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Asuntos del corazón

Existe un solo procedimiento para ser feliz
merced al corazón, y es no tenerlo.

PAUL CHARLES BOURGET

El fondo del corazón está más lejos que el fin
del mundo

PROVERBIO DANÉS


MI DOCTOR SE ACERCA con el rostro anegado de rabia hacia mi posición, deslizándose cadenciosamente sobre el suelo pulido del aeropuerto, y me informa, en un desmán de impotencia, de un nuevo retraso de una hora.

—Me lo advertiste, Sara –dice mordiéndose levemente el labio inferior y frunciendo el ceño—Y no te hice el más mínimo caso. Nunca debimos venir.

Se refiere al “Seminario de Cardiología del Hospital Monte Sinaí de Nueva York”. Tras el once de septiembre, una amenaza de bomba en territorio americano inquieta como treinta Pearl Harbor y diez ataques alienígenas. El pánico se traslada en décimas de segundo a cualquier rostro, como el despertar de una sombra, de un rumor aletargado. Una nación paranoica y un enemigo invisible. Las imágenes del World Trade Center acuden a sus mentes espoleando el odio y el terror. De importantes anfitriones hemos pasado a ser latinos sospechosos. Los policías de paisano, armados hasta los dientes, erguidos como pararrayos, camuflados entre los turistas como un incendio en la noche, nos miran detrás de sus gafas oscuras, deseando con toda su alma detectar un comando terrorista para ascender. Me llamo Sara –ya lo sabrán— y soy, desde hace siete años, secretaria personal de un reconocido, joven y apuesto cirujano cardíaco del que estoy profundamente enamorada. Es guapo, mi doctor, con esa belleza construida con la selección natural de varias generaciones de guapos. Me gusta pensar que el destino o la suerte nos cruzó en el camino. Me enamoré de su aura triste y de sus ojos azul cobalto. Mi trabajo consiste en alejarle de la burocracia: organizo su agenda, distribuyo su correo, viajo a los congresos y seminarios, escribo diligentemente las cartas que él me dicta...me gano el pan con el sudor de mi frente y de mi corazón. Le amo en silencio, de forma indeleble, sin caer en la humillación, como a una quimera inalcanzable. Su indiferencia es un yugo que me aplasta, una penitencia que debo cumplir. He permanecido fiel a mi doctor, siempre alerta, sin arrojar la toalla ni claudicar, durante siete largos años. Es un pacto interior: hasta que me quiera o quiera a otra. Aunque siempre guardo en lo más hondo de mi alma un rayo de esperanza: tal vez en este viaje.

El avión despega con suavidad, hacia la cúpula celeste y la elasticidad del tiempo, rumbo a un congreso en Barcelona, trazando una ruta delimitada por la torre de control para emerger con rabia entre los claroscuros de las nubes. Las nubes están fabricadas con la efímera materia de la nostalgia –pienso—, son sólo ilusión. A medida que el avión se estabiliza y las azafatas dejan de sonreír y de ofrecer refrescos y zumos, voy cayendo en un profundo sopor que, irremediablemente, me arrastra al sueño.

Me despierto sobresaltada, a punto de gritar. Miro por la ventanilla: sólo es una turbulencia. Afuera, el ocaso. Los últimos rayos del sol reverberan entre las alas metálicas, en una agonía rápida y diariamente ensayada. Un bombardeo de hormonas alteradas a ritmo de bossa nova me indica que mi doctor se encuentra a mi lado, enfrascado en revistas científicas americanas, indagando nuevas técnicas, nuevos avances, en esos corazones que transplanta y que monopolizan su vida. Por un momento, levanta la vista del papel cuché y la posa en mí. No me mira desde los ojos, me mira desde el cerebro. Si de verdad se aventurara a fijar su mirada en mí descubriría una grave disfunción en mi corazón cuyo único tratamiento son sus besos y sus abrazos, su cuerpo desnudo entrelazado al mío sobre la cálida arena de una playa desierta. André Maurois dice que todo deseo estancado es un veneno. Y envenenada paso los días alrededor de mi doctor.

—¿Te encuentras bien? –me pregunta cortésmente.
—Sí, una pesadilla. Últimamente duermo fatal.
—Debes cuidarte más –me habla como médico, adoctrinándome—. Y no lo tomes a broma: según las estadísticas, las mujeres que no duermen bien corren mayor riesgo de sufrir una cardiopatía.

Así es él: serio, guapo y profesional. Un hombre entregado al trabajo –una cruzada contra la enfermedad y la muerte anticipada— y a otros sustitutivos de la vida. Asiento con una sonrisa de agradecimiento y él regresa a su mundo de apoptosis (suicidio celular), marcapasos de titanio y válvulas anatómicas. Saco un libro del bolso, retomando la lectura en el punto exacto donde lo dejé. Leo: “Para mi corazón basta tu pecho/ para tu libertad bastan mis alas/ Desde mi boca llegará hasta el cielo/ lo que estaba dormido sobre tu alma”. Yo leo a Pablo Neruda y él transplanta corazones de cerdo. La vida es tan extraña como eso.

