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Doña Eulalia

Eulalia de Zambrano bajó del taxi maldiciendo el mal tiempo que se anunciaba en el cielo. Con movimientos nerviosos intentó alisarse la cabellera: era toda una maraña empegostada con laca de mala calidad y un tinte cobrizo que en nada le ayudaba, pero que ella se empeñó en usar.

Procuró encontrar el mejor estilo para la esposa del secretario general, incluso obligando a su peluquera a examinar unas revistas que tenía su tía Martha desde los tiempos que Gardel estuvo en Caracas, pero que no perdían vigencia ni tenían que pasar de moda para complacer a los parisinos. Había limpiado bien sus gafas de gruesos vidrios y, que según la opinión de su marido, la hacían ver algo tonta. Su madre, al contrario, insistía en que resaltaban su inteligencia. Hace dos años hizo que se inscribiera en la universidad a estudiar Letras, "una carrera que no sirve para nada, pero que te dará categoría".

Se sentó en primera fila, del lado derecho, donde aposentaban sus nalgas los exquisitos. Alguna que otra vez levantó la mano cuando se discutía sobre la obra de un tal Homero. Lo hizo entre las risas de los demás y eso la molestó. A la cuarta vez que alzó su derecha, con mucha timidez, para preguntar sobre algo escrito por un muy mentado Cervantes, los dos compañeros más cercanos se rieron a carcajadas. Fue lo último. A partir de ese día no volvió a clases, llegó a casa y rompió un libro de un fulano Neruda. Ni siquiera lo había abierto.

Era una mujer alta, desproporcionada, de senos abombados y caderas tan anchas como llenas grasa. "Tienes que quitarte esos cauchitos" le había dicho un estilista que su esposo se empeñó en presentarle para que se pusiera en sus manos y que desde entonces se tropieza en reuniones, asambleas, parrilladas, sancochos y caminatas, como un secretario privado. A ella nunca le gustaron los maricones, menos esos que se vestían con el esmero de una dama de alta sociedad y arrugaban la nariz ante cualquier gesto, olor o palabra que no fuesen de su gusto.

Además, ¿por qué negarlo?, el secretario general venía de abajo, aunque pocos supieran que pasó dos años como aprendiz de reparador de bicicletas antes de meterse a la política. Se conocieron en esa época. Ella estudiaba quinto año, adonde había llegado a duras penas, entre pescozones, sobornos a profesores y prohibiciones.

Eulalia, doña Eulalia le decían desde una semana atrás cuando su esposo se ganó la secretaria general a fuerza de ser el mejor, llevaba terciada su cartera de cuero oscuro, comprada al día siguiente de lo que llamó el primer triunfo de su esposo, justo cuando fue electo concejal y tuvo un curul, y fue invitado a fiestas importantes. La cartera le llegaba hasta las rodillas. Estaba sucia porque "Micky", el perro de la casa, se la había arrastrado por todo el patio. Bastante le costó recuperarla y a falta de tiempo, porque la cena con el pre-candidato era a las nueve de la noche, ni siquiera la sacudió bien. La usaba desde hacía ocho años, habiendo sobrevivido a un periodo en oposición, tal como corresponde a la alternabilidad democrática, a dos campañas electorales con su esposo candidato a alcalde y luego a diputado, a tres detenciones por escándalo público (el whisky le cae mal y se faja a puños con cualquiera que hable mal de su marido), a tres campañas internas y a un carrerón, salto de tapias y susto inmenso al casi ser pescada por la policía en un garito clandestino.

No hacía caso a las puyas de Carmen de Milano, la esposa del Dr. Arturo Milano, diputado por el partido, cuando se refería a que nunca la iba a cambiar. Era su retahíla preferida tras cuatro copas de vino tinto que le soltaban la lengua. Doña Eulalia, a modo de respuesta, se reía del paraguas azafranado que la otra combinaba con unas gafas de montura escarlata y un abanico de multicolor que aseguraba había comprado en una tienda de artesanía toledana, cerca del Museo de El Prado, en su último viaje a Madrid.

Miró el reloj: eran las nueve y veinte minutos. Ya Julián Zambrano tendría un carón porque el pre-candidato pidió puntualidad para gozar de tiempo suficiente y poder reunirse luego con dos de los fundadores del partido, hacer una visita especial e irse al hotel con el propósito de volver a primera hora a Caracas donde le esperaban muchos compromisos. Y al secretario general no le gustaba que su esposa le hiciera quedar mal.

A ella no le agradaban las rabietas de Julián, aunque poco a poco se había acostumbrado a ellas, a lo mejor impulsada por los consejos de su madre quien le decía que debía aguantarle sus vainas al marido para que las cosas marcharan bien. En fin, en un momento dado concluyó en que su marido era como un adolescente con propensión a ser torturador y le gustaba verla sufrir un rato.

En ese momento a Eulalia de Zambrano se le corrió una media. Maldijo a viva voz, y sin pensarlo mucho se trepó en la pared de una pequeña jardinera que estaba frente al restaurante, que parecía moverse el ritmo de las olas, para revisar el tamaño del deterioro sufrido por la delicada prenda vestir. Vaya, era un desastre, tendría que entrar directo al baño de damas para quitárselas y sustituirlas con unas que llevaba de repuesto en la cartera. Mejor no, seguro que si su esposo la veía pasar se pondría de pie apresurado y echaría a andar su enorme corpachón hacia ella. Se lo imaginaba chupándose los dedos mantecosos por el aperitivo de la cena, mientras en la otra mano sostendría un vaso de whisky, con el cristal grasiento. Era una imagen poco edificante para un secretario general, así que mejor era no provocar esa situación. Total, en el cielo el mal tiempo comenzaba a disiparse con lentitud por lo que la amenaza de lluvia se alejaba. Podría ir a un lugar cercano, a orilla de mar, para resolver la situación.

Intentó alisarse el vestido azul, mal planchado por Regina, quien nunca aprendería a planchar bien, pues no pasaba de ser una tarada que un buen día le dejó la tía Martha en la casa "para que te haga los oficios más duros", pero lo único que hacía bien era fregar los corotos de la cocina.

Caminó durante cinco minutos en dirección al mar hasta que se dejó caer sobre un montón arenáceo, al lado de una trocha que llevaba a uno de esos nidos de amor que abundan en las playas. El sitio estaba abarrotado de botellas vacías, latas de refrescos, desperdicios, condones usados y trozos de metal. Apenas puso el trasero en la arena, unos petardos salieron expulsados de sus intestinos con una estridencia violenta que irrumpió en el runrún del mar.

Extrajo de su cartera las medias color carne, revisó que estuviesen bien y las alisó, antes de enrollarse el vestido hasta llevarlo a las caderas. Toda repantingada logró hacer el cambio de las prendas de vestir.

Se puso de pie y enderezó su cuerpo, se pasó las manos por las caderas, quiso poner un poco de orden en la revuelta cabellera. Miró al frente, como si estuviese delante de un inmenso espejo surgido de la oscuridad. A primera vista todo estaba en orden. El vestido con algo de arena dejada por las manos cuando se las pasó por las ancas. El pelo alborotado. Un tiro del sostén que se asomaba en el hombro. Lo demás bien, aunque un repaso más cuidadoso dejaba patente una barriga modelo bol, incongruente con la severidad de las muchachas que hacían cuñas para pantalones apretaditos o cremas adelgazantes. Su rostro de bulldog, con una nariz exuberante y afrutillada, completaban su figura.

Caminó de nuevo hacia el restaurante. Subió a una pequeña pendiente, mayor de lo que le había parecido cuando bajó. Respiró de golpe el aire con vaho a lluvia. Al cabo de unos seis minutos el rumor de la música comenzó a escucharse fuerte. Resoplaba, mientras bajo las axilas mal afeitadas, en el vestido, se formaban dos manchas de sudor. El tiempo de lluvia se levantaba a lo lejos para huir, y ya el calor se sentía más fuerte, casi insoportable. Por momentos tuvo la certeza de escuchar pasos a sus espaldas. Se detuvo para prestar oídos. Sí, eran pasos, entre apresurados y sigilosos. ¿Quién era? El instinto le decía que era un violador, que estaba allá, por ese lado, cerca de donde se escucha el oleaje. Al imprimirle más fuerza a sus piernas se enredó con un arbusto y fue a parar con sus 96 kilos al piso. Se sintió asustada, el violador podía ser un negro inmenso, babeante, criminal.

Tomó impulso para ponerse de pie. El esfuerzo fue grande, pero lo logró. Maldición, se había partido el largo tacón de una de sus zapatillas. Tendría que seguir descalza de un pie. Al dar dos pasos adelante un bulto oscuro le obstruyó el camino. De repente se encontró cara a cara con un hombre alto, forzudo, chaqueta de cuero, especie de antropoide que llevaba un pistolón en su mano derecha. El arma de fuego terminó apuntándole al pecho.

Eulalia de Zambrano levantó los brazos en señal de rendición y de pronto se vio rodeada por tres hombres más.

—¿Quién es? —preguntó el que estaba más lejos de ella.

—Una gorda loca, señor, el diputado Zambrano se va a reír de nosotros al saberlo, bien pendejos que somos al ponernos cómicos.

Escuchó un chasquido metálico antes de que los hombres se marcharan rumbo al restaurante dejándola sola en medio de la oscuridad. Una vez recuperada de la mezcla de sorpresa y miedo que la había semiparalizado, emprendió otra vez su camino.

Resoplando llegó hasta la puerta del restaurante y entró como una tolvanera, dispuesta a poner a aquellos cretinos en su sitio. Apenas estuvo en el centro del local vio hacia una esquina. Su esposo, el secretario general, los cuatro pendejos que la abordaron afuera y el estilista maricón se reían a carcajadas.

Repentinamente, podía jurarlo, creyó que alguien hacía el ridículo.




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