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Prisiones


Lo miraba hablar y gesticular entusiasmado, como observando una película sin banda sonora, por un momento imaginó un piano chillón remarcando las historias que desarrollaba esa lengua entre bocados de queso y maníes, como en la época del cine mudo. De vez en cuando ella le regalaba un monosílabo o movía la cabeza aprobando vaya a saber qué anécdota.

Ahora el hombre reía festejando lo que ella supuso un chiste y rió para acompañarlo. Aprovechó la soltura de la risa para acomodarse mejor en esas imposibles sillas de café y de paso subirse las mangas del pullover con la única intención de mirar la hora con el costado del ojo. Si llama nunca deja mensajes en el contestador. Afuera el tránsito se había intensificado hiriendo los oídos, los retazos de conversación y el bullicio de las copas entrechocando las bandejas del mostrador anularon su esfuerzo por prestar un poco de amable atención. Sacó otro cigarrillo del atado y él se apresuró a encendérselo, pendiente de ella. Se acomodó el pelo y echó la cabeza hacia atrás, me gusta tu manera de mover la cabeza, expulsando el humo, mientras cruzaba las piernas por debajo de la mesa. Ahora él le sonreía y la miraba expectante. Se dio cuenta que debía decir algo, posiblemente dar alguna respuesta, y se asió a la casualidad salvadora cuando un chiquilín de mirada vacía depositó el celofán con una rosa sobre la mesa. Antes que meneara la cabeza, el hombre había llevado la mano al bolsillo y la rosa obtenía su dueña. Él nunca le había regalado rosas. Dibujó una sonrisa de formal agradecimiento, apartando los restos aceitosos de los palitos salados con una servilletita de papel, lentamente, como si así pudiera apartar su creciente incomodidad.

Otra vuelta de ingredientes, un par de balones, el mozo cumplía su ritual de indiferencia. Ella giró los ojos posándolos en las mesas linderas donde cuatro amigotes palpitaban los resultados del fútbol amigos son los amigos, en tanto la parejita de enfrente volcaba sus arrullos sin pudor sabiendo que ya no se despiertan suspicacias en nadie, no me quieras tanto.

El hombre elevó el balón de cerveza que dejó espuma blanca en su labio superior. La textura áspera del tweed, gastada en los bordes, la distrajo un segundo la mejilla roja por el roce y decidida se embarcó en un tema banal con un énfasis que estaba lejos de sentir aferrándose a sus propias palabras que sonaban como saliendo de otra boca. Total que daba lo mismo, él la seguía embelesado.

Por la vereda se cruzaba la fauna nocturna de los viernes, mayor a cada momento, ella hablaba sin cesar hablás demasiado, y miraba más a través de la vidriera que a su propio compañero. Algunas caras hasta le parecieron conocidas y en un momento se sobresaltó cuando le pareció que alguien la miró más de lo corriente, estás muy linda esta noche, disimuló la turbación, ahora él asentía con la cabeza, descarozaba una aceituna y la expulsaba de sí con suavidad, el fuego de su aliento, sorbía la cerveza con deleite genuino, pasaba su lengua por el labio borrando la espuma, su lengua acaracolada en mi boca, sus manos intentando un avance sobre la mesa, el contacto encendiendo su cuerpo, absorbiendo sus banalidades en el anhelado oasis de su voz.

La luz más tenue del local y algunas sillas invertidas sobre las mesas marcaron el inicio de la despedida. Con galantería apoyó el tapado sobre los hombros de ella y demorando la partida encendió un último cigarrillo. Ya en el umbral de salida se animó:

-Mañana,... querés que nos veamos de nuevo? Ya sabés que los fines de semana no puedo.

Hubo un momento de duda para salvar las apariencias pero la excusa sonó convincente. El hombre no supo cómo revertir la situación y debió contentarse con la mano que se agitaba tras la ventanilla del taxi.

Ella cerró los ojos. Los besos recorrían las pestañas, las mejillas, gastaban los labios, se hundían entre los senos, transponían las fronteras de su cintura, hacían prieta la carne de los muslos, avasallaban las barreras del pudor. Conocía de sobra el lenguaje de esas manos y se abandonó, resignada una vez más, poseída de esa implosión gravitacional que la absorbía más allá de toda voluntad. Su mano aferró la reja, empujó con decisión y echó dos vueltas de llave. Una vez más.



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