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La cita

Al ir a coger un pistacho, Manolo tiró el vaso de whisky y el líquido chorreó hasta la moqueta. Al principio se quedó parado, pero luego buscó algo con lo que atajar la mancha que iba creciendo a sus pies. Lo que más tenía a mano era el trapo de cocina que solía utilizar como mantelillo. Al tirar del trapo, la botella de whisky se tambaleó y cayó al suelo. Manolo, con el trapo en la mano, observó todo con gesto de incredulidad. "Dios, la que se ha liado en un momento", pensó. Recogió la botella derramada y la colocó otra vez en la mesita. Agachado a cuatro patas, trató de empapar el líquido caído con el trapo, pero lo único que consiguió fue extender más la mezcla grisácea que se estaba empezado a formar con el polvo que tenía la moqueta. Se incorporó resoplando, tiró el trapo al suelo y se dejó caer en el sofá. Durante unos instantes paseó la vista por el salón y luego se tapó los ojos con las manos. "Tengo que hacer algo, no puedo seguir viviendo así". Suspiró profundamente y se levantó del sofá. Cogió el paquete de cigarrillos que estaba encima de la televisión, se rascó el cogote y se volvió a sentar en el sofá. Después de buscarse en los bolsillos, encima de la mesita y hasta entre los cojines del sofá, al fin encontró el mechero en el suelo, donde se le había caído antes al agacharse. Se recostó en el sofá, estiró las piernas y se puso a fumar.

"No puedo seguir así por más tiempo", pensó, "necesito una mujer, una tía enrollada que me cuide a mi y a la casa". Se pasó la mano por la barriga y luego se levantó y fue hacia el espejo del recibidor. Allí hizo muecas y ensayó posturas de seductor que había visto en la televisión. Al volverse de perfil, el espejo le devolvió la imagen de su culo plano. Agachó un poco la cabeza y se pasó los dedos por los escasos pelos que le crecían por arriba. "¡Joder, si estoy así a los cuarenta, que va a ser dentro de diez años!", pensó, "tengo que hacer algo y hacerlo ya". En ese momento se acordó de que su amigo Juan Luis había conocido a la que era su mujer a través de la página de contactos de la revista Nova y decidió escribir también él un anuncio. Llamó por teléfono a Juan Luis y empezó a contarle sus problemas:

—Estoy desesperado, tío. Necesito una mujer con urgencia —dijo Manolo.

—Vaya, el solterito de oro, el que nos echaba la bronca a todos por emparejarnos — se burló Juan Luis.

—Bueno, tal vez estaba equivocado. Lo cierto es que estoy harto de estar solo. ¿Qué tal te va con Ana?

—Creo que es lo mejor que me ha podido pasar, tío. No cambio todas las noches de farra que nos hemos pasado por lo que tengo ahora. Y cómo cocina, tío. Oye, ¿por qué no haces como yo y mandas un anuncio?

—Sí, si de eso quería hablarte —respondió Manolo— ¿Cómo lo hiciste?

—Pues yo mandé uno diciendo cómo era y la clase de mujer que me gustaba. También puedes contestar tú a un anuncio de una tía —le explicó Juan Luis.

—¿Y que pusiste en el anuncio? ¿El físico, la edad y eso? ¿O dijiste lo que te gustaba? — preguntó Manolo.

—Pues de todo un poco. Dices la edad, algo de tu físico, el carácter. No sé... que tienes un buen trabajo. Ah y no te olvides de poner que vas con fines serios. Mira, lo mejor es que cojas una revista y copies lo que te guste de los anuncios que salen.

—Vale, gracias tío. Ya te contaré.

Manolo colgó, y con el número de abril de Nova en las manos, se sentó a la mesa. Hojeó la revista buscando las páginas de anuncios y fue tomando notas de lo que solían poner. El primer mensaje que escribió le pareció estúpido y lo rompió. Escribió un segundo mensaje y lo leyó varias veces. Le pareció que estaba mejor y se puso a corregirlo. Después de varias modificaciones, llamó otra vez a Juan Luis para pedirle su opinión.

—A ver que te parece..., joven de treinta y siete años, con trabajo estable y bien remunerado, simpático, viril y amante de los placeres de la vida, quiere conocer a mujer joven, atractiva, cariñosa y alegre, para divertirnos juntos y establecer una relación duradera. No sé si será un poco cursi —dijo Manolo.

—Que va tío, está bien, aunque yo que te conozco sé que lo has copiado. ¿A que sí?. Bueno creo que puede valer. Mándalo así. —respondió Juan Luis.

Manolo se despidió de Juan Luis y metió el anuncio en un sobre. Con cuidado para no equivocarse, escribió en él la dirección de la revista y luego lo guardó en el bolsillo de la cazadora. "Mañana por la mañana lo echo en el buzón de Correos", pensó, mientras que se echaba en el sofá y encendía la televisión.

Seis días después de aparecer su anuncio en la revista, recibió una carta de Olga, joven de treinta y cinco años, culta, esbelta, tierna, cariñosa, amante de la naturaleza y los animales, según decía en su respuesta. También decía que le gustaba la música y viajar, y que estaba cansada de encuentros esporádicos. Buscaba un hombre de verdad, para empezar una nueva vida juntos. En el sobre venía una foto. Manolo observó la foto de Olga y la volvió a meter en el sobre. "Bueno, no tiene mala pinta", pensó, "aunque parece una intelectual. ¡Bah, qué más da!, con tal de que me arregle la casa y se enrolle en la cama es suficiente".

