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Berrinche mata congoja

Panteón del Saucito, en la ciudad de San Luis Potosí, México. Triste, abandonado, polvoriento. La joven viuda camina con pasos lentos, toda vestida de negro. Hace ya más de seis meses que él se ha ido. Tan joven, tan lleno de vida. Un accidente sin sentido.

Ella apenas tiene 30 años y una hijita de 4. A la niña no la lleva al panteón con ella. Los niños no entienden y no quiere ponerla triste. Ya es suficiente para la pobre niña el no tener más a su papá.

Sus pies se sienten cada vez más pesados cuando entra al cementerio. La congoja le oprime el corazón y siente que ella también se muere un poco cada que visita ese lugar. Cada domingo, sin embargo, religiosamente acude a limpiar la tumba y a ponerle flores. Le reza a su marido y llora. Y su llanto es agua salada que remoja la herida de su alma y no le permite cicatrizar. Nada calma su dolor. ¡Se siente tan miserable!.

Por si fuera poco todo lo que trae cargando, encima la familia política le ha tomado un odio encarnizado. Todo porque el seguro de vida de su marido se lo habían pagado a ella y a su hija. Marquitos, como buen despistado, (despistado según la inocente de Carlota, falto de progenitora según la familia de ella) cuando entró a trabajar tomó una póliza de seguros ( de las que regala el Gobierno a sus trabajadores) y recién casado como estaba, la puso a nombre de su mamá. Esa fue la causa de la primera bronca matrimonial, pero ella le restó importancia y no lo fastidió más hasta que nació su hija.
Le pidió una y otra vez que cambiara la póliza para proteger a la niña, pero Marquitos era además de despistado, un desidioso de primera y siempre decía que sí, aunque nunca hizo nada al respecto.

¡Ah!, pero Dios protege al inocente y manda a sus ángeles para que arreglen los problemas que los desidiosos le dejan a su prole.

En esta ocasión, el ángel encarnó en el agente de seguros que perdió el original de la hoja firmada por Marquitos al entrar a trabajar. Y como no había designación de beneficiarios, la póliza se pagó a la viuda y a la hija. Carlota pudo cobrar la póliza y meter el dinero al banco, en espera de una oportunidad para completar el enganche para un departamento.

"Dios bendiga a sus ángeles, y a los agentes que pierden las hojas del seguro", pensó Carlota, a quien nada hacía dudar de la intervención magnánima y misteriosa de la Providencia.

Pero retomando el odio que le profesaba su parentela política: a la pobre de Carlota le habían negado el derecho de enterrar a su marido en un cuádruplex de su propiedad en el panteón de Valle de los Cedros (panteón elegante, para gente bonita, cubierto de césped y estéticas lápidas planas que indicaban cada tumba, siempre limpio y arregladito con flores, para hacer menos dolorosas las visitas de los deudos a sus queridos muertos) y lo habían enterrado en una tumba familiar propiedad de su suegra, donde estaban también otras siete u ocho gentes , a los cuales sacaban cada vez que iban a enterrar a un nuevo pariente. Cuando enterraron a Marquitos, en su ataúd vaciaron los huesos de todos los otros difuntos habitantes de la tumba, tan revueltos unos con otros, que sólo Dios sabía cuáles huesos eran de quién.

Esa había sido la voluntad de él y ella la respetó, aunque no le agradaba. Carlota, romántica empedernida, hubiera querido que sus huesos reposaran juntos el sueño eterno, en un lugar bonito con flores y césped, pero Marquitos prefirió ser enterrado con los de "su sangre", como solía decir.

Con estos pensamientos y recuerdos revoloteando en su cabeza, llegó hasta la tumba de su marido. Sólo para llevarse una nueva sorpresa preparada por la familia política.

Carlota les había pedido que cuando menos la lápida le permitieran ponerla a ella, ya que no la dejaron pagar el entierro de su marido o velarlo en una funeraria donde sus amigos hubieran podido ir a verlo. Pero no, ni lápida ni velorio. No quisieron avisarle a nadie y lo enterraron casi a escondidas, quesque pa' sufrir su dolor a solas.

De mármol pulido, nuevecita y brillante, la lápida la golpeó en pleno rostro como una mentada de madre.

"Fuiste la luz de nuestras vidas, Marquitos,
y ahora te has ido para alumbrar
como una estrella refulgente el Jardín del Señor.
Recuerdo cariñoso de tu hija y los que te queremos."

¡Moles! Tu hija y los que te queremos. Así que el desgraciado no había tenido esposa, ¿verdad? La hija la tuvo solito. Seguramente por intervención del Espíritu Santo.

Carlota sintió cómo la rabia se le subía desde los pies a la cabeza , igualito que la lava a los volcanes cuando hacen erupción. Echando chispas por los ojos, salió disparada hasta la entrada del cementerio, cruzó la calle y contrató al primer escultor de lápidas que encontró, para que fuera con ella a hacerle un arreglito a la tumba de su esposo.

Por el camino y en breves palabras, Carlota le contó la historia al escultor, un señor bajito, moreno, con sombrero y un bigote al estilo de Emiliano Zapata. El hombrecillo, enfurecido ante la injusticia cometida contra la pobre viuda, sacó el cincel vengador y en menos que canta un gallo borró las palabras " tu hija y", para dejar solamente "de los que te queremos". - "Que al cabo allí nos incluimos todos"- razonó Carlota.

El hombre hizo su trabajo cuidadosamente para que no se notaran las palabras que había borrado. Le pidió solamente diez pesos por hacerlo. Ella, complacida, le dio cincuenta. "Y jamás nos hemos visto". El hombre, sintiéndose el héroe justiciero y protector de las viudas desamparadas, se fue a echar unas caguamas a la tiendita de la esquina, pensando que el mundo está más loco cada día.

La viuda, muy derechita , con los hombros echados hacia atrás , la cabeza muy en alto y una sonrisa malévola en el rostro (al pensar en el berrinche que harían su suegra y sus cuñados cuando vieran la lapidita), cruzó la entrada del panteón con paso decidido hacia el mundo de los vivos para retomar su existencia. Y no volvió a pararse en el Panteón del Saucito, nunca más.



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