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El extraño

« En el segundo al que me referiré una pequeña gaviota giró levemente la cabeza hacia poniente, en ese giro de pescuezo tan característico de las aves, que les hace parecer un poco seres carente de cualquier articulación. Respiró acompasadamente con las frías ráfagas de aire que dislocaban el cielo una y otra vez, y esperó a que el viento le fuera propicio para comenzar su vuelo.

Como ya conocerán todos ustedes, la teoría del caos postula que los factores condicionantes y/o desencadenantes de los acontecimientos, independientemente de su importancia en un contexto global, son tan arbitrários como el giro lento y perfectamente medido del pescuezo de una gaviota sobre la cubierta de la biblioteca municipal de la ciudad en la que nos hallamos. Y, siguiendo con esta argumentación, puede afirmarse que la única responsable de la muerte de Mark Levin es la mencionada gaviota. Mi ayudante les pasará ahora una foto de la gaviota en cuestión, tomada dos minutos después del movimiento desencadenante de la fatalidad.

Señoría, desearía presentar esta foto como prueba número A.

Bien. Centrémonos una vez más en el movimiento de la gaviota, y de los hechos inmediatamente ulteriores. Pero antes desearía hacer un inciso. Las gaviotas tienen "el tronco grácil y esbelto, las alas largas y puntiagudas y la cola variablemente desarrollada. Los tarsos son cortos y fuertes, y los pies poseen cuatro dedos"

Esta información nos valdrá para analizar el momento en que el señor Gabriel Murillo, de 35 años de edad y nacido en Madrid, se fijó, a las 10.35 del día 1 de agosto de 1999 (el mismo día en que tendría que aproximarse al hospital para recibir su última paga), en la única gaviota posada en el tejado a dos aguas de la biblioteca municipal; en su corto movimiento de pescuezo. Y es que como verán en la ampliación fotográfica de la prueba A, la gaviota poseía, no cuatro, sino cinco dedos en la pata izquierda.

Este hecho provocó que el señor Murillo soltara un leve gemido cansado, equivalente a un "jo", intercalado con una mirada lejana y abstraída. Como resultado de este estado anímico y emocional motivado por el quinto e inexplicable dedo de la paloma, el señor Murillo dio lugar inesperadamente al abrupto frenazo del coche que estaba a punto de sumergirse en el tráfico de la calle Echegaray, atropellándolo en su camino. Pero como sabemos, esto jamás llego a suceder.

Mientras el señor Murillo recomponía su barniz de ciudadano responsable y valuarte de la más elogiable ecuanimidad y tranquilidad; esto es, se reponía del susto, el propietario del coche gris oliva y "con el morro ligeramente ovalado y un símbolo como una fuente en la parte delantera" sufría un primer infarto.

A estas alturas es evidente que el segundo desencadenante quedaba lejos, al menos si deseamos aplicar un registro mínimamente histórico del tiempo. Empero, como muy bien sabemos, el tiempo no es más que una entelequia, un presupuesto, una convención. Y así no podemos afirmar que en realidad ese segundo no fuera todos los segundos, como no podemos afirmar que ese segundo tuviera realmente lugar. Si consideramos que el pasado es una recreación mental, y que el futuro es una prospección igualmente mental, es evidente que lo único que queda es el presente. Pero el presente... Bueno, es algo que siempre se nos escapa, ¿verdad? (sonríe, y con él el jurado)

Margarita Delgado llegó un minuto después al lugar en el que agonizaba escandalosamente -en su segundo ataque ya fatal- el conductor del coche gris oliva y "con el morro ligeramente ovalado". La señorita Delgado, de 25 años de edad y a punto de graduarse en la carrera de Periodismo, sacó de su pequeña mochila de cuero negro sintético y con bordados rojos, una grabadora portátil. Gracias a ella hoy podemos conocer las últimas palabras del hombre que aún, por expreso deseo de la familia, permanece en el anonimato. Ahora oiremos dicha grabación, que presentamos como prueba B:

"Mi corazoooooooón... "

Al valor ya de por si notable, por lo que de exclusiva tiene, de recoger el último momento de vida de un ser humano, debemos unir la increíble carga emocional que conlleva. No en vano, la señorita Delgado no pudo evitar, mientras se alejaba, pensar involuntariamente en el hombre que acababa de fallecer, y romper en breves y sinceras lágrimas que como diamantes líquidos resbalaron por sus mejillas ligeramente ruborizadas, cayendo posteriormente al suelo.

Nadie desconoce el conflicto existente entre una lágrima vertida en público y una personalidad tímida. Así, después del mal trago pasado tras asistir a la muerte del anónimo, efecto de un paso a destiempo del señor Murillo, efecto de la inoportuna aparición de una gaviota distinta a las demás gaviotas por el mero hecho de serlo (concedámosle por lo menos ese derecho); la señorita Delgado caminó aturdida hasta su casa, recomponiendo los pedazos de su colpasada y contradictoria personalidad.

