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El río

La primera vez que lo vi fue un despertar a la alucinación. Serían las brisas de primavera, el espíritu estaba predispuesto, en cierto modo septiembre nos deja una marca, ésa que a medida que los años pasan se va esfumando hasta desaparecer. Y en ese entonces la marca era una hendidura profunda por donde se colaban todos los cantos de esperanza y la muerte estaba lejos, sin asomar siquiera al coro.

El asombro casi pueril del descubrir, la felicidad de chapotear en sus orillas, la vuelta al juego y la infancia. Todo eso y nada más, pequeña grandeza fijada en mis ojos cuando en las tardes lo contemplaba lánguida, contagiada por la serenidad de su oleaje incesante y amarillo. Mi deseo no iba más allá del sentirme cubierta por su inmenso devenir.

El río me hablaba sólo a mí. Absorbía gota a gota cada una de sus palabras, él me había enseñado a decodificar su murmullo. Cada oleaje era su risa desbocada, cada salpicar su beso dulce y empapado. Y fue así que una de esas tardes el río y yo decidimos quedarnos. Comunión perfecta entre los dos, piel y agua, cabellos y algas. A partir de allí sembré la esperanza de una unión eterna, inolvidable.

A veces llegaban los vientos. Él se encrespaba más de lo usual y no había pájaros. Entre ambos se instalaban silencios que me desorientaban. Pero al siguiente día la calma regresaba, su voz se hacía nítida y el paisaje retornaba al rimo de mi corazón. Divisaba el esmeralda de las islas opuestas refulgiendo en un cielo libre de alarmas. Sin embargo, debí advertir las señales, sobre todo cuando el horizonte se alejaba, el río se hacía cada día más ancho y la otra orilla se borraba de mi vista.

Creí comprender esas frecuentes ausencias, respetando su esencia navegante. Después de todo, él hacía tanto tiempo que estaba allí y yo no era más que una visita embelesada, surgida de los abismos de la espera. Expectante de cada movimiento, recibía la caricia de sus olas y cada una borraba la amargura del desamor de ayer. Era su amante humilde y resignada, recibía sus tormentas de imaginarios celos, sus rezongos de hombría leonada cuando batía con furia contra el granito de los murallones.

Dicen que mirar la luna roja, cuando surge por el horizonte, es un mal presagio. Todo era maravilla hasta que ella apareció. El reflejo sobre sus aguas fue sangre de olvido y el río partió tras ella sin un adiós. La distancia se hizo infinita y supe que nunca más escucharía su voz.

Desde entonces ensayo mis cantos de tristeza. Sé que lo escuchan sólo aquéllos que, como yo, un día corrieron tras una ilusión que se esfumó como la espuma que absorbe la sed de las arenas.




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