presa seguía estando hipnotizada.

Cuando terminó, porque esta vez sí que pudo terminar, el director se levantó, volvió a apartar aún más a la secretaria, se acercó a ella y le dijo, balbuceante: “E... estás contratada.”

Davinia aceptó la propuesta con un gesto entre coqueto y divertido, más como si fuera un cumplido que como un reconocimiento de sus aptitudes, pero no dijo nada. En su interior sentía más bien desprecio. Borró la sonrisa de sus labios, dio media vuelta y con un escueto “Hasta mañana, entonces”, se dispuso a marchar.

Pero inmediatamente, el director le pidió que se quedase, que como ya habían terminado las pruebas ese día y, si no tenía inconveniente, le gustaría que le acompañase a comer y así discutir tranquilamente los términos del contrato.


Ella se detuvo, se giró lentamente y le contestó, divertida:

“No, gracias. Hoy ya he comido. Quizás en otra ocasión, si es que algún día lo necesito.”

Y abandonó el local, sin mirar más atrás, como si todo lo que tenía que hacer en aquel lugar, ya lo hubiese terminado de antemano, antes incluso de entrar en él.


Mientras caminaba sola, de vuelta a casa, como despertando de un mal sueño e intentando escudriñar en su mente cuál iba a ser a partir de entonces su futuro, recordó el anuncio de la revista que permanecía en la papelera, junto al retrete, y, volviendo a dibujar la suave sonrisa en sus labios, pensó: “Verdaderamente..., se lo merecen.”



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