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Si gusta me quedo...

I

De momento se percató que se había quedado dormido. Su efímero sueño fue interrumpido por el reloj checador, el mismo que convierte a los empleados en señuelo exquisito del apremiante tiempo.

Sin duda era su primera vez, cualquier persona poco observadora podía notar en su semblante un mohín característico de inadaptación, de perplejidad ante lo que estaba ocurriendo, de impotencia ante la realidad.

Se levantó de la silla que se encontraba frente a un escritorio atiborrado de utensilios de oficina y dos teléfonos. Decididamente se dirigió al baño con un radio transceptor portátil en el bolsillo derecho de su pantalón. Al salir miró su reloj, eran casi las tres de la madrugada, el sonido del silencio era impetuoso en aquella solitaria y fría oficina. Procedió a apagar las luces de la planta alta y algunas de la de abajo y se encaminó a uno de los departamentos, donde encendió la computadora mientras buscaba en el cajón de un desordenado escritorio un disco compacto que satisficiera su arrogante melomanía. Finalmente, Tonatiúh Hernández encontró uno del viejo pianista cubano Rubén González, el cual había olvidado el día anterior entre un nauseabundo rimero de no menos de doce discos que rondaban de Juan Gabriel a Bronco, pasando por los Temerarios y Banda Muchos. A partir de ese sublime momento se dedicó a escuchar música y a tratar de conciliar el sueño, interrumpido, a ratos, por las llamadas de radio y teléfono. En la mañana, su relevó llegó con veinte minutos de retraso.

II

-Dulcita, ¿me puedes anunciar con el Capitán, por favor?-preguntó tonatiúh.

-Sí mi´jo, no más que salga la persona que está adentro-contestó con atento pleonasmo Dulce, una de las tres secretaría del Director General.

Y es que con anterioridad había notado entre los papeles personales de su jefe inmediato, el Subdirector de Operaciones Policiales, que lo tenían contemplado para fungir como guardia en el horario nocturno.

-Por supuesto Dulcita, gracias, yo espero-finalizó tonatiúh.

Transcurrieron 20 minutos aproximadamente cuando la secretaria exclamó:

-Tona, pásale mi´jo, rápido porque el Capi está muy ocupado.

Tonatiuh, raudo y veloz, asintió con la cabeza e ingresó a la oficina del Jefe Máximo de la corporación, el Dios de dioses de la Policía Auxiliar.

-Buenas tardes Capitán, disculpe que lo interrumpa, no pretendo robarle mucho tiempo -comentó con extremo respeto Tonatiúh.

El Director permaneció con la mirada clavada en uno de tantos oficios que sobre su escritorio se encontraba e ignoró, por un lapso considerable, la siempre estúpida frase utilizada por la caterva, abyecto atavismo que adolece la sociedad mexicana, legado máximo de la Conquista de las Indias y la Iglesia Católica: el sentimiento de culpa, anteponer las disculpas a lo que podría ser o no una falta. Es curioso, tenía laborando un año en este lugar y aún no aprendía cuan estulto se torna alguien cuando habla de más. Sin embargo, desde que ingresó trató de soslayar, sin fortuna, el raro proceder de los militares con los que compartía su jornada de trabajo; de hecho, desde siempre había considerado que la sumisión era una importante génesis de la barbabrie y alimento predilecto de los rígidos hombres de verde para ejercer la tiranía, la cual, tarde o temprano, repercute en contra del agachado, del complaciente de gustos, del respetuoso excesivo; como él en ese momento, que gustoso e igenuo atizaba las brasas de su propia hoguera.

-¿Qué pasó? -contestó magramente el Capitán.

-Mire, vengo por lo siguiente, usted tiene conocimiento de que me retiro después de mi hora de salida, por lo que respetuosamente solicito su autorización para salir a la hora que me corresponde, necesito terminar con los trámites de mi titulación ya que...

-¿De qué te vas a titular? -interrumpió sorprendido el Director.

-Ingeniería Química -contestó Tonatiúh.

El Capitán lanzó un onomatopéyico sonido gutural con adornos de asombro, pues no tenía idea de su nivel de estudios, de hecho pensaba que no contaba con ellos.

-¡Claro que sí! Echale ganas-dijo el Capitán, volteando a ver, reiteradamente, el organizado desmadre que tenía en su escritorio.-Dile a tu jefe que ya autoricé -concluyó.

Tonatiúh le agradeció y le recordó que su jefe le había dicho que se presentara esa noche a cubrir la guardia nocturna, papel que desempeñaba normalmente un policía de la organización. El Capitán le dijo que no se preocupara, que le diría a su jefe que propusiera a otro para que la cubriera y, con ello, no contrariara la autorización que acababa de hacer.

No obstante, el grado máximo del pendejismo asomó su rostro, al epítome de la estulticia, Tonatiúh, se le ocurrió la idea menos oportuna en el momento más inadecuado, como si quisiera reiterar al Director su actitud de disponibilidad característica de la subordinación que, incongruentemente, él detestaba, creyendo que quedaría como una persona responsable, como la heroína que conseguiría el indulto sólo por la osadía de demostrar que era, sin serlo, parte de ellos, con la diáfana intención de rematar la plática con la frente en alto y salir victorioso; ignorando, tal vez, que con el atrevimiento de hablar de más atizaba las brasas de su propia hoguera...

-Si gusta me quedo -dijo Tonatiúh con el ánimo enaltecido.



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