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El corazón

Tener amigos es bueno. Tener teléfono móvil también. Pero mezclar ambos no es tan bueno. Por un motivo u otro, siempre hay alguien que te llama para hacerte la más indecente de las proposiciones.

Yo estaba en Londres. Antes había estado en París y en Roma. Y cuando ya empezaba a desear mi regreso a España como una necesidad física tras veinte días de juergas y borracheras, me llamó mi amigo Leandro para animarme a que le visitase en Irlanda.

- No puedo. La próxima semana vuelvo a mi jornada laboral en el Banco. Además, necesito descansar.

- A nuestra edad no tenemos derecho a descansar. Anímate. Este país te gustará: los irlandeses son muy amables.

- Paso.

- Y el campo es precioso.

- Paso.

- Te enseñaré los Cliffs of Moher. Y los castillos de Blarney. Y la costa de Connemara.

- Paso.

- Las mujeres son preciosas. Cuando vean tu pelo negro, esos ojos castaños y esas pestañas tan largas, te van a querer comer.

- P…a…s…o.

- He hablado de ti a unas amigas mías. Si no vienes, no volverán a dirigirme la palabra.

- ¿Son guapas?

- Guapísimas. Están deseando conocerte. Le encantan los latinos.

Si algo distingue a un buen amigo de un gran amigo, es que el último conoce tus puntos débiles. Leandro es mi mejor amigo.

Cuando mi cadavérico cuerpo llegó a Cork, tan sólo pensaba en la cómoda cama que me esperaba en España. Camino de su casa, portando mi pesada maleta, maldecía mi frágil falta de voluntad.

Esa noche no salimos. Le conté a Leandro los últimos acontecimientos de mi vida, y él hizo un repaso de su estancia en aquella ciudad. Me habló de las irlandesas, de su sensibilidad, de sus costumbres. Me acosté temprano y estuve leyendo A pleno sol, de Highsmith.

Al día siguiente, lunes, nos fuimos a ver los Cliffs of Moher. El martes conocí los castillos de Blarney; el miércoles la costa de Connemara. Y el jueves… el jueves conocí a Eileen. Me bastó un minuto, o un segundo, o quizás fuese una décima de segundo, para darme cuenta que no era una mujer. Era un volcán en forma de mujer, un tigre con cara de mujer, un huracán en un cuerpo de mujer. Eileen era una mujer disfrazada de mujer. Más peligrosa que los Cliffs of Moher, más enigmática que los castillos de Blarney, más cálida que la costa de Connemara. Nunca entenderé por qué no estaba Eileen estampada en millones de postales por toda Irlanda...

La misma noche que Fernando, otro amigo de Leandro, me la presentó, fuimos a una discoteca. Allí estábamos Eileen y yo, acompañados de Fernando y una rubia bajita con risa de caballo que por aquellos tiempos se hacía con sus servicios sexuales de Fernando - no consigo recordar su nombre -. Y, mientras la rubia desconocida y Fernando el no Católico desparramaban sus cuerpos en los asientos de la discoteca, yo atravesaba la fase de "pérdida de tiempo". Ya sabéis a qué me refiero: a ese momento que dedicas a una mujer, ensalzando su belleza, su inteligencia, su simpatía… Teniendo en cuenta que Eileen era todo eso y mucho más, y, además, ella lo sabía, pasé directamente a la acción. La besé. Me besó. Nos besamos. Eileen y yo éramos simplemente eso: un beso. Un beso latino-sajón. Sin colorantes, sin aditivos, sin azúcar, sin cortes publicitarios.

En España toda conquista requiere un proceso: un beso, un café y… la cama. En Irlanda es más complicado, pues el café es horrorosamente malo.

- ¿Te vienes a tomar un … un … un trozo de tarta helada?

Sorprendida, me miró. Caminábamos por St. Patrick Street y hacia un frío del carajo, y no se me ocurre otra cosa que invitarla a un helado. Dedujo que yo era un estúpido latino (eso demuestra que además de guapa era inteligente).

- Sí - dijo para sorpresa mía.

Así pues, entramos en la casa.

Fernando y la rubia en el sofá. Eileen en un butacón; yo en otro.

- Voy al Baño.

Eileen era sensual incluso para decir que iba a echar una meada. Eclipsado, observé sus movimientos de cadera. Aquella hembra tenía más belleza, magia y fuego que Claudia Schieffer y David Coperfield asando chuletas en una barbacoa.

- ¿Queréis helado? - pregunté.

No respondieron. Con una mirada enérgica me insinuaron que me fuera a la cocina. Tuve la ligera impresión que les apetecía estar a solas...

Obedecí.

Cuando bajó Eileen, yo estaba cortando un trozo de la dichosa tarta.

- ¿Quieres?

- No, gracias.

Le pegué un muerdo a la tarta. Y luego le pegué un muerdo a Eileen. Y durante veinte minutos se fueron derritiendo tanto la tarta como ella. Pero cada vez que intentaba desabrochar el botón de su pantalón me apartaba la mano. Por lo menos, conseguí tocarle sus pechos. ¡Qué pechos! Redondos, tiernos, suaves, ardientes, vibrantes, sensibles, sensuales, agradecidos… - ¡Dios, que no paro! - Lo que más me gustaba de ellos era su sabor. He probado muchos, pero ninguno como aquéllos. Sabían a las natillas que preparaba mi madre cuando yo era un niño. De repente, se deshizo firmemente de mi asedio y comenzó a decir: «No, no, no, no, no puede ser..»

- ¿Por qué?

- No puedo. Me gustas mucho. Eres muy agradable. Pero no puede ser. Mi corazón me dice que no.

Entonces, me explicó que recientemente lo había dejado con su novio. No me dijo el porqué, ni su nombre, ni si aún lo quería. Nada. Tan sólo me preguntó si estaba enfadado con ella.

- No. I’m OK.

Y luego, un silencio. Yo la miraba y ella apartaba sus ojos de los míos. Se quedó paralizada observando las paredes de la cocina. Se volvió y me dijo:

- Me gusta esta casa. Es bonita y acogedora.

- Estoy de acuerdo - afirmé sin demasiado entusiasmo.

- ¿Te gusta el campo en Irlanda?

- Sí. Mucho.

- ¿Y la irish music?

- No. Me aburre. Prefiero los irish setters.

Silencio.

- Tienes unos ojos preciosos. Y unas pestañas muy bonitas. Son muy largas.

Callados, nos volvimos a mirar. Y de nuevo, el beso nos distrajo de nuestra irrelevante conversación. Le bajé el sujetador y me volví a comer otro par de natillas. En una contraofensiva lo intenté de nuevo con el pantalón. Apartó mi mano. Nos seguimos besando. Diez minutos más tarde, otro ataque al dichoso botón. Cuando parecía que lo iba a conseguir, tozuda, se abrocha el sujetador y, ¡cómo no!, dice: «No, no, no, no». A mí me hacía gracia. Me refiero a que pronunciaba cuatro noes. Uno me lo decía a mí y los otros se los decía a sí misma, intentando convencerse de que era su deber.

- Lo siento.

- No pasa nada.

- ¿Estás enfadado?

- No.

- ¿Seguro?

- Seguro.

Silencio.

Giró su cabeza hacia la pared, en espera de encontrar la inspiración para hacerme otra pregunta banal.

- Hablas muy bien el Inglés. ¿Dónde lo aprendiste?

- En el colegio. Pero hace más de diez años que no lo practico y he olvidado muchas palabras.

- Pues te desenvuelves muy bien.

- Gracias.

- ¿Dominas otros idiomas?

- Un poco el francés, no mucho.

Silencio.

- Me gusta mucho tu pelo. Y tu boca.

Otro silencio. Otro beso. Otro ataque militar al botón de la discordia. Nada. Más natillas. Le vuelvo a lanzar una bomba al botón de Perharbour. Nada. Cuatro noes. Se abrocha el sujetador. Otro «lo siento». Otro «no pasa nada». Se gira para mirar a la pared - «ni que hubiera colgado un Picasso», pensé -. Miro el techo. Silencio. Otro momento de inspiración:

- ¿Tienes ganas de volver a España?

