Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

En la carnicería

—Ay, que preciosidad. Pero, ¡qué preciosidad! ¡Mira que ojos más grandes. ¿Cómo se llama?

—Se llama Paco.

—Ay, Paquito. ¿Tienes más fotos?

—Sí, sí, muchas más.

El hombre del traje suspiró. Esto iba para largo.

—Ahora tiene dos años, pero aquí solo tenía seis meses.

—¿Y en ésta?

—En esa tendrá unos catorce meses. ¡Mira! ¡En ésta sólo tenía dos semanas!

El hombre del traje miró su reloj. Se preguntó si debería hacer algún ruido para que supieran que estaba allí. Optó por aspirar con fuerza.

No dio resultado.

Miró a la señora que tenía delante buscando un poco de solidaridad, pero no logró conectar con ella.

—Bueno, en fin. —La abuela recogió sus fotos—. Esta preciosidad viene esta tarde con mi hija y su marido. Así que, vamos a ver, voy a necesitar ocho longanizas, que les gustan mucho a todos, cuatro chorizos, medio kilo de sangre y dos orejas de cerdo. Oh, también necesitaré ocho huevos. Voy a hacer una tortilla de patatas que se chuparán los dedos.

Las dos se echaron a reír. Luego, la carnicera metió todo en una bolsa que la abuela puso en su carrito.

—¡Hasta luego, MariRegla! —dijo la carnicera.

—¡Hasta luego, Pilar! —Y la abuela se fue. El hombre del traje adelantó un poco su maletín.

—Buenos días, doña Angustias. ¿Cómo está usted hoy?

—Ay, hija, me duelen la espalda y los pies. Supongo que es normal a mi edad. Tengo setenta y nueve años, ¿sabe usted?

—Sí, lo sé, doña Angustias, —dijo limpiando la barra—. Lo que usted necesita es un buen masaje. ¿No puede uno de sus hijos darle un masaje en los pies?

—Bueno, no lo sé. Nunca se lo he preguntado. De todos modos, vienen hoy, ¿sabe? Y por cierto, voy a necesitar mucha carne para alimentarles. —Se rio.

El hombre del traje miró su reloj de nuevo.

—¿Qué quiere usted hoy, doña Angustias? ¿Un poco de morro de cerdo? Este de aquí es muy bueno. Me lo acaban de traer hoy, y voy a llevar un poco a casa para cenar. A mi marido, le encanta.

—Pues, venga, póngame un poco de morro.

—¿Dos? —Envolvió el morro en papel de carnicería.

—Sí, está bien. Dos. Me gusta mucho el cerdo. Es la mejor carne que hay. De joven, viví en una granja, y solía jugar con los cerditos. —Suspiró—. Bueno, eso será para mañana. Para hoy, necesito unos tacos de ternera, un kilo y medio. Voy a hacer un plato especial. —Se acercó al mostrador—. Hago un rehogo de ajo, puerros, zanahorias, patatas y habas. Luego, meto todo en el horno con la ternera y un poco de vino tinto. Sale... bueno, no se lo tengo que decir a usted, doña Pilar. Sale buenísimo. —Hizo un chasquido con los labios.

—No, no me lo tiene que decir a mi, doña Angustias. Ya sé que es usted muy buena cocinera, pero escúcheme una cosa. ¿Por qué no pone usted cebolla en el rehogo?

—Ay, Dios de mi vida, y todos los santos, ya me gustaría a mí. Sabría mejor, ¿verdad?

—Bueno, yo creo que sí.

Había una historia aquí.

—Sí, sí, sabría mejor, pero no es posible. ¡No es posible! Se lo cuento, Pilar. Pues, resulta que hoy viene mi nieto, no el que usted conoce, ese es Fernandito, sino mi otro nieto Cesarín, el hijo de mi hijo Raúl; Fernandito es hijo de mi hijo Ernestito. Bien, pues resulta que Cesarín es alérgico a la cebolla.

—¡Oh, no! ¡Y con lo bien que sabe la cebolla!

—Me temo que sí, —sacudió la cabeza.

—¿Y no puede usted hacer el rehogo con la cebolla y a la hora de servirlo simplemente no ponersela en el plato?

—No. No, señora. Le cuento, Pilar. —Puso las manos sobre el mostrador—. Pues, resulta que mi nieto Cesarín, no es que sea solamente alérgico a la cebolla, es que es alérgico a todo, absolutamente todo lo que lleve cebolla.

