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Laura de blanco

Laura se vería preciosa vestida de novia. Lo soñó desde siempre: en sus juegos de niña elegía representar a la hija que organizaba la gran fiesta de su vida; en la escuela decía que su ilusión era vestirse de blanco y ser la protagonista de la más comentada de las bodas.

Ese día despertó —si es que acaso había dormido unos minutos— apenas sintió los ligeros rayos de sol asomar por la ventana. Sería una jornada larga, maratónica, pero estaba dispuesta a no dejarse vencer. Sigilosa, caminó por la habitación y vió a su hermana envuelta en sueños y sábanas que la protegían del frío y la realidad. Pensó que sería triste quedarse sola después de haber estado juntas toda una vida, pero eran circunstancias del destino. Tomó el vestido y cuidadosamente cerró la puerta, procurando hacer el menor ruido posible y no despertar a los de casa. En la sala se vistió y su blanca inocencia buscó un taxi en la acera de enfrente.

—Al centro, por favor.

El taxista, hombre hosco que no lograba disimular la frustración tras esa barba malcuidada, solo vió por el retrovisor la némesis de su propia existencia, alma feliz.

A Laura le gustaba ver como quedaban atrás los coches, las gentes, las casas, las cosas que en un segundo aparecían y se esfumaban como los sueños de amargo despertar. Era demasiado temprano y apenas aparecían las figuras en aquel tablero que proponía un juego nuevo cada día y requería de una estrategia cada vez más entrincada y audaz.

Pidió bajar unas cuadras adelante; en la estética apenas levantaban la cortina de lámina y la estilista sonrió al ver llegar a la primera cliente de la jornada. Apenas y charlaron; la empleada tomó el teléfono después de encender las luces del local y Laura se enteró de oídas sobre los problemas en casa de la Tía Micaela, del flojo primo Lupito que volvió a perder el empleo por llegar tarde y del “vestiditititito” que llevó la pesada de Marina a la discoteca la noche anterior.

—Son ciento cincuenta pesos- fue el único diálogo que le dirigió directamente a su cliente. Ella se vio en el espejo y sonrió satisfecha ante el resultado final.

Para esa hora en su casa ya se habrían dado cuenta de que no estaba. Papá y Mamá estarían molestos por no haber previsto su temprana salida y Paty, su hermana, preocupada. Seguramente ya habrían llamado a Oscar, el hermano mayor que vive en el otro lado de la ciudad, para preguntar por ella y pedirle que saliera a la calle a encontrarla. No sería fácil; Laura tenía la agenda planificada desde meses atrás y nadie sabría de ella hasta la hora de la misa.

Se encaminó hacia el rumbo de la iglesia. Era temprano aún y no había mucho por hacer. La boda se organizó de tal manera que ese sábado sería practicamente de reposo con el fin de ahorrar energías hasta la hora de la ceremonia. Ella sonreía al ver a los niños acompañarla por algunos metros riendo y tarareando frases de telenovela; el ambiente de fiesta estaba presente hasta en las calles y eso la hacía más feliz aún.

Se detuvo ante las marquesinas del viejo cine. Exhibían “El caso de la mujer asesinadita” dentro de una retrospectiva de películas mexicanas. No lo pensó dos veces y entró. Siempre que programaban el filme por televisión procuraba disfrutarla de principio a fin y era la única de la familia que entendió la historia sin debatirla por horas en la sobremesa. Además, guardaba una secreta atracción hacia el apache que aparecía constantemente en escena dentro de la alucinante historia.

En la sala había poca gente; en su mayoría estudiantes de filosofía y artistas que creían ser cinco veces más de lo que habían hecho. El humo inundó pronto el recinto y el olor característico de la marihuana se adueño de la atmósfera. Laura no se inmutó, embelesada en la cinta y la cita que tenía con la vida en unos minutos más. Apenas escuchaba los cuchicheos y risas ahogadas de los asistentes sentados en las butacas del fondo, pero tampoco le importaron.

Eran ya las cinco y media de la tarde cuando salió del cine. El maquillaje se había corrido un poco por el mal funcionamiento del clima artificial pero no había tiempo para retocarlo. Caminó apresurada hacia la iglesia, volteando constantemente en busca de un taxi que la llevase en unos minutos. Desesperada, corrió por algunos metros pero los zapatos de tacón le impedían avanzar rápidamente; decidió llevarlos en la mano y logró trotar ligera por el concreto ardiente en que estaban transformadas las aceras.

A lo lejos alcanzó a ver a la familia del novio. Se les veía preocupados y observando constantemente el reloj de la cúpula central. A un costado del templo las amigas de Paty, su hermana, que practicamente escaneaban el vestuario de quien arribara al lugar para luego comentarlo entre risas burlonas.

Conforme se acercaba distinguió la figura de Oscar, el hermano que disimuladamente buscaba atraer la atención del novio para dejarle algún mensaje. Laura se sintió completamente feliz al comprobar la buena asistencia a los servicios religiosos. Sólo la calle la separaba de su destino.

Al intentar cruzar la avenida escuchó el ruido cercano del auto frenando bruscamente, el estruendo de la portezuela trasera y la voz de su hermana.

—¡Perra! ¿Por qué me haces esto?

Laura, sonriente, intentó acariciar el rostro de Paty, transformado el llanto ocasionado por la rabia, pero ésta la apartó de un golpe.

—¿Estás loca? ¡Te robaste mi vestido! ¡En el día de mi boda!

La mujer de blanco hizo nuevamente el intento por abrazar a su hermana pero ésta respondió con un puñetazo certero al rostro que la hizo trastabillar hasta caer al suelo.

Los asistentes ya habían cruzado la calle y se arremolinaban ante la bizarra escena familiar.

Laura se incorporó sin percatarse siquiera que sangraba profusamente por la nariz y el vestido se convirtió pronto en un lienzo bicolor, que hizo explotar a Paty y lanzarla contra su hermana para golpearla nuevamente, aunque esta vez la muchedumbre se lo impidió. Rodeada de brazos cayó inconsolable, prisionera del llanto y la desesperación.

Hoy, Laura ve blanca la raída bata gris que usa en el asilo. Cada amanecer despierta al sueño de la boda que nunca tuvo y con el sol se esconde la demencia causada por una ilusión y la realidad ajena. Su único consuelo es que día con día pasa unos minutos con Paty, que no la dejó sola. Lo difícil es separarse cuando llega la hora de llevar a cada una a su habitación.



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