- Sí y no. Por un lado me apetece volver para disfrutar del sol, conducir mi coche, ver a mis amigos, beber mosto; pero por otro lado no estaría mal quedarme más tiempo para mejorar mi inglés.

A partir de ese momento y durante más de veinte minutos, un ruido que provenía del salón armonizaba nuestro "nido de amor" con ritmo preciso: uno, dos, uno, dos; a veces, aderezado con gemidos. Nosotros, discretos, continuábamos charlando.

- Se lo están pasando bien, ¿no te parece? - me atreví a decir por fin.

Ella se reía. Yo también.

Silencio. Pared. Techo. Silencio. Más paredes y más techos.

- Me gusta tu sonrisa. Me encantan los agujerillos que se forman en tus mejillas cuando te ríes.

«Me río, sí, sí... », pensé.

- A mí también me encantan tus natillas.

- ¿Natillas?

- Sí. Es una expresión española. Quiere decir que eres una chica encantadora.

- Ah.

Siento aburriros, pero soy latino. Y un latino no tira nunca la toalla. Así pues, cuarto y último intento. Le desabrocho el sujetador en 0’4 segundos. Beso de 17 minutos. Cuatro intentos al "fuerte", y, al quinto, lo consigo - podéis aplaudir si queréis, no me voy a enfadar por ello -. Y consigo acariciar su parte más íntima. Con suavidad, con precisión, con la lengua fuera... Y entre sus preciosos muslos descubrí las Cataratas del Niágara - y yo sin saber que estaban en Irlanda -. Meto mi mano izquierda en su trasero, un trasero suave, de artesanía. Y poco a poco se empieza a relajar, estira sus piernas, y, cuando pensé que su bonito cuerpo se iba a caer de la silla, recupera la compostura y vuelve a decirme que no. Con la única novedad de que en esta ocasión pronunció cinco noes - no sé de dónde sacaría ese último fichaje... -.

- Lo siento. No quiero que sigamos con este juego - «Dímelo a mí», pensé yo - Si llegáramos a algo más, no sería justo ni para ti ni para mí. ¿Lo entiendes?

- Perfectamente.- Yo no entendía nada.

- Tengo una lucha interior. Pero mi corazón manda. Y él me dice que no debo seguir. No me gustaría hacer algo de lo que después me arrepintiera.

- Creo que has tomado la decisión adecuada.

- Lo siento. Just friends.

No hacía falta explicar más. En inglés, "just friends" significa: «Me gustas mucho, eres una persona encantadora, y si quieres escribirme cartas te responderé. Pero de sexo, nada...»

Yo le respondí OK, que significa: «Tú también me gustas; eres sensual, sincera, una excelente persona, y siempre tendré un bonito recuerdo de ti. Pero las cartas, a los Reyes Magos.» - Esto de saber idiomas es la hostia -.

En ese momento entraron Fernando y su chica y nos hicieron compañía. Mientras conversaban escribí en un papel mi nombre y mi firma. Le dije a Eileen que lo conservara, pues algún día se convertiría en la firma de un escritor famoso. Ella lo leyó intrigada y me dijo que estaba segura de ello.

Pedimos un taxi. A los diez minutos ya estaba allí.

Me despedí de las chicas y una vez dentro del coche me saludaron con la mano.

- Adiós.

Fernando y yo nos bebimos unos refrescos y charlamos de ordenadores. No mucho tiempo después, decidí irme.

- Me alegro de haberte conocido - me dijo -. Espero que tengas un buen viaje.

- Gracias. Yo también me alegro. Nos vemos.