—¡Ay!

—Sí, sí, es verdad. O sea, no es que no pueda comer cebolla cruda en la ensalada. —Se cambió de posición—. No puede comer nada que tenga cebolla, tanto cruda como cocida porque el jugo le inflama la garganta.

—Entonces, ¿qué hace, Angustias? ¿Cuando viene su nieto, no pone cebolla?

Doña Angustias resopló. —Es eso, o bien hacer dos comidas, una para él sin cebolla, y otra para los demás con ella, y eso he hecho alguna vez, pero es mucho hacer dos cenas, ensuciar dos ollas...y como usted sabe, tengo setenta y nueve años. —Suspiró.

—Claro.

—De todas formas, los médicos dicen que como todavía es muy pequeño, es muy posible que dentro de un par de años ya no sea alérgico a la cebolla en absoluto.

—Ah, ¿sí? —preguntó la carnicera con interés—. ¿Y cómo es eso?

El hombre del traje carraspeó. Estaba sudando.

—Perdónenme, —dijo—, no quiero interrumpir, pero tengo algo de prisa.

Las dos le miraron.

—Oh, no se preocupe, joven, —dijo doña Angustias. Giró a la carnicera—. Póngame los morros y la ternera. Este joven aquí tiene mucha prisa.

—¿Se lo pongo a cuenta? Puso la carne en una bolsa.

—Sí, sí a cuenta. —Cogió la bolsa—. Recuerdos a su marido, doña Pilar. ¡Hasta luego!

—¡Hasta luego, doña Angustias!

El hombre del traje acercó su maletín al mostrador.

—Póngame un kilo de ternera, por favor. Picada.

—Muy bien, ¿y qué más? —Pesó la ternera.

—Ya está.

—¿Ya está? —Levantó las cejas—. Pues, aquí tiene. —Le sonrió.

—Gracias. Adiós, adiós.

Entonces, entraron en la carnicería dos niños, un chico de unos diez años, y su hermana, unos años menor.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó el niño—. ¡Te vamos a contar algo y no nos vas a creer. ¡No nos vas a creer!

—Sí, mamá, ahora escucharás, y te vamos a contar algo. Escucha lo que te vamos a contar.

—Pues, decídmelo de una vez, mis vidas. —La carnicera salió de la barra.

—Pues, —empezó el niño.

—No. ¡Yo se lo quiero decir!

—Se lo diremos juntos.

—Vale.

El hombre del traje agarraba la puerta, pero aún no había salido. Quedó mirando a los niños y la carnicera.

—Pues, —empezó el niño de nuevo—. Venimos del despacho de papá.

—¡Yo se lo quiero decir!

—Venga, va. Díselo.

—Pues alguién dímelo.

—Espera, —dijo la niña—. Espera. Pues, resulta que subimos en el ascensor.

—¿Aunque sólo sean dos pisos?

—Sí. Bueno, pues subimos en el ascensor, y subió un chico con nosotros.

—No fue un niño. Tenía probablemente veinte años, —dijo el niño.

—No, seguro que no tenía veinte años. Tenía, como mucho, diecisiete.

—Y tu, ¿cómo lo sabes?

—Porque yo he visto a muchos chicos de veinte años y éste no les parecía para nada.

La carnicera se rio.

—Pues, este chico subió con nosotros, pero salió en la primera planta, y cuando se fue...

—No dijo "adiós", —interrumpió el niño.

—Yo se lo quería decir. ¡Mamá!

—Dije que le diríamos juntos. Tu le dijiste que tenía diecisiete años.

—No entiendo nada, —dijo la carnicera.

—¡Es que cuando salió del ascensor, no nos dijo "adiós", mamá! —dijo la niña.

—¿No dijo adiós al abrir la puerta del ascensor?

—No, no dijo "adiós". Se abrió la puerta, y él se fue, —dijo el niño.

—Vaya, que maleducación.

—Eso es lo que nos decíamos, y eso es lo que nos dijo papá.

—Imagina, no tener la simple cortesía de decirle "adiós" a alguien cuando uno se va. ¿Qué pasa con la gente de hoy en día? ¿Por qué tiene tanta prisa? ¿Adonde van? ¿Qué es más importante que relacionarse con los demás? Bueno, venid, amores mios, contadme de vuestro día.

Los tres desaparecieron detrás de la barra, y el hombre del traje dejó cerrar la puerta y anduvo lentamente a casa.

 



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna