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Theobroma (La última sonata de Beethoven)

A Ilian Arsof

"El descubrimiento de un nuevo manjar
contribuye más a la felicidad del género humano
que el descubrimiento de una estrella"
Anthelme Brillat-Savarin

I.

Las personas que acompañaron a Beethoven en su lecho de muerte, dicen que falleció a causa de una extraña enfermedad. Pero eso es falso. Sólo yo sé la verdad: Beethoven murió de amor. Tal vez deba decir: yo maté a Beethoven. Lo despojé de lo que más amaba en el mundo; un acto mío bastó para coronar la vida de sufrimiento del genio sordo. Terminé con su pasión. Lo privé de una muerte dulce.

No pretendo disculparme, pues sé que la esencia de mi espíritu está tranquila. Soy culpable, pero no actué con alevosía. Podrían llegar a pensar que soy un monstruo, pero tengo un argumento irrebatible: yo también lo hice por amor. Dulce et decorum est pro amor mori.

 

II.

Intentar describir cada instante, cada manifestación de plenitud, ha sido en vano. Cada recuerdo sigue la ruta del chocolate que se derrite en el tiempo. En ocasiones creo advertirte, Amalia Seebald, siento tus labios recorrer mis hombros. Nada quedará de ti después de esta barra, del sabor suave y blanco que tu lengua idolatraba. Mezclo ingredientes para compensar tu ausencia, lastimo mis manos para activar las máquinas que producen el dulce de chocolate, por cuyo sabor desfallecías.

Amalia Seebald. La única mujer que amé. ¿Por qué tuviste que enamorarte de Beethoven?, ¿cómo competir, siendo químico, contra un genio? Nunca lo odié. Nunca he menospreciado la belleza. De nada sirvió trabajar en Steinhude, sede de la primera chocolatería instalada en Alemania. De nada sirvió haber perfeccionado las técnicas de Callier y lograr que mi nombre, Conrad van Houten, fuera reconocido, porque cuando mis dedos llegaron a rozar tu espalda, cerrabas los ojos y decías: Ludwig.

Mientras Beethoven daba vida a la "Missa solemnis", yo había logrado extraer de los granos de cacao, a través de prensas mecánicas, manteca vegetal a la que adicionaba azúcar. Inventé la primera barra de chocolate. La creación del siglo. Lo hice por ti, Amalia, a pesar de que dirigías todo interés al fenómeno sordo. Amalia de ojos infinitos, Amalia de sonrisa clara, Amalia de origen divino, Amalia de luna, Amalia de sol.

Nos conocimos durante un concierto del artista vienés. No olvidaré esa forma en que mirabas a Beethoven. Envidié furiosamente cada parpadeo. Esa noche juré por la textura de tu piel, que inventaría el chocolate perfecto. Mi desvelo, una profunda dedicación y el honor de pertenecer a la familia van Houten, fueron testigos de la creación del dulce por el cual Dios hubiera cedido su reino a las tinieblas. En mis manos tenía un elemento extraordinario, de consistencia perfecta, afrodisiaco letal, theobroma, le llamó Plinio, "alimento de los dioses". Varios fueron los que se rindieron ante su poder: Stendhal, Voltaire, Goethe. No fuiste la excepción, Amalia Seebald. Después del concierto, todos mis pensamientos estuvieron dedicados a la hermosura. Mediante sobornos conseguí la dirección del lugar donde habitabas y te envié una barra de chocolate. Algunas personas allegadas a ti rumoreaban que después de probar mi invento, no fuiste la misma. Buscaste con desesperación al creador de aquella pequeña joya. Entonces me hice visible, materialicé las fantasías.

