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Encuentro en un tren

"Ni siquiera el recuerdo es necesario al amor".
Thornton Wilder

"Es extraño", pensó la mujer, y bajó el último escalón que la separaba del tren. "Es extraño", repitió, y a continuación llamó por sus nombres a sus dos hijos idénticos, que vinieron hacia ella corriendo y levantando el polvo. La mujer hubiera querido darse vuelta, y quizá agitar la mano para saludar con simpatía al hombre todavía en el tren, pero no lo hizo. Era una suerte que estuviera nublado, se decía, que las nubes bajas hubieran invadido la estación, quién sabe, si, de haberse dado vuelta, él no hubiera notado que ella tenía los ojos húmedos. Con todo ese hollín en el andén, quién podría fijarse. La mujer, entonces, siguió su camino hacia adelante, y le pareció sentir la mirada de él clavada en ella mientras el tren arrancaba. Una mirada se siente en la clavícula, se siente en las escápulas, se siente en las vértebras del cuello, y después ya no se siente nada porque el tren ha partido. La mujer respiró un poco, aliviada, y por tercera y última vez aquel atardecer ella repitió: "Es extraño", y su paso se volvió raudo rumbo a la casa de su suegra.

Apenas lo vió en el tren, a ella le vino ese pensamiento. El del sentido de la mirada de él. Hubiera querido huir, pero, ya se sabe, están los hijos. Tiraban de ella como caballos de una carreta, y fueron los hijos los que eligieron el asiento, enfrente de él, de un señor mayor, con barba cenicienta, que leía, y cuyas manos eran como algodones para los libros. Siempre había sido así. Ella se acomodó, cabizbaja, y el hombre no levantó sus ojos del papel para mirarla a ella, tan solamente, quizá, miró a los hijos, los gemelos, inquietos, corriendo lado al lado del vagón como si no les importara nada. El hombre leía, y estaba en otro mundo. Luego, los hijos comenzaron la rutina. "Mamá, miráme", decía uno y se trepaba al asiento, "Mamá", gemía el otro andando sobre las manos, "Miráme a mí, a mí, mamá". No hubo caso, ella tuvo que levantar la voz. Hubiera querido ser muda, para qué negarlo. "Basta", dijo, secamente, una sola vez, porque total, para sus hijos era inútil cuantas veces ella dijera basta, pero alcanzó para el hombre que levantó la vista del libro, y la nombró:

—Lucía — y entonces ella sintió que todo estaba perdido.

La mujer lo miró, avergonzada, ¿cómo estaba viéndola él? ¿Cómo habían transcurrido estos ocho años sobre su cuerpo, sobre su piel, sobre la papada del cuello y la gordura en lo blando de los brazos? Antes, ella, antes..., habría querido disculparse. Antes ella era diferente, claro. Se veía diferente. Al fin y al cabo el tiempo era como aquel tren que pasa, no deja de pasar y todo lo aplasta. Ella trató de sonreírle, sin emitir sonido alguno, no fuera cosa que los hijos se le vinieran al humo a molestarla. Trató de sonreírle, y mientras le sonreía, pensó, también, que quizá sus dientes lucieran amarillos porque en la época en que ellos se conocieron, ella, todavía, no tenía la costumbre del café y el cigarrillo a la tardecita. El hombre no hacía otra cosa que observarla, haciendo los ajustes necesarios a la imagen que él conservaba de ella. La miraba, más bien, con intenso asombro. A la mujer la ausencia de palabras le resultó insoportable. Además, ahora, se decía, para que a una mujer se la considere bella debe ser tan delgada...

Los demonios llegaron, les urgía la atención de la madre, el guarda les había conminado a que fueran a sentarse a sus asientos. Era inevitable, se entiende, que surgiera la pregunta. Él dijo: ¿Son tus hijos? Ella asintió. Lo último que una madre podría hacer es negar a sus hijos, pensó, y dijo en voz alta los nombres, y los hijos miraron al hombre barbudo desdeñosamente, como miraban a los cascarudos subiéndose a la santa rita del fondo antes de masacrarlos. El hombre se fijó en los hijos. Eran idénticos. Desmenuzó sus rasgos. Entre ellos eran iguales, dos gotas de agua, como diría la gente, y tenían la boca grave y prieta de la madre y sus mismos ojos oscuros. Ella estaba por decirle, Digan hola al señor, pero se calló. ¿Cómo decirle el señor a él, a Aldo? El hombre sonrió con gusto, hasta con alegría, según lo hubiera interpretado cualquier otro pasajero. Dijo, Son gemelos. ¿Cómo hacés para no confundírtelos? Ella meneó la cabeza. Esperó a que los demonios salieran del ruedo en que se hallaban ella y el hombre como antes, como en los viejos tiempos. Los demonios se fueron por ahí, a molestar a otros pasajeros. Ella respondió nada más que: Miran distinto. Precisamente, para ella los hijos eran el Triste y el Rabioso, porque las pupilas de uno eran tristes y las del otra rabiosas, ¿cómo confundírselos aunque fueran uno el reflejo del otro? Ella hubiera podido imaginar que, en el momento en que se concibieron los hijos, las paredes de su vientre estaban recubiertas de espejos.

—Así que tenés dos hijos— repitió él, sin odio, pero sin volver de su asombro, y ella volvió a asentir. Asintió, exactamente, pero no habló de Gricel, su hija mayor que ya cursaba el primer grado, y a quien ella había dejado en R. al cuidado de su marido, para llevarse a los demonios a visitar a la abuela.

De pronto vino el paisaje, imperioso, y requirió de la mirada de ambos para constituirse. Un bosquecito de pinos, verde oscuro, el sol de la tarde cayendo y sangrando, y un tropero azuzando con sus gritos a cuatro o cinco vacas escuálidas y pachorrientas que no querían saber nada con el movimiento. Y la sombra. La sombra del tropero era una tijera afilada cortando el camino. Ella se atrevió, preguntó:

—¿Cómo estás vos, Aldo?

—Bien— dijo el hombre con naturalidad, y ella sintió odio de esa naturalidad— Doy clases de Lengua en M.— agregó y nombró un pueblo, por fortuna bastante lejos de donde se criaban sus hijos. —Y vos, Lucía, ¿cómo estás?

—Bien— contestó ella imitando al hombre, pero su voz sonó estrangulada por la nostalgia.

Los demonios volvieron. La llamaban. Detrás de ellos venía el guarda y la miraba con reprobación. ¿Por qué sus hijos no podían ser como todos los hijos?, gemía ella para sí. El guarda le ordenó:

—Señora, hágame el favor de cuidar a estos chicos, ¿quiere? Que uno casi se me lanza del estribo.

Ella ahogó un grito, más de vergüenza que del pánico de perder a uno de los demonios. Si hubieran sido otras épocas, ella habría viajado con una sirvienta, y la sirvienta se habría hecho cargo de los demonios, y ella, solamente, se hubiera dedicado a mirar el paisaje por la ventanilla, el transcurso infinito de los colores, y hubiera podido no pensar en nada, en absolutamente nada.

—Se sientan y se callan —les ordenó a los demonios, y ellos se sentaron y se callaron durante un cuarto de hora aproximadamente. Podría darles sueño el vagido del tren, decía ella para sus adentros, ¿por qué a sus hijos nunca les daba sueño el tren?

El hombre los miró, cómplice, y le preguntó:

—Son terribles, ¿no?

¿A qué venía eso?, se dijo ella, ¿se estaba burlando? Claro que antes era diferente, Ay, Lucía, quién te ha visto y quién te ve, dirían las viejas. Pero, ya se ve. Una se casa y a los cinco años, ya nadie se acuerda, y la belleza se marchita.

—Sí — contestó. Eran terribles sus hijos.

Enseguida pensó, ¿Y él, al fin y al cabo? ¿Él que sabría de ella? Él sabía que ella todavía vivía en R., pero él se había ido a una ciudad más grande, se había hecho profesor, por lo que se ve, ¿y qué sabía? No sabía nada. No sabía cómo ella buscaba a la que ella había sido, en el espejo, cada mañana. Cómo transitaba dolida los cañaverales de las afueras de R. en que éste o aquel la había requerido de amores alabando su hermosura, y ella, ahora, ya no estaba entre las cañas al lado del arroyo. Claro que no. Ella iba con su hija de la mano, a pasear, cerca del arroyo, y su hija suavemente le preguntaba cómo se llamaba tal o cuál flor, pero ella no le respondía: ella ya no estaba allí. ¿Por qué se había perdido? El pasado es inexplicable. No sigue las vías racionales del pensamiento. El pasado es una vergüenza, un arrepentimiento constante, una evocación que cae en las zanjas o en el vacío. Cómo explicarse con una sola frase, decir: Mi padre jugaba demasiado al casín. Mejor decir: En gran parte ha sido culpa mía; pero mejor de todo es callarse y remorderse. Afuera el paisaje sigue siendo bello. El paisaje no se conduele de las pérdidas de nadie.


