Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
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Desde adentro

Miraba desde adentro, como siempre, espectador de su propia vida.

Pero esta vez pensó que quizá hubiera sido mejor ser distinto. Mientras tanto la escena continuaba en toda su brillante crueldad. Los golpes caían sobre la víctima. Y él miraba.

Su capacidad de contemplar, de ser espectador, le producía dudas, como otras veces: por qué siempre estar mirando y pensando, en lugar de actuar. Quizá se debiese a que tempranamente, en su niñez, le había causado temor eso de actuar, aquello de interpretar un papel sin saber si era su verdadero rol o el de otro. Ante la incertidumbre, quizá sin darse cuenta había elegido mirar, ser espectador de lo que ocurría y pensar. Luego, ya adulto, comenzó a escribir lo que pensaba. Su relativo éxito como escritor de cuentos le dio finalmente cierta sensación de autocomplacencia, como la comprobación de que ser así como era no había sido tan malo, después de todo.

Pero ahora la realidad le estaba rompiendo los dientes a patadas. No podía abstraerse completamente, tal como era su costumbre.

Su mayor consuelo era el estar atado y golpeado, lo que lo excusaba de cualquier intento de actuar. Sólo se limitaba a gemir y llorar. En realidad no era él el que gemía y lagrimeaba, él estaba oculto dentro de su mente, pensando sobre lo que estaba viendo. Era su cuerpo castigado el que se quejaba blandamente, sin oponer resistencia.

A pesar de lo terrible, de lo espantoso del rapto y la tortura, cuando aquello terminara estaba seguro de poder manejar la crisis postraumática. Incluso podría usar esto que ahora sucedía como material para futuros relatos. Sí, hasta ese punto pensaba poder racionalizarlo todo. Esto le pareció en cierto modo monstruoso, y al mismo tiempo pensó que tal monstruosidad era muy buen tema para escribir ficciones. Y así...

Pero había un problema. Adriana no podría superarlo. Ella era mucho más emotiva que él. Le costaría tanto que posiblemente quedaría completamente loca, o depresiva en el mejor de los casos. En ese momento la odió, e inmediatamente se apiadó de ella. Es que era difícil no sentir pena, así como la estaban dejando. No sólo eran los golpes. En realidad eso era lo de menos. Lo peor era la violación. Los tres tipos que antes lo habían molido a palos a él, ahora, en ese preciso instante, la estaban violando brutalmente una y otra vez.

Se ilusionó al pensar que si alguno de los tres tenía algo de humano, quizá al final la matarían.



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