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Prometeo

Lo miró postrado en aquella cama de hospital. Toda su antigua grandeza y vitalidad se habían reducido a nada. Se veía tan débil e indefenso allí, en su lecho de dolor. Pensó en todo lo que había pasado desde que fueron a avisarle a su casa, que el auto de su esposo se había volcado en la carretera a Guanajuato. Recordó paso a paso todos los momentos anteriores a ése: cómo llegaron a decirle lo que había sucedido, la terrible espera a la salida de la ciudad, tratando de avistar la ambulancia que lo traía de regreso, la angustia al ver que de pronto prendían la sirena del vehículo y salían disparados a la sala de emergencias, las horas interminables en aquel pasillo del sanatorio mientras duró la cirugía, sin saber si viviría y, en caso de que así fuera, si alguna vez volvería a ser el que antes fue; la frialdad en la voz del médico cuando le dijo: "no volverá a caminar. La columna está rota y la médula espinal, deshecha. Se lo digo como es, para evitar que comience un peregrinar inútil y doloroso en busca de una cura mágica o milagrosa. No existe tal cosa, señora. Entre más pronto lo acepte, mejor. Sin embargo, a él no se lo diremos. En estos casos es mejor dejar que el paciente, poco a poco, vaya dándose cuenta de su realidad."

Se guardó el secreto muy adentro. Respiró hondo y se preparó mentalmente a brindar la mejor actuación de su vida: saber la triste realidad y pretender que nada sucedía, mirarle a los ojos y no dejar que él, el amor de su vida, pudiera siquiera adivinar que le mentía.

Pero Marcos no era tonto. Pronto se dio cuenta de que algo no estaba bien. Fue entonces cuando comenzaron las crisis de angustia por las noches. El olor del hospital, la oscuridad interminable, los ruegos de su voz desesperada en plena madrugada: "¡mátame, por favor!, Inyéctale una burbuja de aire al suero. Yo no quiero ser un inválido. ¡No me dejes vivir así! Si me amas... no me dejes vivir así".

No supo ni cómo soportó tantos días sin dormir. Si no hubiera sido porque en las mañanas tenía que ir a la oficina y por el bendito trabajo que le servía de distracción, apartando su mente por momentos del dolor y el cansancio...

Un ruido en el pasillo la sacó de su ensimismamiento. Fijó la vista en la cara tranquila de Marcos. Se veía tan pálido y ojeroso. Su nariz parecía extrañamente afilada. Por primera vez en muchas noches había un poco de paz en aquel rostro atormentado.

Lo contempló extasiada, iluminado tan sólo por la luz mortecina de la lamparita de noche. ¡Lo amaba tanto! ¡Cuántas veces había soñado en aquellos tres años de matrimonio, arrullar entre sus brazos a un pequeño con los cabellos ensortijados de Marcos, con su mirada traviesa y aquella sonrisa infantil que mostraba una hilera de dientes demasiado grandes y desalineados! ¿No es extraño cómo a veces las imperfecciones de una persona son precisamente las razones por las que nos atrae más? A Marcos le daba risa cuando ella le decía que lo que más le gustaba de él era precisamente su sonrisa y sus dientes chuecos. Hacía tanto tiempo que no lo miraba sonreír.

Alto y atlético, con unas piernas gruesas y firmes, resultado de su entusiasmo por el ejercicio y el basketball. Su cuerpo fuerte y hermoso, aparecía torturado y lleno de agujas y de tubos. Le habían puesto dos varillas en la espalda, bajo la piel, para estabilizar su columna. Afortunadamente la fractura tan alta, no permitía que sintiera el dolor de todas las costillas que tenía rotas. Un tubo que le salía del pecho, mantenía inflado el pulmón derecho, que se había colapsado tras el accidente.

¡Había orado tanto por un milagro! "Te doy mi vida a cambio de sus piernas", fue lo último que le dijo a Dios cuando intentaba pactar con él. Pero Dios no había querido escucharla. Quizá estaba demasiado ocupado para atender sus ruegos, tal vez no los consideró importantes o quizás, simplemente, nunca estuvo allí.

Suspiró profundamente para ahogar en sus ojos las lágrimas que pugnaban por salir. El llanto era un lujo que no podía darse. Abandonó nuevamente sus meditaciones para tocar levemente la mano de Marcos. La sintió fría. Sin hacer ruido, se levantó de la silla que había colocado junto a la cama de él y se dirigió al pequeño guardarropa del cuarto. Abrió las puertas y sacó una frazada. Amorosamente lo cubrió con ella. Luego, sin prisas, regresó a su lugar y a sus pensamientos.

"El amor es la fuerza que mueve al universo" había escuchado decir alguna vez. Pero no fue sino hasta ese momento, cuando entendió por fin el significado de esa frase. Sí, en efecto, el amor nos da la fuerza necesaria para enfrentarlo todo, para intentarlo todo, para sacrificar lo más preciado. La vida, el alma, nada tiene significado lejos del objeto amado.

Vino a su mente el mito de Prometeo. Aquél titán que tanto amó a la humanidad, que robó a los dioses el fuego para entregarlo a los mortales y que fue condenado, por su acto sacrílego, a vivir encadenado en una montaña donde un águila le devoraría las entrañas por toda la eternidad.

Ahora, con lo único que le importaba en el mundo encerrado dentro de aquel lúgubre cuarto de hospital, Claudia hubiera dado todo, como Prometeo, por salvar a Marcos, por devolver a su rostro la sonrisa que se había borrado para siempre. No le habría importado tener que pagar el precio, aún si este fuera condenarse al suplicio eterno.

Recordó cómo Marcos y ella se habían conocido y cómo el cariño floreció inmediatamente. Siempre supieron que eran el uno para el otro. Claudia, muchacha tímida y tradicional, había guardado el primer beso para dárselo al hombre de su vida, y ese hombre había sido Marcos. Su primer y único novio. A él le entregó todo: sus sueños, sus esperanzas, sus caricias, su corazón. Lo amó con toda la fuerza y la inocencia de quien quiere por primera vez. Y Marcos, hombre experimentado y conocedor, valoró siempre aquél tesoro que ella le brindaba y correspondió de igual manera. Sí, el suyo era un matrimonio como los de las películas. Lleno de afecto y comprensión.

Era casi de madrugada cuando se quedó dormida, sin sentir.

La despertó el ruido de las enfermeras y el médico entrando a la habitación. Abrió los ojos en medio de la confusión y los miró ir y venir. Todavía medio dormida, escuchó decir al galeno:
"Lo siento, señora. Fue un paro cardiaco. Murió mientras dormía."

Todo sucedió tan rápido... el funeral, las condolencias: "Fue mejor así. Él no hubiera soportado vivir atado a una silla de ruedas", "Resígnate. Dios sabe por qué hace las cosas". " Fue mejor así"... "Fue mejor así"... "Fue mejor así"... Lejana, ausente, callada, Claudia los escucho hablar y hablar, dándole consejos, tratando de consolarla. "Pobrecita. Está ida. No puede ni llorar", oyó decir a una mujer, en voz baja.

Después del sepelio regresó a su casa, aquel nido antes tan lleno de amor y ahora tan triste.

Sola, en aquel hogar que ahora le parecía helado y desconocido, Claudia dio rienda suelta al llanto. Lloró por su vida vacía y sus esperanzas rotas, por ese hijo de cabellos ensortijados y hermosa sonrisa que no nacería jamás, por ese Dios sordo que no quiso escucharla, por esa parte de sí misma que acababa de enterrar junto con Marcos.

Abrió su bolsa y sacó un pañuelo para enjugar sus lágrimas.

Desde el fondo del bolso brotó, impávida y acusadora, una jeringa desechable usada. Con los ojos anegados, Claudia pensó en Prometeo...

 



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