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Un marchante izquierdista

La conferencia empezó con media hora de retraso. José Agustín fue invitado por el Gobierno del Estado de Veracruz para hablar sobre la narrativa de la contra-cultura en México. De los múltiples escritores de la corriente, tal vez sea el más representativo sobreviviente por su confabulación con la fortuna en un país donde los que publican, no los que escriben, se forman por un cuarenta por ciento, tal vez me excedí, de capacidad literaria y el resto por la suerte. Aclaro que no tengo la mínima intención de dar a entender que José sea un pendejo, mucho menos un mal narrador, no, al contrario, he de reconocer que después de la conferencia mi agrado hacia él se acrecentó.

Mi reloj, con cinco minutos de adelanto, marcaba las seis más treinta minutos por la tarde, media hora antes de la cita. Llegué a esa hora no por puntual, lo que pasó es que al salir de la oficina no se me ocurrió otra cosa más que ir a dejar caer las nalgas en los asientos del teatro de la Galería de Arte Contemporáneo. Mientras esperaba el inicio del acto y entre cabeceadas de sueño, desdoblé parte del suplemento cultural del Diario de Xalapa que había robado a un compañero de trabajo que invariablemente lo compra y no lee; supongo que su calentador utiliza como combustible el papel.

Poco a poco fue llegando la gente, en su mayoría la contra-cultura contemporánea, la que aún mantiene vestigios hippies y utiliza atavíos que despiden olores bastante agresivos para un olfato mamón como el mío. Sin embargo, no pocos de ellos hacen comentarios interesantes que descubren su inconformidad con el mundo y lo establecido.

Sobre la conferencia no hay mucho que decir, amena y repleta de anécdotas del escritor en la década de los sesenta, donde los “rebeldes sin causa” lucharon por mantenerse incólumes ante los constantes embates de una sociedad extremadamente conservadora y un gobierno no menos represor. El sexo, la droga y el Rock & Roll inundaron la atmósfera de la conferencia; sin embargo, a medida que la charla se desarrollaba, una pregunta crecía en mí: ¿Es un elemento sine qua non llamar la atención de las mayorías a través de la excentricidad del vestuario y actitudes extremas o es un recurso innecesario para representar la contra-cultura universal?… Sin duda opto por lo segundo, pues se puede, y debe, ir contracorriente de los formulismos inicuos preestablecidos y altamente nocivos para el desarrollo del individuo a través del respeto de aquéllos cánones sociales que lo único para lo que fueron hechos fue para mantener una coherencia colectiva en aras de una convivencia tranquila y fluida; por lo tanto hay que tener la capacidad suficiente para distinguir la frontera entre la contra-cultura y el radicalismo. Hecho el comentario, continúo.

Al final se entregó el respectivo reconocimiento que se encontraba entre un grueso marco de madera rústica de unos ochenta por cincuenta centímetros y un cristal que cubría el documento laudatorio, suficiente para elevar el ánimo y mitigar la condición física del premiado; en fin, supongo que alguien le ayudaría a trasladarlo hasta la pared huésped.

Después de los aplausos, la gente comenzó a salir en el acostumbrado desorden. Entre empujones, besos involuntarios, cabezazos y pisotones, fui deslizándome, cual gato mimado, entre la multitud hasta llegar a la puerta de entrada-salida, cuya característica atizaba el congestionamiento humano.

Por fin logré salir de la pequeña sala y me dirigí raudo al patio central, pues recordaba que en anteriores actos habían ofrecido canapés y vino blanco. En efecto, a la gorra no hay quien le corra, en menos de un minuto un croissant y una copa de vino traía en sendas manos. Varios grupos de personas estaban dispersas en el patio de la galería. En medio se encontraba una fuente colonial, cuyo borde era utilizado como asiento por tres jóvenes mujeres que, durante los siguientes 20 minutos que duró el brindis, se la pasaron ingiriendo vino y jugando un nada ortodoxo juego contra-cultural que le llaman el diábolo. Otros más, como yo, se entretenían mirando y criticando a los demás.

En una apartada orilla, como un verdadero Don Juan contra-cultural, se hallaba, con un descuidado libro del poeta Vicente Huidobro en la mano izquierda, un viejo conocido mío, carpintero de oficio. Este señor cincuentón, con pellejo de sexagenario y alma de mozalbete, traía sus inseparables overol y sombrero de paja que con facilidad lo hacen distinguirse entre un puñado de gente. Me vio y, después del efusivo apretón de manos, comenzó a leer el poema “Eramos los elegidos del sol” en un tono de voz que a no pocos hizo voltear. De reojo, mientras escuchaba su declamación, miraba a los que desconcertados hacían lo propio con nosotros. Manuel, así se llama mi amigo, continuaba sin perturbación la lectura del reconocido poeta con singular alegría. Después de haber terminado con la lectura, con trabajo cerró el libro, pues en su interior traía unos papeles que aún yo no había identificado. El también pintor continuó compartiendo conmigo interesantes conceptos, entre los cuales recuerdo uno que, aunque gastado, no deja de ser impactante y verdadero. Dijo que detestaba el capitalismo, que era un leviatán que manipula a la sociedad y la hace creer, no pensar, que uno vale por lo que tiene y no por lo que es o hace; por eso, continuó —yo no me fijo en compra-ventas, uno trabaja por el placer de hacerlo, contracorriente, como el salmón que lucha por subir, pero cuando lo logra se sienta satisfecho a contemplar el peñasco que a sus pies cae, sólo así es posible vivir en el capitalismo— remató. Confieso que lo del pez en cuestión y el peñasco me pareció significativo. Repentinamente, del libro sacó lo que me mantuvo intrigado todo ese tiempo, era un rimero de fotos de sus creaciones, me las mostró mientras me explicaba la técnica que utilizaba en ellas, incluso me enteré que también hacía zapatos de madera para dama.

Repentinamente, un grupo de estudiantes, 3 hombres y 2 mujeres, se acercó a nosotros, alguno de ellos conocía a Manuel. Nos dimos la mano y cada quien, en automático, dijo sus nombres; tan en automático que no recuerdo uno sólo, apuesto a que ellos tampoco. Insté a Manuel para que repitiera lo del peñasco, así lo hizo y el paroxismo apareció en el rostro de los muchachos mientras encantados asentían con la cabeza. Sobre el rimero de fotos no hubo necesidad de recordarle, lo entregó al grupo para que lo observaran mientras, otra vez, explicaba los métodos y procedimientos. No menos de tres de los jóvenes estudian artes plásticas en la U.V., por lo que el interés y comentarios con encomio emanaron rápidamente. El carpintero puso a sus órdenes su trabajo para apoyar a los jóvenes en cualquier tipo de presentación en donde la madera sea indispensable. Uno de los muchachos dio las gracias y finalmente dijo que estaba bien el ofrecimiento, pues los maestros lucraban con ellos cada vez que realizaban exposiciones… Digo, ¿Quién le dijo al chamaco que Manuel no cobraría su trabajo?… por si fuera poco, Manuel hizo el comentario más célebre para la ocasión, no pudo haber estado más Ad Hoc: —Yo detesto el capitalismo, uno trabaja por el placer de hacerlo, contracorriente, como el salmón que lucha por subir, pero que cuando lo logra se sienta satisfecho a contemplar el peñasco que a sus pies cae— repitió impecable.

La hora de despedirse había llegado, los apretones de manos llegaron de nuevo y cada uno de ellos cogió su rumbo. Manuel y yo nos dirigimos hacia la puerta, veníamos a la par. Al pasar a un lado de la fuente, donde las 3 muchachas disfrutaban del vino, Manuel se acercó mientras yo continuaba caminando y lo miraba, de pronto alcancé a escuchar: —¿Es un diábolo? Yo los hago de madera…- mientras de su libro extraía sus fotos.



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