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Cosas de hombres

Llueve. Y eso es curioso, que llueva en esa cálida California de hermosas playas y atractivas mujeres en un 16 de septiembre.

La acción se desarrolla en un año cualquiera, en un chalet cualquiera, en una urbanización cualquiera. Eso no importa; lo que realmente importa es que llueve.

- ¿Te vas a quedar ahí todo el día? Cuanto antes te marches, mejor.

- Déjame tranquilo. Me iré, no cabe duda. Pero no lo haré hasta que amaine la lluvia. Después de quince años de matrimonio deberías saber que odio mojarme bajo la lluvia.

-¡Por favor, no me recuerdes que hemos estado casado! Ni que aún eres mi esposo. Ni que te quise una vez. No me recuerdes nada y vete en cuanto esa maldita lluvia deje de caer.

Mark se sienta en un cómodo sofá de piel, no muy lejos de la maleta que le recuerda que todo ha acabado. Debería sentir algo mientras observa cómo las hermosas piernas de la mujer con la que ha compartido su vida durante tantos años suben esas escaleras en forma de caracol que conducen a una segunda planta. Pero, para su propio asombro, no siente nada especial. Como mucho, curiosidad. ¿Qué estará haciendo Lisa arriba? Seguramente estará deseando que me marche para poder bajar al salón. Es el lugar de la casa que más le gusta.

No ha sido precisamente una buena semana: riñas, enfrentamientos, llantos, súplicas, insultos. Los ánimos han estado revueltos. Ni Mark ni Lisa pensaron que llegarían tan lejos. Pero una vez se casaron y se mudaron a ese chalet, parecía que nada podría acabar con su matrimonio. «Hasta que la muerte os separe», les dijo el cura. Puede que en este justo momento ya estén muertos. Ellos, quizás no, pero sí ese amor que los unió desde los tiempos del Instituto. Muchas veces habían comentado que era verdaderamente extraño encontrar una amor que hubiese nacido en la adolescencia y perdurase toda la vida. El tiempo les ha demostrado que nadie se escapa de los peligros que acechan a cualquier relación.

- Eres un gusano. Me has engañado durante mucho tiempo. ¡Trabajo, trabajo, trabajo!. ¡Ahora ya sé a qué llamas «quedarte trabajando en tu despacho»! ¿Con cuántas mujeres has estado mientras yo te esperaba en casa? ¿Dos, tres, cuatro, mil? ¡Eres un maldito gusano!

- Sólo ella, cariño. Fue un desliz.

- No me llames cariño... - le grita ella.

Y en ese momento le lanza un bote de refresco que él tiene que esquivar agachándose.

- ...si no quieres que acabe contigo. Te mataré, juro que te mataré. Y no llames desliz a una relación de tres años y medio. Lo sabía todo el mundo, todo el mundo... Todos menos yo.

«Es como en las películas», piensa Mark. La diferencia está en que los actores fingen, algo que no hacen ellos.

Quizás esta situación no sería tan dramática si su comportamiento durante todos esos años hubiese sido más alocado. Pero no fue así. Mark y Lisa, Lisa y Mark... unos auténticos tortolitos. Nadie se ha cruzado jamás en su relación, entre otros motivos, porque ninguno de ellos se prestó a ello. Apenas tuvieron broncas. Solían estar de acuerdo en casi todo, y su abnegación les hacía amoldarse al otro sin que pareciese un esfuerzo. Y, envueltos en esa monotonía, en esa paz interior, en ese hogar dulce hogar, donde ambos disfrutaban de una envolvente tranquilidad, mientras Mark solía leer el periódico y Lisa cosía, tejieron esa felicidad que poco a poco empezaba a resbalar en una balsa altamente peligrosa. Por supuesto, han pasado momentos malos. El peor de ellos fue cuando Lisa abortó. Y no una vez, sino dos. Pero cuando les comunicó el doctor que ella no podría tener niños se sintieron más unidos que nunca. Eso no pudo con ellos, ni la etapa en la que Mark perdió su trabajo y no tenía la suerte de encontrar otro. ¿Qué podría con ellos? Se conocían de toda la vida. Desde la guardería. Sus madres coincidían cuando iban a recogerlos, y, mientras ellos hacían travesuras por el camino, ellas se intercambiaban sus patrones de labores.

- Te repito que esa historia acabó. Yo no soy perfecto. Nadie es perfecto. Pero te quiero a ti. Te quiero más que nunca.

