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La abuela

Para Bety y Caco.

Iba a cumplir once años el próximo mes, y me lo pasaba pensando en ello. Un poco porque no tenía otra cosa en qué pensar, y otro poco porque estaba entusiasmada. Crecer, me producía entusiasmo. Los abuelos discutían acerca de si debían dar un banquete en honor de mi cumpleaños o no. El abuelo dijo que no, que mejor no, porque en caso de hacerlo, habría que invitar a mi tío que era un estafador y se aprovechaba de mi tía, y encima era armenio. También habría que escribirle a mi madre a París donde vive desde hace tantísimos años y pedirle que viniera al banquete. Para que mi madre volviera, calculaban los abuelos, debían enviarle el pasaje, porque seguro que ella no tendría plata viviendo como vivía de su roñoso sueldo de tramoyista. Mi madre era tramoyista pero los abuelos habían hecho todo lo que se podía hacer para que ella estudiara de médica y fuera una persona de bien. Pero ella era una rebelde que nunca hizo caso y vivía de roñosa tramoyista en París y no volvía, mi madre no volvía, porque tenía miedo de este país. Me escribía, en cambio, largas y lentas cartas en un papel amarillento, yo diría andrajoso, y me contaba de su vida y de cómo era el Sena, que es el río que cruza la ciudad de París. Para mí, el Sena era un nombre, como el Tigris y el Éufrates que me enseñan en la escuela, el Sena era una palabra, sustantivo propio de un río, y no era como el Paraná que está acá enfrente y lo veo apenas me asomo a la ventana. El Paraná corre largo y lento como la tinta en las cartas de mi madre la miedosa que no se anima a regresar de París. Mi madre se llama Elina, como yo. Elina Hurtado, se llama ella, y Elina C. Levin me llamo yo, porque mi padre era judío, pero después se fue. Le he dicho al abuelo que haga el trámite para que yo lleve también el Hurtado, porque a mi padre no lo he visto sino en una foto que me mostró la otra abuela, cuando la conocí, y nada más. Él se fue cuando yo era bebé. Él tenía una barba negra y espesa, hablaba en hebreo y siempre decía Shalom en vez de gracias. Es algo que yo no debo olvidarme, me explicó la otra abuela, que es una mujer muy ancha que huele a colonia de lavanda, que mi padre decía Shalom y eso significa gracias. Después no la ví mas, porque la otra abuela vive en Campana y el viaje hasta su casa es largo.

Tampoco la abuela Rosa quiso que se diera un banquete con motivo de mi onceavo cumpleaños, se negó así, abiertamente, y le importó un pito que yo me pusiera triste, porque a la abuela Rosa le importa un pito la tristeza. Ella no lloró jamás desde la época de la guerra, dice, y tal vez sea cierto. Es seca como la madera de un árbol, como la leña, como el papel áspero y amarillo en que la tramoyista de mi madre escribe sus cartas. La abuela Rosa le contestó al abuelo que no estamos para jolgorios ni para gastos, y que la vida está hecha de disgustos y de dolores como para andar festejando. La abuela dice que el Generalísimo arruinó su vida. Pensándolo bien podría decir que a mi familia la han arruinado los Generales. Menos a mi abuelo. El abuelo trabajaba en el Correo y era filatelista. Tanto le gustaban las estampillas que hasta le robaba la correspondencia a la gente. Pero los Generales nunca se dieron cuenta que el abuelo era un ladrón de estampillas, y nunca le hicieron nada ni le arruinaron la vida.

Debe ser porque la abuela Rosa escucha a la Llorona debajo de su ventana, noche por miedo, que no estamos para andar de festejos. El espíritu de la Llorona se detiene debajo del arco de su ventana y aúlla y rasga sus uñas contra el vidrio. El espíritu de la Llorona tiene unas uñas como garras. La abuela tiembla cuando lo oye y dice que se va a morir, que el espíritu rapaz y carroñero de la Llorona viene a anunciarle la proximidad de su muerte, y ella se asusta, la abuela Rosa se asusta, y jura que ya no puede vivir del miedo que le tiene a la muerte. El abuelo y yo nunca oímos el llanto de la Llorona, ni aún en las noches más solitarias y frías, en las que el río relumbra como una capa de hielo. Jamás pasó cerca mío ese buitre de la Llorona que tanto asusta a la abuela, y el abuelo dice que si ella lo escucha, que si a ella sola el espíritu se le manifiesta, es por los pecados que ella ha cometido, los pecados mortales. Los pecados mortales son siete, ha dicho la monja del colegio: soberbia, lujuria, envidia, gula, avaricia, ira y orgullo. Si uno lo piensa bien, la abuela los tiene a todos. Sufre de todos los pecados mortales, la abuela, como también sufre del lumbago los días de humedad o del riñón cuando come cosas saladas. La abuela teme y tiembla, reza oraciones en latín, pero no llora, porque ella no llora desde la época de la guerra, y precisamente cree en el espíritu guerrero de la Llorona que va a venir a arrancarla de este mundo como la guerra arrancó a sus ocho hermanos, Marcial, Antonio, Rosario, Pepe, Rafael, Odila y Juvenal, según el orden en que fallecieron en la guerra, más la pobre Carmencita que murió de malaria en un hospicio en Madrid. La ce de mi nombre, Elina C. Levin, es de Carmen, por Carmencita, la pobre muertita de malaria en Madrid. A veces, cuando la abuela está triste y temerosa, me llama Carmencita. A mí se me hiela la sangre cuando me llama así. Por suerte, por lo general, todos me dicen "la Peque", porque soy bajita, y de vez en cuando mi tío el armenio juerguista o mi tía la aprovechada me dicen Eli. En el colegio también me dicen Eli, y la profesora de dibujo me dice, en cambio, Señorita Elina, y me obliga a dibujar un caballo todo el santo día, no sé para qué, porque yo nunca he visto un caballo al natural, verdadero, y por eso se lo pinto color verde o azul claro, para que se dé cuenta que es un caballo falso. Igual, después la profesora de dibujo habla pestes de mí, la tan Señorita Elina, como ella me dice, habla con las otras profesoras en la Sala de Maestras. Hasta a la Directora le habla de mí a mis espaldas, y le dice que soy una niña conflictiva e indisciplinada, que yo tengo conflictos. Los conflictos los tendrá ella, que sigue soltera, y lo va a seguir siendo durante mucho tiempo, teniendo como tiene, la obsesión por hacernos dibujar caballos falsos. Yo sola no la odio, por suerte, también la odia Betina, que es mi compañera de banco, y la Barufaldi y la Villegas y la Bosch, aunque el odio de la Bosch es injustificado, y le viene porque ella, la Bosch es muy bruta y más le valiera ser manca que dibujar caballos como los que dibuja. A todas ellas yo las había invitado a mi cumpleaños, porque no creía que el abuelo y la abuela no iban a querer festejármelo. La Bosch iba a regalarme un perro que estuvo criando, porque su perra parió seis cachorros y ya dieron cinco. Betina, no, ella me iba a traer un cuadro grande de París que tiene, para que yo me acuerde más de mi madre. Cada vez que recibo una carta, yo enseguida se la muestro a Betina. A ella le cuento todo: no tengo secretos con ella: es mi mejor amiga. La abuela Rosa la tiene a Betina atragantada porque dice que es una callejera y que cualquier día la va a agarrar un sátiro. A mí no me importa lo que la abuela piensa de Betina, porque ya podría yo gritarle a la abuela sobre lo que pienso de la Llorona que ella oye. Como hizo mi abuelo, que le dijo que oía ella sola a la Llorona por los males que ella había hecho, y la abuela le contestó que era un imbécil, así: "Eres un imbécil, Pedro", porque todavía la abuela, que es española, trata a las personas de tú y no de vos.

Con Betina nos vemos todos los días e incluso nos encontramos los sábados y escuchamos con ella los discos de un cantor de Puerto Rico que canta: "Don Diablo se ha escapado/ tú no sabes la que ha armado/ ten cuidado/ y yo lo digo por ti." Escuchamos la canción y bailamos con mi amiga Betina. También comemos un postre de vainilla que su madre prepara, y que la abuela jamás hace porque dice que el azúcar pudre los dientes. Que solamente a los zaparrastrosos les gusta tanto el dulce, en cambio, ella y sus ocho hermanos nunca comieron dulce y por eso tenían una dentadura perfecta. De todos modos, mucho no les habrá servido tener unos dientes blancos y perfectos, porque todos vinieron a morirse en la guerra, siete de ellos al menos, y ahora todos, excepto la abuela Rosa, están muertos. Igual, ella no la quiere a Betina, dice que ella es una zaparrastrosa, y que va a terminar puta o tuberculosa, y eso que la abuela ni siquiera se tomó el trabajo de conocerla. Por eso, yo sí, yo sí puedo hablar de mi amiga Betina, porque la conozco a fondo, y puedo asegurar con certeza que es una chica prolija e inteligente y dibuja caballos crinudos como nadie en la clase, aunque ella también, lo mismo que yo y la Villegas y la Barufaldi y la bruta de la Bosch, odiemos a la profesora de dibujo. "Llegó Sandunga", decimos entre nosotras cada vez que vemos venir a la profesora de dibujo, porque Sandunga es el diablo, un diablo indio, creo, y la Profesora de dibujo sí que es un diablo que se ha escapado y del que hay cuidarse.

