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El desocupado

Prensado. Esa era la sensación que tenía dentro del colectivo, saturado de gente y olores. Viajaba hacia el centro. El traje, que había soportado una nueva visita a la tintorería y que lucía bastante bien, terminó siendo un trapo arrugado. Detestaba mi aspecto.

Bajé del vehículo con el diario bajo el brazo. Enseguida encontré la fila con muchas personas.

No había duda, era ahí. Ni siquiera pregunté. Imaginé que nadie tendría voluntad de contestarme. Era un grupo de seres que parecían hilvanados. Algunos tenían consigo el periódico doblado. Otros en cambio estaban aferrados a un reducido papel, donde había algunas direcciones y datos escritos a mano.

Todos buscaban trabajo. La gente que esperaba, no tenía mejor aspecto que el mío. Esta situación, lejos de consolarme, me hacía sentir más miserable y vulgarmente mimetizado con la misma necesidad.

Con lentitud me puse al final de la cola. Habían pasado pocos minutos y ya estaba fastidiado. Miré el bar de la vereda de enfrente y crucé la calle, sin pensar por un momento que podía perder el lugar y que si esto ocurría, finalmente, no representaba una preocupación, por lo menos por hoy. Pedí un café y con tranquilidad comencé a leer las noticias del día. Muy temprano, yo había privilegiado la lectura de los clasificados. Lo hice con lentitud. Estuve un par de horas.

Hacia el cuarto café, la cantidad de personas que estaban esperando quedó reducida a dos. Pagué el servicio y me dirigí al lugar. Había entrado el último y rápidamente sería llamado.

El individuo que salió tenía buena cara. Se lo veía fatigado pero distendido. Seguramente pensaba que había encontrado su oportunidad.

Ingresé a la oficina de entrevistas. Detrás del escritorio un hombre con anteojos me invitó a sentarme, cosa que hice, mientras él tomaba una lapicera y un formulario para completar datos. Me miró por unos instantes y me dijo: ¿empezamos? Le respondí que no. Me puse de pie lentamente, meditando cada movimiento y sin quitarle la vista.

A continuación estiré la mano para tomar el formulario (que estaba destinado a registrar la información que sirviese para mi calificación) para romperlo en varios pedazos, mientras le decía: No gaste su tiempo, creo que no tengo chance. Vi demasiada gente afuera y seguramente habrá muchos que tienen mejor oportunidad. Terminado esto arrojé el diario en un cesto, que estaba casi lleno, de los mismos formularios estrujados que este señor pretendía llenar con mis datos. Le dije que prefería evitar el mismo destino.

Ni siquiera le tendí la mano y me dirigí hacia la puerta. Casi saliendo escucho que me dice:

- Espere... No se retire que tengo que hablarle. Pertenezco a la Secretaría de Bienestar y Trabajo.

Las autoridades están preocupadas por los índices de desocupación. Nuestra popularidad está perdiendo niveles y eso no es bueno frente a la proximidad de las elecciones que ocurrirán en un par de meses.

Estamos buscando...

Lo interrumpí para decirle: "Personas con iniciativa de todos los niveles, capaces de crecer con nosotros en este nuevo emprendimiento multinacional de ejecución inmediata...."

Sin dejarme continuar y como si no hubiese escuchado mis palabras siguió:

- Estamos buscando un escéptico, un indiferente. Usted parece una de esas personas.

Para que entienda le diré que las mediciones del mercado indican un crecimiento importante de la desocupación. Largas colas de gente buscando empleo. Pocos avisos de demanda en los periódicos. La prensa ha empezado a castigarnos con este tema y sabemos que el precio político, si no tomamos rápida intervención, será muy alto.

Avisos como el que leyó, ocuparán varias columnas en poco tiempo. Habilitaremos muchas oficinas para atomizar la gente y distribuirla para que las colas sean más chicas. Las personas que entrevisten a los postulantes le dirán: "solamente hemos podido cubrir el veinticinco por ciento de nuestra necesidad de personal. El ingreso a una de las filiales de nuestra empresa se concretará seguramente en poco tiempo. Por esta razón, es importante que durante los próximos catorce días, permanezca en su casa. Una de nuestras asesoras de programa ejecutivo tomará contacto con usted para buscar su perfil de trabajo, pretendiendo ubicarlo en el lugar que resulte más útil y en el que se encuentre cómodo para aprovechar todas sus posibilidades".

Como verá, es una forma práctica de inmovilizar por un tiempo a muchas personas, que por dos semanas no buscarán trabajo. Nuestra oficina de prensa se ocupará de mostrar esto. Más adelante inventaremos otra cosa, como ser miniemprendimientos domésticos de producción, donde la gente deberá esperar que una camioneta entregue el material de trabajo en su domicilio, para que lo procesen domésticamente. En fin, tenemos varias ideas que estamos analizando.

- Me parece abominable y perverso, le dije. Sin importarle mi opinión continuó:

- Nosotros pretendemos vender una ilusión. La gente la compra y gratis. La ilusión no tiene precio. Es mejor que la expectativa de un salario flaco. Habilita fantasías, genera proyectos de futuro. Tenemos todo estudiado. Los desocupados se siente mejor con esta falsa oportunidad y logramos que renuncien temporariamente a la realidad de su fracaso.

No creo que yo pueda servir para esto, le dije. Conservo a pesar de mi necesidad, ciertos principios. No podría participar de ese absurdo proyecto. Me sentiría un estafador de esperanzas, un delincuente. Todo esto me parece una locura.

Seguía sin escucharme. Tomó sus pertenencias y saliendo hacia la calle me dijo:

- La gente viene muy temprano. Es probable que cuando llegue haya varias personas. Eso no lo tiene que incomodar. Lo verán como el instrumento que puede resolver sus problemas, una suerte de mesías. Se sentirá muy importante frente a ellos. No permita en las entrevistas que las respuestas se extiendan más allá de lo necesario. No sea demasiado cortés, algunos desconfían. Mantenga un perfil sobrio, eso los tranquiliza. No exagere el proyecto empresario ni la oportunidad laboral.

Sacó de su bolsillo un sobre. Me dijo que adentro había una tarjeta magnetizada para usar en los cajeros automáticos y las llaves de esa oficina. Mi código personal de acceso estaba escrito en el sobre. Tenía habilitado un retiro inicial para mejorar mi aspecto y el salario estaría acreditado el último día hábil del mes. Me aseguró que la suma era importante. En la pantalla de la máquina iba a encontrar algunos mensajes o nuevas instrucciones y me dijo también que no le interesaban mis datos personales. Se despidió asegurándome que salvo casualidad, no lo volvería a ver. Me quedé parado mientras él se iba, probablemente, a ningún lugar.

Con mirada extraviada observé la calle. La gente iba y venía atendiendo sus ocupaciones. Miré el sobre y lo metí en el bolsillo interior del saco. Desconcertado, caminé sin rumbo hasta encontrar un cajero. Después de todo, mañana empezaba a trabajar...



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