- Te quiero más que nunca, te quiero más que nunca...- le imita ella con una actitud neurótica -. ¡Pero eso no te impidió acostarte con ella! Me querías a mí, pero, mientras yo me preocupaba por ti, tú estabas en su cama, tranquilo, sin importarte nada ni nadie. ¡No te perdonaré jamás! Ahora me alegro de no haber tenido un hijo contigo. Así no tendré que volver a verte. Ya nada nos une. Tú ya no eres nadie para mí.

Otra vez más, ella sube escaleras arriba, llorando, intentando que él no pueda ver cómo esas lágrimas la delatan. En el cerebro de Mark, miles de pensamientos se atropellan, y a veces pasa de uno a otro en milésimas de segundos, como si ni siquiera tuviese capacidad de controlar esas ráfagas mentales. Por un lado, la escena de una mujer a la que siempre ha visto relajada y tranquila, ahora en un desconocido estado de nerviosismo, le desencaja todos sus esquemas. Por otro lado, esos inevitables sentimientos de culpabilidad y, un poco más difusamente, la sensación de que ya no puede hacer nada, le mantienen en frágil estado de ánimo. Ha rogado perdón, se ha arrodillado, ha prometido amor eterno. Todo. Y nada. Ya no hay solución. Él reconoce ser el responsable de la ruptura, del nerviosismo que se ha apoderado de ella, de que ambos lleven varios días sin dormir, de la incertidumbre de «¿qué será de nuestras vidas a partir de ahora?». Ha sido ruin, ha contrariado las indicaciones del cura, de su filosofía, de sus conceptos, de sus ideas conservadoras. Pero cuando más deprimido está, siempre piensa lo mismo: «¿Y qué..? El Titanic también se hundió, y cayó el Muro de Berlín, y ardió el Coloso en llamas. ¡Qué diablos! Torres más altas han caído, pero ¿por qué no podemos seguir juntos? ¿Acaso no es esta otra prueba más del amor que en teoría nos tenemos?» Todo ha pasado ya. Por lo tanto, ¿qué es lo que nos desune? Yo la hubiera perdonado.

- ¿Que tú me hubieras perdonado? No me hagas reír. Eso lo dices ahora, porque sabes que eres tú quien se ha equivocado. Tú no me hubieras perdonado. Lo sé. Lo vi en tus ojos cada vez que Bill Owen hablaba conmigo.

- No me hables ahora de ese estúpido. Bill Owen, Bill Owen, Bill Owen. Por favor... ¿Crees que es momento de hablar de ese baboso? Claro que te miraba; él siempre fue a por ti, y no le importaba que fueses mi novia. Ni siquiera bajó la guardia cuando nos casamos. Bill Owen, por favor... - y en esos momentos Mark sube sus manos con las palmas hacia arriba, como si estuviera implorando a un dios.

- No me hubieras perdonado. Por eso nunca acepté sus proposiciones y me mantuve alejada de él. Pero él me atraía. O ¿acaso crees que eres el único que sentía la curiosidad de probar experiencias nuevas? ¡Claro que me atraía!, e incluso me planteé una aventura con él, pero lo descarté casi inmediatamente, porque pensé en ti. Pensé que tú eras la persona que yo había escogido para compartir mi vida, y no quería perderte. Y le rechacé. Y cuando lo hice tenía claro que tú nunca me traicionarías, pero, llegado ese momento, no te perdonaría.

La escena empieza a ser tan rutinaria como su anterior vida de perfectos casados, sólo que en estos momentos lo que marca la monotonía son las discusiones. Ella le lanza un cenicero de plástico con la peor de las intenciones - cosa que deja perplejo a Mark, teniendo en cuenta que siempre la había conceptuado como una "mosquita muerta" -, y, a continuación, sube al piso de arriba.

Tras casi una semana de continuas tensiones han decidido que lo mejor es separarse definitivamente. Al fin y al cabo, no pueden seguir así mucho tiempo más. No tiene ningún sentido. Lisa se quedará en el chalet, aunque pertenezca a Mark, quien lo heredó de sus padres. Ella puso de manifiesto la intención de abandonar la casa, puesto que no era su casa. Pero, evidentemente, él no aceptó. Debía evitar que ella cogiese las maletas y se marchase casi furtivamente, sin un lugar adonde mudarse. Sus padres, al igual que los de Mark, han muerto, y su única hermana se trasladó a España hace años. Así pues, decidieron que, mientras ella buscaba tranquilamente un apartamento - algo en lo que podría tardar entre dos semanas y un mes - él dormiría en casa de George, su mejor amigo. La cosa va bastante avanzada. Han, incluso, tratado los temas económicos, y no parece que vaya a haber ningún problema por parte de ninguno de los dos. Mark ha amasado una pequeña fortuna gracias a un negocio inmobiliario creado de la nada. Y no tienen hijos. A decir verdad, dinero no les faltará. Pero nunca hablan de dinero. Es cierto que Mark trabaja duro para ganarlo, pero no le apasionan los bienes materiales. A ella tampoco. Y al final, esa imposibilidad de ser padres ya no les preocupaba. Ni que ya tienen una edad de jóvenes abueletes, rondando ambos los 40. Nada les preocupa. Sí. A él sí había algo que le había inquietado últimamente: el hecho de haberse acostado tan sólo con su mujer. Puede que fuese una tontería, pero ésa era la espina que día a día le daba punzadas. ¿De qué hablaría con sus compañeros una vez rotos los iniciales protocolos? ¿Durante cuánto tiempo tendría que callar mientras los demás alardeaban de sus aventuras? Desgraciadamente, tenía que encontrar un cierto equilibrio dentro de ese silencio, pues, aunque no había mucho que contar, tampoco le agradaba la idea de permanecer callado: sería una forma evidente de demostrar esas carencias. «Es curioso - se dice a sí mismo -, no me preocupó ese tema siendo un adolescente, y lo hace ahora. Y ni siquiera puedo alegar "la crisis de los cincuenta", teniendo en cuenta que aún estoy a un decenio de esa fecha». Sin duda alguna, tuvo incidencia el hecho de que, paulatinamente, él empezase a salir por las tardes, después de la jornada laboral. Al principio lo hacía como una especie de camaradería con sus empleados, pues se había percatado que durante años se había mantenido frío y distante con ellos, - aunque siempre intentó ser justo -, y pensó que era el momento de confraternizar con quienes le habían ayudado a mantener a flote ese negocio. Pero seguramente su subconsciente, ese endiablo y retorcido subconsciente, mucho más inteligente y puñetero que el consciente, le indicó que de algún lado debería rellenar esa carencia que la falta de hijos había creado en su espíritu. Y, sin darse cuenta, empezó a quedar con sus amigos de toda la vida, aún a sabiendas de que eso podría hacer peligrar su estabilidad matrimonial. Es cierto que sólo estuvo con esa mujer, Diana, y no la culpa de nada, pues, de no haber sido ella, hubiera sido otra. Ni siquiera le tiene resentimiento por haber telefoneado a su casa en un acto de loco despecho. Lisa cogió el teléfono. Y lo mantuvo con su mano temblorosa, observando a Mark, sin hablar. Él lo comprendió al instante. Pero no es el momento de albergar sentimientos de venganza, ni de nada parecido. Es, simplemente, el momento de irse.

Y ese comedor, es el mismo, y el sofá, y los cuadros, y la pequeña televisión... todo sigue como siempre. Y lo más significativo no es la pena, ni la tristeza, ni la sensación de que el final ha llegado. Lo más importante es que llueve.

- ¿No te importa que me quede unos minutos más? De aquí a nada dejará de llover. La casa de George está a dos manzanas. No voy a llamar un taxi para un recorrido tan corto, pero, si voy andando con la que está cayendo me voy a calar.

- A mí no me des explicaciones. Ésta es tu casa, te puedes ir cuando quieras, pero no tardes demasiado, no vaya a ser que me marche antes que tú.

Mark está de pie, observando esa maldita lluvia que condiciona su estancia en la casa. Cuando reformaron el chalet, decidieron que mantendrían esos grandes ventanales de la entrada. «Nos darán mucha luz», pensaron. Pero en ese momento preferiría que no estuviesen allí, conformarse con escuchar esos rítmicos sonidos que los goterones producían al chocar con el techo.

Y cuando ella ya le ha dado la espalda para dirigirse una vez más a esa segunda planta, él le dice:

- Pese a todo, me alegro de haberte conocido.

- Yo no estoy tan segura de pensar lo mismo - le responde Lisa fríamente. Una vez más, le da la espalda.

