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Lima la horrible


A Cesáreo Martínez por invitar
me a Lima, a Molina por su
intento silencioso de mostrarme
Lima y a Elsa por la ternura de
siempre.


"Es extraño que los mejores
poetas peruanos hayan escrito
contra Lima y los peores a favor."

Julio Ramón Ribeyro


—Nunca he podido comprender la muerte.

Contempló el mar desde Larcomar como si estuviera contemplando las playas del infierno: Lima era horrible. Se subió el cuello de su chompa y llevó la pipa a los labios como si fuera un disparo. Estaba solo y aguardaba. El mar salvaba a Lima en su propia podredumbre, pero la condenaba a lo gris. Alida tardaba igual que todas las mujeres a una cita inútil para él y dichosa para ella. La imaginó como mar. La imaginó clavada a su taburete (rodeada de gaviotas, tallada o labrada, como luna escondida y con los labios agrietados). El crayón cubrió la herida del salitre y el mar opaco (tan diferente al mar de Le Havre, al del Caribe, al de Barcelona), oscuro, vacío de pájaros y mujeres desnudas, proseguía lento y afásicamente limpiaba la ciudad del monóxido que la consumía.

Se sentó a la mesa y ordenó un café con leche. La moza lo miraba con la misma violencia que yacía en los ojos de los burgueses. Era la vestimenta; era la chompa.

—¿Usted es comunista? —No, pero tampoco soy idiota—. La moza te miró incrédula.

Las mujeres oscilaban y onirizaban como si estuvieran encantadas. Con los ojos irreales te miraban, pero tú buscabas unos ojos más falsos y más oscuros. El salitre de la bruma era pobre. Te quitaste el sombrero indio y contemplaste las huacas del mar. Eran las doce del mediodía y podía ser cualquier hora del día. La ciudad estaba atrapada en su silencio o en un jolgorio que no poseía tiempo. Estaba detenida y nadie podía comprenderlo. La ciudad estaba muerta. Era el crimen que Dios había realizado contra el murmullo de ellos y del cual el mar daba un testimonio secreto. El crimen era el palimpsesto de Dios contra la espuma. La moza trajo el café y también trajo la leche, el azúcar, la sombra que portaba de esa parte del sueño a la cual pertenecía.

Pensaste en la primera comida que tuviste en la ciudad y viste así, delante de ti, al mozo que te brindaba la bebida del orgullo. Esperó complacido, convencido de que oiría los mismos elogios de siempre.

—"¿Qué es ésto?"—preguntaste. —Es la mejor bebida del mundo: ¡piscosauar!—dijo.

Lo probaste, tragaste y escupiste. El mozo te miró escandalizado. Te había quemado el estómago y te había quemado la lengua. Tus amigos rieron comprendiendo que cuando aquella tequila peruana te abandonara, su mejor comida, el orgullo nacional de todas las dictaduras habidas y por haber, el ceviche, te quemaría igualmente todas las salivares de la lengua. Rieron una vez más, se burlaron a la defensiva de tus gustos con la maldad de los que viven secretamente invadidos. Entonces tú, oculto, pensaste en tus comidas vegetarianas, en tus legumbres, en tus vinos delicados y en tus jugos néctares. Aquella comida del orgullo nacional te había parecido un desastre. Pero aquella comida (pensaste en los niños) era parte de la forma de morir la muerte. Aquel pescado hiriente no se parecía en nada a tus pasteles de cerdo, ni de arroz, ni de yuca. Era otro mundo. Tu lengua, no sólo la ciudad, el monóxido, los suicidas que guiaban desenfrenadamente, el mar, las montañas, daban testimonio de ello. Estabas seducido por el horror y por la belleza barrosa de la gente.

Pensaste en la mañana en donde todavía caía aquella llovizna irreal y desde la ventanilla del taxi que se detenía contemplaste los ojos inútiles de la canillita (la reyna inca) que te ofrecía las noticias de su propia muerte, de la muerte de todos.

—Señor...

Soñando desde sus propios ojos muertos ella era toda la vida. Contemplaste al chofer y comprobaste que éste, domesticado, acostumbrado a la sombra de Dios, no la veía. Detrás de ella la neblina era humo duro de un fuego remoto y legendario. Los hombres y las mujeres que vivían de la muerte yoguiaban azules, negros, despintados contra el brillo infinito de la bruma matutina. Lleno de polvo, lleno de esa tierra diminuta que dañaba tu garganta y las vías respiratorias, San Borja Norte se levantaba mortuoriamente atractivo.

—Señor...

Buscaste maquinalmente en el bolsillo izquierdo de tu chompa y le ofreciste cinco soles a la niña. Esta te ofreció los diarios (La república, El comercio, El peruano—Las heces, Los nichos, El inca, etc.—), pero no aceptaste ninguno. La niñita, como un tótem, te sonreía. "Le ha dado demasiado dinero"—dijo Molina escandalizado. Aceleró. Frenó, volvió a acelerar. Frenó nuevamente. Por poco choca. Tranquilo, frío, indiferente, defendiéndose de la muerte que lo miraba huraña desde el otro rostro idéntico, brutal, oscuro. No podías leer, porque la belleza de la pequeña difunta te seguía seduciendo. Ella, así de diminuta, así de nada, era el escándalo de todos los días. Tus ojos miraban el mundo, porque era imposible que pudiera ser el mismo. Pensaste entonces en la Catedral y pensaste también en aquellos cuadros barrocos que no pudiste ver, porque no había luz para mirarlos. El ver estaba secretamente prohibido. Porque en la ciudad de la oscuridad el reino de la luz no podía ser visto.

Lima era deseo de la luz no mirada. Deseo de la lluvia no vista. Deseo de las mujeres no tocadas. Volverías a retratar la canallita. La retratarías vestida, desnuda, ardiendo, cantando, rezando. Y la viste, como si soñaras, portar el paraguas de la niña que se sube al banco del parque y vocifera la última tragedia, el último robo, el último libro publicado que no llegará a las manos de ellos. Le contemplaste las manitas congeladas y contemplaste también las manos hurañas de la moza. Ambas se ruborizaron, pero la niña, más coqueta, más libre, menos muerta, posó para tu cámara. Probaste el café, todavía amargo, y separaste los ojos del mundo real de tu memoria. Recordar, esperar, amar, escribir todo era la misma mierda. Aquella belleza de las vitrinas que te rodeaban (el Jockey, el E.Wong, Santa Isabel—Miraflores—), aquella belleza, aquel progreso de la copia yanqui, era falso. Era la violencia: aquella garúa lenta, diminuta, invisible sobre una ciudad que yacía separada de sí misma. Era inútil volar a Nueva York, era más inútil volar a París, o a Texas como tantos otros, porque la muerte los esperaría siempre, como a ti o como a ella, para la cita definitiva.

Buscaste en la multitud los ojos achinados de Alida y la pensaste desnuda, como si ella fuera la canillita del invierno o el pericote de aquella ciudad que se parecía a los naufragios. Ella desnuda, portando sus senos en la bandeja del café con leche, exhibiendo la araña de Dios, húmeda todavía, chorreando agua del pelo que hacía poco se había lavado con champú, cantaba aquella canción triste del sur que no poseía la sensualidad de los cantos del Caribe. La oíste llegar al hotel como siempre: abrir la puerta sigilosa, espiarte desde el umbral y, viéndote absorto, dar el portazo acostumbrado. Desvestirse en el baño rápidamente mientras desentonando canta aquella milonga decadente. Ahora se sienta en la taza del inodoro y la escuchas orinar fugaz, como tejiendo. Pero aquel sonido nítido y perturbador, atravesándote los oídos prosiguió alargándose y eternizándose. El olor era extraño, no como el de los hombres, sino más leve, más irreal, más remoto. Orinaba sin crear espuma, como si fueran el silencio, como si soñaran, como si fueran las bailarinas de los pies recogidos hacia adentro, doblando los dedos para aumentar la sensualidad del tobillo y de aquellos deditos atrapados todavía en las sandalias que competían con la solidez de las estatuas.


Tomaste la cámara y la retrataste. Y simultáneamente retrataste también a los corredores que pasan desconocidos al lado del taxi detenido. Tomaste la cámara y retrataste los senos de Alida. Cogiste la cámara y retrataste los pies desnudos de la reynita inca.

—Es mejor que compre rollos 400, porque los rollos 200 no sirven para la luz de esta ciudad. —Bien—dijiste.

Las fotos salieron mal: Alida salió mal. La niñita salió peor. Lima salió horrible. La retrataste de día y la retrataste de noche. La ciudad era imposible: estornudabas, te dolía la garganta, te dio fiebre. La contaminación era el infierno. La retrataste despierto y la retrataste dormido. La retrataste solo y la retrataste acompañado. No había diferencia entre las mañanas y el atardecer. No había diferencia entre el sol sepultado y la luna exhibida. Ella, la luna, como un taxi viejo, contaminante y contaminado, entre las nubes, entre el gentío anónimo de la gente que exhibía sus rostros de limo, evitaba el roce de la muerte. Esquivaba el rostro hermoso de las mujeres de lujo que dirigían el tránsito. Las mujeres policías que no veían a nada ni escuchaban a nadie. Venus de Milo acorraladas en su propio ejercicio: moviendo maquinalmente sus manos de mariposas, sus manos de muñecas rotas, apretadas al silencio de sus enormes caderas. Caderas en donde portaban oscuramente las naranjas de sus carnes, los peces de sus carnes, la bebida de sus carnes.

Era inútil llegar. Alida titubeaba. El regreso había sido imposible. La idea del regreso, de la estadía definitiva en Lima, rodeados de aquellas montañas sin vegetación, sin verdor, sin árboles, sin vacas, ni caballos, sin gallos que cantaran esquizofrénicamente al amanecer, la desesperaba. Para Alida faltaba el mar. Faltaba el azul deslumbrante del Atlántico. Faltaba el agua de coco. Faltaban las empanadillas de jueyes, los pasteles, los mangós, las quenepas, los jobos. Faltaba Dios.

—Estás loca. —Mira esos niños... —¿Qué pasa? —Están suicidados... —¿Qué dices? —¡Están muertos! —Esto no es Nueva York... —Ellos son la verdadera muerte de Dios. Ellos son la muerte de la Iglesia. —No exageres. —Estás actuando como ellos. Has perdido la capacidad de escandalizarte. —Estoy escandalizado... —¿De verdad? —Sí, contigo... —...

Contemplaste la moza ceñida como una mucama a su propia silueta. Y pensaste en sustituirla, en dejarla. Quizás fuera mejor cambiar a esa muchacha—alpaca por la nostalgia de Alida. Ella, intoxicada, no vería el suicidio de los niños. Ella, abandonada, no vería la muerte de Dios, sino que te vería a ti. Ella leería, sin entenderlos del todo, tus artículos sobre Van Gogh, sobre Picasso, sobre Martín Adán, sobre El Quijote. Ella vería tus besos y vería tu olor cuando salieras desnudo del baño. Cuando salieras erecto de la cama para soprenderla envuelta en sus toallas extranjeras. Ella no sería la conciencia aplastante del amor de Alida. Ella, desfigurada de la mujer que era, sería el placer y sería el deseo.

—¿Qué sucederá cuando te canses?—preguntaron ellas al unísono. —¿Cuándo me canse? —¿Qué sucederá cuando desees irte?—preguntó la moza. —¿Irme? —Cuando me desees y yo no esté. —¿Quééé?... —Habrán otras, ¿verdad? —¿Desea algo más?

Despertaste.

—¿Qué dice? —Que si quiere algo más. —Sí, dame un beso—susurraste. —¿Qué dice? No lo oigo. Debe de hablar más alto. No tenga miedo. —¿Miedo? —No sea tímido. ¿No le gusta el mar? —¿El mar? —Sí, el mar. —Usted no ha visto el mar. —¿Qué dice? —Deme otro café. —¿Con leche? —Como le dé la gana. —No, tiene que ser como usted diga. —¡Sí, con leche!—gritaste.

Los ojos de toda Lima te contemplaron.

Cuando miraste el reló eran las tres de la tarde. Alina se había retrasado por dos horas, lo que resultaba insólito en ella. Sentiste miedo. Sentiste el mar, lo que quedaba del mar, y las sombras de las olas que se desplomaban contra aquella arena incierta, sin botes, sin redes. Solo aquella sensación que detrás de la bruma, detrás de la soledad, Dios había encendido las linternas. Volviste los ojos hacia el mostrador y la moza hablaba de ti. No podías oírlo, pero podías sentirlo. La moza te compadecía. Se hacía madre, deseosa del hijo huérfano que tú eras. Te hurgaba con la mirada. Te registraba con la respiración, con las boletas que ibas amontonando cada vez que decidías levantarte e irte. Cada vez que sentías el deseo del cuerpo de Alida. La nostalgia de su voz, de su saliva, de su sudor, de su sal.

—¿Quiere tomarme una foto?—preguntó ella vestida. —¿Quieres tomarme una foto?—preguntó Alida desnuda.

Ella arregló el mantel.

Pachacamac irrumpía ahora delante de ti como una alegoría propia. Aquel montón de polvo y de rocas, aquel olvido aparecía delante de ti como si fuera parte de tu historia. No había nada que mirar, no había nada que tocar, sino la voz del guía que intentaba construir lo que los gobiernos habían ayudado a destruir. El mito, las paredes derrumbadas, las torres deshechas de un ajedrez que habían perdido los indios. El amor de la muchacha que había huido a esa isla que la bruma ocultaba y que el guía intentaba mostrar inútilmente. El fracaso de la palabra. El fracaso de los caminos de la historia. Pachacamac era la imagen misma de la muerte. La policía vigilaba, pero no había nada que robar, ni siquiera las piedras, que no estuviera sostenido por el sentido de las palabras.

La policía vigilaba el silencio, vigilaba la pobreza, la presencia de la muerte, la suciedad, el orgullo, las tacitas de té, la pobreza de los niños para que no cruzaran del deseo y el silencio de la Iglesia para que no hablara. La fama de los escritores inéditos o exilados para que no vieran, no soñaran, no escupieran. Lima era rara. Le diste quince soles al guía (él había pedido diez) y lo felicitaste. Lo épico de su saber antropológico era correcto. No había olvidado nada. No había añadido nada. No había mentido, no había dicho la verdad. Estaba muerto.

—Señor—dijo la muchacha—vamos a cerrar.

Era de noche. Siempre había sido de noche. Nunca había amanecido en la tierra del sol. Sólo la bruma y aquel deseo de los cuerpos. Aquella espera del cuerpo de Alina. Aquel sueño interrumpido de ella. Tú te quedarías y ella regresaría a París, a los cafés, a los poetas. Ya el mar no se veía. Ya el mar no se oía. Sólo aquel sonido monótono de los hombres que recogían las sillas. Sólo el sonido de las mujeres que barrían y te señalaban como si fueras irreal. Sólo el sonido de las monedas de la propina compartida. La muchacha se acercó y depositó la última boleta sobre la mesa. Te tocó la mano. Pagaste. Te miró a los ojos, pero no los retiró.

—¿No tiene dónde dormir? —No—mentiste. —Si quieres puedes quedarte conmigo.

La retrataste. La niña te arrojó el periódico. Molina te devolvió la vuelta de los cincuentas soles. Alina te entregó los libros que le habías prestado. Los corredores, los enterradores, los que vivían de la muerte, abrieron los ojos para mirarte. El ojo de la cámara estaba siendo mirado por los ojos de los muertos. Al tercer día, Lima anunció un día de sol que parecía cierto. Buscaste una moneda para llamar por teléfono porque deseabas ir a El Pueblo. Deseabas hospedarte irrealmente lejos de Lima. Deseabas huir de Lima, pero de otra manera. Deseabas como ella estar al sol, ser el sol, zambullirte en el Mar Caribe como un náufrago que halla su propio cuerpo. El exilio te desafiaba, pero no cruzarías la bruma. No darías un solo paso. Llamaste a El Pueblo e hiciste una reservación para dos personas.

—¿Quieres venir conmigo?

Las dos mujeres te miraron con el encanto de la misma mirada.

—Nunca he podido comprender la muerte—dijo.

Contemplaste el mar desde el Larcomar como si estuvieras contemplando las playas del infierno: Lima era horrible, pero también era bella como un cadáver. Te subiste el cuello de la chompa y llevaste la pipa a los labios como si fuera un revólver. Estabas solo y aguardabas por ella. El mar salvaba a Lima de su propia podredumbre, pero la condenaba a lo gris de aquel amor que se resistía a tus caricias. Alida tardaba igual que todas esas mujeres que se retrasarían para esa cita inútil con la muerte. La imaginaste como al mar. La imaginaste clavada a su taburete, a su vibrador (rodeada de gaviotas, tallada o labrada, como esa luna que escondía sus labios agrietados). El crayón cubrió la herida del salitre y el mar opaco (tan diferente al mar de Le Havre, al del Caribe, al de Barcelona), oscuro, vacío de pájaros y mujeres desnudas proseguía lento y monótono en su intento de limpiar a Lima de la muerte.

La mujer te besó en la frente. Sonrió.

 



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