Comencé a caminar. La casa de Leandro quedaba lejos y a lo mejor me perdería; no importaba. Reflexioné sobre lo que había sucedido aquella noche. Había sido agradable. El ambiente fue acogedor y yo me había sentido como en mi propia casa. Pensé en Eileen. Durante cuatro asaltos se mantuvo firme, sacando fuerzas de donde parecía no haberlas, para reiterar su negativa. También pensé en su ex novio. Seguramente sería un escuchimizado pálido y pecoso irlandés que trabajaría en una hamburguesería por tres libras la hora más las propinas, y, casi sin duda, podría decir que no tendría mi pelo, ni mis pestañas, ni mis ojos, y puede que no la tratase con el mismo cariño que le hubiera dado yo. Pero tenía algo que yo no tendría yo jamás… tenía el corazón de Eileen. ¡Ya me gustaría a mí! Y cuando más hundido me encontraba fue cuando lo vi claro. Y me sentí feliz. Feliz de que me hubiera rechazado. Durante cuatro veces su corazón le recordó que yo no era la persona que ella amaba, que en verdad yo no era nadie… que yo no era él. Cuando yo pensaba que ninguna mujer merecía la pena, ella me dio una lección. Seguía enamorada de un recuerdo que era mucho más fuerte que yo y obró de acuerdo a sus sentimientos. Hizo un esfuerzo que quizás yo no hubiera sido capaz, demostrándome que La Mujer sigue siendo algo maravilloso, el centro del Mundo, diría yo. Me alegré de haber conocido a un ángel con forma humana.

¡Gracias, Eileen!

Mientras trataba de abrir la puerta, mis manos temblaban de frío. Ya en el interior, un confortable calor me esperaba.

Leandro, pincel en mano, daba los últimos retoques a un cuadro de un torero en plena faena.

- ¿Qué tal? - me preguntó con sonrisa picarona.

- Mucho frío.

- ¿Y Eileen?

- Maravillosa.

- ¿Y?

- Tenías razón: las irlandesas son diferentes. ¡Qué máquina! ¡Qué cuerpo! ¡Qué movimientos! No me dejaba escapar. Arriba, abajo, por delante, por detrás. ¡Esa mujer sabe lo que es hacer el amor! Se ha quedado muy triste. Dice que si no me marchase, yo sería el hombre de su vida.

Leandro me miraba con la misma expresión que mi "amante" dedicaba a la pared de la cocina.

- Pero me alegro de irme. Si me quedara con ella no duraría ni un mes. Es insaciable.

Mi amigo el pintor sonreía mientras peinaba el rabo del toro.

- ¿Qué te parece mi cuadro?

- No está mal. Una mitad del toro está más clara que la otra, no le has pillado la expresión al torero, y, además, éste es bajito y gordo. Parece un tapón de coca cola. Pero no está mal.

Él me miró a los ojos mientras yo cogía la maleta. Puso una mano en mi hombro y me preguntó:

- ¿Estás bien?

- Perfectamente.

Nos dimos un fuerte abrazo y nos despedimos.

Caminé hacia la parada de taxi, donde me esperaba un coche que me llevaría al aeropuerto.

Hacía frío, mucho frío, y una cortina de niebla envolvía la ciudad.

Adiós St. Patrick. Adiós Blackpool. Adiós "scones with marmelade and cream". Adiós Van Morrison. Adiós Cork. Adiós … Eileen.

En el avión, una niña rellenita y pegajosa estallaba pompas de chicle y daba alborotados saltos de alegría para festejar el despegue.

Una abuelilla que estaba sentada a mi lado se interesaba por mi estancia en Irlanda.

- ¿Te lo has pasado bien?

- Sí. Mucho.

- ¿Qué es lo que más te ha gustado de este país?

- El campo, sin duda.

- ¿Y lo que menos?

- Lo que menos... los botones.

Ella me miraba, analizando mi extraña personalidad.

Pocos minutos más tarde, me dormí. No sé cuánto tiempo había pasado cuando una azafata me despertó para preguntarme si quería desayunar algo.

- No, gracias.

Preferí observar por la ventana, pensando. Pensando en lo grande que es el mundo y lo pequeño que es el hombre, en la teoría de la relatividad, en la inmensidad del océano y en que a mi vuelta tendría que bañar a mis perros y quitarles las garrapatas.

27 grados. Miles de metros de altura. Siete días antes de la inauguración del Mundial de Francia. Bill Gates ultima los preparativos para lanzar al mundo Windows 98. Llueve en Irlanda. Y un estúpido latino amenaza con más insípidos relatos.

Y mientras tanto, ajena a todo, una nube grande y tetuda se dispone a comerse un avión que no es suyo.

 



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