Y, durante una hora, Mark continua observando el exterior de la calle, de pie, inmóvil, ausente. Esta vez todos los recuerdos se han apoderado de él, y esa relativa tranquilidad con la que se ha tomado todo el asunto también le está dando la espalda. Podría intentarlo una vez más, subir, llorar, arrodillarse. Pero no surtiría efecto. Él se ha equivocado, pero no puede cometer errores cada día. Y, pensando que ella ya está dormida, siente un cierto apego a esa postura que desde hace una hora mantiene. Necesita estar allí, de pie, muerto, durante un poco más de tiempo. ¡Tiempo! ¡Eso es lo único que le sobra! Tiempo... Así pues, sin proponérselo, empieza a repasar su vida. Los momentos buenos, los malos, los amigos, su familia, sus partidas de mus, la única borrachera de su vida, su primer coche, esa rica paella que se comió en España aquella vez que visitaron a su cuñada... Y es que la vida pasa volando. Dentro de nada será un viejecillo. Seguramente tomará por costumbre seguir mirando a la calle, algo en lo que nunca había reparado, pero a lo que está cogiendo cierto gustillo. Y recuerda su noche de boda, cuando él le comentó a ella que serían muy felices en ese mismo chalet, acurrucados junto a la chimenea mientras dos hermosos niños revolotean alrededor. No pasa nada. Al fin y al cabo, le queda la chimenea. Pero poco a poco empieza a sentirse angustiado. Desea irse ya, olvidarse de todo, sentarse una tarde soleada en el parque de Washington Street saboreando un helado de plátano, su preferido. Pero ¿cuándo va a dejar de llover?

- ¿Aún estás aquí? Pensé que ya te habías ido.

- Perdona, no tardo mucho - le responde él, sorprendido, aunque relajado al comprobar que ella está algo más tranquila.

- Voy a por un vaso de leche fría. ¿Quieres otro?

- De acuerdo - le responde vagamente, aún absorto en la imagen que esa noche le ofrece a través de esos amplios ventanales.

De pronto, se da cuenta que a él la leche siempre le gustó caliente. Es una manía. Si está fría, prefiere no beberla.

- Perdona car... - iba a decir "cariño", pero gracias a Dios no acabó la frase -, ¿te importa calentarme la le...?

En ese justo momento aparece ella con dos vasos, uno de ellos desprendiendo un casi transparente humo. Ella no dice nada; se limita a darle su vaso de leche caliente mientras le mira a los ojos. Durante varios segundos, Lisa parece quedarse también abstraída mirando hacia el exterior. Y, cuando ese corto pero inoportuno silencio empieza a hacerse demasiado embarazoso, ella dice:

- Nunca te gustó la lluvia. Yo siempre me reía de ello. ¿Te acuerdas? Tú siempre salías corriendo hacia tu casa, aunque aún no hubiéramos terminado de jugar en la calle, y ya tenía tu madre preparada la toalla. Ni siquiera te importaba que yo me burlara de ti mientras ella te secaba, y te decía: «Ven aquí que te seque, no quiero que se me constipe mi niño». Fue una gran mujer tu madre.

- Sí. Lo fue. La mejor de todas las que conocí.

- ¿Recuerdas? Ella siempre decía: «Lisa es para mi hijo. Ellos se casarán y tendrán hijos». La primera vez que se lo escuché decir, tú y yo no tendríamos más de siete años, ocho a lo sumo. «Adán y Eva» nos llamaba.

Mark no la mira. Ni ella él. Parece como si hablaran con ese ventanal. Pero, sorprendentemente, ambos están relajados. Hablan pausados, sin prisa.

- ¿No te da la sensación de que estamos castigados, mirando a la pared, porque nos hemos vuelto a tirar bolas de papel? - se atreve a preguntar él.

- Claro, advierte ella. Pero no mires hacia atrás si no quieres que la señorita Sara se enfade aún más. No levantes la cabeza, o no nos dejará salir al patio - propone en un tono de confidencialidad.

- De acuerdo. Pero tú tampoco. Ya sabes que tiene mal genio.

- Por supuesto.

Y, sin darse cuenta, los dos tratan de erguir sus cuellos. En un acto de espontánea sincronía estiran sus brazos en forma de cruz, como si realmente estuvieran castigados. No pueden permitir que su profesora se enfade aún más y les obligue a quedarse en el aula, privándoles de salir al patio.

- ¿Qué vas a hacer cuando salgamos de clase?

- Me voy con los otros chicos al parque, a jugar al balón.

- ¿Puedo ir con vosotros?

- No. Tú eres una chica, y las chicas no juegan al balón.

- Pero yo no soy una chica cualquiera - se enfada -. ¡Soy más fuerte que todas ellas, y, además, tú eres un gallina, y te da miedo la lluvia!

- No me da miedo la lluvia.

- Mentira. Te he visto llorar cuando te mojas. Eres un gallina.

- ¡Eso no es verdad! No me llames eso.

- ¡Gallina, cobardica! Y si no me dejas ir contigo, se lo diré a tus amigos, y ellos también te llamarán "gallina".

- De acuerdo - dice él resignado -. Puedes venir con nosotros. Pero con una condición.

- ¿Cuál?

- Que me des un beso.

- ...No puedo. Tengo 8 años... Y las niñas con 8 años no pueden besar a los chicos. Me lo ha dicho mi madre - le responde ella mimosa.

- Pero yo soy tu novio. Yo soy Adán, y tú eres Eva. Así que puedes besarme.

- ¿Seguro?

- Seguro.

En ese momento, ambos bajan los brazos, y Lisa se vuelve hacia Mark. Durante todo ese rato han estado a escasos centímetros de distancia, sin mirarse el uno al otro. Clava sus ojos tiernamente en los de él. Pone sus manos en su cuello y, suavemente, le besa los labios durante unos segundos. Y mientras sus tímidas pero pausadas lágrimas mojan su pijama, se despide de él:

- Cuídate.

- Tú también.

Una vez más, sube las escaleras.

En ese momento, son dos las cosas más importantes. Una, es que Mark también llora, y otra, es que llueve. Y una vez se ha secado esas ridículas lágrimas, recupera la compostura y piensa que es buen momento para sentarse en el sofá. Quizás echen una buena película, y puede que durante una hora y media se le olvide que su mujer le quiere, que él la quiere a ella... y que George le espera. Quizás no esté en el piso y haya salido a cenar con su novia. Pero Mark ya tiene las llaves. Y, como dijo Lisa, es su piso. Verá la película y, entonces, se marchará, aunque caigan rayos y truenos, aunq...

***

- No deberías haber venido. Te esperan todos en el pueblo. El sheriff te la tiene jurada. Los hermanos Dalton no te perdonarán jamás.

- Al diablo con el sheriff y con los hermanos Dalton. He venido a por ti y no me ir...

Pero el pistolero bueno no puede acabar la frase. Lisa ha apagado el televisor. Una pena. Tenía buena pinta la película. Le hace gracia esa escena en el comedor. Ahora, la única luz es el reflejo de la farola que hay junto a la casa. Se queda mirando a Mark y piensa: «Sigue tan dormilón como siempre». Nunca fue capaz de ver una película entera con ella en el cine. Y, además, roncaba; ella simulaba silbarle como si fuera un caballo, riéndose, observando a su alrededor, medio avergonzada medio atrevida. Y también fumaba puros, y muchas veces decía tacos, y era celoso, y era cabezón, y era pesado con sus bromas, y si le llevaban la contraria se enfadaba muchísimo. Pero era él. Ese pequeño niño de ojos vivos que le levantaba la falda mientras se reía marchándose en su bici. Ese adolescente que se volvía loco cada vez que ella le sonreía a otro chico. Ese hombrecillo que encontró su primer trabajo en el departamento de correos. «Hoy he cobrado mi primera paga. ¿Qué prefieres, que te invite al cine, o que te dé un beso?» Ella escogía lo segundo, y, mientras él se recreaba en sus labios, sacaba furtivamente un anillo del bolsillo de su chaqueta, grabado con el nombre de los dos. Entonces, ella no decía nada; le miraba a los ojos, y a él le recorría un hormigueo por todo el cuerpo. Ese hombre que se cabreaba cada vez que iban a una cena y ella se retrasaba mientras se probaba vestidos una y otra vez. Pero era su hombre, y el estúpido de Bill Owen nunca le hubiera llegado a la suela de los zapatos. Ni él, ni nadie. Tenía delante de ella a su pasado. Su infancia fue la de los dos, su adolescencia fue la de los dos, su primera vez fue la de los dos. ¡Maldita sea!, hasta su respiración fue la de los dos.

Sin darse cuenta, se tumba en la alfombra, junto al sofá. Le pasa la mano por su flequillo. A él siempre le gustó que le acariciara. Y ahora él no se entera. Lleva días sin dormir, y podría quedarse así una semana y media, en ese sofá: el sofá del destierro. Y de no haber sido porque Lisa escuchó el sonido procedente del televisor, aún seguiría dormida. Pero, en ese momento, es ella quien está despierta, y por eso se aprovecha. Le mira, le toca y le siente. Pero él no la ve. Y le coge la mano...

***

Una hora más tarde, Mark continúa en el sofá, y Lisa, dormida sobre esa bonita alfombra, aún se aferra a su mano. Lisa sueña. Sueña que ojalá no pare de llover nunca. Mark también sueña. Sueña que ojalá no pare de llover nunca. Y la luz de esa vecina farola envuelve sus acurrucados cuerpos...

***

Pero eso no es lo importante. Ni que han nacido el uno para el otro. Ni que son Adán y Eva. Ni que dentro de poco tienen que levantarse para llegar puntuales a clase y así no ser castigados por la señorita Sara.

Lo más importante es que en esa calle cualquiera, en esa urbanización cualquiera, en ese 16 de Septiembre de un año cualquiera... diluvia.

 



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