De forma epistolar concertamos una cita. Yo llevaría como distintivo otra barra de chocolate; tú, una rosa blanca en el vestido. Nos encontramos en un restaurante, llegué primero, aparté la mesa. Cuando apareciste, parecías flotar sobre una nube. Esperé descubrir en tus pupilas las mismas miradas que dedicaras a Beethoven, pero sólo alcancé a reconocer un atisbo de codicia. Durante nuestra reunión enfocaste el apetito hacia el chocolate; como casi no hablabas, me vi obligado a narrar, paso a paso, todas mis investigaciones sobre el cacao. De pronto, el chocolate pareció surtir efecto: me besaste de una manera indescriptible. Esto sólo fue el preámbulo de una noche que cambiaría nuestras vidas.

 

III.

Noche cálida de pasión, de escalofrío. Probé tu piel como el más exquisito de los chocolates: territorio de durazno recorrido por mi lengua, por las callosidades de mis manos. Logré ocultarme tras las dunas de la única espalda que conservaré en la memoria; mis retinas grabarán, hasta el Juicio Final, la perfecta arquitectura de tus piernas. Almíbar en movimiento. Tiernos rasguños en el vientre. Laberintos de cabello. Senos como manjares inéditos. Una habitación impregnada de cacao. Ventanas que reflejaban susurros. Cosas que cambian de nombre: miel llamada euforia, saliva convertida en vino, almendras de sudor. Devorar el fuego, la tierra que, bajo los pies, se abre. Venerar al reloj que se detiene. Luna que escarcha cuerpos entrelazados. Mirabile visu. Ex ungue leonem. Receta exacta para el amor. Y sin embargo, cuando busqué en tus ojos el tan ansiado destello de éxtasis, no encontré más que residuos de gozo, hogueras insípidas, abismos de sal, sonrisas de polvo.

En aquel instante me convencí de que las personas amargadas necesitan alimentarse de sustancias dulces para poder sobrevivir. Amalia, siempre recordaré tu cuerpo de sabor inigualable. Tú, en cambio, agradecerás únicamente el sabor del chocolate. Sin desearlo, había hallado un sustituto para el amor.

 

IV.

Después de aquella noche todo fue silencio. Por primera vez comprendí lo que significa estar sordo. Regresaste con Beethoven, quien correspondía a tus atenciones. Te busqué como quien ha perdido diez años de vida. Cerraste todas puertas que daban a tu alma. Te aferraste al músico. Saliste con él. Me torturaste porque sabías que te espiaba de forma flagrante. Aún así construiste un muro, me cerraste el paso y yo, un van Houten enamorado, no podía permitirlo. Por eso te secuestré, quería tenerte a mi lado. Una noche contigo bastó para darme cuenta que el resto de mi existencia estaría maldita sin ti. Te llevé a mi casa, a mi laboratorio. Estabas aterrada, traté de tranquilizarte enseñándote las máquinas que producían aquello que alguna vez te hizo dichosa: el chocolate.

En el momento en que nacía una barra para ti, trataste de escapar. Nunca quise perderte, inclusive llegué a la conclusión de que sólo me pertenecerías si lograba encontrar la forma de fusionarnos, ser uno.

Nunca quise lastimarte. Pero luchaste tanto que mis manos tuvieron que aplacar las lágrimas de miel, apretando tu cuello con firmeza. Curiosamente, la muerte te regaló un semblante cándido. Con cuidado te deposité sobre la prensa, accioné unas palancas, agregué cacao, un poco de azúcar y esperé a que surgieras transformada, en calma. Como Ave Fénix. Cada recuerdo sigue la ruta del chocolate que se derrite en el tiempo.

Años más tarde sabría que la única carta de amor que se conoce de Beethoven, apareció en el rincón secreto de un escritorio. También sabría que después de escribirla, decidió jamás entregarla. Estaba dirigida a ti, Amalia Seebald. Ludwig quería casarse contigo; para proponértelo, concertó una cita a la que nunca llegaste. Ese día, Beethoven comenzó a morir.

En ocasiones creo advertirte, Amalia Seebald, siento tus labios recorrer mis hombros. Nada quedará de ti después de esta barra, del sabor suave y blanco que tu lengua idolatraba.

 



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