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Ponme tanta maba de renículas turquesas

-Perdone, ¿Sabe cuánto cuestan estas renículas?

-¿Cuáles, las violáceas?

-Eh... No, las otras, las que tiran más a turquesa.

-Pues mire, no lo sé, vaya a preguntar a la chica que está atendiendo allí.

-Ah, bueno... Oiga, por saberlo, y las violáceas, ¿Qué cuestan las violáceas?

-No lo sé tampoco, la chica de allí se lo dice señora.

-Sí, gracias.

La señora se aproxima al mostrador de la chica que antes estaba allí y ahora esta aquí.

-Oye bonita, las renículas esas de allí, las turquesas, cuánto valen, ¿Sabes?

-Las renículas... Sí pues... Espere un momento... ¡¡¡Oyeee Crtzaaaa!!!, ¡¡¡A cuánto estaban las renículaaaas!!!, ¡¡¡¿¿¿Seguroooo???!!!, ¡¡¡Las turquesas te digo, no las otras!!!, las turquesas me había dicho usted, ¿No señora?

-Sí, maja, esas.

-¡¡¡¿¿¿Las turquesas seguro que valen esoooo???!!!, ¡¡¡Sí, vale, vale!!!!. Pues mire, son catapon y pons.

-Huy, pues ha subido desde el otro día que estaban a catapon y pins.

-Pues ya ve.

-Bueno pues ponme tanta maba.

-Pues es que ahora nos las traen de otro sitio más activas, estas van mejor, ya verá.

-Ah... Ya... Huy, para, para, no me eches más que luego no se me acaban y se me ponen pachuchas.

-Tanta maba me había dicho, ¿No?

-Bueno, pero déjalo así, así mismo está bien.

La señora llega a casa cansada. Mecánicamente abre la puerta del frigorífico y pica algo de lata. Luego se calza las zapatillas de felpa rosa con un pompón blanco. Abre el cajón de los cubiertos y escoge una aguja abortiva. Se da cuenta de que tiene que fregar las demás y resopla resignada, la cocina sin barrer y sin recoger. Sube las escaleras y se dirige al cuarto de los niños. Hace un repaso visual rápido y luego consulta el ordenador. Cuatro embriones son defectuosos, justo, los que ella había pensado, el pon, el bam, el pon - tan y el pun. Imprime la hoja con los desperfectos para enviar el informe al banco. Baja otra vez a la cocina. Pone en marcha la batidora, mezcla un vaso de agua con una renícula turquesa. Lo deja reposar, coge una bolsa de basura y vuelve a subir al cuarto de los niños a abortar a los cuatro defectuosos. Tira los embriones a la bolsa de basura y baja otra vez a la cocina a dejar la bolsa en el cubo y ver si está lista la preparación. Parece que empieza a moverse, le falta un rato. Mientras, friega las agujas abortivas y va a ducharse al baño. Se seca y sale desnuda para no mancharse la ropa con la renícula, que es difícil de lavar después. Casi se le pasa el tiempo, la mezcla se está agitando endiabladamente y está a punto de romper el cristal. Se echa en la cama de la habitación, y lentamente, vertiendo el contenido del vaso entre las mamas, el organismo instantáneo va reptando como un caracol hasta instalarse en los genitales. La chica de la tienda tenía razón, esta renícula es más activa, se siente embriagada de un placer de óptima calidad e intensidad. Cuando la mezcla ha sido absorbida por el cuerpo se incorpora sintiendo todavía las últimas caricias del climax. Va al baño a por unos pocos envases. Enseguida empieza a sentir como los niños quieren salir al mundo, ¡Vaya!, ha parido pont y bim, no tiene bastantes envases así que deja los embriones que sobran en el suelo y ya los tirará después. Deja los nuevos embriones envasados en la sala de los niños y se va a la cama. Mañana vendrán a recoger los ejemplares seleccionados los del banco, así que se pone una crema extensora de noche para estar guapa. Siempre prefiere hacérselo con los burócratas, que le parece más natural. Espera que esta vez le pagen bien porque ha hecho un buen trabajo; los especimenes de esta semana tienen una pinta estupenda, no como los que compra ella de lata. Si le llega el salario se permitirá el capricho de probar la renícula violácea que le han dicho que le va a hacer suicidarse de gusto. Bosteza y se duerme.



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