Tomo ensalada y fruta para cenar. Mi doctor toma pastel de salmón y zumo de tomate. Su boca es una campana de bronce llamando a mi lengua. Se duerme como siempre: con la pipa de ébano (apagada) colgando de sus labios. En apenas unas horas le ha nacido una barba densa y bien formada que le da un aspecto de marinero con un terrible secreto en busca de su pasado. La camisa de seda y los pantalones de lino están arrugados. Completamente relajado, su mano se despeña del apoyabrazos. Es una mano ágil, de huesos suaves y venas ampulosas, de pianista retirado o de ladrón de joyas. Me sobra la ropa, siento un calor volcánico en la entrepierna. El demonio en el cuerpo y su mano en mi cadera. Leo a Neruda, el New York Times. Me flagelo con unas vacaciones en Saint Tropez, con un crucero de lujo por las islas griegas. Juntos, compartiendo fluidos y sueños. Y caigo, por una escalera de caracol, a un orgasmo mil veces inventado.

Descendemos lentamente, desentumeciendo los músculos, admirando el paisaje y el color de la tierra en los aledaños del aeropuerto del Prat. Recogemos las maletas de la cinta transportadora y salimos por la Terminal A. El taxista –un búlgaro de tez cetrina y ojos enrojecidos—nos traslada por la autovía de Castelldefels a gran velocidad. En la radio, la banda terrorista ETA acaba de hacer estallar un coche bomba en un barrio residencial de Santander; al parecer, una concejal socialista y su escolta han fallecido en el atentado. Veinte minutos de taxi nos dejan en el centro de Barcelona. Aún a sabiendas de que no disponemos de mucho tiempo, le pido a mi doctor un paseo en taxi por el Barrio Gótico. Asiente hierático. Menos su corazón, me concede todos los caprichos. El Barrio Gótico es la matriz de la ciudad, la zona vieja que da sentido a una gran urbe. El encanto de sus calles angostas es una delicia para los sentidos que se paladea en silencio, íntimamente, deleitándose con la mezcla de palacios lindando con casas humildes, patios oscuros con escudo de armas, restaurantes del mundo, japoneses persiguiendo la sinuosa sombra de Gaudí y tiendas de souvenirs para turistas. Un marionetista improvisa una pelea a muerte entre dos caballeros medievales. Dos argentinos, hombre y mujer, bailan un apasionado tango mientras un niño de ojos traviesos pasa un sombrero de copa. La inmovilidad dolorosa de un mimo caracterizado de Mozart sorprende y fascina a los viandantes. La proximidad del mar nos abre las vías respiratorias y la luz del Mediterráneo apadrina nuestro cansancio convirtiéndolo en curiosidad por las cosas. Terminamos la rápida visita con un recorrido por ese zoo humano que son las Ramblas y nos dirigimos a un hotel de cinco estrellas en el Puerto Olímpico.

En la mayoría de los congresos se invita a un paciente –normalmente un caso raro, atípico o excepcional—para que relate su experiencia con todo lujo de detalles y extienda el virus de la confianza a toda la profesión. Esta vez le toca el turno a un transplantado de corazón. Al pronunciar su nombre, el transplantado se acerca al micro desde una mesa del fondo, sosegadamente, sin prisas, como un carruaje tirado por mulas viejas. Inconscientemente, espera recibir un Oscar al Sufrimiento, un Globo de Oro a la Enfermedad más Penosa. De unos cincuenta años, es un hombre horondo y risueño, mejillas caídas y piel de tambor, cejas pobladas, ojos pequeños y brillantes velados por una luz agónica y sonrisa de misionero. Camina despreocupado por el pasillo central, mirando a ambos lados, la corbata torcida y el cabello alborotado, con el brío de los que han vuelto de la muerte olvidando el débil eslabón que les une a la vida. Coloca el micro a su altura y, a pesar de su aparente calma, deja escapar un torrente de anécdotas, refranes y vivencias que poco o nada aportan al tema por el que se le ha invitado a gastos pagados. ¿O tal vez sí? ¿Quiénes somos nosotros para juzgarle, para ponernos bajo su piel? Nadie nos ha transplantado un corazón. Su hablar es racheado y eléctrico –nervios de ardilla empapada en café—e intenta fijar su mirada en una cara, sin conseguirlo. El final de su inconexa alocución no se distingue del de otros pacientes en otros congresos: lágrimas y palabras de gratitud aderezadas con sollozos de ultratumba. Y de regreso a su anonimato.

Ataviado con su smoking a medida –sólo existen dos formas de llevar un smoking: como un pingüino asustado o como un galán de cine de los cincuenta—, mi doctor se aleja con paso firme portando una pequeña carpeta de cuero negro. Da la mano a un hombre de mayor edad (organizador de la velada junto con un prestigioso, corrupto y corruptor laboratorio farmacéutico) que lee, como si recitase en la mismísima entrega de los Nobel, sus méritos académicos y profesionales y anuncia el título de la conferencia: “Xenotransplantes, presente y futuro”. Abre la carpeta. Su mirada realiza una parábola calculada y se detiene en el centro de la sala. Sonríe y el magnetismo de su sonrisa perfecta cautiva a todas las mujeres (valquirias casadas de clase alta y buscavidas al encuentro de una promesa nupcial) y algunos hombres. Mujeres que, más tarde, con un cóctel afrutado en una mano y un abanico refrescando un escote sudoroso en la otra, pulularán a su alrededor como polillas enloquecidas por la luz de una lámpara.

—Buenas noches –saluda a los presentes con el fervor de un profeta o un visionario—Antes de nada, me gustaría comenzar con una pregunta para los que son profanos en la materia. ¿Qué es un xenotransplante? Un xenotransplante es un transplante de un órgano o de un tejido desde un animal a otro de distinta especie. Ante la dramática escasez de órganos donantes, esta técnica es, hoy por hoy, la única solución. A pesar de que los primates son los mamíferos más próximos al hombre, los cerdos dominan el terreno de los xenotransplantes: no presentan tantos problemas éticos, tienen un gran número de crías y el tamaño de sus órganos es similar al de las personas. Su corazón es aproximadamente de la misma medida y tiene una potencia equivalente al del humano. Además...

—¡¡¡No son más que una banda de asesinos de animales fantaseando con la gloria eterna!!! —grita un falso camarero despojándose del uniforme de gala que da paso a una camiseta pintada con reivindicaciones ecologistas—Torturan y asesinan para alimentar su ego, sus ínfulas de grandeza. Sus avances son mínimos y siempre favorecen a las poderosas multinacionales farmacéuticas y a sus nuevos medicamentos. Sin contar con el riesgo real de trabajar con animales transgénicos: el rechazo de los órganos por la reacción de los anticuerpos, las posibles enfermedades...¿acaso no corremos algún peligro, Señor Torturador?

Desconcertado por la interrupción, todavía con la palabra “torturador” resonando en sus oídos, sus labios callan unos segundos. Sin achantarse, reanuda la charla y le contesta.

—Sí, es cierto: corremos algunos riesgos. Eso es indudable. El hombre y el cerdo son especies discordantes, diferentes entre sí. Pero para avanzar en la vida hay que arriesgar. Cada año mueren miles de personas esperando un corazón, un hígado, un pulmón que no llega. Gracias a la bioingeniería y a la clonación hemos disminuido notablemente el rechazo hiperagudo que sufríamos. Esto, Señor Ecologista, significa un gran avance para la humanidad.
—No sea hipócrita. Se está engañando a usted mismo para justificar su trabajo y el de sus colegas. Y tiene el deber moral de contarlo todo. Volviendo al tema que nos atañe, ¿no es cierto que el riesgo más importante es que los virus que atacan a la raza porcina pueden traspasarse a los seres humanos, creando nuevas y devastadoras enfermedades? ¿No es así, Señor Torturador?
—Técnicamente, cabe esa posibilidad, si bien es cierto que...
—Eso, señoras y señores, es terrible. Me pregunto si no estaremos jugando a ser dioses. Citando a Chomski: “La genética humana está programada para el habla y los descubrimientos genéticos-científicos, pero no para la moral”. Es un gravísimo error seguir por este camino, debemos protegernos de nosotros mismos –sentencia mirándonos a los ojos, arengando a la rebelión, en un intento de amotinar a los marineros contra el capitán. Su inocencia es conmovedora. El mundo se encuentra ya anestesiado. La conciencia es un restaurante sin mesas. Y el llanto de las minorías, como el de las ballenas, no le importa a nadie.

De repente, una de las puertas laterales se abre violentamente y la seguridad del hotel accede al salón y reduce al activista con la delicadeza de un oso pardo con dolor de muelas, lo esposa contra el suelo y se lo lleva hacia la comisaría más cercana.

Mi doctor calibra la posibilidad de retomar la conferencia, pero desecha la idea de inmediato. Por ello, se disculpa educadamente y, antes de regresar a la mesa, junto a mí, deja una reflexión en el aire:

—Si con ello podemos salvar vidas, jugaremos a ser dioses. –El increíble episodio que acabamos de vivir acrecenta el valor de la frase y un aplauso rotundo, unánime, demoledor, se expande por la sala.

La orquesta toca un swing acaramelado y vulgar y las parejas más atrevidas o más espontáneas o más vanidosas o más exhibicionistas salen a la pista de baile a demostrar sus escasas dotes naturales. Todo el mundo habla de lo mismo, enfatizando su opinión por encima de los demás, como si la aparición del ecologista salvara sus tristes y aburridas vidas. Gente que se hace llamar culta y no sabe distinguir un clavicordio de una armónica. Acepto el baile de un médico maduro y bronceado por rayos uva para intentar darle celos a mi doctor. Una vez más, no lo consigo. Me dejo llevar por la pista como una barca en la corriente. Observo con ojos de guardabosque ante un fuego lejano a mi pareja. Su porte noble y sus modales antediluvianos son sólo una pose. Noto cierto quijotismo anquilosado bajo una gruesa capa de lujuria: sin duda, es uno de esos tipos que arrojan su chaqueta sobre el charco y al pasar se agachan para mirarte las bragas. Ha oscurecido sus canas para negar el paso del tiempo y lleva una mancha de salsa tártara en el cuello de la camisa, un pesado reloj de oro atrasado cinco minutos y anillo de casado. Se me insinúa a las primeras de cambio. Sus manos se introducen en territorios no autorizados, mientras enumera sus problemas conyugales y su pesar, escudriñando mis pechos desde sus gafas de pasta, y me propone al oído visitar su habitación. Declino la invitación educadamente pero de forma enérgica (en el momento que me besa el cuello; su boca es una espiritrompa de mariposa intentando catar el néctar de mi escote) y me separo de él coincidiendo con el final de la pieza musical. Siempre la misma historia: su mimetismo, su falta de originalidad, me repugna. Curtida en cientos de congresos de medicina la verdad es que ya no me ruborizo por nada. El médico, en líneas generales, es un animal frustrado que ansía cosas que nunca tendrá y que nunca será. Derrotado moralmente porque no sana (de ahí la palabra matasanos), circula por los pasillos de los hospitales y los ambulatorios con fingido aire de preocupación, desarrollando una angustia sexual que le enloquece. No da la vida, no cura, no hace más agradable la existencia de sus pacientes; muy al contrario, alarga innecesariamente el sufrimiento, los humilla, les hace perder toda ilusión, la dignidad. Su utilidad es nula: tan sólo deja que la naturaleza siga su curso. Es un mero espectador de un fenómeno que desconoce. Y por eso se hunde con su barco en un mar de indiferencia, promiscuidad o religión.

Aunque fingen hacerlo, nadie escucha. Encuentro a mi doctor charlando con un cirujano argentino que, explayándose sin moderación (“No le quepa la menor duda, amigo mìo, que el mejor tratamiento contra el infarto es la prevención”), saborea su jerga médica. Apenas le deja intervenir. Habla una y otra vez, impostando la voz hacia un tono grave, de barítono fumador, inmerso en un debate interior para comprenderse a sí mismo, para justificar su vida, para reconocerse en la multitud, como un pavo real coqueteando con su imagen reflejada en un espejo. Decido rescatarle de esa conversación banal y estúpida y, a su vez, provocar una situación favorable. Las mujeres somos buenas estrategas. El deseo, la atracción, no es más que una ecuación femenina. Busco el valor suficiente y finjo un pequeño desvanecimiento. Él me sujeta con sus poderosos brazos de jugador de golf, me toma de la cintura y me lleva a tomar el aire. Hace una noche preciosa. Sus dientes brillan en la oscuridad y sus labios me llaman a gritos. Damos un paseo por un laberinto de jardines de diseño y no sentamos junto a un estanque de cisnes blancos. Las nubes dibujan extrañas formas al desfilar ante la luna llena. En la lejanía, un faro vierte un haz de luz sobre el Mediterráneo. Olemos el mar. Le miro a los ojos. Me mira a los ojos. No puede existir un lugar mejor en el mundo para el comienzo de un romance. Pero sus ojos neutros me avisan que él no dará el primer paso, que su capacidad de amar es un páramo desolado, yermo, desabrigado, que debajo de esa armadura de oro y piedras preciosas no hay nada, un vacío incoloro, desasosegante. Mi doctor sabe que el corazón está compuesto de cuatro cámaras, dos atrios o aurículas que reciben la sangre de regreso y dos ventrículos que bombean la sangre hacia fuera. Conoce como nadie la teoría. Es un experto incuestionable en la mecánica. Nada más. Porque mi doctor es una máquina adiestrada para reparar corazones, pero no para comprenderlos.

Dejo caer el smoking de mis hombros y me adentro en la fiesta en busca de alcohol.




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