Había un número de teléfono en la carta de Olga y Manolo llamó para concertar una cita. Después de una breve conversación, quedó con ella para el siguiente sábado en el café Barbieri. Le dijo que llevaría un traje gris y encima de la mesa pondría una rosa roja. Ella le dijo que se había cortado el pelo y que llevaría puesto un vestido negro con una chaqueta beige.

El día de la cita Manolo fue en metro hasta Lavapies, pero calculó mal el tiempo y llegó con más de veinte minutos de adelanto al café. Se sentó en una mesa y pidió un coñac para animarse. Le sudaban las manos y el nudo de la corbata le apretaba. "Qué nervios", pensó, "¿Qué le pareceré? La foto que mandé era de hace más de siete años." Casi sin darse cuenta ya se había bebido la copa de coñac. Le hizo una seña al camarero para que le trajera otra. "¿Le gustarán los niños? Porque yo quiero tener hijos. Al menos uno, un niño para llevármelo al fútbol los domingos". De reojo se miró en uno de los espejos que había en las paredes del café. Se observó con el traje gris. Hacía mucho que no se lo ponía y le tiraba por las costuras. "He sido un estúpido al decirle que vendría con traje", pensó, "tendría que haberme traído la cazadora negra, que disimula mejor los michelines". Siguió apurando el coñac y mirando nervioso el reloj. Le sudaban las manos y se las restregó en las perneras de los pantalones, dejando un rastro de humedad en la tela. "Buf, todavía quedan diez minutos. Me va a dar algo".

Al coger la copa se dio cuenta de que estaba vacía y pidió otra. El coñac empezaba a hacerle efecto y se sintió un poco más relajado. Se miró otra vez en el espejo y encogió los hombros. "Bueno, el traje es lo de menos", pensó, "lo que ella quiere es un tío de verdad, no importa la ropa que lleve". Siguió bebiendo. Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla. El nudo de la corbata le apretaba y se lo aflojó. "Menuda suerte que tiene la tía esta. Porque un hombre como yo no aparece todos los días. Seguro que cuando le diga cuatro cositas tiernas la encandilo". Al mirarse otra vez en el espejo se dio cuenta de que estaba colorado y le brillaban los ojos. "Hay que ver, Manolo, la primera cita y ya estás cocido", pensó. Siguió mirándose al espejo, sonriendo y haciendo muecas. Luego se puso a leer la carta de Olga y le entró una risa floja. "Esta tía es una cursi, seguro. Amante de la naturaleza y de los animales...¡vaya estupidez! Si tanto le gustan se va a quedar encantada con un orangután como yo". No pudo resistirse a sus propias gracias y se rió hasta que se le saltaron las lágrimas. Siguió un rato más imaginándose tonterías que cada vez le hacían mayor gracia, ajeno a todo lo que le rodeaba.

Desde la puerta del salón, una mujer se acercó despacio a la mesa de Manolo.

—Hola, tú debes ser Manolo. Yo soy Olga— dijo ella con una media sonrisa.

Manolo la miró de arriba a abajo un par de veces antes de decir nada.

—Olga la tardona— le contestó luego, mientras que con el índice golpeaba la esfera de su reloj.

—Sí, bueno, he llegado cinco minutos tarde— dijo Olga con una sonrisa forzada.

Sí, ya. Pues si en la primera cita te retrasas ocho minutos, porque han sido ocho, qué será dentro de unos años— le respondió Manolo con una mueca burlona.

—Pero... —balbuceó Olga.


—Ni peros ni nada, que sois todas iguales— le dijo Manolo a la vez que acercaba su cara a la de Olga.

El olor a alcohol que emanaba de Manolo debió llegar hasta a la nariz de Olga, porque hizo una mueca de desagrado y apartó la cabeza.

—Pero, no es posible, si está borracho —dijo Olga casi entre dientes.

—¿Qué le pasa a la señorita?, ¿también le molestan los hombres que beben un poco? —dijo Manolo.

Olga le miró con los ojos muy abiertos. Abrió la boca varias veces, como si fuera a empezar a hablar. Luego sonrió un poco y le dijo a Manolo:

— Mira, a lo mejor conviene que nos dé un poco el aire. Si te parece vamos afuera.
— ¿Acabamos de conocernos y ya me dices lo que me conviene? Pues te equivocas de medio a medio— le contestó Manolo con retintín.

Olga aspiró aire por la nariz y luego lo expulso con lentitud. Después recorrió la mesa con la mirada y cogió la flor, como en un intento de cambiar de tema de conversación.

—¿Me la puedo quedar? —le preguntó.

Manolo, ya fuera de control, se la arrebató y le dijo:

—Pues no, se la voy a regalar a mi portera. ¿pasa algo?

Olga se quedó paralizada sin saber qué decir. Manolo la miró con aire burlón y le dijo:

—Vaya una gilipollas, no me extraña que sigas soltera a tu edad.

—No es posible, este hombre está loco. —dijo Olga, levantándose de la mesa. Después cogió su bolso y salió corriendo del café.

—Desde luego, las hay con jeta —dijo Manolo en voz alta—. Llega tarde, me llama borracho y encima se pira sin decir nada. Vaya tía. De buena me he librado. Esto hay que celebrarlo. ¡Camarero, otro coñac!



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