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Apocalipsis 10, 10

Si en vez de ser meros transeúntes o turistas que pasean felizmente por la orilla del Sena, por la periferia del barrio latino, con la mente puesta en el destino al que nuestros pasos raudos nos conducen y la mirada raptada por la fachada sur de Notre Dame, nos detuviésemos a examinar el paisaje humano que nos circunda, en seguida repararíamos en una mujer que mendiga sentada en el suelo, con un paño de arpillera raído delante de ella en el que espera que la caridad de los viandantes le solucione la vida para lo que resta del día. Es una mujer madura, que se asoma a las puertas de la ancianidad, eso está claro, la delatan sus ojos de color cansado; sin embargo, la penuria en que se encuentra y en la que vaya usted a saber cuánto tiempo lleva encerrada, forma un denso maquillaje que da a sus facciones el aspecto de ser mucho más vieja. En cualquier caso no es el hecho de ver a un mendigo lo que nos llamaría poderosamente la atención, ni siquiera el que dicho mendigo sea una mujer: hay muchos mendigos en esta ciudad y un porcentaje elevado de ellos son mujeres. Lo que sí tiraría de nuestra mirada es el libro que tiene entre las manos y del que va arrancando las hojas con lentitud, las va rasgando en tiras finas, luego hace una bolita con ellas y se las echa a la boca donde, a falta de una dentición completa y potente, las insaliva hasta ablandarlas y las traga con esfuerzo, pero sin gesto de aprensión en el rostro.

Como seguramente nos detendríamos y haríamos corro junto a tantos otros peatones alrededor de la bibliófaga (así la calificará mañana un reputado columnista de la prensa local cuando refiera el hecho en su artículo diario), nos apercibiríamos de que la mirada de la pobre mujer está extraviada y privada del menor atisbo de cordura. Por los comentarios de los espectadores sabríamos que la mendiga acaba de enloquecer, pues ayer mismo la vieron pasear y limosnear como de costumbre, con su voz apagada pero decidida, con la mirada gacha, tan acostumbrada a buscar por el suelo... Veríamos al célebre librero de la "Shakespeare & Co." quien, desde la puerta de su pequeña y atestada librería de viejo, sin dar crédito a sus ojos que contemplan el extraño festín de la señora, se lleva las dos manos a la cabeza, se tira de sus cabellos blanquísimos y, en un gesto que denota al mismo tiempo asombro y desesperación, abre desmesuradamente sus imposibles y diminutos ojos acerados. Si uno fuese un poco observador de los pequeños detalles, aparentemente sin importancia, que van entretejiendo el lienzo de la vida, nos daríamos cuenta de que el libro que está siendo engullido tiene por título "El Collar de la Paloma".

No somos especialistas en las ciencias psiquiátricas pero sabemos que los actos de los dementes, al menos de aquellos que una vez fueron cuerdos, no son azarosos sino que responden a ciertos condicionamientos, a veces innatos y otras adquiridos en el periplo vital. Movidos por la humana curiosidad y el deseo de buscar justificación para el comportamiento de la mujer y saber si está motivado por el azar o por la necesidad, seguramente nos llegaríamos hasta la diminuta librería, atestada sin embargo de volúmenes de color y aspecto pajizo, aparentemente frágiles y quebradizos, donde inquiriríamos al vendedor y dueño. Él, un americano enjuto pero muy alto, como no podía ser de otra forma porque un hombre joven y apuesto sería una figura difícil de encajar en ese tipo de negocio y en esa tienda concreta, él, decíamos, nos informaría amablemente desde una posición intermedia entre el vendedor y el docto bibliófilo, de que el libro de la mendiga es (en realidad el uso del tiempo pretérito sería más adecuado porque ya le faltan al volumen la mitad de las páginas) una valiosa edición de "El Collar de la Paloma", un hermosísimo tratado sobre el amor y sus protagonistas, escrito por el poeta y sabio arábigo-andaluz Ibn-Hazim de Córdoba. Nos dirá que el volumen era valiosísimo por doble motivo: primero, por tratarse de la primera y exquisita edición en español de tal obra, que no volvería a ver la luz en el idioma cervantino hasta 1952; en segundo lugar, por ser el único que se salvó del incendio premeditado que sufrió en 1936 el taller de impresión de Juan Corcovado, en la madrileña calle de Alcalá, cuando todos los libros —diez mil en total—, estaban ya empaquetados y preparados para la distribución. Sabríamos por la culta explicación del librero que el destinatario del fuego, en una España en la que se cocía una guerra que habría de ser famosa por su virulencia, no era la edición de un libro de amor escrito por el hijo de un visir del gran Almanzor hace mil años, sino los veinte mil volúmenes de "Compadres de Arena", libro de poemas posiblemente críticos y ácidos sobre las tan traídas y llevadas "dos Españas", escrito por un tal Federico García Lorca quien, por cierto, sería fusilado unos días después. Ningún libro de Federico sobrevivió a la pira monumental y sólo uno de los de Ibn-Hazim, rescatado en una arriesgada incursión a los sótanos candentes por el propio Corcovado. Hace más de cinco años, informaría el librero, que retiene en su poder "El Collar de la Paloma" sin encontrar comprador, ya sea porque el amor no está de moda en estos días (y menos un amor tan antiguo) o por la menos filosófica razón de tratarse de un ejemplar bastante caro. No ha sido óbice para que la pobre señora, que por cierto vive en un microscópico apartamento situado en la que pasa por ser la calle más estrecha de París, la "Rue du Chat qui Pêche", no haya dejado de entrar ni uno sólo de los días laborables de los últimos quince meses a la librería del nieto de Walt Whitman, —esa es la identidad del dueño—, pidiendo educadamente permiso para hojear y ojear sus páginas y repitiendo en un susurro apenas audible (sottovoce es una preciosa palabra italiana que describe esa especie de murmullo cargado de sentimiento) unos versos de sus páginas:

Las nubes han tomado lecciones de mis ojos
Y todo lo anegan en lluvia pertinaz,
Que esta noche, por tu culpa, llora conmigo
Y viene a distraerme en mi insomnio.

Si esta historia nos hubiese cautivado, seguiríamos indagando al amable nieto —qué extraño llamarle nieto cuando su edad es la propia de un abuelo— quien nos diría que la cuasi anciana señora entró esta mañana en su negocio y desembolsó 10,000 francos con los que pagó el ejemplar que ahora se come con fruición.

Todavía interesados en surcar los vericuetos de esta extraña historia, podríamos charlar con los vecinos y comerciantes de los alrededores, pues deben estar familiarizados con las andanzas de la pedigüeña. De este modo una vecina nos diría que se llama María del Mar Castellucci y que es española, aunque lleva el apellido de su esposo argentino. Es probable que otra vecina nos dijese que, cuando vino a París, en 1982, ya estaba viuda. La portera de su finca nos informaría de que el apartamento en donde vive es de monsieur Dupont, un anciano héroe de la resistencia, que se lo dejaba sin recibir pago en alquiler. Como siempre habrá malas lenguas, alguna chismosa merodeadora nos informaría de que, hace unos años, cuando madame Castellucci era una recién llegada a París, mantuvo una relación tormentosa con Dupont (según podríamos deducir por los gestos de nuestra confidente, el calificativo de "tormentosa" no sería una metáfora relativa a la cantidad de pasión invertida en sus relaciones sino una descripción onomatopéyica del ruido que provocaban éstas, unas veces debido al amor nocturno y otras al odio diurno). Un caballero con aspecto de intelectual, con sus gafitas redondas y el diario bajo el brazo, podría decirnos que la pedigüeña era una fuente de conocimiento, pues siempre obsequiaba a sus benefactores callejeros con unos versos o párrafos que guardaba en su memoria, perfectamente clasificados y a los que accedía con rapidez y precisión informáticas. A él le dijo en cierta ocasión en que depositó cinco francos en su esterilla: "Espero que los perros no ladren esta noche: siempre, me parece que es el mío" que es una cita de "El extranjero" de Camus...

Si nuestra investigación hubiese llegado a este punto podríamos deducir que la mujer comelibros tuvo en España unos orígenes cultos, posiblemente de clase media o alta, que se casó con un argentino y que, quién sabe merced a qué azarosos avatares, al enviudar vino a dar con sus huesos en París, hace ya algunos años. Aún desconoceríamos lo que la llevó a interesarse por el libro de Ibn-Hazim.

Este puzzle tiene muchas piezas: unas pasan a formar parte del conjunto con rapidez, pues sus motivos son claros y su ubicación inequívoca, pero otras son de difícil acomodo, pues contienen fragmentos indiferenciados de un inmenso cielo monótono o de las interminables arenas de un desierto, cuando no de las aguas calmas de un mar infinito. Si siguiéramos empeñados en completar la estampa de este rompecabezas, buscaríamos más piezas entre los viandantes que tienen en esta calle su trayectoria habitual y cotidiana; encontraríamos a muchos que en alguna ocasión se han apiadado de la pobre madame y podríamos hacer acopio de las citas con que ella ha recompensado sus dádivas. El camarero de uno de tantos restaurantes griegos que bordean la cercana Iglesia de Sant Severin, en la Pequeña Atenas, aun recordaría aquello de "León estaba cansado de amar tan inútilmente y comenzaba a sentir ese cansancio que produce la repetición de una misma vida cuando ningún interés la encauza y ninguna esperanza la sostiene". Lo recordaría porque parecería que la pordiosera hablase de sí misma en lugar del amante de Madame Bovary. El pope de la Iglesia de San Julián el Pobre, que siempre da a Madame Castellucci una bolsa de arroz o de lentejas, una barra de pan, leche o croissantes, nos podría informar de cómo era regalado siempre con versos españoles, idioma que él conoce y domina; unos días, Fray Luís de León ("Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanza, de recelo"), otros, Calderón ("Sueña el rico en su riqueza / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece / su miseria y su pobreza; / sueña el que a medrar empieza, / sueña el que afana y pretende, / sueña el que agravia y ofende, / y, en el mundo, en conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende) y, muchas veces, Aleixadre ("Soy la música que bajo tantos cabellos / hace el mundo en su vuelo misterioso, / pájaro de inocencia que con sangre en las alas / va a morir en un pecho oprimido"). Finalmente, el policía de turno que patrulla por el bulevar y que tantas veces, a su pesar, la ha conminado a recoger sus pertenencias y a retirarse —la mendicidad está vedada en París—, recibía de ella, con voz airada y casi furiosa, unos versos de Unamuno ("Leer, leer, leer, vivir la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron"). Habría quien recordase una cita clásica ("Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la ciudad sacra de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo...") y quien hiciese lo mismo con una más vanguardista ("Tu desgracia comienza en el momento en que aceptas ser la mujer de un hombre que no es honrado; tu falta es esperar que pueda darte un hogar el hombre que te ha desviado del tuyo" ). Y así, en tan inusual auditorio, se irían sumando citas de Baudelaire y de Rilke, de Rulfo y de Lord Byron, sonetos de Miguel Ángel y versos de la "Ítaca" de Cavafis, parrafadas de "El Ruido y la Luna" de Faulkner y sentidos poemas de Rosalía de Castro...

Pasando el tiempo y escuchando a los congregados declamando tantas perlas literarias, confirmaríamos la vasta cultura de la mendiga, lo que espolearía más, si cabe, nuestro afán indiscreto por rastrear su vida. A poco que nos fijásemos, lo heterogéneo de la antología literaria oral y, sobre todo, lo triste de su contenido, dejarían traslucir una historia de amor apasionado y, quizás, con un final desgraciado.

Ahora podríamos reparar en sendos hatillos de cartas que Madame Castellucci siempre retiene junto a sí mientras está sentada en el suelo mendigando, uno junto al otro y no uno sobre el otro: veríamos que son cartas antiguas, fechadas —según advertiríamos en los matasellos— en 1947 y remitidas por Francisco José Castellucci desde la ciudad de Comodoro Rivadavia, en la provincia argentina de Chubut. Debió ser su marido y debió ser escritor porque junto a los montoncitos de cartas hay un pequeño libro titulado "Mínimo Poemario Marino", cuyo autor es el mentado Francisco José Castellucci.

Otra pieza de puzzle encajada: madame Castellucci estuvo casada con un escritor argentino. Ya estaría muy claro, si la nave de nuestras deducciones hubiese atracado en este puerto, que la literatura habría sido el eje sobre el que giró la vida de la Castellucci.


¿Por dónde podría continuar la investigación una persona interesada? Quizás buscando información sobre el escritor en la Biblioteca de Francia. Allí encontraría algunos libros más del argentino y una sucinta pero suficiente biografía en la contraportada de uno de ellos:

"Francisco José Castellucci (Buenos Aires, 1918-Florencia, 1982) fue un poeta profundamente reflexivo e intelectual; en sus primeras obras cultiva una poesía galante y elegante, en cuyos versos reflexiona sobre la naturaleza humana y sus distintas manifestaciones. Amigo, seguidor y admirador de Vicente Huidobro, con quien comparte su concepción estética de la literatura. Fundamentalmente debe su fama a sus últimas obras, tristes y oscuras, en las que sus amargos y ásperos versos están motivados por la historia de un desamor: su esposa, una española de destacado origen, diez años más joven que él, a la que ayudó a fugarse de España en 1950 y junto a quien vivió un apasionado romance, lo abandonó treinta años más tarde, yéndose a vivir a Italia. Castellucci inició una serie de viajes de búsqueda desesperada, llenos de encuentros y desencuentros, a raíz de los cuales acabó cayendo en una profunda depresión que terminó con su vida en 1982".

Un amor apasionado con fuga incluida, un desamor tumultuoso, también con fuga incluida. El investigador diletante tendría suficientes datos para hacerse una idea de los avatares que han conducido la vida de Madame Castellucci. Pero aun quedaría por desvelar qué la ha motivado a comerse el libro de Ibn-Hazim.

Si hubiésemos permanecido en el lugar de autos en vez de estar montados en el metro (línea 7 en dirección a La Courneuve, hasta la parada de Pyramides, cerca de la Ópera) para llegar a la Biblioteca de Francia, en la rue de Richelieu, habríamos asistido a una dramática escena: el papel ingerido y la tinta atacada por los ávidos jugos gástricos han provocado un vómito violento y pestilente; tras los espasmos y contracciones del diafragma se ha empecinado la interfecta en volver a ingerir aquella gacha inmunda —como una vez vimos que hacían los gorilas en el zoológico—, ante la mirada atónita y asqueada de los espectadores.

Alguien, compadecido, ha debido avisar a los servicios sanitarios de urgencia pues una unidad móvil ha acudido a socorrer a la Castellucci. Un médico joven que, sin embargo y dada la naturaleza de su profesión, ya debe estar acostumbrado a presenciar escenas sin duda más impactantes y escabrosas que la de hoy, ha reconocido a la pedigüeña y le ha diagnosticado un estado de inanición severo: quizás esta mujer lleve varios días sin comer. Ella, pasada ya la violencia de la indigestión, ha caído en un desmayo reparador que la aleja, afortunadamente, de este mundo que tanto daño parece infligirle. Los enfermeros la izan al vehículo sanitario, una vez tumbada en una camilla portátil, y el efecto Doppler hace que la sirena deforme su sonido mientras se aleja la ambulancia y los viandantes, que se han quedado ya sin espectáculo, retoman sus trayectorias en pequeños grupos, mientras comentan lo que han visto, especulan sobre su significado o aventuran una explicación. Si hubiésemos aguzado el oído habríamos escuchado como un tipo que se presenta como psicólogo dice de la pobre que, tras varios días de ayuno, quizás ahorrando los últimos francos para comprar el libro, su mente se ha torcido de tal modo que ha debido creer que comérselo es incorporarlo a su propia esencia, como una especie de comunión mística con la literatura.

Podríamos permanecer en la esquina, aun cuando nadie de los anteriormente congregados permaneciese ya por los alrededores, ni siquiera el Whitman de tercera generación, que ha debido volver a su cubil literario. Las escasas pertenencias de la Castellucci (sus cartas antiguas amontonadas en dos grupos, unas cuantas monedas sobre la tela sucia, el librito de poemas y los escasos restos de "El Collar de la Paloma" empapados del vómito nauseabundo), pronto son recogidas por una solícita señora. Si persistiésemos en desenmarañar la madeja de esta historia podríamos dirigirnos hacia ella para preguntarle quién es y por qué recoge esos bártulos. La mujer tiene cara de fastidio y posiblemente no quisiera respondernos, pero si lo hiciese nos diría que es la única amiga que María del Mar tiene en París y que recoge sus pertenencias para devolvérselas cuando sane, aunque ella, a juzgar por su gesto, sabe tan bien como nosotros que la locura de la Castellucci no es pasajera: sus ojos manifestaban a las claras que presenciaban un mundo muy alejado, en el espacio o en el tiempo, o tal vez en ambos, de este París del año 2001.

Si nuestra curiosidad aun no estuviese satisfecha, y seguramente no lo estaría, aun podríamos seguir sonsacando a la amiga quien, de no juzgar tal curiosidad como evidente impertinencia, nos informaría de algunos extremos de la vida de la pobre madame española. Nos diría (aunque nosotros ya lo sabríamos, pero no querríamos interrumpirla y la dejaríamos proseguir) que nació en Madrid y que perteneció a una familia notable, venida a menos tras la Guerra Civil, pero en cuyo seno florecía el amor a la cultura; que creció rodeada de libros que la fascinaban y subyugaban: entre sus páginas encontró parrafadas maravillosas que memorizaba con deleite; que, con el correr de los años y respondiendo al poderoso reclamo de los versos de un poeta argentino, sucumbió al amor; que el susodicho poeta era profesor en la Universidad de Chubut, desde donde la pretendía con apasionadas y esforzadas cartas de amor (aquellas que ahora recogía, juntando los dos montoncitos); que el amor ultramarino hubo de ser tormentoso, porque el padre de ella no lo permitió; que ante la firme determinación paterna de prohibir la correspondencia, los enamorados urdieron un plan de fuga: él le pagó el billete de avión a Buenos Aires y ella dejó Madrid en una noche calurosa del agosto de 1950, sin más equipaje que la sorprendente cantidad de textos memorizados durante su corta vida.

A nosotros nos parecería una bella historia de amor pero poco extraordinaria: en muchas ocasiones hemos tenido noticia de dramas semejantes, incluso de otros más enjundiosos y retorcidos... Pero sabríamos, y así nos lo diría la amiga si percibiese por nuestro gesto el manifiesto interés, que el final de éste dista mucho de ser feliz. El matrimonio resultó un fracaso porque el hombre se reveló como una persona muy distinta del poeta que ella forjó en su imaginación: un ser egocéntrico y pedante, tan pagado de si mismo que no supo no ya agradecer sino tan siquiera apreciar el sacrificio que por su amor hizo María del Mar. Ella, al cabo de treinta años de suplicios, huyó de un marido enloquecido y, tras muchas peripecias cargadas de sufrimiento, no queriendo regresar a Madrid donde sin duda le esperaba la humillación de la reprimenda, arribó a París. "Aquí, —acabaría diciéndonos la señora—, su vida ha sido dura; es difícil comenzar desde el principio para quien ya ha gastado más de cincuenta años de su vida: las puertas se le han cerrado y ha ido cayendo progresiva y aceleradamente en una espiral de desgracias, ruina, miseria. María del Mar sólo tiene ahora recuerdos de los libros que ha leído en su vida y que se obstina en repetir y repetir, en un intento por capturar el tiempo perdido". Cómo fue capaz de ahorrar tanto dinero para comprar un libro tan valioso y que la obsesionó durante los últimos meses, la amiga lo ignora, pero sospecha que haya sido a costa de muchos sacrificios y privándose de las necesidades elementales que la biología demanda.

El colofón de nuestra investigación llegaría cuando leyésemos en los sobres gastados de las cartas de amor el nombre de soltera de la destinataria y su dirección: Srta. María del Mar Corcovado, Calle de Alcalá, número tal, Madrid.


Quizás, por algún vericueto laberíntico o por una casualidad inesperada, como suele acontecer en las novelas policíacas o en las películas de cine negro, consiguiésemos saber que el editor madrileño Juan Corcovado, envejecido y moribundo, años después de la fuga de su hija, quiso reconciliarse con ella, para lo que le envió una extensa carta de arrepentimiento y un valioso obsequio: aquel viejo libro que se salvó del incendio y que a ella tanto le gustaba leer, "El Collar de la Paloma" de Ibn-Hazim de Córdoba. Quizás también lleguemos a saber que ni la carta ni el libro llegaron nunca a su destinataria, pues se extraviaron por esos misteriosos y lóbregos almacenes de las oficinas de correos, quién sabe si fortuitamente o gracias a algún intermediario interesado...


Pero sólo somos meros transeúntes o turistas que pasean felizmente junto al Sena, por la periferia del barrio latino, con la mente puesta en el destino al que nuestros pasos raudos nos conducen y la mirada raptada por la fachada sur de Notre Dame, no nos detenemos a examinar el paisaje humano que nos circunda...



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