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Tren de medianoche

Cómo hacía para conocer a la gente de un vistazo es algo que nunca podré entender. Tenía el don de calar hondo, le bastaba semblantear un poco, intercambiar un par de frases y, ante mi envidia, ya tenía el veredicto. Si alguna vez se equivocó lo dejaba bien guardado, que yo sepa acertaba siempre, hubiera sido un excelente psicoanalista de no ser porque, claro, jamás ahondaba dentro de sí mismo, le era más cómodo ejercer el rol de espectador que el de protagonista, no lo veía psicoanalizándose a su vez como tengo entendido que hacen los profesionales, no se iba a sacar la careta delante de nadie. El caso es que se adentraba en los laberintos interiores de los demás como sabiendo el camino de antemano y, en particular, en los de ella. Fui testigo del flechazo, supe lo que iba a pasar porque apenas él le puso el ojo el corazón se me arrugó como un gusano, confirmando la sospecha de que soy, siempre he sido, un cobarde irredimible.

A ella la conocía desde que usaba trenzas y todavía no se avergonzaba de sus pecas, se sentaba en el banco de adelante y los papelitos con los resultados de las cuentas que intercambiábamos con disimulo, hicieron nacer espontáneamente una amistad plena de confianza. Desde el fondo de mi timidez le agradecía que no se burlara de mis anteojos y que fuera mi encarnizada defensora en los recreos. Me bastaba eso para adorarla y de a poco se convirtió en mi inseparable compañera de estudios, de complicidades y secretos cuando ya los juegos fueron quedando atrás, arrollados por la adolescencia. Era muy delgada y recién a los dieciséis su cuerpo se modeló prometiendo un futuro de mujer bonita, aunque para mí lo fue desde el primer momento, con trenzas y pecas, y lo sigue siendo con melena suelta y las pecas sólo un recuerdo. Ya sé que soy (o fuí) "su amigo del alma", nunca me verá de otra manera aunque me desgarre soñándola día y noche y me aferre a la esperanza del quizás con el tiempo. Demasiado tiempo, la secundaria terminó y el deseado relámpago en sus ojos nunca se produjo... mejor dicho sí, pero no a causa mía. Fue cuando se conocieron.

Él venía de otro barrio y era bastante mayor, aunque a esta altura cuatro años no signifiquen nada, pasaba en ráfaga desde su motocicleta un tanto antigua pero obsesivamente cuidada en el funcinamiento, ya dije de su habilidad para con los mecanismos interiores y los motores no escapaban a ello. A su paso arremolinaba susurros femeninos, era una especie de maldito James Dean. Por qué tuvo que fijarse justo en ella, él que podía tener a cuanta mujer se le antojara con sólo chasquear los dedos, por decirlo así. Hoy me doy cuenta que su mayor placer era el de ejercer un dominio sin resquicios, por lo tanto sabía dónde ponía el ojo cuando tiró la red. Y a ella... nunca la vi como entonces, otra, transformada, con una luz casi agresiva. Se lanzó a vivir el amor absorbiendo su perfume por todos los poros, con una alegría que poco a poco le dibujaría menos sonrisas y más muecas de desencanto y hasta de abierta desesperación.

En los primeros tiempos, por lógica, se apartó de mí y por no tanta lógica de cuanta amiga y conocido, las quejas de su familia llegaron hasta mis oídos. Con el correr de los años la fui recuperando por piezas, como a un rompecabezas al cual le falta lo esencial, las piezas del centro, las del corazón. Volvió más adulta al refugio del amigo para empezar un juego de idas y vueltas que me dejaban derrumbado entre mis libros de filosofía, tratando vanamente que Kant o Hegel o los mismísimos Freud o Jung me dieran respuestas al comportamiento humano no sacando en limpio otra cosa que Kundera y la insoportable levedad del ser. Veía que cuanto más angustiada estaba, más recursos encontraba él para alejarse a la espera que la resignación la dejara casi indiferente, para entonces, como gato astuto, volver a ocupar su puesto cerca, su estoy aquí. Juego perverso como pocos, la sumergía y rescataba mientras la iba royendo desde adentro, hasta cuándo, me preguntaba.

Una vez le dí un papel en blanco, a decir verdad la servilletita con el logo del bar adonde habíamos ido a anclar en uno de mis tantos intentos de salvataje, y le pedí que escribiese lo primero que le viniera a la cabeza. Se sonrió por el juego y con esa expresión triste, tan difícil de desinstalar, escribió "Tren de medianoche". Yo esperaba algo más simple, quizás el nombre de él, " porque... es el último...? " - le pregunté, "Serías un buen psicoanalista". En el momento no me dí cuenta que mentía, pensé que me estimulaba, siempre poniendo fe en mí, pero de todos modos me estaba diciendo "No hay retorno". Lo que interpreté entonces como una resignación de su parte hizo colmar mi paciencia y fue la primera vez que me enojé con ella, reconozco que buscaba su reacción, que mi reto era el madero que le estaba ofreciendo pero la herí, o al menos, así lo creí. A partir de allí los encuentros fueron menos frecuentes y pese a que me perdonaba yo caía en el sermón admonitorio de la manera más estúpida, al límite del aguante terminaba haciendo rodar palabras impensadas como si dentro de mí la desesperanza me ordenara romper ese lazo que me hacía sufrir. Una noche, acicateado por la necesidad de verla, tuve la desafortunada idea de pasar sin llamarla previamente por la pensión donde ella pasaba más tiempo sola que acompañada. Las risas que escuché a un paso de la puerta deberían haberme detenido, pero mi mano se desvinculó del cerebro y los nudillos golpearon. La expresión burlona de él no era indudablemente una bienvenida y balbuceé una excusa esperando que ella interpusiera su hospitalidad. Pero no abrió la boca, simplemente me miró, desafiante. Comprendí que había perdido la partida definitiva y no supe qué agregar mientras él desmenuzaba, estoy seguro, mis pensamientos uno por uno. Dí media vuelta alejándome, en mi angustia esperaba escuchar la voz de ella, reaccionando, llamándome. Sólo el sonido de la puerta que se cierra con firmeza.

El perder las esperanzas me sumió en la peor de las amarguras, hoy sé que fue por eso, entonces sólo quise llorar mientras iba atravesando la calle, subiéndome el cierre de la campera como si así pudiera matar el frío y reprochándome por los asiduos enojos y retos, sintiendo que era el mayor imbécil sobre la tierra y lamentando no tener la misma habilidad que él para captar a las personas, de ese modo me hubiera tragado las palabras que nunca debí decirle. También hoy sé que no fue por las palabras que le dije, ella estaba atornillada a él y yo no tenía, era muy duro reconocerlo, jamás tuve la herramienta que consiguiera revertir el giro.

Quien tomó el tren de medianoche fui yo. Jamás retorné. El mensaje estaba dedicado a mí, yo era una especie de conciencia que la atormentaba y de la cual ella quería deshacerse. Su mirada de desafío, la de aquella noche, nació de la fuerza que sólo él le proporcionaba, en el fondo ella era tan cobarde como yo. Y nunca dos cobardes llegan a buen puerto, lo comprendí recién al final, ya dije que ella me mintió, yo no hubiera sido, definitivamente, un buen psicoanalista.



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