Mi amiga Betina es inteligente, mucho más que la abuela con seguridad, porque ella se dio cuenta de lo que la abuela estaba haciendo y yo no, y si no hubiera sido por Betina, yo hubiera seguido tan confiada. Es inteligente, aunque coma dulces, que es mentira que los dulces pudren a las personas en los dientes y en la parte de adentro, dice Betina, que para eso se inventó el dentífrico y el calcio y el flúor, dice. Hasta el abuelo va a comprarse dulces cuando sale del Banco de cobrar la jubilación, que cobra trescientos ochenta y ocho pesos, aunque él dice tres millones ochocientos ochenta pesos, porque habla en plata vieja. Y con los ocho pesos del final de la cifra, o sea, según él, con los ochenta, el abuelo le huye a los ladrones que acechan en las puertas de los bancos y se mete en Royal a comprarse dulces. El abuelo come dulces y dice que lo que no se va en lágrimas se va en suspiros y que la plata está para los caprichos y para la enfermedad, y él se paga su capricho de dulce aunque se le pudran las muelas y lo de adentro. Que el abuelo compra dulces lo sé porque me convida, pero a la abuela le miente y le dice que esos ocho pesos se los gastó volviendo en taxi en vez de en colectivo, porque los colectivos están llenos de carteristas. Mi abuela Rosa le cree, ella no es tan inteligente, que si no se daría cuenta que el abuelo la engaña. La abuela no es inteligente pero sí es fuerte, que es lo más importante en una mujer, explica ella, ser fuerte: "Una mujer fuerte vale más que las perlas". Aunque, ¿perlas?, nunca las hemos visto ni soñado. Por lo menos con caballos he soñado, alguna vez, corrían más rápido que el viento, si es que el viento puede ser rápido. Pero, ¿perlas? Por eso, a mí no me importa ser fuerte, como dice la abuela Rosa que hay que ser. A mí me importa la fiesta de cumpleaños, aunque la abuela y el abuelo se hayan empecinado con que eso no puede ser, por mi tío el armenio desvergonzado y porque la vida está hecha de dolores. Yo hubiera querido celebrar mi cumpleaños. La Bosch me iba a regalar un cachorro que estaba criando, recién destetado, y todavía había que alimentarlo con mamadera. Ahora se lo va a regalar a otra, capaz que a Reinante o a la Bordigoni que es una falsa. Falsa y repugnante es la Bordigoni, nunca se pasa un peine para aplastarse los pelos duros y parados como pinchos que tiene, más fea que un bicho es, y capaz que ella recibe el cachorro que iba a ser mío. La Bosch se merece morirse, sí, debería empezar a oír a la Llorona, la Bosch, si llega a regalarle el perro a la guanaca de la Bordigoni.

Y encima, encima de que me quedo sin fiesta y sin perro, me llega una carta de mamá en papel amarillo y andrajoso, una carta fechada el día de mi cumpleaños, un día horrible, un día más frío que la nieve era el día de mi cumpleaños para mí, y ni siquiera podía ponerme triste porque la abuela no me lo permitía, "Una mujer debe ser fuerte", repetía, "Una mujer fuerte vale más que las perlas". Aunque nunca las hayamos visto. A las perlas. Extraño, que la carta de mi madre hablaba sobre las virtudes que yo debía poseer, lo de la fé y la esperanza y la caridad que tanto machacan en el colegio, pero ella nunca vuelve, mi madre, porque le tiene miedo a este país. Mi madre, antes, solía escribirme nada más que del Sena. Para mí el Sena no es más que una palabra, el sustantivo propio de un río, y no es como el Paraná que está justo aquí enfrente, majestuoso en sus tres mil novecientos cuarenta y dos kilómetros, y yo vivo en la ciudad anclada en el paralelo treinta y tres que corta aquellos tres mil novecientos cuarenta y dos kilómetros de agua lenta. Yo no sé nada del Sena. Pero era mejor el Sena que las machacantes fe y esperanza y caridad, y mucho mejor sería si mi madre dejara de tener miedo y viniera a buscarme. En esto meditaba yo, en la rareza de la carta que mi madre me había escrito para el día de mi onceavo cumpleaños, y no podía dormir y no podía pensar en otra cosa, y cuando le mostré la carta a mi amiga Betina, mi amiga me lo dijo. Miró la carta larga y lentamente, como largo y lento es el río que está justo aquí enfrente, y después me pidió para ver el cuaderno de notificaciones donde estaba la firma de la abuela Rosa, y comparó las letras. Y es verdad que me lo dijo, y la verdad saltaba a la vista y era más clara que el agua. Que la abuela había escrito la carta. La abuela me llamaba Carmencita cuando estaba cariñosa, y oía a la Llorona noche por medio porque estaba infestada de pecados mortales. La abuela Rosa nunca se ponía triste, ni derramó una lágrima desde que volvió de la guerra, la abuela era fuerte y valía más que las desconocidas perlas. La abuela Rosa. La letra en la carta de mamá era la letra de falsificadora de la abuela; son todos pecados mortales los de la abuela Rosa. Ojalá la Llorona se apurara a pasar. Acababa yo de ver quién era la abuela, acababa, acabo de cumplir once años y acabo, por fin, de descubrir quién es mi abuela Rosa. Falsa y mentirosa. Toda de pecados mortales.



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