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El descubrimiento de América

Cuando la mujer encontró al maestro Marcano parado en la puerta del teatro el día del estreno de Edipo, metido en un traje gris, corbata negra y una camisa blanquísima, bien almidonada, entendió que aquella tembladera, aquel pálpito en el corazón, aquella inmadura comezón en su entrepierna cuando escuchaba la voz ronca refutando libros de historia y lo veía de espaldas al pizarrón, al lado del escritorio de un plomizo atristado, y advertía algo mágico que le traía la figura de Marcello Mastroianni en persona, era el nacimiento de una sensación imborrable, perenne, que le hacía bullir la sangre.

Estaba allí, semicanoso, entre cuarenticinco y cuarentiocho, serio e imperturbable, a quince años de haberle enseñado el valor del Padre de la Patria, la fuerza de los símbolos patrios y la importancia de las luchas independentistas, adornando sus lecciones con aquellas manos blancas, dedillo largos y uñas bien cuidadas, las yemas de los dedos manchadas por el cigarrillo, manos con las que, supo, coleccionaba caracoles, conchitas de mar y piedrecillas arrastradas por las olas.

Años después tuvo algo, como una certeza, como otro presagio, cuando fue al cine Paraguachí sólo para verlo a él, al maestro Marcano como Marcelo Mastroianni en La dolce vita de Fellini. Y la mujer se sintió Anita Ekberg, rubia y despampanante, enamoradiza y húmeda, porque el maestro estaba allí, de celuloide o real, cerca de ella, atarantando sus sentidos, alborotando sus empapamientos, ensoñándola con un susurro que le recitaba poemas. Quiso estar en la pantalla, ansiando que dos manos varoniles tocaran sus facciones y bajaran a los senos. Deseando que una voz masculina, cálida, sin retóricas, con el frescor de la poesía amorosa le fuese diciendo cosas hasta tenderla en un lecho de sábanas blancas y tibias.

Lo de la puerta del teatro fue la confirmación de las penumbras de aquella sala de cine. Él entre cuarenticinco y cuarentiocho años, ella de veinticinco, virgen aún, a veces en la decadencia del esplendor, marchitándose lentamente, temerosa de ir a parar en un catre viejo sólo por desespero o soledad o ambas cosas juntas, a veces sintiéndose divina, hermosa y sensual, asediada por jóvenes caballeros que la galanteaban para llevarla al altar de blanco, como manda la ley de Dios. Él altanero y arrogante, como lo supo en la puerta de la escuela, cerca de la mata de almendrón, viéndolas pasar como ovejitas en busca del carril. Dispuesto a enseñarles tantas lecciones aprendidas por él en libros gruesos, de duras tapas negras, bajo la luz de una pequeña lámpara rodeada de insectos nocturnos que zumbaban sin parar. Recto como un poste, llevando en la faltriquera unos poemas sin título, dedicados a alguna dama que ninguna de ellas llegó a ver jamás, ni siquiera a saber su nombre, y de quien sólo tuvieron una referencia cercana el día que fue a clases con una corbata de seda italiana y les habló como un alto académico mientras recitaba poemas inconclusos con una voz melosa.

-Hoy es mi día -fue lo único que dijo para referirse a tales extravagancias en aquella clase de historia a las tres de la tarde.

Y ellas, curiosas y llenas de celo, se imaginaron que él las acomodaba en posiciones de revistas porno, las acariciaba como suponían sólo él sabía hacerlo, explorando cada pedazo de sus cuerpos y descubriendo zonas de placer, preguntándoles todo sobre sus vidas hasta conocer cada uno de sus secretos, de sus debilidades, de sus deseos, de sus fantasías.

América, hija de un enlatador de sardinas que le decretó la pureza hasta que encontrara un hombre de trabajo para el matrimonio, criada dentro de los más estrictos principios cristianos, defensora de su virginidad como último vestigio de decencia, la que se opuso a que malos y calenturientos pensamientos divagaran en las fantasías primaverales de su adolescencia para no caer en pecado, se vio deslumbrante, capaz de envolverse en una parafernalia burdelesca, vestida de oscuro, descotada, a lo cabaretera de lujo, dispuesta a aproximarse a él, toda insinuante, para tocarle la cabeza mientras le mostrando la arrogancia de sus senos a punto de dispararse sobre las varoniles manos. Sorbiendo su aliento, dejando que el olfato masculino se tentara con su emanación de efluvios íntimos en mezcla con el perfume francés adquirido en una boutique del Puerto Libre.

Y lo percibió a él, al maestro Marcano, cercano, casi encima, en un crujir de manos y dedos, ebrios y desvergonzados, los ojos como bebiéndose su cuerpo. Ella quiso ser la depositaria de aquellos poemas, la razón de la corbata de seda italiana, la hora pautada para una cita nocturna.

Fue cuando él la vió. El maestro Marcano apretaba en programa de mano entre sus dedos, mostraba en sus ojos una lección repetida mil veces. La puerta del teatro atrás, con una portera uniformada tomando los boletos, el espacio abierto para que ambos entraran empapados de amor, tan profundo y desgarrador sentimiento como el de Edipo por Yocasta. Pero ella no se arrancaría los ojos, no sería parte de la tragedia de Sófocles. Su mundo sería otro.

Lo confirmaba el maestro Marcano al acercársele. Llevaba en sus manos el descubrimiento de América, mientras ella, la otra América, se dormía por dentro porque se advirtió en una desnudez lampiña, ingenua, intocable, descubierta en sus pasiones y en su mirada de niña enamorada de un sueño.



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