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El vendedor de rosas de invernadero

Ramón Segura, vecino y amigo mío desde hace cuatro años, intentó explicarme ayer lo que ocurrió la noche que decidió dejar a su mujer después de nueve años de convivencia. Lo complicado será transcribirlo con sus palabras, pues Ramón había bebido y yo estaba aún más borracha.

Marta era la persona más bondadosa que había conocido mi amigo. Demasiado, diría yo. Nunca me he llevado muy bien con los santos. Eso fue lo que más le atrajo de ella y también lo que hizo estallar la chispa de su aburrimiento. Ramón quería decirle que se había cansado y decidió mentir para no hacerle daño. Le diría que se había enamorado de otra mujer.

-¡Jesús!-exclamé sorprendida.-Qué mentira tan piadosa.

Una noche se decidió por fin y la llevó a un restaurante que frecuentaban, pensando que así no se atrevería a montarle un número. Conociendo a Marta, imagino que habría estallado en lágrimas más que en gritos y reproches. He conocido a muchos hombres y la inmensa mayoría no parece comprender a sus mujeres. No me gustaría ver a mi pareja llorando como una Magdalena delante de cuarenta personas comiendo pescaditos fritos. Allá él y su conciencia.

"Acababan de traernos el primer plato cuando probé a decírselo por primera vez, entre tomates y lechugas.

"-Verás, Marta, tengo una cosa importante que decirte-empecé.

"-Yo también-contestó ella-tú primero.

"En aquellos momentos un vendedor de rosas se acercó a nuestra mesa y plantó el ramo en las narices de Marta. Ella se ruborizó con esa sonrisa de "no es necesario que la compres" y yo negué con la cabeza e hice un gesto de "lárgate". Entiendes que aquél no era un buen momento para darle el disgusto. Seguimos comiendo, como si ambos hubiéramos olvidado nuestros pensamientos. Pero ahí estaban y, en consecuencia, no hablamos palabra. Sólo opinábamos sobre la comida: "Está buena la ensalada", "y estos chipirones están riquísimos".

"A tres metros vi otro vendedor de rosas ofreciéndolas en otra mesa y le dije que no con el dedo antes de que se acercase. No sé si era el mismo. Estos indios me parecen todos iguales.

-No son indios-opiné-son pakistaníes y se ganan la vida.

-Serán de donde sean, pero son muy pesados. Por cierto, ¿quieres una raya?

-¿De qué?-pregunté yo.

-De farlopa, ¿de qué va a ser?

-Bueno-acepté-la verdad es que no me lo esperaba. Hace meses que no me meto nada.

Sacó una papela con un par de gramos y me extrañé mucho, pues Ramón no es de los típicos que van siempre de coca y jamás lo había visto pillar más de medio gramo, pero no pregunté nada. Íbamos por el tercer whisky cuando nos esnifamos un cuarto de gramo. Estaba buena. Joder, si estaba buena. Ramón siguió con su historia.

"Nos trajeron el segundo plato y encorajé de nuevo, pero le di otra estructura a la historia. Poco a poco, pensé, la iré preparando. Como aquel chiste de la madre de uno que se muere y para preparar el terreno empiezan con la historia de que su gato se ha subido a un árbol y luego le dicen que el gato lleva tres días y no puede baja y siguen con que el gato se ha caído del árbol y ha muerto y al final le dicen que su madre se ha subido a un árbol.

"-Hay una chica nueva en la oficina y Pedro se está enamorando de ella.

"-Pero, Pedro ¿No estaba casado?

"-Sí, ya ves, cosas que pasan.

"De repente, un ramo se interpuso en nuestras miradas. Ella volvió a sonreír exactamente igual que lo había hecho antes. Yo no pude evitar mi rabia hacia aquel ser que sonreía también y decía: "Dos por doscientas". Le dije que no. Se puso serio. Creo que interpretó correctamente mi mirada. ¿Te das cuenta? ¡Tres roseros en media hora! Ni que los hubiera contratado Marta.

"-¿Hay rosas en invierno?-pregunté nervioso a Marta cuando se fue el plasta de las rosas.

"-Son de invernadero-aclaró ella.

"-Claro. Por cierto, ¿qué querías a decirme?

"Cuando Marta se dispuso a hablar, el camarero retiró los platos y preguntó por el postre. Marta pidió profiteroles. "¡Oh, Cielos!" Pensé. Ahora tendremos aquí al camarero media hora para hacer los malditos profiteroles. Pero a Marta le apasionan los profiteroles. Cuando los engulló, pedimos un carajillo y un cortado. Nos los trajeron y volví a la conversación de mi amigo Pedro. Yo quería decirle que la nueva secretaria era muy simpática y guapa y ¡Zas! Otra vez el indio de los cojones con las rosas.

"-Pero, ¿de dónde salís tantos indios?- pregunté.

"-Yo pakistaní-contestó él.

-¿Lo ves?-interrumpí a mi amigo.

-Hubiera querido matarlo allí mismo. Te juro que tengo una pistola y lo mato.

-Pero él no sabía lo que querías decirle a tu mujer ni que habían pasado otros tres floristas con las rosas.

-Me daba igual. Estaba histérico, frenético, esquizofrénico perdido. Se me puso un humor de perros. Nos trajeron la cuenta, pagué y nos fuimos sin poder decirle lo que pensaba. Intenté convencer a Marta de ir a tomar una copa al "Viejo bar", ya sabes que es el único que le gusta, pero no quiso.

"-Ve tú-me dijo-yo estoy muy cansada y mañana quiero hacer cosas.

"¿Cómo iba a querer salir conmigo con la mala leche que llevaba? Y supongo que no le habría hecho mucha gracia que me negara de aquella forma tan contundente en comprarle una rosa. Precisamente ahora que disponemos de pasta. Bueno, la cuestión es que me fui yo a dar una vuelta y la vuelta se alargó hasta las tres de la mañana. Prácticamente me echaron del local. Iba tan borracho que no me aguantaba de pie. Y eso que me invitaron a rayar. Pero iba super pasado, me había bebido como siete whiskyses.

Diciendo esto, Ramón se sirvió el quinto whisky y me sirvió a mí el cuarto. Esnifamos otro cuarto de gramo. Yo iba encendida y empezaba a tener ganas de bailar y beber. Pero quise saber el final de la historia.

-¿Hablaste por fin con tu mujer?

-Calla, calla, que no se ha terminado. Tú sabes que yo soy muy pacífico ¿Verdad?

-Sí-dije yo.

"Pues resulta que al salir del bar no tenía ni idea de dónde había dejado el carro. Empecé a dar vueltas como un loco hasta perderme yo mismo. Me puse de un violento que asustaba, cagándome en Cristo y en Dios y en la Virgen. En estas me cruzo con otro vendedor de rosas o uno de los de antes y empiezo a insultarle con toda la mala fe del mundo.

"-¡Hijo de puta, Indio de mierda, me habéis jodido la noche!

"El pobre hombre se asustó y empezó a correr. Le seguí tropezando varias veces y no sé cómo lo alcancé. No había nadie en la calle, aunque eso me daba igual, y le di una somanta palos que lo dejé en el suelo derretido. Las flores salieron volando por el aire y una bolsa saltó de dentro de una rosa. Agarré el ramo y lo lancé con todas mis fuerzas. Salieron más bolsitas blancas. Empecé a pisotear las flores mientras el tipo se quejaba estirado en medio de la acera. Me fijé en las bolsitas y recogí una del suelo. ¿No adivinas lo que era?

-Cocaína-dije sorbiendo lo que me quedaba del whisky.

-Exacto-siguió mi amigo.-Recogí toda la que se había caído y me fui cagando leches. Unos veinte gramos.

-¿No será esto que nos estamos metiendo?-pregunté preocupada de veras.

-Correcto. Pero puedes estar tranquila-dijo Ramón viendo mi rostro de pánico.

-¡Estás loco! ¡Cómo voy a estar tranquila! Deben estar buscándote para matarnos.

-Tranquila. No soy yo el que ha de correr esa suerte.

-¿Qué quieres decir?

-Mira-dijo Ramón mostrándome un periódico del mes pasado.

Una noticia hablaba de un pakistaní apaleado y asesinado en un descampado a dos kilómetros del pueblo donde vivimos. Ni una palabra de las rosas y la coca.

-¡Lo mataste!

-No. Yo no. Yo lo dejé llorando en la calle.

-¿Qué vas a hacer?

-Comerme la coca. ¿Quieres otra raya?

-Sí, gracias-esnifamos.-Y otro whiskey-me serví. ¿Y Marta?

-Bien, gracias. Voy a casarme con ella.

-¡Quééé!-me sorprendí de nuevo.

-¿Recuerdas que ella también tenía algo importante que decirme esa noche? Está embarazada. Se lo calló por el mal detalle de la rosa.

-Pero si estabas harto de ella.

-Ya no. Estamos mejor que nunca. ¿Otra rayita?

-Sí, gracias.



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