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Una familia en la

Deshuesar vivos a carabineros es una obligación muy popular entre los Capitea del Pozo que se encuentran alrededor de 60 y 80 años. No hay uno de la familia que supere los 81 sin haber cumplido su deber. Los jóvenes no pueden explicarse porqué sus abuelitos y tíos abandonan sus quehaceres diarios como ver televisión, leer el diario (que últimamente trae noticias que a los pobres viejitos le escarapela el cuerpo), tomar la siesta, para reunirse en grupos de 4 ó 5 personas con el fin de organizar sigilosamente un plan.

Por las mañanas de la segunda semana de enero es común ver a los abuelos Capitea del Pozo pasear por el parque de La Riva. Se sientan en parejas y se regocijan observando el respeto que sus canas inspiran en los jóvenes retoños. Conversan amenamente y alimentan a los cuculíes con piedritas que temprano recogieron de sus jardines. Un par, previamente designado, da vueltas al parque observando y descartando posibles prístinos. Esperan ubicar un carabinero perfecto. Si no encuentran uno que los satisfaga, regresarán al día siguiente y al día siguiente, pero si después de eso el hombre preciso brilla por su ausencia se mudarán a la Plaza Bolívar que a pesar de haber sido conocida por sus robos, ahora presenta un agradable panorama. Hace 15 años que no se han visto en la necesidad de abandonar el parque de La Riva, y este año, será igual.

Cuando los viejitos Capitea del Pozo ubican a su prístino (apodo que le dan al elegido luego de reconocerlo en el primer examen visual) caminan cerca de él y lo saludan amablemente esbozando una dulce sonrisa: primero con la mano derecha en el sombrero de copa y, luego, a la segunda vuelta, con el pulgar y el índice diestros en el nudo de la corbata. Si el pobre saluda cortésmente sus posibilidades de una muerte lenta e indolora aumentan sustancialmente.

Concluido el primer encuentro los viejitos se encierran semanas enteras en la oficina del mayor de ellos para planear meticulosamente el rapto y lo precedente. Luego de arduas sesiones colmadas de candentes discusiones, sangre, sudor y golpes los hábiles maestros se toman dos días libres para hacerse chequeos médicos, confesarse y descansar. Les espera el gran día más grande que nunca. Los miembros más jóvenes de la familia se preocupan por sus parientes mayores que parecen haber perdido el juicio. Los adultos los tranquilizan, pues conocen el suceso. Mientras que los ancianos de la familia que superan los 81 se alegran porque un Capitea del Pozo los irá a visitar.

El mayor se encarga de los gastos, desde la ropa de todo el equipo hasta los implementos que usará el prístino en la ceremonia principal.

Este año el calor de Marzo ha sido brutal, pero para regocijo general vino acompañado por un fuerte aguacero que ha calmado la sed de toda la familia. El agua corría libremente por las pistas hasta llegar a las alcantarillas, por donde se escurría alegremente acompañada de un silbido abrumador que limpiaba la calle. A diferencia de la vecina Villa Caridad nuestra ciudad supo protegerse bien de las inclemencias de la naturaleza. El alcalde ha vestido a los carabineros con impermeables amarillos para que puedan soportar las húmedas noches bajo el amparo de la Cruz del Sur. Este año la tarea fue más difícil de lo acostumbrado debido al calor y la lluvia.

La tercera semana de Marzo se inicia el período para llevar a cabo el plan. El plazo culmina el 31 de octubre: antes del primero de noviembre. El mayor, dispuesto a irse lo más rápido posible pactó con sus compañeros la primera semana de abril como fecha terminal. Por las noches los carabineros duermen incómodamente dentro de sus casetas de vigilancia o sobre sus sillas de madera acondicionadas con un cojín de espuma. Cada 5 años un carabinero es tomado por sorpresa durante el sueño. Rodeado por un grupo amorfo, armado de canas blancas y pecas en las manos, es hábilmente inutilizado. Sus restos vivos son llevados ante la atenta mirada del parque de La Riva a los pies del monumento principal: dos brazos enormes moderadamente distanciados con unos grilletes rotos en señal de liberación.

El prístino sueña con un jardín hermoso o con un túnel brillante dependiendo de la habilidad del verdugo. En esta oportunidad, según el historial de este Capitea del Pozo, siente un cosquilleo en los antebrazos mientras atraviesa con gran cuidado los retoños de jazmín. Si voltea para ver lo que dejó atrás no volverá a avanzar, por eso es preciso que todo se lleve a cabo con el mayor cuidado. El mayor extiende la mano y recibe el frío metal. El cosquilleo ataca las piernas del carabinero y las extiende, las vuelve más largas, delgadas y ligeras. El prístino camina sin sentir sus pies y sus brazos cuelgan como el silbato de su cuello, sin enterarse que lo acompañan en el paseo. Camina cada vez más libre, en busca de lo hermoso que lo llama detrás de los grandes girasoles. Las rosas no lo lastiman, sangra y pasa a través de ellas con una sonrisa de enajenado.

Tras los girasoles se ve un cielo rojo con nubes rosadas que despiden al ardiente sol. Recibe entre sus dedos una mano arrugada que le trasmite lo hermoso del hipnotismo. Luego de los girasoles gigantes ve el cegador sol: olvida dónde está y muestra sus dientes con soltura. La figura guía entre canas y pecas al prístino por un camino sobre un río, cuyo rumor no deja oír. Nada más. No oye el ruido de sus ropas ni ve el color perplejo del cielo, saborea sus labios y espera que el olfato lo guíe, lo lleve de la mano con el maestro de la experiencia. Lo sostiene, es lo único que lo sostiene. Con una caricia de algodón y gasa el más joven de los ancianos limpia la sangre en todo el rostro del prístino. La luz entra por la boca, no siente más aquel olor añejo, no tiene miedo, y dentro de unas horas no tendrá que alucinar más.


Muy temprano en la mañana siguiente, el carro mortuorio, ordenado semanas atrás, lleva el ataúd del mayor de los Capitea del Pozo a su descanso final. Una calle más abajo de Humboldt, en el parque de La Riva, un carabinero encuentra a un compañero muerto que no puede mantenerse erguido sobre su incómoda silla.



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