En un arrebato de sinceridad, escribió una franca carta a su tía, la condesa de Maldonado, contándole todo lo acaecido, y buscando en su más sabio proceder alguna cura de tipo catártico, pues necesitaba salir de un serio bache espiritual. La carta jamás llegó a manos de la condesa, pero sí la tuvo en algún momento de la tarde de ese 1 de agosto el funcionario de correos, sección local, Mariano Márquez, apodado en el trabajo como "M&Ms" (léase "emanems")

Quienes conocían a Mariano sabían -creían saber- que él jamás se quedaría con una carta, pero éste guardaba para sí la curiosa afición de quedarse con las cartas que fueran números primos, en una cuenta que comenzaba con el primer sobre que pasaba por sus manos a primera hora de la mañana de cada lunes. En una declaración posterior llegó a confesar que éste era el único modo de llegar hasta la hora del bocadillo sin haber caído en un estado de aburrimiento demasiado acentuado. Tal vez la conjunción de este nefasto hobby junto con el hecho de apodarse "M&Ms" -que como bien saben es una marca de dulces pequeños y de colores que han provocado incontables casos de caries y ha aumentado bruscamente la tasa de colesterol de la población infantil- diera lugar, no tan extrañamente, a que el señor Márquez optara aquella tarde por salir del trabajo sin ponerse el abrigo; aunque este punto aún no ha sido verificado totalmente.

Los estornudos comenzarían más tarde, y desembocaron en un terrible resfriado. Al llegar a casa -cerca de las 20.00-compartió ascensor con otros seis inquilinos del edificio, y todos ellos quedaron contagiados por los virus del señor Márquez, y más tarde contagiaron a sus respectivas familias. A las 21.00 del día 1 de agosto del presente año todos los vecinos del bloque A del 3 de la Plaza de España, estaban acatarrados.

En algún momento entre las 21.00 y las 21.15 un niño entraba en el edificio. Se había perdido. Recordaba vagas indicaciones -por parte de su madre- acerca de buscar a su tío en el 1º L del 3 de la Plaza de España. El portero, que recordó en ese instante momentos pretéritos y en primera persona de análogas características, sintió compasión por el niño (sí, aún hay gente así) y le ayudó a buscar a su tío. Lo que no podía sospechar el amable portero de ochenta y dos años y 10 dioptrías de miopía por ojo, es que el chiquillo se había perdido en gran medida por una incipiente meningitis que ya se dejaba entrever en unas cefaleas espaciadas y consistentes en una punzada -suave al principio, luego insoportable -que le ascendía desde la nuca. Meningitis que entró en su fase final cuando el muchacho recibió los virus de su tío constipado.

La meningitis es "una de las más graves enfermedades infecciosas, por ser las meninges las membranas protectoras del sistema nervioso central". Es decir, que esta enfermedad ataca directamente a las funciones cerebrales básicas, y ello explica sin duda los comentarios delirantes que el taxista que condujo al niño hasta el hospital recuerda haber oído de sus labios.

Llegamos ahora al punto clave de lo sucedido el 1 de agosto. Cuando el muchacho llegó al hospital clínico de Torrelavega, a las 22.08, fue trasladado rápidamente a urgencias, donde fue atendido por el doctor Levin. La cámara situada en el vestíbulo del hospital recoge la entrada de mi cliente unos escasos diez minutos después. Sin embargo, como he venido demostrando durante mi exposición, la interrelación entre la gaviota solitaria de cinco dedos en la pata izquierda situada en lo alto del tejado a dos aguas de la biblioteca municipal, y el fallecido doctor Levin, es mucho más fuerte que la existente entre Gabriel Murillo y el señor Levin.

No cabe duda de que, mientras le inmovilizaban y lograban que tirara aquella jeringuilla infectada al suelo, la intención de mi cliente era el seguir clavándole la aguja al doctor, como reacción por un despido improcedente; pero es indudable igualmente que el doctor Levin se encontraba para entonces en el primer estadio de la infección meningítica contraída del muchacho.

A veces la justicia no puede encontrar un culpable; y por mucho que queramos poder encontrar siempre un motivo para todas las cosas horribles que suceden, lo cierto es que no podemos. Somos lanzados a este mundo y en él somos expuestos a millones de millones de variables diferentes; y aunque algunos se aferran al libre albedrío para no pensar en la triste posibilidad del determinismo, no es posible hasta el momento afirmar que siempre exista una relación directa entre lo que deseamos y lo que conseguimos. Tampoco la había en el caso del acusado.

Las pruebas son concluyentes y merecen que ustedes las sopesen, y las tengan en cuenta. De ello depende la vida de un hombre inocente. Y la de una gaviota culpable. »



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