La mujer ubicó a sus hijos sobre la falda, y un poco dormitaron. La mujer dejaba que los hijos se acomodaran sobre su falda como si fuera el canasto de la ropa sucia. Ella miraba el paisaje, y él, enfrente, la miraba a ella. Hubo un momento en que los hijos se retorcieron y desenroscaron y ella hubo de reacomodarse, de manera que un pliegue de su blusa se abrió, y él observó en toda su magnificencia el precioso dije de oro que ella poseía desde su adolescencia. Ahí estaba. En R. decían que ese dije había costado al padre de Lucía lo que el ajuar de una reina. Que quien tuviera a Lucía enriquecería al menos por la posesión de ese dije. Era un mito, estaba claro. Y ella lo usaba, ahora, para viajar en tren. Debería haberlo escondido en una zona secreta, en una región huida de su casa, de los palmares de R. o de donde fuera.

Uno de los hijos se despertó y corrió de punta a punta por el vagón por el simple placer de sentir sus pies pisar contra las lonjas de la madera. Ella se volvió de costado y lo llamó. La costura de la blusa se había abierto debajo de la sisa, y él contempló la blancura esplendente de la carne de ella, aquella blancura que la hizo tan famosa en R. ¿Qué podía decir él? En una época, tiempo atrás, el deseo amoroso lo había atormentado.

El hijo le dijo a la mujer que no iba a volver a sentarse. Que no tenía ganas.

Y otra vez, como si el tiempo no hubiera transcurrido, Aldo volvió a sentirse atormentado. ¿Quién puede jactarse, al fin y al cabo, de haberse agachado para beber de la fuente del olvido? Los recuerdos fueron asaltándolo, lentamente, como en la noche que va haciéndose profunda van surgiendo, una a una las estrellas, y entonces, él pareció olvidar que el próximo abril se casaría con Lina, con quien finalmente y tras mucho sacrificio habían logrado comprar juntos una casita en Z.


Y ahora, ahí estaba Lucía. Su mirada oscura se apagaba a medida que el paisaje de eucaliptus pasaba y quedaba para siempre en la lejanía del camino. Los eucaliptus eran un jeroglífico sobre el verde del campo. Ella, que no sabía leer jeroglíficos de ninguna especia, olvidaría la forma de esa figura que jamás habría de volver a repetirse. Lucía siempre había presumido, recordó él y sus presunciones eran en R. causa de sus disgustos. Pero, acaso, ¿alguien la habría querido? Él corrigió su propia pregunta: ¿Acaso, alguien la había amado verdaderamente a Lucía en todo este tiempo como él había creído amarla? No, claro que no: nadie la había amado. No era posible. Para él, para Aldo, era preferible creerse dueño de esta respuesta rotunda, a sospechar, siquiera, que Lucía podía ser feliz —y si no feliz, que ya es mucho, al menos estar conforme— con ser la mujer de un ganadero mediano, y pasar el tiempo tejiéndole saquitos a los hijos.

Ella, como una figura legendaria tallada en piedra, únicamente miraba el camino que iban dejando atrás.

Hubo un momento en que a ella se le ocurrió la idea y le pareció grandiosa. Fue cuando el tren se detuvo en una estación perdida del camino a F. En hordas subieron vendedores de revistas y golosinas, y los demonios se pusieron frenéticos, y tiraron de su falda, hasta que, quebrada, ella cedió. Después, atentos a las chupadas que daban al helado y los dulces, los demonios ya no volvieron a molestarla. Cuando el tren arrancó, la idea que ella había concebido ya tenía forma y cuerpo, y de pronto le pareció factible, y hasta sensata. Una vez que llegaran a F., pensó Lucía, dejaría que los demonios fueran solos a la casa de su abuela, y ella seguiría el viaje hasta final, en el tren, con Aldo. Los demonios y su abuela se entenderían fácilmente. Eran todos de la misma calaña, se dijo. Al fin y al cabo, pensó, quizá ella estaba atrapada en un círculo del infierno, y sus hijos eran los guardianes.

Ella reflexionaba que la verdadera Lucía estaba en el pasado, la de carne y hueso, la de la hermosura permanente, todavía estaba allá, entre las cañas, dejándose besar por Aldo, y simulando frialdad. ¿Cuándo fue, entonces, que pasó todo lo demás? ¿Cuándo fue que ya estuvo todo perdido? ¿Qué se hicieron de los paseos, la seda crujiente de los vestidos, qué se hizo de aquel gatito de angora que ella solía peinar sobre su falda, que se hizo del nogal, plantado junto a la puerta, qué se hizo de su madre, tan alegre hasta que la apagó la lluvia, seis años atrás? ¿Qué se hizo de los amores que nunca habrían de olvidarse?

Lucía, crispada, hizo un ademán. Extendió la mano para tocar al hombre. Como no podía ser menos, su mano fue interceptada por una de los demonios guardianes, y demás está que se explique, que la mano del demonio guardián estaba embadurnada de dulce y de caramelo.

Al acercarse, fueron divisando las casas chatas de F. Ella estaba entre bajarse o seguir viaje, y fue allí cuando comenzó a sentirse extrañada por los sucesos que se habían dado, y por el encuentro con Aldo.

El tren se detuvo en F. Ella se apeó, los demonios comenzaron a saltar de alegría, y gritaban palabras que ella no pudo entender. Dudó respecto de cómo saludar al hombre. ¿Qué decirle? Al fin y al cabo, se dijo Lucía para sus adentros, pero con tanta fuerza que si alguien de su confianza hubiera apoyado su oído sobre su pecho, habría escuchado las palabras, Yo tuve un poco de culpa en todo esto. Nunca debí haber dejado que él se creyera que yo era un personaje de novela. Qué necesidad tenía yo de que él estuviera convencido de que yo era una suerte de Cleopatra ridícula trasladada por artimaña del destino a la chata pampa argentina. El siempre estaba con esas ideas equivocadas de mí, qué castigo. Mil veces le había dado mi padre la posibilidad para que él se casara conmigo; papá le habría arrendado algunas hectáreas de campo, unas pocas en principio, para que él sembrara soja —la soja crecía fuerte en aquellos años—, si él no hubiera sido tan caprichoso, tan lleno de orgullo, tan inconstante, tan hambriento de la ciudad, nos hubiéramos establecido en el campo. Ha sido culpa suya, en realidad. No, no, ni siquiera fue él, ha sido todo culpa mía: nunca debí haber dejado que él creyera que yo no lo esperaría.

Lucía estrechó su mano, y él la retuvo, apenas unos instantes, pero los suficientes para que ella supiera que todo —el amor y el resentimiento— estaba igual, esférico, idéntico a sí mismo, que en algún sitio el pasado se reproduce y continúa, fantasmal e indiferente a las vivencias del presente. Que ella, en un mundo paralelo, continuaba caminando con Aldo a la orilla del cañaveral, y él la besaba y juntos observaban una primera generación de cocuyos, y luego volvían a la casa, corriendo, y les salía a recibir el Peludo, que era el perro pastor que su padre tenía, y doña Paula bordaba en una eterna mantilla, mientras una sirvienta escanciaba jugo fresco de naranjas hasta el borde los vasos.

—Buena suerte, Aldo— saludó Lucía, y los demonios comenzaron la rutina de saltar y correr, y así bajaron del tren, y ella apretó el paso hacia la casa de su suegra, a la vez que, para sus adentros, meditando en la sustancia fantasmática del pasado y de sí misma, ella murmuraba: "Qué extraño todo...", y luego alzó los ojos humedecidos, y vio que uno de los demonios palmeaba el lomo de un perro vagabundo, y entonces ella se acercó, zamarreó al demonio —el Triste— del brazo, y le espetó: "¿Qué te dije? ¿Qué te dije en casa de andar tocando animales callejeros?", y el demonio refunfuñó, a punto de llorar, pero se contuvo. Ahí iban los tres, hacia el centro de F., el tren había partido, y el perro vagabundo seguía al grupo a una discreta distancia de apenas cuatro pasos.



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