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El Rey y las tablillas

Para Itzel

El señor Enlil, el que forja los destinos, el dios que hace brotar la vida, separó primero el cielo de la tierra y puso en ella la semilla de la humanidad. Y mientras su pueblo ante él irrumpía desde la tierra, Enlil miró benévolamente a sus sumerios.

Yo, Assurbanípal, rey de las legiones, rey de las naciones, rey de Asiria, al que los dioses han dado oídos atentos y ojos abiertos, he leído todos los escritos que los príncipes predecesores míos habían acumulado. Debido a mi respeto por el hijo de Marduk, Nabu, dios de la inteligencia, he recogido las tablillas, las he hecho transcribir y, habiéndolas confrontado, las he formado con mi nombre a fin de conservarlas en mi palacio.
He hecho más que eso: confronté los poemas del diluvio con los sabios de los templos y del zigurat; los más viejos me han dicho palabras confusas nombrando un dios distinto de Marduk. Enlil es el Dios de Gilgamesh y de Utnapishtim, el héroe del diluvio cuya lengua sola se hablaba en Uruk. He invocado la autoridad del rey para conocer las palabras guardadas por aquella lengua y mis súbditos han gemido arrancando sus cabellos llenos de pesar. He meditado profundamente y hace un mes muere cada día un sabio. Yo, Assurbanípal, debo saber la lengua antigua de Uruk, y cuando el sacerdote que deba morir el último día de mi reinado tome veneno, sabré. Ese día será el del último sabio, y moriré yo también si debo ignorar: porque un monarca no lo es si desconoce el significado de las cosas y tampoco si sus sabios le ocultan el último secreto.

Nabu ha aconsejado bien a mis hombres durante el sueño. El que debía tomar veneno al alba siguiente ha visto a Enlil, el dios muerto, traer una tablilla con los caracteres de Uruk. Nínive no verá morir más a sus sabios.
He visto las tablas de arcilla apiladas en mis bodegas, guardadas por las lanzas de mis soldados y cinco días he pasado leyendo como un aprendiz aquella lengua. Numa, mi buen amigo, ha guiado mis ojos y mis labios para mirar y hablar las palabras. He oído el ruido de mi llanto y lo ha escuchado también Numa, que ha debido morir. Los días del diluvio fueron terribles: las aguas subieron la altura de seis hombres y una barca con animales repobló la tierra entre los ríos. Gilgamesh, el rey de aquél pueblo, ha muerto como todos y su nombre ha sido olvidado: tal es el destino de todos los hombres, aún de los reyes. Pero las tablillas hablan de otras cosas que todos deben ignorar; sabiéndolas, he dudado en comunicar los secretos a mis consejeros. No lo haré, porque hay ciencias que son ajenas a la razón del hombre común y trastornan la del sabio.
Yo, Assurbanípal, dispongo que la lengua de Uruk sea borrada de la memoria de los hombres; deberán destruirse todas las tablillas que guarden aquella lengua y los sabios serán recluidos en el zigurat para que mueran sin violencia. Nadie podrá verlos u oír sus palabras y así la lengua maldita se perderá. El sacerdote que me trajo la tablilla para salvar su vida escribirá ña epopeya del Gilgamesh según mis instrucciones, hará a mil escribas reproducir mil veces las líneas del poema y su cuerpo será honrado por una virgen cada noche hasta que muera. Por orden mía, deberá olvidarlo todo y para ello mis médicos le darán a beber un vino que desconozco.
Yo mismo he arrojado al fondo del Eufrates la primera tablilla y la última. He hecho escuchar a cada noble mi juramento de no leer nunca más; todas las inscripciones se han borrado de mis aposentos y solo he roto mi promesa para escribir éstas líneas en la vieja lengua de Uruk que nadie podrá leer jamás.

Desde entonces, he aumentado el esplendor de mi pueblo y todos cantan los versos del diluvio, que son felices porque así lo he querido. Mis súbditos se bañan en la sangre de los toros y beben del seno fresco de las mujeres, los niños se convierten en hombres e ingresan a mis ejércitos, que avasallan otros pueblos; nuestros enemigos, los elamitas, son ahora esclavos, pues en un mes he conducido a la ruina al país de Elam, he acabado con la voz de los hombres, el ruido de los pasos de los bueyes y con cualquier grito de alegría.



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