Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

Cosas raras que pasan

La chica estaba sentada en un banco del parque, cerca de mi bloque de vivienda. Estaba leyendo un libro. En el parque hay mucha gente paseando. Pero ella estaba allí, inmutable, absorta en la lectura del libro. Esa chica siempre se sienta en ese banco, los sábados y los domingos y días festivos. Siempre la veo a través de la ventana de mi habitación. Esta mañana, sábado, salí a desayunar en una cafetería cerca del parque y cerca de mi bloque de vivienda. A mitad del camino del parque y mi vivienda. Me senté en un taburete, pedí un café con leche y cruasán a la plancha con mantequilla. El camarero, con el estrés encima, y sudando la gota gorda, atendía presurosamente a todos los clientes. No soy un cliente habitual en esa cafetería, suelo cambiar de cafetería, no sé por qué, pero despierto cierta animadversión o admiración o no sé qué historias con determinados camareros, y por eso no suelo ser cliente habitual, soy poco dado a la sociabilidad, me dejo ser poco conocido. Soy conocido para mis verdaderos amigos. A través del vidrio que separa el exterior del interior de la cafetería veía a la chica que leía absorta, como aislada del mundo exterior, y centrada en su propia lectura, creando su propio mundo a través de la lectura. El cruasán está poco hecho, lo que suponía, el camarero ha reaccionado de mala manera, me ha visto de mala manera, o sea, una de las cafeterías que borro de mi lista de preferencias de cafeterías.

Estaba observando a la chica, observé un poco más su vestimenta. Tiene falda roja. Y camiseta blanca. Casi desnuda. Un foco para la mirada. Hay una separación entre el parque y la cafetería, que es una calle, donde pasan muchos coches, y es difícil cruzar la calle. A pesar de haber un paso de cebra, los coches no respetan a los peatones. Cuando terminé de comerme el cruasán y beberme el café con leche, esperaba a que el camarero me cobrara. ¿Cuánto es? El camarero se hacía el sueco. Atendía a otros. Esperaba un rato, varios minutos. No me atendía. Puse varias monedas en el mostrador y me fui. Ya en el exterior, esperé varios minutos para poder cruzar la calle. Ni siquiera a la buena de dios. Anduve varios metros, hasta varias manzanas más, hasta encontrar una calle en la cual pudiera cruzar sin problemas, y volví hacia el parque. En un kiosco compré un periódico. Hacía una mañana estupenda, soleada. Con el periódico bajo el brazo, me dirigí hacia el banco donde se hallaba sentada la chica que leía absorta un libro. Me senté. A escaso metro de distancia. Ella no se daba cuenta de mi presencia. Abrí el periódico por la mitad. Leía al azar noticias, sucesos...

- Hola... Por favor... ¿Me puedes decir la hora?

Ella se despertó súbitamente de su lectura, me observó con cara de pocos amigos, e inmediatamente cambió de rostro, y dispuso un rostro amable, dio un giro a su muñeca del brazo izquierdo y miró su reloj de pulsera.

- Las diez de la mañana.

- Gracias.

- De nada.

- ¿Esperas a alguien?

- No... ¿Por qué?

- No sé... tu cara me resulta conocida en este parque.

- Bueno, suelo leer en este banco.

- Qué lees.

- Nada. Novelas de un amigo. No tienen títulos.

- Perdona mi intromisión... Yo vivo cerca de aquí, y desde la ventana de mi dormitorio te veo los fines de semana y los días festivos sentada en el mismo banco y leyendo una novela...

- Es como un rito. Que lo cumplo religiosamente. Mi amigo escribió varias novelas. Y todas las novelas las ha escrito en este banco. Por eso leo en este banco. Escribió esas novelas los días festivos y fines de semanas. Mi amigo últimamente terminó como vagabundo, y escribía en este banco. Todo lo que escribía lo imaginaba desde este banco, era su banco predilecto. Mi amigo, ex-amante, murió de cáncer de pulmón.

- ¿Y qué escribía?

- No tiene título ni argumento. Escribía lo que pasaba en esos momentos. Los niños que juegan. Las parejas de enamorados abrazados y hablándose cariñosamente. Los gorriones. Los perros vagabundos y no vagabundos. Cosas así. Observaba a las personas y lo describía en sus cuadernos.

- Es un escritor raro, si no me equivoco.

- Un escritor raro y su escritura también. Todos los libros los he editado para mí. Soy una editora de escritores pocos conocidos. Sobre todo de escritores marginados. Su escritura es tan rara, que no tiene salida comercial. La edité para mí misma. Y yo soy su única lectora. Ves aquel olmo, pues bien, escribe: "el olmo está en su mismo sitio, ha variado un poco el color de su corteza". O el banco donde estamos sentados: "No se ha doblado demasiado, a pesar de mi peso físico, parece que no molesto a mi banco preferido". "Elijo este banco porque me da una especial manera de ver las cosas, es un lugar estratégico, observo muchas cosas desde este banco, pero mi presencia en este banco parece que deja rastro de suciedad".

- No lo veo tan raro. Hay muchos escritores que escriben así.

- Sí, pero no tienen hoy día salida comercial. ¿A quién carajo le importa la vida de un olmo, o que el banco no está demasiado doblado?, es para aburrir a las ostras.

- No todos somos ostras.

- Comercialmente, "muchos somos ostras", como dijo mi ex-amante. "Esta noche como ostra. Mañana también. Y pasado mañana. A la editora le gusta que coma ostra, pues yo como ostra". Fíjate lo que dice en esta página: "Hay un gorrión cojo, me ha mirado levemente, las hojas del olmo se mueven levemente, las hormigas han cambiado de trayecto para escalar la corteza del olmo x. Esta pareja de enamorados por lo visto no se lleva bien. Discuten. Se visten de mala manera, ayer se vistieron mejor. Hoy parece que no se miran. Hoy no viene el doberman. Mejor. Una vieja me da veinte duros. Y quiere que la describa literariamente. Accedí a su deseo, se puso un poco más contenta... Hace un poco de frío".

Y así continuamente, escribiendo esto y aquello, a la ligera. Ciertas pinceladas de lo que ocurre en este parque. ¿Te gusta la literatura?

- Sí, ¿Por qué?

- Dame tu dirección y te prestaré estos libros para que tú los leas. Te los mandaré por correo. Me los puedes devolver... te daré este número de teléfono para que quedemos y hablemos de lo que te ha parecido la escritura de mi ex-amante.

- Vale.

Le di mi dirección y ella me dio su número de teléfono.

- Bueno, me tengo que ir, he quedado con un escritor. Nos veremos. Me alegro de verte. Hasta otro día.

Varios días después recibí un acuse de recibo. Fui a recoger un paquete enorme. Había como unos quince libros. Del mismo escritor y sin título. Distinguía un libro del otro por la fecha en que fue escrito. En el primer libro pedía encarecidamente que se leyera sus escritos en el banco descrito "el banco que está cerca de una fuente, la más cercana a un olmo que tiene bastantes cicatrices en su corteza, el banco que tiene el respaldo más recto que los otros bancos, el banco donde sus cuatros patas se distinguen del resto, que se distingue de la fabricación en serie de los otros bancos. Más detalle... Pasado el arco de entrada del parque, recorra a la izquierda quinientos pasos justamente, ni más ni menos..." Bueno, yo supe donde estaba el banco, donde la editora siempre se sentaba los fines de semanas y los días festivos. "Una vez encontrado el banco, se leerán mis escritos los fines de semanas y los días festivos. Concéntrese en la escritura, no preste demasiado atención a nadie. Si alguien se sienta a su vera, y quiere saber por qué siempre se sienta en el mismo banco leyendo mis escritos... en principio muéstrese huraño y desagradable al otro, luego, si no es un hijo de puta, sea amable, y si le pregunta, contéstele..." No sé si es una manía de este escritor... Bueno, seguí su consejo. Leía los fines de semanas y días festivos. Y verdaderamente, cuántas verdades decía, y se comprendía su escritura absurda a partir del banco ese. Fue una experiencia inolvidable. El mundo exterior no existía. Existían sus pensamientos, sus vivencias, me trasladé a su mundo. Era mala literatura, pero luego se trocaba en una maravillosa literatura y comprendí profundamente la esencia de la vida. Cuando estaba por terminar de leer sus libros... se me acercó una chica a quien despertaba cierta curiosidad mi presencia en ese banco. Me preguntaba... En principio mostré un rostro huraño, de pocos amigos, pero cuando me di cuenta que era una chica muy agradable, y muy humana, cambié mi rostro mostrando un rostro más amable. Entablamos amistad. Le comenté todo. Más o menos lo que me explicó la editora y la experiencia que tuve con estas novelas del extraño escritor. Quedamos en una cafetería y le presté los escritos del extraño escritor. En cuanto a la editora, llamé por teléfono, quedamos en su apartamento, comentamos los libros en la cama de ella, compartimos una experiencia profunda "Ya te dije, los edité yo misma para mí misma, no tienen salidas comerciales, pero como has comprobado, circulan de boca a boca de modo extraño... Yo, como editora, adiviné el destino extraño de los libros de mi ex-amante".

"Difícilmente te podré devolver el libro, no me lo devuelven a mí, tengo noticias de que ha llegado a otras latitudes".

"No importa, habrá un giro contrario, ha ido en una dirección hasta un punto, y luego vuelve al origen"

Esas cosas raras pasan en la vida de uno.



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna