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Café con galletas

El hombre, callado, observaba cómo se hundían las galletas en su café, esperando que aquellos barquillos estuviesen tan profundos como a él le gustaban, antes de meter la cucharilla dentro de la taza. Era un tipo metódico. Una vez terminado su desayuno, se limpiaba tranquilamente la boca con una servilleta; entonces, con gesto embobado, acodado sobre la barra, controlaba el ir y venir de Molly, atareada en servir a los clientes. En semejante estado de paroxismo aguantaba quince minutos, tras los cuales, dejaba unas monedas sobre el mostrador y, sin decir nada, abandonaba el local. Ésa era la rutina diaria.

Supongo que debería continuar narrando esta pequeña historia, así sin más. Pero, antes de seguir hablando de nuestro hombre, debo explicar dos cosas: qué es Monk, y qué hacía un andaluz como yo en una ciudad como Amsterdam. La primera cuestión es importantísima, la segunda, carece de transcendencia, pero, aún así, quiero hacerlo. Si a alguien no le interesa, que deje de leer esta historia (para una vez que salgo en un relato...).

Yo tenía veintisiete años, ingeniero de Telecomuncaciones. Carecía de experiencia laboral cuando me propusieron un contrato de tres años en una empresa de gran prestigio. Para ello tendría que trasladarme a Amsterdam. En un principio, rechacé la oferta, pero, inesperadamente, mi relación con Susana se vino abajo y decidí aceptar. Estábamos pasando una racha inestable, aunque yo tenía esperanzas de que todo saldría bien. Luego ella decidió que... (¡Bueno! ¿Y qué hago aquí contando mi vida? He explicado ya los motivos por los que me encontraba en Holanda, ¿no? Pues entonces hablemos de Monk).

Monk era (supongo que aún es) un pintoresco local situado junto a la Central Station, la estación de trenes de Amsterdam, que me enamoró por su extravagancia y exotismo. En él podían darse ambientes diferentes: a primera hora de la mañana constituía un lugar de encuentro de vagabundos, funcionarios o trasnochadores, a media tarde se llenaba de señoronas que iban a charlar de sus cosas, y por la noche se convertía en café concierto con aires jazzísticos.

Entré allí de casualidad -mi oficina estaba muy cerca-. No me atrajo demasiado, pero, al no encontrar otra cafetería cercana, volví al día siguiente. Poco a poco mi opinión sobre él fue mejorando.

Lucía y Molly eran las camareras. Lucía era una asturiana que se había casado con un próspero empresario holandés. Pero el matrimonio le salió rana y tuvo que buscar un empleo. Al menos, eso fue lo que ella me contó. Le hizo ilusión que yo fuese español, algo que, supongo, propició que se confiara a mí sin recelos. Me gustó en cuanto la vi: rubia, ojos claros, labios carnosos, piernas escandalosas, joven (decía que tenía veinticuatro años, aunque yo juraría que le faltaba poco para los treinta). Intenté acordar una cita con ella, pero mis indirectas no provocaron el efecto deseado. Una mañana, mientras desayunaba, me presentó a su novio. Mi orgullo me impidió seguir atacándola. En contraposición a su hermosa jovialidad, Molly: holandesa, mediana edad, pechos grandes (en uno de ellos asomaba ligeramente el tatuaje de algo que podría ser una rosa), caderas desproporcionadas... una mujer digamos... metidita en carnes. Bueno, para los que como a mí les gusta ir al grano: estaba gorda como una foca. Pero tenía su punto: era todo un carácter. Me recordaba mucho a un sargento que tuve cuando hice la mili en Cartagena. Cada vez que entraba a desayunar, venía hacia mí con la taza de café en la mano y me decía con aires masculinos y un desastroso acento castellano: «Hola, español.» Me dejaba el cafetito en la barra y se iba. A esa hora de la mañana, el local solía estar casi vacío: ocho o diez personas, como mucho.

Yo definiría a los clientes (que casi siempre éramos los mismos) en tres tipos: uno, los que controlaban el hermoso cuerpo de Lucía de pies a cabeza, otro, el que hacía lo propio con Molly (me temo que nuestro hombre era el único) y, por último, el que se dedicaba a observar a dicho hombre: este servidor. No es que los demás no se fijaran en él, pero no lo hacían con la dedicación que yo le profesaba. ¿Qué tenía de diferente? Nada, y todo. Pero hay algo que le caracterizaba: siempre iba empaquetado en un abrigo gris, que no se quitaba ni siquiera en verano. Aparcaba su bicicleta junto a la puerta, desayunaba, y se volvía a ir. Teóricamente, era un mendigo. Pero yo me decía a mí mismo: «Cambiarse de ropa, no lo hace nunca, pero se afeita a diario, y siempre lleva el pelo ligeramente engominado.» No se despeinaba nunca, a pesar de que siempre se desplazaba en bici.; Me parecieron detalles inusuales para una persona de su condición. Él no se preocupaba por relacionarse con nadie. Le servían el café y sus galletas, que degustaba con parsimonia, observaba el baile de caderas de Molly, pagaba y se marchaba. Es lo que he dicho antes, ¿no? Pues no hay más. ¿Os ha pasado alguna vez que, en una ciudad desconocida para vosotros, veis casualmente a algún tipo anónimo, en varias ocasiones y lugares diferentes? Eso fue lo que me ocurrió a mí con este personaje. A pesar de que Amsterdam es grande, me choqué con él en un montón de sitios dispares entre sí. Y con su bici, claro. Eso me hizo interesarme por él. El hombre pasaría de los cuarenta, pero se le veía atlético. Tenía unos ojos azules muy pequeñitos y tristes, y una cara agrietada, posiblemente, debido al intenso frío holandés que azotaba su rostro mientras recorría las calles en bicicleta. Por más que lo intenté, no encontré a nadie que pudiese aportar la mínima información sobre su persona. «Es el hombre de la bici», me explicaban, dándose por satisfechos. Y a mí, el hecho de que en semejante urbe hubiera alguien capaz de mantener el anonimato me parecía digno de alabanza, aunque ese «alguien» no fuese más que un pobre mendigo. Pero jamás le vi acortar el paso de ningún transeúnte solicitando una limosna, ni escarbar entre los cubos de basura, ni beber alcohol, ni relacionarse con otros indigentes. A decir verdad, lo único que le vi hacer fue pasear en bici y mojar sus galletas en el café. Me sigue pareciendo meritorio que una persona que sólo llevaba a cabo semejantes actividades ejerciese semejante poder de seducción sobre mí. Recuerdo, con cierta vergüenza, sentir cierto desconsuelo como consecuencia de varias ausencias suyas a la hora del desayuno. Pregunté a Lucía por él y me dijo que, al parecer, había cambiado sus hábitos e iba media hora antes. ¿Os lo digo o no hace falta? Evidentemente, programé el despertador para que sonase media hora antes. No podía prescindir del espectáculo de contemplar al hombrecillo. Me sentaba en una esquina de la barra, desde donde divisaba todos sus gestos y miradas, y jugaba a adivinar qué estaría pensando en ese momento. Entre los habituales del bar corrían rumores de que era un médico echado a perder a raíz de una operación a vida o muerte en la que no pudo salvar a su propio hijo. Otros decían que era un científico que habían expulsado de la profesión por descubrir algo demasiado peligroso para los intereses del Gobierno; otros, que era un terrorista arrepentido... Yo pienso que era todo eso y mucho más. Al no tener identidad, podría ser cualquier persona que nosotros le adjudicáramos. A veces en mi oficina, sin saber por qué, me paraba a pensar dónde habría nacido, quiénes serían sus padres, si habría estado alguna vez casado. Pensamientos que no dedicaba a una mujer, se los prestaba a él. Curioso, ¿no? Así soy yo, y así era él.

El único problema, por llamarlo de alguna manera, radicó en que la historia (por llamarla también de alguna manera) se había estancado. Ya le había echado horas y horas de imaginación al asunto, y empezaba a perder interés en "mi querido amigo". Pero una mañana de tantas en que entré en Monk, me encuentro dentro de la barra a Lucía y a un chico de unos dieciocho años, del que no tenía la menor referencia. Lucía me explicó que habían operado a Molly por un problema de menisco en una rodilla; tendría que pasar un periodo de rehabilitación antes de volver a trabajar. El chico resultó ser el hijo del jefe. La anécdota es que nuestro hombrecillo, al ver que Molly no estaba en la barra, decidió sentarse a una mesa (insólito en él) sin pedir nada para desayunar. Simplemente, se entretenía mirando por la ventana, contemplando la lluvia. Como él no hablaba con nadie, no pudo averiguar cuáles habían sido los motivos que habían apartado a Molly de su trabajo. Deduje que ese cambio de hábito y la ausencia de nuestra fogosa camarera obedecían a una mera coincidencia. Al día siguiente, comprobé qué equivocado estaba. El tipo seguía mirando por la ventana y, cada cierto tiempo, se giraba en dirección a la barra, como si esperase a alguien. Tampoco ese día tomó nada, ni al siguiente, ni al otro. ¿Sería aquello una original declaración de amor, o más bien una acción de protesta hacia el local? Además, me comentó Lucía que ya no se iba de allí en toda la mañana, e incluso había permanecido en su mesa alguna que otra tarde hasta que daba la hora de cerrar. Supongo que últimamente estaba más triste de lo habitual, aunque en personas tan poco comunicativas es difícil de asegurar. Lo que sí puedo asegurar es que, a los veinte días desde que tales cambios acontecieron, Rompehuesos Molly volvió al trabajo. Entré y la vi en su cotidiano puesto de trabajo, y a nuestro hombrecillo en la barra, cómo no, hundiendo sus galletas en el café, tan entregado como siempre. He de reconocer que al observarle me venía a la mente la escena de un crío chico al que, después de una rabieta increíble, le devuelven su juguete. Por descontado, estaba en su derecho a comportarse como quisiera. Lo más insólito aconteció cuando el hombre, después de pagar a Molly, pronunció las primeras palabras que pudimos jamás escuchar de su boca. Él se encontraba en el medio de la barra, y los que estaban a su izquierda giraron lentamente sus cabezas para mirarle. Por supuesto, los que nos encontrábamos a la derecha, hicimos lo propio. ¿Qué le dijo? Pues le pidió una cita para esa misma noche. Se lo dijo en inglés, que es la segunda lengua que se utiliza en Holanda. Lo oí perfectamente. No hay error posible. Hablo el inglés desde que tenía ocho años, pues mi niñera era inglesa. No sólo eso: lo estudié en el colegio, he pasado cortas temporadas en Irlanda y, además, tuve una novia natural de Oxford con la que salí durante nueve meses. Y os digo esto para que no quepa duda de que oí lo que os he dicho. No sabré narrar historias, pero el inglés lo hablo a la perfección, ¿vale?... Y ella se quedó muda y, tras unos segundos de reflexión, dijo «yes», que en Inglés significa «sí» (lo traduzco por si acaso). Él se levantó, se montó en su bicicleta y se marchó. El mundo estaba loco: EEUU amenazaba con bombardear Irak y nuestro hombre flirteaba con nuestra camarera.

-Y vosotros, ¿qué miráis... no tenéis nada que hacer? -nos preguntaba desafiante el sargento Molly ante el pequeño revuelo que se había formado, propiciando que Monk aquel día, más que una cafetería, pareciese una peluquería de marujas chismosas.

A la mañana siguiente, aforo completo en el local. Yo miraba las caras de los allí presentes (no eché en falta a ninguno de los incondicionales). Una escena simpática. El mutismo de la protagonista nos forzaba a aprovechar cada ocasión en la que ésta entraba en la cocina para instigar a Lucía a que nos chismorreara lo poco que le daba tiempo. Molly no parecía darse cuenta de ello, o quizá sí, pero estaba demasiado ocupada obsequiando con miradas ardientes, e incluso algún que otro guiño de ojo, a nuestro seductor amigo. Y, además, aquel día estaba más escotada, pues pude comprobar perfectamente que en efecto era una flor lo que adornaba sus encantos. Cuando el hombrecillo se disponía a salir, ella le dijo: «¿Nos vemos luego?», y él, bajando la cabeza en un acto de tímido asentimiento, selló con humildad su compromiso. Los parroquianos (me encanta esta definición) fueron abandonando el local poco a poco. Yo me mantuve en primera línea de frente (mi curiosidad instintiva no me permitió huir). Allí permanecí hasta que, tanteando a una y otra, pude obtener conclusiones definitivas. Dejando a un lado el lance amoroso, que no me intrigaba tanto, pude averiguar que nuestro hombre se llamaba Dirk, de cuarentiséis años, nacido en Rotterdam en el seno de una familia muy humilde. No estaba casado (parece ser que tampoco dispuso de muchas oportunidades con el sexo opuesto); después de trabajar dos años como carpintero, había viajado hasta esta ciudad en busca de oportunidades. Era una época difícil: acabó de mendigo. Vivía en un albergue no muy lejos de allí, recibía una paga semanal que le daba para su café con galletas diario, y tenía una bici que una señora mayor, a falta de espacio en el trastero de su casa, había donado al albergue.

-Entonces, ¿nunca ha sido médico?

-No.

-¿Y un terrorista?

-No.

-¿Ni siquiera un espía?

-No. Ya te lo he dicho. Tan sólo es un mendigo.

-Ya...

Aquel día llegué tarde al trabajo. Mejor no hubiera ido. Confundido, era incapaz de centrarme. Cuando salí, me fui directo a mi casa, tomé un vaso de leche caliente y me metí en la cama, dispuesto a ver mi programa de televisión preferido, uno de dibujos animados.

A la mañana siguiente, aunque no me apetecía desayunar nada, pedí una infusión de té con fresas. No recuerdo si estaría Dirk allí, supongo que sí. Desde una esquina, yo sólo tenía ojos para el juguetón andar de Lucía, aquel día luciendo una faldita roja que le sentaba de maravilla; y su blusa, quizá por descuido, más escotada que nunca. Sexi, muy sexi.

Y yo, excelente perro sabueso, persiguiéndola con la mirada, como un cliente más, olfateando el aroma a producto nacional que su destello iba esparciendo por el local.

Entonces me dio por imaginar qué hubiera pasado si semejante bombón no hubiera tenido novio...



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